miércoles, 23 de marzo de 2016

ROBERT KENNEDY “En este día difícil, en esta hora difícil para los Estados Unidos, tal vez esté bien preguntar que clase de nación somos y en que dirección nos queremos embarcar”

ROBERT KENNEDY
“En este día difícil, en esta hora difícil para los Estados Unidos, tal vez esté bien preguntar que clase de nación somos y en que dirección nos queremos embarcar” 

ROBERT KENNEDY “En este día difícil, en esta hora difícil para los Estados Unidos, tal vez esté bien preguntar que clase de nación somos y en que dirección nos queremos embarcar”


 Discurso pronunciado tras la muerte de Martin Luther King, 4 de Abril de 1968

"Anuncio de la muerte de Martin Luther King"


"Damas y Caballeros - Esta tarde solo voy a hablar para Ustedes por algo así como un minuto. Debido a...

Tengo noticias muy tristes para todos Ustedes, y creo que igualmente son noticias tristes para todos nuestros con-ciudadanos, y para las personas que aman la paz en todo el mundo, y trata de que: Martin Luther King recibió un disparo y murió esta noche en Memphis, Tennessee.

Martin Luther King dedico su vida al amor y la justicia entre la fraternidad de seres humanos. Él murió por la causa de ese esfuerzo. En este día difícil, en esta hora difícil para los Estados Unidos, tal vez esté bien preguntar que clase de nación somos y en que dirección nos queremos embarcar.

Para aquellos entre ustedes que son negros - considerando la evidencia, se hace evidente que personas blancas fueron las responsables - puede que les llene de amargura, y de odio, y de un deseo de venganza.

Podríamos movernos en esa dirección como nación, hacia una polarización mayor - personas negras entre los negros, y blancos entre los blancos, llenos de odio unos contra otros. O podríamos hacer un esfuerzo, como Martin Luther King lo hizo, para entender y para comprender, y sustituir esa violencia, esa mancha de matanza que se ha extendido a lo largo de nuestra tierra, con un esfuerzo para entender, compadecer y amar.

Para aquellos entre ustedes que son negros y están tentados a llenarse con odio y desconfianza, por la injusticia de semejante acto, en contra de todas las personas blancas, yo solo les diría que en mi propio corazón puedo también sentir la misma clase de sentimiento. Yo tuve un miembro de mi familia asesinado, empero el fue asesinado por un hombre blanco.

Más necesitamos hacer un esfuerzo en los Estados Unidos, necesitamos hacer un esfuerzo para entender, para sobreponernos a estos tiempos definitivamente difíciles.

Lo que necesitamos en los Estados Unidos no es la división; lo que necesitamos en los Estados Unidos no es odio; lo que necesitamos en los Estados Unidos no es violencia o anarquía, sino amor y sabiduría, y compasión unos con otros, y un sentimiento de justicia hacia aquellos que aun sufren dentro de nuestra nación, independientemente si estos si blancos o si son negros.

(Interrumpido por aplausos)

Así que les pido esta noche para volver a casa, para hacer una oración por la familia de Martin Luther King, en verdad, pero con mas importancia hacer una oración por nuestro propio país, al cual todos amamos - una oración por la comprensión y aquella compasión de la cual hablaba. Podemos estar bien en este país. Tendremos tiempos difíciles. Hemos tenido tiempos difíciles en el pasado. Y tendremos tiempos difíciles en el futuro. Esto no es el fin de la violencia; no es el fin de la anarquía. Y esto no es el fin del desorden.

Pero la vasta mayoría de las personas blancas y la vasta mayoría de las personas negras de este país quieren vivir juntos, quieren mejorar la calidad de nuestras vidas, y quieren justicia para todos los seres humanos que abriga nuestra tierra.

(Interrumpido por aplausos)

Permitámonos dedicarnos a lo que los griegos escribieron hace muchísimos años: A dominar el salvajismo existente en el hombre y hacer apacible la vida de este mundo.

Permitámonos dedicarnos a eso, y decir una oración por nuestro país y por nuestro pueblo. Muchísimas Gracias. (Aplausos)"


IRENE KHAN “Los derechos humanos son para los mejores y para los peores, para los culpables y para los inocentes”

IRENE KHAN
“Los derechos humanos son para los mejores y para los peores, para los culpables y para los inocentes”

IRENE KHAN


Discurso pronunciado el 6 de Oct del 2004 por la Secretaria General de Amnistía Internacional

"Contra la Pena de Muerte"




 "Es un orgullo para Amnistía Internacional estar en esta Conferencia como miembro de la Coalición Mundial contra la pena de muerte. Este Segundo Congreso Mundial contra la Pena de Muerte nos ofrece una gran oportunidad a todos para reflexionar sobre nuestro trabajo, intercambiar ideas y forjar estrategias comunes y relaciones de trabajo.

Como saben, la abolición de la pena de muerte ha sido un signo distintivo entre las preocupaciones de Amnistía Internacional desde la creación de la organización, en 1961. Al oponerse a ella, los miembros de Amnistía Internacional se oponían a algo permitido en virtud del derecho internacional. Para nosotros era una cuestión de valores humanos que iba más allá de la ley.

Nos enorgullece unirnos a organizaciones y personas de todo el mundo, de diferentes nacionalidades, creencias, edad y sexo, en una lucha común para poner fin a la pena de muerte en todo el mundo. Basta con mirar la diversidad que hay en esta sala. La pena de muerte es la negación más extrema e irreversible de los derechos humanos, porque vulnera la esencia de los valores humanos. Con frecuencia se aplica de forma discriminatoria, tras juicios sin garantías o por motivos políticos. No es una fórmula especialmente disuasoria contra el delito, y sin embargo es irreversible cuando se comete un error judicial.

En 1977, Amnistía Internacional organizó su primera Conferencia Internacional sobre la Pena de Muerte en Estocolmo, que congregó a 200 personas de los cinco continentes. Ahí comenzó nuestra campaña pública en favor de la abolición de la pena de muerte. A la conferencia siguió una encuesta mundial sobre la pena capital y una campaña pública que culminó en 1980 con un llamamiento a las Naciones Unidas firmado por premios Nobel de la paz, destacadas personalidades y ciudadanos de a pie de más de un centenar de países.
Las cosas han cambiado considerablemente desde entonces. En 1977, cuando Amnistía Internacional organizó su primera Conferencia Internacional sobre la Pena de Muerte en Estocolmo, sólo 16 países habían abolido la pena capital para todos los delitos. Actualmente la situación es muy distinta: esta cifra se ha multiplicado por cinco, y además 15 países han abolido la pena capital salvo para delitos excepcionales, y otros 23 la conservan en la ley, pero hace diez años que no ejecutan a nadie, o se han comprometido internacionalmente a no emplearla. Por ahora, Turquía ha sido el último país que se ha incorporado a las filas de los abolicionistas.

Como saben, actualmente hay cuatro tratados abolicionistas: el Segundo Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, los dos Protocolos Europeos y el Protocolo de la Convención Americana sobre Derechos Humanos Relativo a la Abolición de la Pena de Muerte. La abolición está ganando la carrera, pero aún queda mucho para la victoria definitiva. Durante 2003, al menos 1.146 personas fueron ejecutadas en 28 países. Al menos 2.756 fueron condenadas a muerte en 63 países. Estas cifras reflejan sólo los casos que Amnistía Internacional conoce. Sin duda las verdaderas cifras son más altas. En 2003, el 84 por ciento de todas las ejecuciones conocidas tuvieron lugar en China, Estados Unidos, Irán y Vietnam.

En muchos países del mundo, el aumento de la preocupación por la seguridad y el control del delito siguen siendo motivaciones para aplicar la pena de muerte. Este año, Afganistán llevó a cabo su primera ejecución desde la creación del gobierno provisional, en diciembre de 2001. Abdullah Shah, jefe militar, fue ejecutado en Kabul el 19 de abril de 2004. Había sido declarado culpable en octubre de 2002 de 20 delitos de asesinato en un tribunal especial cuyas actuaciones distaron mucho de ajustarse a las normas sobre juicios justos. El acusado no tuvo abogado defensor en el juicio, que se celebró a puerta cerrada, y se descubrió que el presidente del tribunal en el primer juicio había aceptado sobornos.

El año pasado visité Kabul y, en mi entrevista con el presidente Karzai, le insté a que mantuviera la suspensión. Este año su oficina nos había asegurado que el presidente no aprobaría ninguna ejecución judicial hasta que se reformara el sistema de justicia penal. Tras emitir una declaración pública en la que protestábamos contra la ejecución de Abdullah Shah, el gobierno anunció públicamente que todas las ejecuciones judiciales se suspenderían temporalmente. En Irak, uno de los primeros actos del gobierno provisional fue restablecer la pena de muerte por asesinato, delitos contra la seguridad nacional y narcotráfico. Espero que esto no sea una mala señal para el futuro de los derechos humanos en el país.

En Tailandia, el gobierno está utilizando la pena capital como principal herramienta para combatir lo que llama la “guerra de las drogas”. Los abusos contra los derechos humanos perpetrados en el marco de esta campaña de control del delito, incluido el uso de la pena de muerte, son muy preocupantes para Amnistía Internacional, y éste fue un tema que planteé a importantes ministros del gobierno durante mi visita a Tailandia en julio de este año. 
Según los informes, el número de personas condenadas a muerte se ha triplicado durante los dos últimos años y actualmente roza el millar de hombres y mujeres, en su mayoría condenados por delitos relacionados con las drogas. A finales de 2003, más de 60 hombres y mujeres condenados a muerte habían agotado todos los recursos y podían estar en peligro inminente de ejecución. El gobierno ha anunciado públicamente en reiteradas ocasiones que acelerará las ejecuciones de los condenados por delitos relacionados con drogas como medida “disuasoria” contra la producción y el tráfico de drogas. Irónicamente, ambos van en aumento, demostrando posiblemente lo que sabemos que ha ocurrido en otros lugares: que la pena de muerte nunca ha demostrado disuadir del delito con más eficacia que otros castigos.

La “guerra contra el terror” y la venganza de los crueles crímenes cometidos por terroristas introducen el riesgo de una reacción violenta. Ejemplos de ello son la nueva ley de Marruecos o la Comisión militar en Guantánamo.
No es momento para la autocomplacencia. A pesar de los importantes logros de las últimas cuatro décadas, aún queda mucho camino para liberar al mundo de la pena de muerte. Y, dado que aquí hablamos entre los “conversos”, la cuestión clave es: ¿cómo conseguirlo?

La imagen global de la abolición de la pena de muerte está llena de claroscuros: grandes avances en muchas partes del mundo, pero también problemas en otras y, dentro de éstas, un abanico de diferentes situaciones que van de la abolición total a las ejecuciones frecuentes. Para abordar esta variada situación, también debemos adoptar una estrategia de acción variada en función de regiones y países. En el ámbito regional, Europa se ha convertido en una fuerza en favor de la abolición mundial, cuya promoción es política oficial de la Unión Europea. En Europa y en Asia Central, Bielorrusia y Uzbekistán son los únicos países que aún llevan a cabo ejecuciones. Debemos hacer de Europa una zona sin pena de muerte.

Al igual que Europa, Latinoamérica tiene una larga tradición abolicionista y debe convertirse en una enérgica promotora de la abolición en otros lugares, especialmente en el cercano Caribe. En África, debemos persuadir al resto de los países retencionistas de que aprovechen la experiencia de sus vecinos abolicionistas. También hay que convencer a la Unión Africana de que aborde el tema de la misma forma que la Unión Europea. A nivel de país, si un país ha abolido la pena de muerte para delitos comunes, la labor consiste en tratar de conseguir la abolición total. Si es abolicionista en la práctica, hay que conseguir la abolición en la ley. Si continúa ejecutando, es preciso conseguir que deje de ejecutar y vaya hacia la abolición en la ley.

En el caso de los países que han abolido la pena de muerte, es importante que este abolicionismo se mantenga. Una forma de asegurarlo es que ratifiquen los tratados internacionales sobre la abolición. Esto no sólo afianza su postura, sino que también es un acto de solidaridad internacional que anima a otros países. Espero realmente que el país en el que nos reunimos hoy, Canadá, que eliminó la pena de muerte de sus leyes hace años, ratifique pronto el Segundo Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

En cuanto a los países que conservan la pena de muerte, es importante tener en cuenta sus diferentes prácticas, y abordar la cuestión en consecuencia. De los 78 países retencionistas, unos 17 llevan a cabo ejecuciones periódicamente, y aparecen año tras año en la lista de ejecuciones en todo el mundo de Amnistía Internacional. Otros 44 países y territorios ejecutan sólo esporádicamente. Hay 20 países que no han ejecutado a nadie desde hace una década, pero no tienen ninguna política de suspensión de las ejecuciones, y en cinco países hay una suspensión de las ejecuciones.

Debemos trabajar para que disminuya el número de ejecuciones en todos estos países. Hemos de hacer campaña en favor de la introducción de una suspensión de las ejecuciones donde no la hay, y persuadir a quienes ya la han introducido que pasen a abolir la pena capital en la ley. También podemos intentar que disminuya el número de ejecuciones, por ejemplo limitando el número de delitos punibles con la muerte. Un área concreta de actuación inmediata debe ser la abolición mundial de la pena de muerte para menores y en ella, como en tantas otras, Estados Unidos es clave.

La experiencia nos ha enseñado que la verdadera fuerza para el cambio procede del propio país. Por ello los movimientos abolicionistas nacionales son un factor crítico. Debemos apoyarlos y animarlos a crecer. Como ha dicho esta mañana Michel Taube, la Coalición Mundial contra la Pena de Muerte ofrece un gran potencial para unir a organizaciones que operan en el ámbito nacional con otras que trabajan internacionalmente. Debemos fortalecer a la Coalición para que pueda cumplir esta importante tarea.

Como organización con 74 secciones nacionales, sé que hablo en nombre de los miembros de Amnistía Internacional en todo el mundo cuando expreso nuestro compromiso de trabajar nacional e internacionalmente en favor de la abolición de la pena de muerte. Expertos de Amnistía Internacional procedentes de 21 países que se ocupan de la pena de muerte en todo el mundo celebraron ayer una reunión, y sé que están entusiasmados por las oportunidades y decididos a hacer frente a los retos que se nos plantearán en nuestra lucha común para abolir la pena de muerte.

La abolición mundial de la pena de muerte no será tarea fácil, nadie dijo que lo fuera. Recientemente, en abril de 2004, 64 países se desvincularon explícitamente de una resolución en favor de la abolición en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. La opinión pública en muchas partes del mundo cree aún que la pena de muerte es necesaria para evitar el delito o el “terrorismo”. Algunos creen que con la ejecución se hace justicia, otros consideran que su religión la exige. Algunos gobiernos están convencidos de ello, otros se esconden tras la excusa de falta de apoyo de la opinión pública.

Debemos conseguir que la opinión pública apoye con más fuerza la abolición. Pero también debemos pedir a los gobiernos que muestren su liderazgo en esta cuestión. Son momentos difíciles para los derechos humanos y debemos responder firmemente para mantener los valores en los que creemos.

Los derechos humanos son para los mejores y para los peores, para los culpables y para los inocentes. Ése es el motivo por el que la pena de muerte debe abolirse en todo el mundo y debemos utilizar esta Conferencia para trazar un camino claro hacia este fin."

Fuente: Amnistía Internacional 


miércoles, 16 de marzo de 2016

Juan XXIII “deplorar las desviaciones del espíritu humano, tentado y arrastrado a gozar únicamente de los bienes terrenos, que los modernos progresos científicos ponen ahora con facilidad al alcance de los hijos de nuestro tiempo, ciertamente es cosa grave y obligatoria”


Juan XXIII “deplorar las desviaciones del espíritu humano, tentado y arrastrado a gozar únicamente de los bienes terrenos, que los modernos progresos científicos ponen ahora con facilidad al alcance de los hijos de nuestro tiempo, ciertamente es cosa grave y obligatoria”

Juan XXIII


Discurso del Pontífice en los comienzos del Concilio Vaticano II el 14.11.1960 

"Concilio Vaticano II"


"Venerables Hermanos, amados Hijos:



En la apertura de esta solemne e imponente reunión, que señala el comienzo de una santa vigilia de trabajo intenso y pacífico para el Concilio Ecuménico Vaticano II, parece que vienen muy a propósito las conocidas palabras que preceden a la bendición episcopal: Sit nomen Domini benedictum : Adiutorium nostrum in nomine Domini.

El nombre y el auxilio del Señor invocado y bendecido: ¿qué cosa más suave y conmovedora?

Con estos auspicios llenos de alegría deseamos hoy ocuparnos con vosotros en una conversación del todo familiar y sencilla, que añada luz y fervor al que ya cada uno de nosotros lleva en la mente y en el corazón.

Los esfuerzos humanos, que han comenzado en la luz y gracia divinas, continuarán después gradualmente, a medida que nuestra cooperación vaya creciendo en empeño, buena voluntad y santa energía.

Suele afirmarse que la incertidumbre, la sagrada emoción —diría— de los primeros pasos, siendo ejercicio de humildad, pronto se transforma en seguridad animosa, sobre todo si el sucesivo despejarse del horizonte revela gradualmente la intervención del Señor para iluminar, animar, seguir adelante corde magno et animo volenti.

Este nuestro Concilio no recibe su nombre de Jerusalén o de Nicea. Pero es natural que el alma del humilde sucesor actual de San Pedro, y del Papa Silvestre, que se siente lleno de ardor ante el proyecto de esta gran empresa, se aplique entre otras cosas a considerar principalmente el desarrollo histórico de los veinte acontecimientos de iguales o más vastas proporciones, que se han sucedido durante dos mil años, a señalar solicitudes pastorales de la Iglesia; a considerar —digamos— las particulares y graves contingencias que acompañaron la celebración de estas memorables reuniones, las dificultades y contradicciones encontradas en las vicisitudes de las diversas épocas, a veces más tempestuosas y difíciles que la actual. A este trabajo de erudición histórica, precioso en sumo grado, deseamos ante todo invitar a cuantos han recibido la particular y alta misión de colaborar más directamente en este Concilio Vaticano II.

Están a nuestra disposición las principales Colecciones monumentales de los Concilios: la Romana, ordenada por Paulo V, la Regia, de París, y la Nova et Amplissima Collectio, de Mansi, que bajo la dirección del mismo insigne Arzobispo de Luca llegó a contar más de treinta grandes volúmenes, y que, continuada después por Petit y Martin, llegó a los sesenta; por no mencionar otras preciosas publicaciones de gran valor, en muchos idiomas.

¡Cuánta doctrina y cuánta historia, erizada por desgracia, de dificultades y de luchas, pero coronada siempre de gloriosos éxitos!

Bendigamos al Señor, venerables Hermanos y amados hijos, porque, a juzgar por las primeras impresiones suscitadas en el mundo entero al mero anuncio del Concilio, hay muchos motivos que, por decirlo así, nos permiten gustar anticipadamente del espectáculo de la inmutable y siempre floreciente juventud de la obra maravillosa de la acción redentora de Cristo que es la Iglesia Católica, quam acquisivit sanguine suo(Act. 20, 28).

Otro punto de importancia es preciso destacar aquí, al comienzo del enorme trabajo que tenemos delante y deseamos presentar sin demora al mundo entero.

Los Concilios Ecuménicos del pasado han respondido preferentemente a varias e importantes preocupaciones de exactitud doctrinal relativas a la lex credendi, a medida que las herejías y errores intentaban penetrar en la antigua Iglesia en Oriente y Occidente.

En Nicea se puso en discusión la Divinidad del Verbo Divino hecho hombre por la salvación del género humano: el error de Arrio. En Efeso, la preocupación grave versó sobre la unidad de la persona del Verbo en las dos naturalezas y la maternidad de María, la Theotocos. En Calcedonia nuevas querellas y discusiones sobre la distinción de las mismas dos naturalezas. En el siglo XVI se había puesto en peligro funditus la constitución de la Iglesia, y en Trento se debió y se logró de hecho restablecer todo sobre las antiguas bases: fe, culto, sacramentos, disciplina: todo fue restablecido sobre sólidas bases y puesto en clarísima luz. Finalmente, el Concilio Vaticano I, en el breve espacio de tiempo que le fue concedido, con todo vigor revisó nuevamente la divina constitución de la Iglesia, en particular lo relativo a la infalibilidad, in rebus fidei etmorum, del Romano Pontífice.

Para la convocación de los otros quince Concilios Ecuménicos, además de esos cinco ya enumerados, es verdad que las ocasiones se presentaron por diversas circunstancias y por el cuidado de salvaguardar la pureza de lo enseñado por la Iglesia acerca de algunos puntos doctrinales, pero también por el cuidado de confirmar y dirigir las conciencias turbadas ante acontecimientos de carácter religioso o político, en diversas naciones o contingencias, aunque casi siempre en relación con las más altas tareas del magisterio eclesiástico, para el servicio del orden, del equilibrio y de la paz social.

En la época moderna, con un mundo de fisonomía profundamente cambiada y que se sostiene difícilmente en medio de los atractivos y los peligros de la búsqueda casi exclusiva de los bienes materiales, ante el olvido o el debilitamiento de los principios de orden espiritual y sobrenatural que caracterizaban la implantación y la expansión de la civilización cristiana, a través de siglos: en la época moderna, digo, más bien que de uno u otro punto de doctrina o de disciplina que convenga llevar hasta las puras fuentes de la Revelación y de la Tradición, se trata de renovar en su valor y esplendor la substancia del pensar y del vivir humano y cristiano, del que la Iglesia es depositaria y maestra por los siglos.

Por lo demás, el deplorar las desviaciones del espíritu humano, tentado y arrastrado a gozar únicamente de los bienes terrenos, que los modernos progresos científicos ponen ahora con facilidad al alcance de los hijos de nuestro tiempo, ciertamente es cosa grave y obligatoria. Pero Dios nos libre de exagerar las proporciones hasta el punto de hacernos pensar que los cielos de Dios ya han quedado definitivamente cerrados sobre nuestras cabezas; que verdaderamente tenebrae factae sint super universam terram, y que no nos quede ya otra cosa que hacer sino derramar lágrimas sobre nuestro fatigoso camino.

Por el contrario, debemos llenarnos de valor.

No. Cristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro, no se ha retirado del mundo que ha redimido, y la Iglesia fundada por El, una, santa, católica y apostólica, continúa siendo siempre su místico cuerpo, del cual El es cabeza, con el cual cada uno de nosotros, los creyentes, está relacionado, al cual pertenecemos. El punto importantísimo que todo bautizado debe tener presente es éste: el hecho de pertenecer a la Iglesia de Jesús no es una simple nota de carácter individual, para cada uno, sino de carácter eminentemente social, para todos. Y ésta es la significación del apelativo de homocatholicus, de orbis catholicus, de Ecclesia catholica: como queriendo decir que cada uno de nosotros, en la Iglesia de Cristo, somos verdaderamente de la misma familia divina, hijos y hermanos: quos (Pater) praescivit et praedestinavit conformes fieriimaginis Filii sui, ut sit ipse primogenitus in multis fratribus (Rom., 8, 29).

Así, pues; cada uno de los fieles pertenece a la catolicidad toda entera, como cada uno de los sacerdotes y, con la debida distinción de oficios, cada uno de los Obispos, y esto, en fuerza de la estructura divina que Jesús, Filius Dei fundator Ecclesiae, imprimió a su institución, hecha para la universalidad y para la eternidad.

Vosotros comprendéis, Venerables Hermanos y amados hijos, cómo corresponden a estas sencillas indicaciones, las palabras de unidad, de caridad y de altísimas virtudes, los charismata meliora que San Pablo en su primera epístola a los Corintios se adelanta a enumerar, para común aliento y edificación (1 Corinth., 12 y 13).

¡Oh, qué páginas de sublime y emocionada elevación son ésas del incomparable Apóstol de las gentes, que corresponden al anhelo expresado por el "unum sint" de la trágica víspera de la Divina Pasión, y que todavía resuenan, desde el fondo de esa edad, incluso sobre las innumerables fracciones separadas de la unidad católica que no dejan de suspirar por el retorno a la senda del auténtico fundamentum Apostolorum etprophetarum, ipso summo angulari lapide Christo Iesu: in quo omnis aedificatioconstructa crescit in templum sanctum Domino (Ephes., 2, 19).

Amados hijos: todo lo que hemos querido recordar hasta aquí en estas Nuestras palabras, aunque haya sido ligeramente, nos lleva a indicar algunas líneas de procedimiento práctico, sobre el desarrollo del trabajo que hoy se inaugura, tanto por parte de esta Comisión Central —la más alta— presidida por el mismo Papa, como para la coordinación de las otras Comisiones o Secciones de trabajo, sobre las cuales recaerá la parte formidable de esta gran tarea, a la que cada uno de vosotros fue llamado desde los más lejanos horizontes, con una intención de pacífica concordia y de exultante fervor.

Queridos hijos: Cuando en la fiesta de Pentecostés de este año publicamos el Motu Proprio Superno Dei nutu, grande fue el consuelo de entrever y casi presagiar, en el diverso y rápido crecimiento del fervor religioso, la edificante vitalidad de las energías espirituales, capaces de llevar Nuestro buen designio y propósito del Concilio a feliz y alegre término. A pocos meses de distancia, fieles a una sencilla invitación Nuestra, os encontráis aquí presentes ante Nos, constituyendo un noble ejército, bajo las bóvedas del templo máximo de la Cristiandad, como diciendo: "Adsumus, ecce tibi".

¡Oh, sed bienvenidos y que Dios os bendiga!

Algunas informaciones os serán de inmediato y pleno agrado. En la fase antepreparatoria se ha podido reunir y preparar un material precioso de investigación y de estudio. Obispos, Prelados, Congregaciones Romanas, Universidades, han expresado su parecer sereno, motivado, persuasivo, acerca de varios problemas de inmediata solución. Estas primeras respuestas se están ahora imprimiendo en una edición ejemplar, que consta ya de cinco volúmenes, y esperamos otros tantos poco después de Navidad.

De este copioso arsenal fue de donde se escogieron los asuntos que parecieron más dignos de atención para las discusiones particulares. Ahora esos mismas asuntos serán confiados a vuestra pericia, queridos hijos, que podría además señalar o profundizar otros que pareciese necesario y oportuno proponer y prear.

Bajo la sabia y prudente guía de cada uno de los presidentes, las Comisiones y los Secretariados están asimismo ya preparados para su tarea, como Nos lo aseguran las primeras constataciones, y están particularmente dedicados a satisfacer los deseos y proposiciones de los Obispos, padres venerables de la noble asamblea.

¡Qué hermoso trabajo, amados hermanos e hijos nuestros, va a ser esto!

Al sólo pensarlo el ánimo conmovido se regocija y da gracias al Señor por toda la brillantez y belleza espiritual que la Santa Iglesia va a conseguir ante el mundo para su edificación y su aliento.

Es natural que el estudio de preparación requiera amplitud de tiempo, paciencia perseverante en el trabajo y ejercicio de la caridad que se embellece con los charismata meliora, mencionados en el capítulo XIII de la primera carta de San Pablo a los Corintios. La experiencia más cercana a nuestros tiempos, la de Trento y del Vaticano I, servirá de buena dirección y enseñanza a las proposiciones, discusiones y conclusiones.

Es también natural que el amor silentii, el sentido de la moderación, el respeto mutuo sea precioso ornamento de los estudios y de las reuniones. Todo en el Concilio ha de estar rodeado de grande circunspección, manteniéndose en su puesto cada uno de los que en él toman parte. El que las primeras informaciones que han circulado por el gran mundo hayan suscitado aún extra saepta Ecclesiae Catholicae respetuosa atención de parte de los hermanos separados, Nos consuela sobre manera y Nos hace pregustar la alegría de la unidad de todos los cristianos en los sentimientos y en la misma oración de Cristo a su Padre: "Ut unum sint; ut sanctifices eos in veritate (Io. 17, 19).

Sin embargo, el Concilio, como es ya sabido y ha sido repetidamente anunciado, tiene un campo peculiar suyo, como civitas in monte, y se ocupará al principio exclusivamente de cuanto concierne a la Iglesia Católica, nuestra madre, y su actualorganización interna.

Spiritus Domini replevit orbem terrarum, et hoc od continet omnia scientiam habet vocis. Magníficas son estas expresiones del capítulo I del Libro de la Sabiduría, como es estupendo y conmovedor todo el libro. Pero todos los que, aun sin participar en la profesión íntegra de la fe católica, desean con ánimo leal y confiado informarse sobre los trabajos del Concilio, Nos queremos esperar que no encontrarán menos oportuna y cortés Nuestra invitación a aguardar un poco a que los Padres hayan terminado su obra y todo esté bien preparado y mejor dispuesto para los contactos más elevados: inteligencia, corazón y visión de lo sobrenatural, sobre todo lo cual pueda posar el Spiritus Domini a gloria y amor de Jesucristo, fundador de su santa y gloriosa Iglesia.

Bien sabido es, por lo demás, que para completar el cuadro oficial de las 10 Comisiones entre las cuales está distribuido el trabajo del Concilio, hemos procedido a la institución de un Secretariado especial que pueda responder a las referencias de todos aquellos hermanos nuestros que, aunque separados —como suele decirse—, desean seguir la obra del Concilio a la luz de la verdad, con sentimientos de respeto, de bondad y de amable discreción.

Venerables Hermanos y amados hijos.

A esta Nuestra familiar conversación deseamos añadir algunas palabras que eleven nuestras almas a una animosa confianza, y a una santa emulación en las virtudes cristinas y sacerdotales, que todo el pueblo deba mirar con edificación, para salud, alegría y paz del mundo entero.

La celebración de un Concilio de la Iglesia Católica lleva consigo el estudio de todo un conjunto de materias que se relacionan con el orden no sólo de los individuos y de las familias, sino también de todas las naciones, orden que rige las bases de la convivencia humana.

Desde el decálogo de Moisés hasta los cuatro Evangelios todo recibe su fuerza de esto: a saber, de Cristo y de su Iglesia, en cuyo centro Jesús bendito continúa siempre repitiendo las solemnes palabras: Ego sum lux mundi. Ego sum via, veritas et vita (Io. 8, 12; 14, 6). A estas palabras y a lo que ellas significan ponen después un divino sello las últimas, con que termina el Evangelio de San Mateo: Ecce: ego vobiscum sumomnibus diebus usque ad consummationem saeculi (Mat., XXVIII, 20).

¡Amados hijos! Durante estos meses, revisando numerosos escritos de la copiosa literatura relativa al último Concilio Ecuménico Vaticano I, celebrado por Nuestro Predecesor, de venerada memoria, Pío IX en el año 1869-1870, hemos descubierto un escrito público impreso, redactado por uno de los espíritus más agitados y aplaudidos en aquel tiempo de acentuado paroxismo antirromano. Iba enderezado con una ironía de mal gusto a los Obispos, que desde todo el mundo habrían de acudir al Vaticano, y los comparaba con los antiguos Obispos de Oriente, reunidos en Nicea para el primer Concilio en el año 325: "Vosotros os habéis reunido hoy en Roma para el nuevo y último Concilio. El primero —el Niceno— fue un solemne y venerado bautismo de triunfo y de ordenada unidad para la religión que requerían los tiempos. Este último, el vuestro, sean las que fueren vuestras intenciones, probará la gran realidad de una religión agonizante, y consiguientemente el necesario y no lejano nacimiento de otra nueva" (Scritti editi edinediti di G. M., Vol. LXXXVI; Política, Vol. XXVIII), Imola, Cooperativa Tip. Ed. P.Galeati, 1940, p. 241.

Hasta aquí las auténticas palabras del desafío, y de las profecías. A un siglo de distancia podemos comprobar su insania y lo que merecen estos profetas de Baal —y nunca falta alguno— qui viderunt tibi falsa et stulta (Thren. 2, 14). ¡Dejémosles hablar!, para nuestro ejercicio de vigilancia y de paciencia, ut reportemus promissionem. Nosotros sigamos fieles a la palabra de Cristo, la última palabra con la cual Mateo termina su Evangelio, y que es la confirmación de la victoria de la Iglesia de Jesús, de nuestra Iglesia, hasta el fin de los siglos.

Esta reunión de hoy, que congrega a representantes de todo el mundo, no es todavía la inauguración del nuevo Concilio; sino el comienzo y como la consagración de la decidida y amplia preparación de nuestras energías con miras a su buen éxito, a tomar determinaciones, a iniciar estudios y discusiones, para proporcionar vida y doctrina segura.

¿No os parece oír el eco de una voz lejana que llega a nuestros oídos y a nuestros corazones? Surge, illuminare, Ierusalem, quia venit lumen tuum, et gloria Domini super te orta est (Is. 60, 1). El lejano Isaías nos ofrece las notas para el primer cántico triunfal, que recoge los ecos del melodioso fervor que se eleva ex omnibus linguis, et tribubus et populis.

Grandes cosas en verdad —deseamos repetirlo— esperamos Nos de este Concilio, que no sólo pretende vigorizar la fe, la doctrina, la disciplina eclesiástica, la vida religiosa y espiritual; sino contribuir en gran manera a la consolidación de los principios del orden cristiano, en los que se inspira y por los que se rige el desenvolvimiento de la vida civil. económica, política y social. La ley del Evangelio debe llegar a todo esto, y no hay nada que no deba envolver y penetrar de cuanto nos viene de rore coeli et de pinguedine terrae (Gen. 27, 28). Llegar a todo esto supone una participación consciente, sincera, elevada, de todos los que integran el orden social —sacerdocio y laicado; autoridades constituidas; actividades intelectuales; trabajo—, del orden social absorbido con la preocupación de la perfecta unión de las relaciones entre cielo y tierra, entre vida presente incierta y peligrosa, y vida eterna y felicísima en la proporción de nuestra correspondencia como hombres y como cristianos a los dones de la gracia y de la misericordia del Señor.

Venerables Hermanos, amados hijos.

En la gloria serena y tranquila de este hermoso comienzo de los trabajos del Concilio, confiado a la competencia y a las buenas y sabias inspiraciones de cada uno, dignaos recibir el sursum corda que deseamos dirigir a todos y cada uno de los presentes en persona o en espíritu; a los Señores Cardenales, cercanos y preciosos colaboradores del humilde Sumo Pontífice episcopus Ecclesiae Romanae y Pastor de la Iglesia Universal; a los Patriarcas, Arzobispos, Obispos de toda la cristiandad, extendida en diversos ritos y por todas las regiones del mundo entero, a los Abades, a todos los miembros del clero, secular y regular, y a todos los que del estado eclesiástico han sido llamados in partem sollicitudinis, y que pertenecen al corpus universale Ecclesiae para contribuir con la oración, el consejo, la actividad, al gran acontecimiento, al cual nos ha llamado la Providencia del Señor, o puesto en condiciones de cooperar.

Desde el primer anuncio del Concilio Ecuménico Vaticano II, el mundo cristiano ha notado que una. corriente de espiritualidad conmueve las almas con vibraciones insólitas.

Y en las almas sinceras estas vibraciones toman acento de oración confiada, suave al oído y al corazón: voces de almas inocentes, voces de almas consagradas, voces de los que sufren, que se elevan desde todos los puntos de la tierra.

En los primeros años de la historia de la Iglesia, el primer Papa, Pedro, fue objeto de persecuciones, privado de libertad y recluido en prisión. El libro de los "Hechos" es conmovedor cuando nos refiere cómo toda la Iglesia comenzó a orar por él sine intermissione. Desde hace veinte siglos continúa la oración por el Jefe de la Iglesia Católica, y podéis comprender vosotros cuánto consuelo, seguridad espiritual y tranquilidad produzca en el Papa el sentirse sostenido así por sus venerables Hermanos y amados hijos, esparcidos en todo el mundo. Este sentimiento lo mantiene en continua comunión con la Sancta Ecclesia universalis, comunión de oración que responde a la oración, comunión de sufrimientos que responde al sufrimiento. ,

La bondadosa Providencia de Nuestro Señor ha dispuesto que el Obispo de Roma, reconocido en todos los siglos como su Vicario en la tierra, goza ahora de una libertad personal que le permite el ejercicio de su sagrado ministerio espiritual, como sucedió al primer Pontífice, Pedro, libre ya de la cárcel de Herodes.

Pero el Papa tiene una gran pena que llena siempre su corazón el recuerdo de muchos, por demás numerosos, amados Hermanos suyos en el episcopado, de excelentes sacerdotes y fervorosos fieles que aquí y allá en varias partes del mundo sufren privación de libertad humana y religiosa, y aun a veces física y moral, y hasta opresión comparable a la que sufrieron los primeros héroes y mártires del cristianismo.

Sabemos lo que significa vivir con Cristo, con su Evangelio, con su Cruz, y lo que podemos esperar de los enemigos de Cristo y de la civilización cristiana. Esto Nos hace mucho más sensibles a las aflicciones de Nuestros hermanos que continúan sufriendo en la tribulación; y nos anima a apresurar para ellos y para todo el mundo el triunfo de la verdad, de la justicia, de la libertad y de la paz.

El diligente y reflexivo trabajo de la preparación, más directa del Concilio Ecuménico, con la contribución ordenada y preciosísima de los componentes de las diez Comisiones y de los Secretariados ya a punto de entregarse a la gran tarea propuesta a cada uno, tenga siempre presente la voz de la Iglesia, hecha signo de persecución, en una no interrumpida comunión de oraciones, de fatigas, y de méritos que asegurarán el buen éxito de la santa empresa, que nos confía la Providencia, y asegurarán también la recompensa cierta de la vida presente y eterna en Cristo Jesús, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos: Así sea."


Juan Pablo II “Los medios deben percibir más de cerca el ansia de justicia, de paz, de fraternidad, para instaurar con ellos vínculos más profundos de participación, de comprensión, de solidaridad en orden a un mundo más justo y humano”

Juan Pablo II “Los medios deben  percibir más de cerca el ansia de justicia, de paz, de fraternidad, para instaurar con ellos vínculos más profundos de participación, de comprensión, de solidaridad en orden a un mundo más justo y humano”
Juan Pablo II

Discurso del Pontífice a la prensa en 1978 reflexionando sobre la importancia de los medios de comunicación 

"A los representantes de la Prensa"



"Egregios señores y queridos hijos: 

Nos alegramos de poder recibir ya en la primera semana de nuestro pontificado una representación tan calificada y numerosa del «mundo» de las comunicaciones sociales, reunida en Roma con ocasión de dos acontecimientos, que han tenido un profundo significado para la Iglesia católica y para el mundo entero: la muerte de nuestro llorado predecesor Pablo VI y el reciente cónclave, en el cual ha sido colocado sobre nuestros humildes y frágiles hombros el peso formidable del servicio eclesial de Sumo Pastor. 

Este grato encuentro nos permite agradeceros los sacrificios y fatigas que habéis afrontado durante el mes de agosto para servir a la opinión pública mundial —también el vuestro es un servicio y muy importante—, ofreciendo a vuestros lectores, oyentes y telespectadores, con la rapidez y prontitud que requiere vuestra responsable y delicada profesión, la posibilidad de participar en estos históricos acontecimientos, en su dimensión religiosa y en su profunda conexión con los valores humanos y las esperanzas de la sociedad de hoy. 

Queremos expresaros en particular nuestra gratitud por el empeño que habéis puesto estos días, para dar a conocer mejor a la opinión pública la figura, las enseñanzas, la obra y el ejemplo de Pablo VI, y por la sensibilidad y esmero con que habéis tratado de captar y dar a conocer en vuestros amplios comentarios, como también en la multitud de imágenes que habéis transmitido desde Roma, la expectación reinante en esta ciudad, en la Iglesia Católica y en todo el mundo, de un nuevo Pastor que asegurase la continuidad de la misión de Pedro. 

La sagrada herencia que nos han dejado el Concilio Vaticano II y nuestros predecesores Juan XXIII y Pablo VI, de querida y santa memoria, nos exige la promesa de una atención especial, de una colaboración franca, honesta y eficaz con los instrumentos de comunicación social, que vosotros representáis aquí dignamente. Es una promesa que os hacemos con mucho gusto, consciente como somos de la función cada vez más importante que los medios de comunicación social han ido asumiendo en la vida del hombre moderno.
No nos pasan inadvertidos los riesgos de masificación y de despersonalización, que dichos medios comportan, con las consiguientes amenazas para la interioridad del individuo, para su capacidad de reflexión personal y para su objetividad de juicio. Pero conocemos también las posibilidades nuevas y felices que los citados medios ofrecen al hombre de hoy, para conocer mejor y acercarse a los propios semejantes, para percibir más de cerca el ansia de justicia, de paz, de fraternidad, para instaurar con ellos vínculos más profundos de participación, de comprensión, de solidaridad en orden a un mundo más justo y humano. En una palabra, conocemos la meta ideal hacia la que cada uno de vosotros, a pesar de las dificultades y desilusiones, orienta el propio esfuerzo: la de llegar a través de la «comunicación» a una más auténtica y plena «comunión» Es la meta hacia la que aspira también, como bien podéis comprender, el corazón del Vicario de Aquel, que nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre único y amoroso de todo ser humana. 

Antes de dar a cada uno de vosotros y a vuestras familias mi bendición especial, que quisiera extender a todos los colaboradores de los órganos de información que representáis, agencias, periódicos, radios y televisiones, quiero aseguraros el aprecio que siento hacia vuestra profesión y el cuidado que tendré de facilitar vuestra noble y difícil misión en el espíritu de las indicaciones del Decreto Conciliar Inter mirifica y la Instrucción Pastoral Communio et progressio

Con ocasión de acontecimientos de mayor relieve o de la publicación de documentos importantes de la Santa Sede, tendréis que presentar frecuentemente a la Iglesia, hablar de la Iglesia, tendréis que comentar, a veces, nuestro humilde ministerio. Estamos seguro de que lo haréis con amor a la verdad y con respeto de la dignidad humana, porque tal es la finalidad de toda comunicación social. 

Os pedimos que tratéis de contribuir también vosotros a salvaguardar en la sociedad de hoy, aquella profunda estima de las cosas de Dios y de la misteriosa relación entre Dios y cada uno de nosotros, que constituye la dimensión sagrada de la realidad humana. 

Tratad de comprender las razones profundas por las que el Papa, la Iglesia y sus Pastores deben pedir a veces, en el ejercicio de su servicio apostólico, espíritu de sacrificio, de generosidad, de renuncia para edificar un mundo de justicia, de amor y de paz. 

Con la seguridad de conservar también en el futuro el lazo espiritual iniciado con este encuentro, os concedemos de todo corazón nuestra bendición apostólica."


PATRICK HENRY “¡Paz, Paz!, pero la paz ya no existe. La guerra ya ha empezado!”

PATRICK HENRY “¡Paz, Paz!, pero la paz ya no existe. La guerra ya ha empezado!”

PATRICK HENRY


"Dadme Libertad o dadme Muerte" 

Famoso discurso de la Revolución Americana, 1755



"Tres millones de personas, armadas en la sagrada causa de la libertad, y en un país como este que poseemos, resultan invencibles frente a cualquier fuerza que el enemigo despache en nuestra contra. Además, Señor, no pelearemos nuestras batallas solos, pues existe un Dios justo, quien preside sobre los destinos de las naciones y quien levantará a sus aliados para que peleen nuestras cruzadas. La batalla, Señor, no es solo para los fuertes. Es también para los vigilantes, los activos, los valientes. Además, Señor, no tenemos elección. Aun si fuésemos lo suficientemente fuertes para desearlo, ya es demasiado tarde para retirarse de la contienda. ¡No existe la retractación sino es en la sumisión y en la esclavitud! ¡Nuestras cadenas se han roto! Sus chasquidos se escuchan en las praderas de Boston. La guerra es inevitable. Así pues, ¡dejadla venir! Repito Señor: ¡Dejadla venir! Resulta vano, Señor, prolongar este asunto. Los hombres podrán gritar: ¡Paz, Paz!, pero la paz ya no existe. La guerra ya ha empezado. El próximo galeón que parta hacia el norte traerá hasta nuestros oídos el retumbar de las armas. ¡Nuestros alientos ya están en el campo de batalla! ¿Por qué permanecemos, entonces, inactivos? ¿Qué es lo que los hombres desean? ¿Qué es lo que quieren? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, como para ser comprada al precio de las cadenas y de la esclavitud? ¡Prohíbelo, Oh Dios Omnipotente! Ignoro el curso que otros han de tomar; pero en lo que a mí me respecta: ¡dadme libertad o dadme muerte!"


miércoles, 2 de marzo de 2016

AYATOLÁ JOMEINI “Nosotros declaramos que este hombre (Sah de Irán) y su gobierno son ilegales. Si ellos continúan en el poder, nosotros los trataremos como criminales”

AYATOLÁ JOMEINI
“Nosotros declaramos que este hombre (Sah de Irán) y su gobierno son ilegales. Si ellos continúan en el poder, nosotros los trataremos como criminales”


AYATOLÁ JOMEINI

Discurso del Ayatolá Jomeini durante la Revolución Iraní del 79 que derrocó al Sah de Irán

"El gobierno ilegal del Sah"


"Debo deciros que Mohammad Reza Pahlavi, (Sah de Irán) es un demonio traidor.

Él arruinó y arrasó con todo.

Él destruyó nuestro país y llenó nuestros cementerios.

Él arruinó la economía de nuestro país.

Incluso cuando los proyectos que él llevaba a cabo eran en nombre del progreso, él arrastró al país a la decadencia.

Él suprimió nuestra cultura, destruyó toda nuestra fuerza productiva.

Nosotros declaramos que este hombre y su gobierno son ilegales.

Si ellos continuan en el poder, nosotros los trataremos como criminales.

Abofetearé a este gobierno en la boca y crearemos nuestro propio gobierno con el respaldo de esta nación, porque la nación me acepta.

Este gobierno representa un régimen, del cual su líder y su fundador están ilegalmente en el poder. Este gobierno es por lo tanto ilegal.

De esta manera anunciamos que este gobierno, que se ha presentado asimismo como un gobierno legal es de hecho un gobierno ilegal.

Sólo los Estados Unidos y el Reino Unido lo están apoyando y han ordenado a sus ejército a tomar las medidas necesarias para llevarlo a cabo.

El gobierno que nosotros representamos está respaldado por el apoyo de la nación y de Dios.

Si negais que el gobierno del Sah es ilegal, estareis por lo tanto negando la voluntad de Dios y la de la nación. Alguien debe poner a este hombre en su sitio."


ADOLF HITLER “¡Paz o guerra! O acepta esta oferta y les concede la libertad a los alemanes, o iremos nosotros mismos a buscar esa libertad”

ADOLF HITLER
ADOLF HITLER
“¡Paz o guerra! O acepta esta oferta y les concede la libertad a los alemanes, o iremos nosotros mismos a buscar esa libertad”


 Discurso de Hitler exigiendo a los países europeos la entrega de territorios checoslovacos, 26.09.1938.

 "Paz o Guerra, se me Acabó la Paciencia"

"Tenemos ahora ante nosotros el último problema que hay que solucionar y solucionaremos. Es la última exigencia territorial que debo hacer en Europa, pero es una exigencia que no pienso retirar y que, Dios mediante, haré que se cumpla.

La historia del problema es la siguiente. En 1918, bajo el lema del «derecho de los pueblos a la autodeterminación», Europa Central fue hecha pedazos y reconstruida por una serie de supuestos «estadistas» dementes. Sin consideración por el origen de los pueblos, sin consideración por su deseo como naciones o por sus necesidades económicas, Europa Central fue dividida en átomos y se crearon arbitrariamente esos supuestos nuevos Estados.

A este procedimiento debe su existencia Checoslovaquia. Este Estado checo nació gracias a una mentira, el padre de la cual fue Benes (Nota: Edward Benes, presidente de ese país desde 1935 hasta el Tratado de Munich de 1939). El señor Benes apareció por entonces en Versailles y lo primero que hizo fue asegurar que existía una nación checoslovaca. Se vio obligado a inventar esta mentira para otorgar una importancia mayor al escaso número de sus propios compatriotas y, de este modo, justificarse. En ese momento, a los estadistas anglosajones, que no eran, como ocurre siempre, muy versados en lo que respecta a cuestiones de geografía o nacionalidad, no les pareció necesario comprobar las afirmaciones del señor Benes. En caso de que lo hubieran hecho, podrían haber comprobado que no existe tal cosa como una nación checoslovaca, sino tan sólo checos y eslovacos, y que éstos no querían tener nada que ver con los checos.

De modo que al final, gracias al señor Benes, Eslovaquia fue anexada por los checos. Pero como este Estado no parecía suficientemente apropiado para vivir, tuvieron que incorporar a tres millones y medio de alemanes, lo que supuso una violación de su derecho a la autodeterminación y de su deseo por la autodeterminación. Como aquello no bastó, tuvieron que añadir a más de un millón de magiares, luego, algunos rusos de los Cárpatos y, al final, a varios cientos de miles de polacos. Este es el Estado que luego procedió a llamarse a sí mismo Checoslovaquia, lo que supuso una violación del derecho de los pueblos a la autodeterminación, una violación del claro deseo y la voluntad de las naciones a las que se había causado este daño.

Sin embargo, la parte vergonzosa de la historia empieza ahora. Este Estado, cuyo gobierno se encuentra en manos de una minoría, compele a las otras nacionalidades a cooperar en una política que un día de éstos los obligará a matar a tiros a sus propios hermanos. El señor Benes exige a los alemanes que: «Si declaro la guerra a Alemania, tendrán que disparar contra alemanes. Y si se niegan a hacerlo, serán unos traidores del Estado y haré que los fusilen». Y lo mismo espera de Hungría y de Polonia. Exige a los eslovacos que apoyen objetivos que les resultan totalmente indiferentes, ya que el pueblo eslovaco desea la paz y no aventuras. De hecho, el señor Benes convierte a estas personas en traidores al país o traidores a su pueblo. O se muestran dispuestos a traicionar a su pueblo, a disparar contra sus compatriotas, o el señor Benes les dice: «Son unos traidores a su país y yo mismo los fusilaré». ¿Acaso puede haber algo más vergonzoso que obligar a personas de otro pueblo, que se encuentra en unas circunstancias muy especiales, a disparar contra sus compatriotas por el mero hecho de que un gobierno criminal, malvado y ruinoso se lo exige? Puedo afirmar que cuando ocupamos Austria mi primera orden fue: ningún checo tiene por qué servir en el ejército alemán, es más, no debe hacerlo. Yo no les he provocado ningún conflicto de conciencia.

¡Ahora el señor Benes deposita sus esperanzas en el mundo! Y él y sus diplomáticos no lo ocultan. Lo afirman claramente: «Tenemos la esperanza de que Chamberlain sea derrocado, de que Daladier sea obligado a dimitir, y creemos que la revolución está en camino». Depositan sus esperanzas en la Rusia soviética. Aún creen que será capaz de rehuir el cumplimiento de sus obligaciones.

Así pues, sólo puedo decir una cosa más: en este momento hay dos hombres dispuestos uno frente al otro. El señor Benes está allí, y yo estoy aquí. Somos dos hombres de carácter muy distinto. Durante la gran lucha de los pueblos, mientras el señor Benes se dedicaba a vagar por el mundo, yo cumplí con mi trabajo como un honrado soldado alemán. ¡Y hoy me encuentro frente a este hombre como el soldado de mi gente!

Tan solo quisiera decir un par de cosas más: estoy agradecido al señor Chamberlain por todos sus esfuerzos. Le he asegurado que no hay nada que el pueblo alemán anhele más que la paz, pero también le he dicho que no puedo ir más allá de los límites de nuestra paciencia. También le he asegurado, y lo repito aquí, que cuando este problema se haya resuelto, para Alemania se habrán acabado los problemas territoriales de Europa. Y le he asegurado que en el momento en que Checoslovaquia solucione sus problemas, lo que significa que los checos alcancen un acuerdo con sus otras minorías, y mediante medios pacíficos y no la opresión, entonces cesará todo mi interés por el Estado checo. ¡Y se lo he prometido! ¡No queremos a los checos!

Pero del mismo modo, deseo afirmar ante el pueblo alemán que, en lo referente al problema de los Sudetes alemanes, ¡se me ha acabado la paciencia! Le he hecho una propuesta al señor Benes que no es más que la puesta en práctica de lo que él mismo prometió. Ahora, la decisión está en sus manos: ¡Paz o guerra! O acepta esta oferta y les concede la libertad a los alemanes, o iremos nosotros mismos a buscar esa libertad. El mundo debe tomar nota de que en cuatro años y medio de guerra, y durante mi larga vida política, hay una cosa que nadie podrá echarme en cara: ¡Nunca he sido un cobarde! ¡Ahora me sitúo al frente de mi pueblo como su primer soldado y detrás de mí, para que lo sepa el mundo, marcha un pueblo muy distinto al de 1918! Si en aquel momento un erudito trotamundos fue capaz de inyectarle a nuestro pueblo el veneno de los lemas democráticos, la gente de hoy en día ya no es como la de entonces. Tales lemas son para nosotros como los aguijones de avispa: no pueden hacernos daño, ahora somos inmunes. ¡Todo el pueblo germano se va a unir conmigo, sentirá que mi voluntad es su voluntad! Del mismo modo que su futuro y su destino son la fuerza que me lleva a actuar de este modo. Ahora queremos que nuestra voluntad sea tan fuerte como en el momento de nuestra lucha, el momento en que yo, un simple soldado desconocido, conquistó un imperio y nunca dudó del éxito ni de la victoria final.

Entonces se reunió en torno a mí un grupo de hombres y mujeres valientes que me acompañaron. Así que les pido, mi pueblo alemán, que se sitúen detrás de mí, hombre junto a hombre y mujer junto a mujer. En este momento, todos deseamos formar una voluntad común, y esta voluntad debe ser más fuerte que cualquier dificultad y peligro. Y si esta voluntad es más fuerte que todas las dificultades y todos los peligros, llegará un día en que los hará añicos. ¡Estamos decididos! ¡Ahora dejemos que el señor Benes tome una decisión!".