viernes, 22 de enero de 2016

FRIEDRICH AUGUST HAYEK “El hecho es que debido a una concepción teórica errónea hemos llegado a la posición precaria en la que no podemos impedir la reaparición de un desempleo considerable; esto no se debe a que el desempleo se produzca deliberadamente para combatir la inflación, sino porque debe ocurrir como una consecuencia lamentable pero inevitable de las políticas erróneas del pasado, tan pronto como la inflación deja de acelerarse”

FRIEDRICH AUGUST HAYEK
El hecho es que debido a una concepción teórica errónea hemos llegado a la posición precaria en la que no podemos impedir la reaparición de un desempleo considerable; esto no se debe a que el desempleo se produzca deliberadamente para combatir la inflación, sino porque debe ocurrir como una consecuencia lamentable pero inevitable de las políticas erróneas del pasado, tan pronto como la inflación deja de acelerarse”

FRIEDRICH AUGUST HAYEK

Conferencia en homenaje de Alfred Nobel 11 de Diciembre de 1974

LA PRETENSIÓN DEL CONOCIMIENTO


La ocasión particular de esta conferencia, combinada con el principal problema práctico que afrontan hoy los economistas, ha vuelto casi inevitable la selección de este tema.
Por una parte, el establecimiento aún reciente del Premio Nobel en Economía marca un punto importante del proceso por el cual, en la opinión pública, la economía ha recibido la dignidad y el prestigio de las ciencias físicas. Por la otra, se está pidiendo ahora a los economistas que expliquen cómo el mundo libre podrá librarse de la grave amenaza de la inflación acelerada, una amenaza creada -debemos admitirlo- por las políticas recomendadas y aun aconsejadas a los gobiernos por la mayoría de los economistas. En efecto, tenemos escasas razones para sentirnos orgullosos: como profesionales hemos enredado las cosas.
Me parece que esta incapacidad de los economistas para guiar la política económica con mayor fortuna se liga estrechamente a su inclinación a limitar en la mayor medida posible los procedimientos de las ciencias físicas que han alcanzado éxitos tan brillantes, un intento que en nuestro campo puede conducir directamente al fracaso. Es este un enfoque que se ha descrito como la actitud “científica” y que en realidad, como lo definí hace cerca de treinta años, “es decididamente anticientífica en el verdadero sentido del término, ya que implica una aplicación mecánica y nada crítica de hábitos de pensamiento a campos distintos de aquellos en que tales hábitos se han formado”. Ahora quiero empezar por explicar cómo algunos de los errores más graves de la política económica reciente son una consecuencia directa de este error científico.
La teoría que ha venido guiando la política monetaria y financiera durante los últimos treinta años, y que en mi opinión proviene en gran medida de esa concepción errónea del procedimiento científicamente adecuado, consiste en la afirmación de que existe una correlación positiva simple entre el empleo total y la magnitud de la demanda agregada de bienes y servicios; ello conduce a la creencia de que podemos asegurar permanentemente el empleo pleno manteniendo a un nivel adecuado el gasto monetario total. Entre las diversas teorías propuestas para explicar el gran nivel de desempleo esta es probablemente la única a cuyo favor pueden aducirse fuertes pruebas cuantitativas. Sin embargo, yo considero esta teoría fundamentalmente falsa, y creo muy peligrosa la actuación basada en ella, como ahora ocurre.
Esto me lleva a la cuestión fundamental. Al revés de lo que ocurre en las ciencias físicas, en la economía y otras disciplinas que se ocupan esencialmente de fenómenos complejos, los aspectos de los hechos que deben explicarse, acerca de los cuales podemos obtener datos cuantitativos son necesariamente limitados y pueden no incluir los más importantes. Mientras en las ciencias físicas se supone generalmente, quizá con razón, que todo factor importante que determina los hechos observados podrá ser directamente observable y medible, en el estudio de fenómenos tan complejos como el mercado, que depende de las acciones de muchos individuos, es muy improbable que puedan conocerse o medirse por completo todas las circunstancias que determinarán el resultado de un proceso, por razones que explicaré más tarde. y mientras que en las ciencias físicas el investigador podrá medir lo que considera importante de acuerdo con una teoría previa, en las ciencias sociales se trata a menudo como importante lo que resulte ser accesible a la medición. Esto se lleva en ocasiones hasta el punto de que se exija que nuestras teorías se formulen en términos tales que se refieran sólo a magnitudes medibles.
No puede negarse que tal exigencia limita en forma por demás arbitraria los hechos que habrán de admitirse como causas posibles de los hechos que ocurren en el mundo real. Esta concepción, que a menudo se acepta muy ingenuamente como algo requerido por el procedimiento científico, tiene algunas consecuencias paradójicas. Por supuesto, sabemos de muchos hechos referentes al mercado y estructuras sociales similares que no pueden medirse y a cerca de los cuales tenemos en efecto apenas alguna información muy imprecisa y general. Y dado que los efectos de estos hechos en cualquier caso particular no pueden ser confirmados por pruebas cuantitativas, simplemente son descartados por quienes se han comprometido a admitir sólo lo que consideran como pruebas científicas; luego proceden alegremente con la ficción de que los factores que pueden medir son los únicos importantes.
Por ejemplo, la correlación entre la demanda agregada y el empleo total sólo puede ser aproximada, pero en virtud de que es la única acerca de la cual podemos contar con datos cuantitativos, se acepta como la única relación causal que importa. Según este criterio, pueden existir sin duda mejores pruebas “científicas” a favor de una teoría falsa, que se aceptará porque es más “científica”, que a favor de una explicación válida, rechazada porque no se apoya en suficientes pruebas cuantitativas.
Ilustraré este punto con un bosquejo breve de lo que considero la principal causa real del desempleo generalizado, una descripción que explicará también por qué tal desempleo no puede ser corregido en forma duradera por las políticas inflacionarias recomendadas por la teoría que ahora está de moda. Me parece que esta explicación correcta es la existencia de discrepancias entre la distribución de la demanda en los diversos bienes y servicios y la asignación de la mano de obra y otros recursos en la producción de tales bienes y servicios. Poseemos un conocimiento “cualitativo” bastante bueno de las fuerzas que producen una correspondencia entre la demanda y la oferta en los diversos sectores del sistema económico, de las condiciones en que se logra tal correspondencia y de los factores que tenderán a impedir tal ajuste. Los diversos pasos de la descripción de este proceso descansan en hechos de la experiencia diaria, y pocos de quienes se tomen el trabajo de seguir el argumento cuestionarán la validez de los supuestos empíricos o la correlación lógica de las conclusiones obtenidas de ellos. Tenemos en efecto buenas razones para creer que el desempleo indica que la estructura de los precios y salarios relativos ha sido distorsionada (de ordinario por la fijación monopólica o gubernamental de los precios), y que para restaurar la igualdad entre la demanda y la oferta de la mano de obra en todos los sectores se requerirán cambios de los precios relativos y algunas transferencias de la mano de obra.
Pero cuando se nos piden pruebas cuantitativas de la estructura particular de los precios y salarios que se requeriría para asegurar una venta continua y regular los productos y servicios ofrecidos, debemos admitir que no tenemos tal información. En otras palabras, conocemos las condiciones generales en que se establecerá por sí solo lo que llamamos, en forma un tanto equívoca, un equilibrio; pero nunca sabemos cuáles son los precios o salarios particulares que existirían si el mercado produjera tal equilibrio. Sólo podemos señalar cuáles son las condiciones en que podemos esperar que el mercado establezca los precios y salarios en que la demanda se igualará a la oferta. Pero nunca podremos producir información estadística que indique la medida en que los precios y salarios prevalecientes se desvían de los que asegurarían una venta continua de la oferta de mano de obra actual. Aunque esta descripción de las causas del desempleo es una teoría empírica en el sentido de que podría demostrarse su falsedad si, por ejemplo con una oferta monetaria constante, un aumento general de los salarios no condujera al desempleo, esta no es ciertamente la clase de teoría que podríamos utilizar para obtener predicciones numéricas específicas acerca de las tasas de salarios, o la distribución de la mano de obra, que deban esperarse.
Sin embargo, ¿por qué habríamos de suponer, en economía, la ignorancia de la clase de hechos acerca de los cuales, en el caso de una teoría física, se esperaría sin duda que un científico ofreciese una información precisa? Probablemente no deba sorprendernos que quienes se han impresionado por el ejemplo de las ciencias físicas encuentran muy poco satisfactoria esta posición e insistan en los criterios de prueba que se encuentran en tales ciencias. La razón de este estado de cosas es el hecho, al que ya hice breve referencia, de que las ciencias sociales, como gran parte de la biología pero al revés de la mayoría de los campos de las ciencias físicas, deben ocuparse de estructuras dotadas de una complejidad esencial; es decir, de estructuras cuyas propiedades características sólo pueden mostrarse por modelos integrados por un número relativamente grande de variables. La competencia, por ejemplo, es un proceso que producirá ciertos resultados sólo si ocurre en un número bastante grande de agentes económicos.
En algunos campos, sobre todo cuando ocurren problemas similares en las ciencias físicas, las dificultades pueden superarse utilizando, en lugar de una información específica acerca de los elementos individuales, datos acerca de la frecuencia relativa o la probabilidad de la presentación de las diversas propiedades distintivas de los elementos. Pero sólo se aplica cuando debemos ocuparnos de lo que el doctor Warren Weaver (anteriormente miembro de la Fundación Rockefeller) llamó, con una distinción que debiera estar mucho más generalizada, “fenómenos de complejidad desorganizada”, por oposición a los “fenómenos de complejidad organizada”, como ocurre en las ciencias sociales. La complejidad organizada significa aquí que el carácter de las estructuras que la presentan depende no sólo de las propiedades de los elementos individuales de que se componen, y de la frecuencia relativa con que ocurran tales propiedades, sino también de la forma en que los elementos individuales se conecten entre sí. Por esta razón, en la explicación del funcionamiento de tales estructuras no podemos sustituir la información relativa a los elementos individuales con información estadística, sino que requerimos una información completa acerca de cada elemento para que nuestra teoría pueda obtener pronósticos específicos acerca de hechos individuales. Sin tal información determinada acerca de los elementos individuales, estaremos confinados a lo que otra ocasión he llamado los meros pronósticos de patrones, o sea los pronósticos acerca de algunos de los atributos generales de las estructuras que se formarán, pero sin contener enunciados específicos acerca de los elementos individuales de que se compondrán las estructuras. 
Esto es verdad en particular con relación a nuestras teorías que se ocupan de la determinación de los sistemas de precios y salarios relativos que se formarán en un mercado que funcione bien. En la determinación de estos precios y salarios intervendrán los efectos de la información particular poseída por cada uno de los participantes en el proceso del mercado, una suma de hechos que en su totalidad no puede conocer el observador científico, ni ningún otro cerebro singular. Esta es en efecto la fuente de la superioridad del orden del mercado, y la razón de que, cuando no se ve suprimido por los poderes del gobierno, el mercado desplace regularmente a todos los demás tipos de orden, de que en la asignación de recursos resultante se utilizará una cantidad de conocimientos de hechos particulares, que sólo existen dispersos entre innumerables personas, mayor que la que pueda poseer cualquier individuo. Pero en virtud de que nosotros, los científicos observadores, no podemos conocer entonces todos los determinantes de tal orden, y en consecuencia tampoco podemos saber en cuál estructura particular de precios y salarios será igual en todas partes la demanda a la oferta, no podremos medir las desviaciones de ese orden; tampoco podremos verificar estadísticamente nuestra teoría de que las desviaciones de ese sistema de “equilibrio” de precios y salarios son las que vuelven imposible la venta de algunos de los productos y servicios a los precios a que se ofrecen,
Antes de continuar con lo que realmente me interesa, los efectos de todo esto sobre las políticas de empleo que ahora se siguen, trataré de identificar en forma más específica las limitaciones inherentes de nuestro conocimiento numérico que se olvidan tan a menudo. Quiero hacerlo para no dar la impresión de que rechazo en general el método matemático en la economía. En realidad, considero que la mayor ventaja de la técnica matemática consiste en que nos permite describir, por medio de ecuaciones algebraicas, el carácter general de un patrón aun cuando ignoremos los valores numéricos que determinarán su manifestación particular. Sin esta técnica algebraica, no habríamos podido lograr esa representación comprensiva de las interdependencias recíprocas existentes entre los diversos hechos de un mercado. Sin embargo, esa técnica ha creado la impresión de que podemos utilizarla para la determinación y el pronóstico de los valores numéricos de tales magnitudes; esto ha conducido a una búsqueda vana de constantes cuantitativas o numéricas. Esto ha ocurrido a pesar de que los fundadores modernos de la economía matemática no albergaban tales ilusiones. Es cierto que sus sistemas de ecuaciones que describen el patrón de un equilibrio de mercado se formulan como si pudiéramos llenar todos los espacios en blanco de las fórmulas abstractas; es decir, si conociéramos todos los parámetros de estas ecuaciones, podríamos calcular los precios y las cantidades de todos los bienes y servicios vendidos. Pero como enunció claramente Vilfredo Pareto, uno de los fundadores de esta teoría, su propósito no puede ser el de “llegar a un cálculo numérico de los precios” porque, como dijo Pareto, sería “absurdo” suponer que pudiéramos tener todos los datos. En realidad, el punto principal había sido apreciado ya por esos notables precursores de la economía moderna, los escolásticos españoles del siglo XVI, quienes hicieron hincapié en que lo que ellos llamaban pretium mathematicum, el precio matemático, dependía de tantas circunstancias particulares que no podría ser conocido jamás por el hombre, sino sólo por Dios. A veces quisiera que nuestros economistas matemáticos hubiesen entendido esto a la perfección. Debo confesar que todavía dudo que su búsqueda de magnitudes medibles haya hecho alguna aportación importante a nuestro entendimiento teórico de los fenómenos económicos, por oposición a su valor como una descripción de situaciones particulares. Tampoco puedo aceptar la excusa de que esta rama de la investigación es todavía demasiado joven. Después de todo, Sir William Petty, el fundador de la econometría, ¡era más viejo que Sir Isaac Newton, su colega en la Real Sociedad Británica!
Quizá hay pocos casos en que la superstición de que sólo pueden ser importantes las magnitudes medibles haya causado verdadero daño en el campo económico. Pero los problemas actuales de la inflación y el empleo son muy graves. Su efecto ha sido que la mayoría de los economistas de mente científica han pasado por alto lo que probablemente constituye la verdadera causa del desempleo generalizado, en virtud de que su operación no podría ser confirmada por la existencia de relaciones directamente observables entre magnitudes medibles, y en virtud de que una concentración casi exclusiva en los fenómenos superficiales cuantitativamente medibles ha producido una política que ha empeorado las cosas.
Por supuesto, debe admitirse sin reparos que la clase de teoría que yo considero la verdadera explicación del desempleo es una teoría de contenido limitado porque sólo nos permite formular pronósticos muy generales acerca de la clase de hechos que debemos esperar en una situación dada. Pero los efectos de las construcciones más ambiciosas sobre la política no han sido muy afortunados y debo confesar que prefiero el conocimiento verdadero, aunque imperfecto, a pesar de que deje muchas cosas indeterminadas e imprevisibles, a una pretensión de conocimiento exacto que probablemente será falso. Como demuestra este ejemplo, el crédito que puedan ganar las teorías aparentemente sencillas pero falsas por su aparente conformidad con criterios científicos reconocidos, puede tener consecuencias graves.
En realidad, en el caso que comentamos, las mismas medidas recomendadas por la teoría “macroeconómica” dominante como un remedio para el desempleo, o sea el incremento de la demanda agregadas, se han convertido en una de las causas de la mala asignación muy generalizada de los recursos que probablemente volverá inevitablemente el desempleo posterior a gran escala. La inyección continua de cantidades adicionales de dinero en algunos puntos del sistema económico donde crea una demanda temporal que debe cesar cuando el incremento de la cantidad de dinero cese o se vuelva más lento, aunada a la expectativa de un aumento continuo de los precios, canaliza la mano de obra y otros recursos hacia empleos que sólo pueden durar mientras el incremento de la cantidad de dinero continúe al mismo ritmo, o quizá sólo mientras continúe acelerándose a una tasa dada. Lo que ha producido esta política no es tanto un nivel de empleo que no habría podido producirse en otras formas, sino la distribución del empleo que no puede mantenerse indefinidamente y que después de algún tiempo sólo podrá mantenerse por una tasa de inflación que conducirá rápidamente a la desorganización de toda la actividad económica. El hecho es que debido a una concepción teórica errónea hemos llegado a la posición precaria en la que no podemos impedir la reaparición de un desempleo considerable; esto no se debe -como se sostiene en ocasiones a una mala interpretación de nuestra postura- a que el desempleo se produzca deliberadamente para combatir la inflación, sino porque debe ocurrir como una consecuencia lamentable pero inevitable de las políticas erróneas del pasado, tan pronto como la inflación deja de acelerarse.
Sin embargo, ahora debo abandonar estos problemas de importancia práctica inmediata que he introducido sobre todo como una ilustración de las consecuencias catastróficas que pueden provenir de los errores relativos a los problemas abstractos de la filosofía de la ciencia. Hay tanta razón para preocuparnos por los peligros a largo plazo creados en un campo mucho más amplio por la aceptación sin sentido crítico de afirmaciones que tienen la apariencia de ser científicas, como en el caso de los problemas que he discutido. Lo que quería señalar sobre todo con la ilustración particular es que sin duda en mi campo, pero creo que también en general en las ciencias del hombre, lo que parece superficialmente el procedimiento más científico es a menudo el menos científico, y además que en estos campos hay límites definidos que la ciencia no podrá alcanzar. Esto significa que si encargamos a la ciencia -o al control deliberado de acuerdo con principios científicos- más de lo que el método científico puede lograr, podemos obtener efectos deplorables. Por supuesto, el progreso de las ciencias naturales en la época moderna ha superado tanto todas las expectativas que toda sugerencia de que puedan existir límites despertará inevitablemente sospechas. Sobre todo se opondrán a ese enfoque quienes tienen esperanzas de que nuestro creciente poder de pronóstico y control, considerado generalmente como el resultado característico del adelanto científico, aplicado a los procesos de la sociedad, pronto nos permitirá moldear la sociedad totalmente de acuerdo con nuestros gustos. Es cierto que, por contraste con el entusiasmo que tienden a producir los descubrimientos de las ciencias físicas, las percepciones que obtenemos del estudio de la sociedad tienen a menudo un efecto negativo sobre nuestras aspiraciones, y quizá no deba sorprendernos que los miembros más jóvenes e impetuosos de nuestra profesión no estén siempre dispuestos a aceptarlo. Pero la confianza en el poder ilimitado de la ciencia se basa a menudo en una creencia falsa de que el método científico consiste en la aplicación de una técnica hecha a la medida, o en la imitación de la forma y no de la sustancia del procedimiento científico, como si sólo necesitáramos seguir algunas recetas de cocina para resolver todos los problemas sociales. A veces parece que las técnicas de la ciencia se aprendieran con facilidad mucho mayor que el pensamiento que nos muestra cuáles son los problemas y cómo debemos enfocarlos.
El conflicto entre lo que espera ahora el público que la ciencia logre para satisfacer las aspiraciones populares y lo que realmente puede lograr es un asunto grave porque, aun si los verdaderos científicos reconocieran las limitaciones de lo que pueden hacer en el campo de los asuntos humanos, mientras el público espere más habrá siempre alguien que pretenda, y quizá que crea honestamente, que puede lograr más para satisfacer las demandas populares. Con frecuencia resulta muy difícil para el experto, y sin duda es imposible en muchos casos para el lego, distinguir entre las pretensiones legítimas y las ilegítimas formulada en nombre de la ciencia. La publicidad enorme concedida recientemente por los medios de difusión a un informe que se pronunciaba en nombre de la ciencia sobre Los límites del crecimiento, y el silencio de los mismos medios de difusión acerca de la crítica devastadora que ha recibido este informe a manos de los expertos competentes, debe hacernos sentir cierto temor por el uso que puede darse al prestigio de la ciencia. Pero no es en modo alguno sólo en el campo de la economía que se formulan grandes pretensiones en aras de una dirección más científica de todas las actividades humanas y de la conveniencia de sustituir los procesos espontáneos por el “control humano consciente”. Si no estoy equivocado, a psicología, la psiquiatría y algunas ramas de la sociología, para no decir nada de la llamada filosofía de la historia, se ven más afectadas aún por lo que he llamado el prejuicio científico y por las pretensiones falsas acerca de lo que la ciencia puede lograr. 
Para salvaguardar la reputación de la ciencia e impedir la arrogancia del conocimiento basado en una similitud superficial del procedimiento con el utilizado en las ciencias físicas, tendremos que hacer grandes esfuerzos para destruir tales arrogancias, algunas de las cuales pueden haberse convertido ya en los intereses creados de departamentos universitarios bien establecidos. Nunca podremos agradecer demasiado a filósofos modernos de la ciencia como Sir Karl Popper por habernos dado una prueba para distinguir entre lo que podemos aceptar como científico y lo que no lo es; una prueba que seguramente no pasarían algunas tesis aceptadas ahora generalmente como científicas. Sin embargo, hay algunos problemas especiales en relación con esos fenómenos esencialmente complejos, de los que las estructuras sociales constituyen un ejemplo tan importante, que me llevan a tratar de concluir enunciando en términos más generales las razones por las cuales no hay en estos campos sólo obstáculos absolutos para el pronóstico de hechos específicos; pero actuar como si poseyésemos un conocimiento científico que nos permita superarlos puede convertirse en sí mismo en un obstáculo grave para el adelanto del intelecto humano.
El punto principal que debemos recordar es que el adelanto grande y rápido de las ciencias físicas ocurrió en campos donde se probó que la explicación y el pronóstico podrían basarse en leyes que describen los fenómenos observados como funciones de un número relativamente pequeño de variables, ya fuesen hechos particulares o frecuencias relativas de los hechos. Esta puede ser aun la razón final de que destaquemos estos campos como “físicos” por oposición a las estructuras más altamente organizadas que he llamado aquí fenómenos esencialmente complejos. No hay razón para que la posición deba ser la misma en unos campos y en otros. Las dificultades que encontramos en los campos citados en último término no son, como podría creerse a primera vista, dificultades acerca de la formulación de teorías para la explicación de los hechos observados, aunque también causan dificultades especiales en relación con la verificación de las explicaciones propuestas y por lo tanto en relación con la eliminación de las malas teorías. Tales dificultades se deben al problema principal que surge cuando aplicamos nuestras teorías a cualquier situación particular del mundo real. Una teoría de fenómenos esencialmente complejos debe referirse a un gran número de hechos particulares, y para obtener un pronóstico de tal teoría, o para verificarla, debemos determinar todos esos hechos particulares. Una vez que lo lográramos, no habría dificultad particular para derivar pronósticos verificables; con el auxilio de las computadoras modernas sería muy fácil la inserción de estos datos en los espacios en blanco correspondientes de las fórmulas teóricas y la obtención de un pronóstico. La verdadera dificultad, para cuya solución la ciencia tiene poco que aportar, y que a veces es en efecto insoluble, consiste en la determinación de los hechos particulares.
Un ejemplo mostrará la naturaleza de esta dificultad. Consideremos un partido de béisbol entre unos cuantos jugadores de habilidad aproximadamente igual. Si conociésemos unos cuantos hechos particulares además de nuestro conocimiento general de la capacidad de los jugadores individuales, tales como su estado de atención, sus percepciones y el estado de sus corazones, pulmones, músculos, etcétera, en cada momento del juego, probablemente podríamos pronosticar el resultado. En realidad, si estuviésemos familiarizados con el juego y con los equipos, probablemente tendríamos una idea muy buena de los factores de los cuales dependerá el resultado. Pero por supuesto no podremos determinar estos hechos y en consecuencia el resultado del partido quedará fuera del alcance de lo científicamente pronosticable, por bien que conozcamos los efectos que algunos hechos particulares tendrán sobre dicho resultado. Esto no significa que no podamos formular ningún pronóstico acerca del curso del partido. Si conocemos las reglas de los diversos juegos, al observar uno de ellos sabremos muy pronto cuál juego se está desarrollando, qué tipo de acciones podemos esperar y cuáles no. Pero nuestra capacidad de pronóstico estará limitada a esas características generales de los hechos que pueden esperarse y no incluirá la capacidad de vaticinar hechos individuales particulares.
Esto corresponde a lo que he llamado antes los pronósticos del mero patrón, a los que nos limitamos cada vez más a medida que pasamos del campo donde prevalecen leyes relativamente sencillas al campo de fenómenos regido por la complejidad organizada. A medida que avanzamos encontramos cada vez con más frecuencia que en efecto sólo podemos determinar algunas de las circunstancias particulares, pero no todas, que determinan el resultado de un proceso dado, y en consecuencia sólo podemos pronosticar algunas propiedades del resultado que debemos esperar, aunque no todas. A menudo sólo podremos pronosticar alguna característica abstracta del patrón que aparecerá; algunas relaciones entre clases de elementos acerca de los cuales sabemos muy poco individualmente. Sin embargo, me interesa mucho recalcar que todavía podremos formular pronósticos susceptibles de ser refutados y que por lo tanto tienen una importancia empírica.
Por supuesto, por comparación con los pronósticos precisos que hemos aprendido a esperar de las ciencias físicas, esta clase de pronósticos del mero patrón es una alternativa menos buena con la que no quisiéramos conformarnos. Pero el peligro que quiero prevenir es precisamente la creencia de que para tener una pretensión que se acepte como científica es necesario lograr más. Por este camino se llega a la charlatanería y a cosas peores. El hecho de actuar en la creencia de que poseemos el conocimiento y el poder que nos permitirá moldear los procesos de la sociedad por entero a nuestro gusto, un conocimiento que en realidad no poseemos, nos causará probablemente mucho daño. En las ciencias físicas puede haber escasa objeción al esfuerzo por lograr lo imposible; aun podríamos creer que no debemos desalentar a quien se muestre demasiado optimista porque después de todo sus experimentos pueden producir algunas percepciones nuevas. Pero en el campo social, la creencia errónea de que el ejercicio de cierto poder tendría consecuencias benéficas tenderá a producir un nuevo poder para ejercer coerción sobre otros hombres a nombre de cierta autoridad. Aun si tal poder no es en sí mismo malo, su ejercicio tenderá a impedir el funcionamiento de las fuerzas ordenadoras espontáneas cuyo entendimiento ayuda en efecto en tan gran medida al hombre en la consecución de sus objetivos. Apenas empezamos a entender cuán sutil es el sistema de comunicación en que se basa el funcionamiento de una sociedad industrial avanzada; un sistema de comunicaciones que llamamos el mercado y que resulta ser un mecanismo para el procesamiento de información dispersa más eficiente que cualquier otro mecanismo diseñado deliberadamente por el hombre.
Para que el hombre no haga más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, deberá aprender que aquí, como en todos los demás campos donde prevalece la complejidad esencial organizada, no puede adquirir todo el conocimiento que permitirá el dominio de los acontecimientos. En consecuencia, tendrá que usar el conocimiento que pueda alcanzar, no para moldear los resultados como el artesano moldea sus obras, sino para cultivar el crecimiento mediante la provisión del ambiente adecuado, a la manera en que el jardinero actúa con sus plantas. En el sentimiento de excitación generado por el poderío siempre creciente engendrado por el adelanto de las ciencias físicas, y que tienta al hombre, existe el peligro de que éste, “embriagado de éxito”, para usar una frase característica del comunismo inicial, trate de someter al control de una voluntad humana no sólo nuestro ambiente natural sino también el ambiente humano. En realidad, el reconocimiento de los límites insuperables de su conocimiento debiera enseñar al estudioso de la sociedad una lección de humildad que lo protegiera en contra de la posibilidad de convertirse en cómplice de la tendencia fatal de los hombres a controlar la sociedad, una tendencia que no sólo los convierte en tiranos de sus semejantes sino que puede llevarlos a destruir una civilización no diseñada por ningún cerebro, alimentada de los esfuerzos libres de millones de individuos.
FRIEDRICH AUGUST HAYEK


jueves, 21 de enero de 2016

RENÉ FAVALORO “Los sindicalistas de turno ¡Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica!”

RENÉ FAVALORO 
Los sindicalistas de turno ¡Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica!”


CARTA DEJADA POR EL DR. RENÉ FAVALORO ANTES DE SUICIDARSE


CARTA DEJADA POR EL DR. RENÉ FAVALORO ANTES DE SUICIDARSE, octubre 18, 2009

Favaloro, los sindicatos y la corrupción de la medicina.



Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic , está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces.. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Guemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles.
Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno. La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces.
La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada).
Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente.
Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía.
A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo. Este era nuestro único contacto.
A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el Departamento de Investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular.
Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado.
La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos; como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.
¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno! Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.
Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país.
Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).
Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda.
El que quiera negar que todo esto es cierto, que acepte que rija en la Argentina el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno.
Lo mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga), el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana, sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.
Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio?. Muy simple: el paciente es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. '¿Pero cómo, usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?'. 'Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe'. El cirujano 'de real valor' además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!
Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las 'indicaciones' de su cardiólogo. '¿Doctor, usted sigue operando?' y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre. Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional. Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna 'lecture' de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos. Pero aquí, vuelven a insertarse en el 'sistema' y el dinero es lo que más les interesa. La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar.
Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter eco, camara y etc., etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos. No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle 'la operación económica' y entregará el sobre correspondiente!.
La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir 'no hay camas disponibles'. Nuestro juramento médico lo impide.
Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses... Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica.
En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben. Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.
Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta.
¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?
Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.
La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic , le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español! Sin duda la lucha ha sido muy desigual.
El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse. Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al 'sistema'.
Sí al retorno, sí al ana-ana.
'Pondremos gente a organizar todo'. Hay 'especialistas' que saben cómo hacerlo. 'Debés dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado'. 'Debés comprenderlo si querés salvar a la Fundación'
¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!
En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer. Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: 'a mí no me ha derrotado nadie'. Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla.
Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo. '¡La leyenda, la leyenda!'
Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga.
Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz.
Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata.
No puedo cambiar.
No ha sido una decisión fácil pero sí meditada.
No se hable de debilidad o valentía.
El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano.
Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.
Estoy tranquilo... Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.
En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta. En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.
A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco. Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.
Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.
Un abrazo a todos.
René Favaloro


ELIE WIESEL ¿Por qué Roosevelt no permitió el desembarco de esos refu­giados?

ELIE WIESEL
¿Por qué Roosevelt no permitió el desembarco de esos refu­giados?


ELIE WIESEL


Séptimo Encuentro del Milenio en la Casa Blanca, Washington 12 de Abril de 1999

“Los peligros de la indiferencia”


Hace cincuenta y cuatro años, un chico judío de una pequeña localidad de los Cárpatos se despertó, no muy lejos de la amada Weimar de Goe­the, en un lugar de eterna infamia llamado Buchenwald. Por fin estaba libre, pero su corazón no rebosaba alegría. Creyó que nunca volvería a ser feliz. Liberado un día antes por los soldados americanos, recuerda su rabia ante lo que encontraron allí. Y mientras viva, ese joven siempre les agradecerá su rabia y también su compasión. Aunque no entendía su idio­ma, sus ojos le informaron de lo que necesitaba saber: que ellos también recordarían y darían fe de lo que acababan de ver.
Nos encontramos en el umbral de un nuevo siglo, de un nuevo milenio. ¿Cuál será el legado de este siglo que ahora se agota? ¿Cómo será recordado en el nuevo milenio? Indudablemente, será juzgado, y juzgado severamente, en términos morales y metafísicos. Estos fracasos pueden proyectar una oscu­ra sombra sobre la humanidad: dos guerras mundiales, incontables guerras civiles y una cadena interminable de asesinatos. (...)
Demasiada violencia; demasiada indiferencia. ¿Qué es la indiferencia? Etimológicamente, la palabra significa «falta de diferencia». Un estado extraño y poco natural en el cual no se distingue entre la luz y la oscuridad, el amanecer y el atardecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal. ¿Cuáles son sus caminos y sus consecuencias ineludibles? ¿Se trata de una filosofía? ¿Puede concebirse una filosofía de la indiferencia? ¿Es posible considerar la indiferencia como una virtud? ¿Es necesario, en ocasiones, practicarla para mantener la cordura, vivir con normalidad, disfrutar de una buena comida y una copa de vino, mientras el mundo que nos rodea sufre unas experiencias desgarradoras?.
Evidentemente, la indiferencia puede resultar tentadora. En ocasiones, incluso seductora. Resulta mucho más fácil apartar la mirada de las víc­timas. Es mucho más fácil evitar estas abruptas interrupciones a nuestro trabajo, nuestros sueños y nuestras esperanzas. A fin de cuentas, es extra­ño y pesado implicarse en el dolor y la desesperación de los demás. Para una persona indiferente, sus vecinos carecen de importancia. Por tanto, sus vidas carecen de sentido para él. Su dolor oculto o incluso visible no le interesa. La indiferencia reduce al otro a una abstracción. (...)
En cierto sentido, ser indiferente a ese sufrimiento es lo que deshumani­za al ser humano. A fin de cuentas, la indiferencia es más peligrosa que la ira o el odio. A veces, la ira puede ser creativa. Uno escribe un hermo­so poema, una magnífica sinfonía. Uno crea algo especial por el bien de la humanidad, porque está enfadado con la injusticia de la que es testi­go. Pero la indiferencia nunca es creativa. Incluso el odio, en ocasiones, puede suscitar una respuesta. Lo combates. Lo denuncias. Lo desarmas.
La indiferencia no suscita ninguna respuesta. La indiferencia no es una respuesta. La indiferencia no es un comienzo; es un final. Por tanto, la indiferencia es siempre amiga del enemigo, puesto que beneficia al agre­sor, nunca a su víctima, cuyo dolor se intensifica cuando la persona se siente olvidada. El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar... No responder a su dolor ni aliviar su soledad ofreciéndoles una chispa de esperanza es exiliarlos de la memoria huma­na. Y al negar su humanidad, traicionamos a nuestra.
Por tanto, la indiferencia no sólo es un pecado, sino también un castigo.
Y ésta es una de las lecciones más importantes que debemos extraer de los múltiples experimentos con el bien y el mal que han tenido lugar en este siglo.
En mi lugar de origen la sociedad estaba compuesta por tres sencillas categorías: los asesinos, las víctimas y los que no hacían nada. Durante la época más oscura, dentro de los guetos y de los campos de la muerte -me alegro de que la señora Clinton mencionara que ahora estamos con­memorando ese evento, ese período, que ahora nos encontramos en una etapa para recordar-, nos sentíamos abanconados y olvidados. Todos nos sentíamos así.
Nuestro único y miserable consuelo era creer que Auschwitz y Treblinka eran secretos muy bien guardados; que los líderes del mundo libre no sa­bían lo que estaba pasando detrás de esos portales negros y ese alambre de púas; que no tenían conocimiento de la guerra contra los judíos que los ejércitos de Hitler y sus cómplices libraban como parte de la guerra contra los Aliados. Si lo supieran, pensábamos, los líderes habrían remo­vido cielo y tierra para tomar cartas en el asunto. Se habrían pronuncia­do con gran valor y convicción. Habrían bcmbardeado las vías de tren que conducían a Birkenau; sólo las vías de tren, sólo una vez.
Y entonces descubrimos que el Pentágono lo sabía, que el Departamen­to de Estado lo sabía...
[...] La deprimente historia del Saint Louis es un ejemplo de ello. Hace sesenta años, su carga humana -casi un millar de judíos- fue devuelta a la Alemana nazi. Y eso ocurrió después de la Kristallnacht, después del primer pogromo organizado por el Estado, en el que se destruyeron cen­tenares de comercios judíos, se quemaron sinagogas y miles de personas fueron encerradas en campos de concentración. Ese barco, que llegó a las costas de Estados Unidos, fue enviado de vuelta a su destino. No lo entiendo. Roosevelt era un buen hombre, tenía corazón. Entendía a quie­nes necesitaban ayuda. ¿Por qué no permitió el desembarco de esos refu­giados? Mil personas, en Estados Unidos, el gran país, la mayor demo­cracia del mundo, la más generosa de todas las nuevas naciones de la historia moderna. ¿Qué ocurrió? No lo entiendo. ¿Por qué esa indiferen­cia, al máximo nivel, hacia el sufrimiento de las víctimas?.
Pero también existían seres humanos sensibles a nuestra tragedia. Esas per­sonas no judías, esos cristianos, los que nosotros llamamos «los gentiles jus­tos» y esos actos desinteresados de heroísmo salvaron el honor de su fe. ¿Por qué fueron tan pocos? ¿Por qué se dedicó un mayor esfuerzo a salvar a los asesinos de las SS después de la guerra que a salvar a sus víctimas durante la contienda? ¿Por qué algunas de las empresas más importantes de Esta­dos Unidos siguieron haciendo negocios con la Alemania de Hitler hasta 1942? Se ha llegado a afirmar, gracias a la abundante documentación, que la Wehrmacht no habría emprendido su invasión de Francia sin el petróleo de origen americano. ¿Cómo se puede explicar su indiferencia?
Aun así, amigos míos, también han ocurrido hechos positivos en este trau­mático siglo(...) Recordemos el encuen­tro, lleno de dramatismo y emoción entre Rabin, Arafat y usted, señor pre­sidente, celebrado en este mismo lugar. Yo estaba aquí y nunca lo olvidaré. Y luego, por supuesto, la decisión conjunta de Estados Unidos y la OTAN para intervenir en Kosovo y salvar a esas víctimas, a esos refugiados, a esos desplazados por un hombre. Creo que ese hombre debería ser acusado de «crímenes contra la humanidad».
Pero esta vez, el mundo no calló. Esta vez respondimos. Esta vez interve­nimos.
¿Significa esto que hemos aprendido del pasado? ¿Significa que la socie­dad ha cambiado? ¿Acaso el ser humano se ha vuelto menos indiferente y más humano? ¿Realmente hemos aprendido de nuestras experiencias? ¿Somos menos insensibles al dolor de las víctimas de la limpieza étnica y de otras formas de injusticia en lugares cercanos y lejanos? ¿Es la inter­vención justificada de hoy en Kosovo, dirigida por usted, señor presiden­te, una advertencia duradera de que jamás se volverá a permitir la depor­tación, la tortura de los niños y de sus padres, en ninguna parte del mundo? ¿Esta acción servirá para desalentar a otros dictadores?.
¿Qué hay de los niños? Los vemos por televisión, leemos acerca de ellos en los periódicos y se nos parte el corazón. Inevitablemente, su destino siempre es el más trágico. Cuando los adultos libran una guerra, los niños perecen. Vemos sus rostros, sus ojos. ¿Escuchamos sus súplicas? ¿Senti­mos su dolor, su agonía? Por cada minuto que pasa muere un niño debi­do a la enfermedad, la violencia o el hambre.
Algunos de ellos, muchos, podrían, salvarse.
Una vez más, pienso en el chico judío dé los Cárpatos. Ha acompañado al hombre anciano en el que me he convertido a lo largo de estos años de lucha y búsqueda. Juntos caminamos hacia el nuevo milenio, impulsados por un profundo temor y una extraordinaria esperanza.
ELIE WIESEL


Elie Wiesel, escritor estadounidense, de origen rumano, sobreviviente de los campos de concentración. Ha dedicado toda su vida a escribir y a hablar sobre los horrores del Holocausto, con la firme intención de evitar que se repita en el mundo una barbarie similar. Fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1986.

miércoles, 20 de enero de 2016

JULIA GILLARD “Los australianos tienen derecho a un reparto más equitativo de nuestra herencia”

JULIA GILLARD
Los australianos tienen derecho a un reparto más equitativo de nuestra herencia”

JULIA GILLARD

DISCURSO DE INVESTIDURA COMO PRIMERA MINISTRA DE AUSTRALIA, 24 de Junio de 2010

Puedo decir a todos y cada uno de los australianos, con la mayor humildad, resolución y entusiasmo, que busqué la aprobación de mis compañeros de partido para ser la líder de los laboristas y la primera ministra de este país.
He aceptado ese respaldo.
Y me siento muy honrada de liderar a este país que me encanta.
Estoy totalmente comprometida con servir a nuestro pueblo.
Crecí en el gran estado de Australia del Sur.
Crecí en un hogar de padres trabajadores.
Ellos me enseñaron el valor del trabajo duro.
Ellos me enseñaron el valor del respeto.
Ellos me enseñaron el valor de hacer su parte a la comunidad.
Y son estos los valores los que me guiaran como primera ministra de Australia.
Yo creo en un gobierno que premia a los que trabajan más duro y no a los que se quejan más fuertes.
Yo creo en un gobierno que premia a aquellos que, día tras día, trabajan en nuestras fábricas y en nuestras granjas, en nuestras minas, en nuestras aulas y en nuestros hospitales, que recompensa el trabajo duro, la decencia y el esfuerzo. La gente que obra conforme a las normas, pone sus alarmas temprano, recoge a sus niños en la escuela, apoya a sus vecinos y le gusta su país.
Y también creo que el "liderazgo" alrededor de la autoridad, nace del respeto mutuo compartido por sus colegas; del trabajo en equipo y el trabajo duro;… el trabajo en equipo y el espíritu.
Son estas creencias que han sido mi brújula durante los tres años y medio del servicio más fiel que pude ofrecer a mi colega, Kevin Rudd.
Le pedí a mis compañeros un cambio de liderazgo.
Un cambio porque pensaba que el gobierno se estaba alejando de su camino y porque creo, fundamentalmente, que la educación y la sanidad básicas en las que confían los australianos, así como sus condiciones laborales, peligran en las próximas elecciones.
Amo a este país y no iba a quedarme cruzada de brazos viendo como la oposición iba a recortar la educación, la sanidad y a acabar con los derechos laborales.
Mis valores y mis creencias me han llevado a dar un paso adelante y ocupar el cargo de primera ministra
Hoy quiero hacer algunos compromisos con el pueblo australiano.
Quiero hacer en primer lugar un compromiso. Lideraré un gobierno sólido y responsable que tomará el control de nuestro futuro.
Un gobierno sólido y responsable para mejorar y proteger los servicios públicos esenciales y los derechos básicos de los que nuestra gente depende, incluyendo de manera significativa, los derechos laborales.
Deseo hacer dos reconocimientos.
Asumo mi parte justa de la responsabilidad en el historial del gobierno de Rudd, por nuestros logros importantes y de los errores cometidos.
Sé que el gobierno de Rudd no hizo todo lo que dijo que haría.
Y a veces, se desvió de su curso.
También reconozco que ciertamente no he sido elegida primera ministra por los australianos.
Y yo le pediré al Gobernador General que convoque a una elección general en los próximos para que el pueblo australiano pueden ejercer su derecho inalienable a elegir su primer ministro.
Entre ahora y esta elección, buscaré su consideración y su apoyo.
Y buscaré aquella consideración y apoyo a medida que surgimos de la crisis financiera más grande que el mundo ha enfrentado desde la Gran Depresión, con la deuda más baja, el nivel del desempleo más bajo y el crecimiento más alto de las economías del mundo.
Este es un logro que debemos estar orgullosos todos los trabajadores, empleadores, sindicatos, los negocios pequeños y grandes, las asociaciones patronales, quienes lo han hecho posible.
Le doy crédito a cada trabajador australiano por el sombrero que se ha logrado durante estos días de dificultades económicas.
Yo les doy crédito a los gigantes del Trabajo, Bob Hawke y Paul Keating, como los arquitectos de la prosperidad de Australia moderna.
Le doy crédito a John Howard y Peter Costello para continuar con estas reformas.
Y sobre todo dar crédito a Kevin Rudd, por haber liderado la nación en tiempos tan difíciles y mantener el empleo de la gente.
Y hoy puedo asegurar a cada australiano que su presupuesto será de nuevo superavitario en el 2013.
Así, después de haber visto la crisis financiera mundial y cómo ha respondido la nación, se ha reforzado en mí, mi convicción de que cuando este país esta unido, podemos hacer grandes cosas.
Es mi intención liderar un gobierno que utilice ese espíritu y esa voluntad que va hacer aún más para aprovechar los talentos de toda nuestra gente. Para hacer aún más para asegurarnos de que cada niño obtenga una vida justa y una gran educación.
Es mi intención liderar un Gobierno que haga más para aprovechar el viento y el sol y las nuevas tecnologías emergentes.
Voy a hacer esto porque creo en el cambio climático. Creo que los seres humanos contribuyen al cambio climático.
Y es tan decepcionante para mí como lo es para millones de australianos que no tengamos un precio para las emisiones de gases de CO2. Y en el futuro vamos a necesitar uno. Pero primero tendremos que establecer un consenso de la comunidad para la acción.
De ser elegida como Primera Ministra yo voy a llevar adelante el caso del precio para las emisiones de gases del CO2 en nuestro país y en el extranjero. Lo haré a medida que las condiciones económicas globales mejore y nuestra economía siga fortaleciéndose.
Hay otra cuestión sobre la que voy a buscar el consenso y que es la propuesta impuestos sobre las “super ganancias”. Los australianos tienen derecho a un reparto más equitativo de nuestra herencia, la riqueza mineral que se encuentra en nuestra tierra. Tienen derecho a una parte más justa.
Pero para llegar a un consenso, necesitamos hacer más que consultar. Tenemos que negociar. Y debemos poner fin a esta incertidumbre que no es bueno para esta nación.
Es por eso que hoy estoy abriendo la puerta del Gobierno a la industria minera y les pido que a cambio, la industria minera abra su mente.
Y hoy, me aseguraré que sea cancelada la publicidad sobre la minería pagada por el gobierno. Y a cambio de esto, pido a la industria minera que haga cesar su campaña publicitaria como una muestra de buena fe y respeto mutuo.
Las negociaciones se producirán con la industria minera. Ellos serán guiados por el Tesorero y el nuevo Primer Ministro Adjunto y Ministro Martin Ferguson.
NUESTRAS TROPAS EN EL EXTRANJERO
Tratando estos problemas quiero expresarles como primera ministra entrante a nuestras tropas, hombres y mujeres, en casa y en el extranjero: Somos un país agradecido y reconocemos su sacrificio. Nuestro país confía en ustedes para mantenernos a salvo. Para mantener la paz y honrar a los EE.UU. y las otras alianzas que son tan importantes para nuestra nación.
La pérdida más reciente de vida de los valientes soldados australianos en Afganistán y las heridas que han sufrido nuestras tropas nos recuerda a todos la profundidad del sacrificio que los servicios de nuestros hombres y mujeres pueden ser llamados a hacer.
Nuestros pensamientos están ciertamente con las familias en duelo.
Por último, quiero rendir homenaje a Kevin Rudd.
En última instancia, Kevin y yo no estaba de acuerdo sobre la dirección del Gobierno. Yo creía que teníamos que hacerlo mejor.
Sin embargo, Kevin Rudd, es un hombre de notables logros.
Hizo una historia maravillosa para esta nación al decir «Lo siento» a los australianos indígenas.
El fue el líder que retiró las tropas de Irak y tuvo la visión de reforzar nuestro compromiso en Afganistán.
El líder que nos guío a través de la crisis financiera mundial.
El líder, que recurrió a su inteligencia y determinación para la reforma de la salud, la lucha contra la falta de vivienda y para cerrar la brecha con los indígenas australianos.
Y estuvo a un soplo de lograr un acuerdo internacional sobre cambio climático.
Verdaderamente notable.
Por supuesto que voy a estar hablando con Kevin Rudd sobre su futuro en el Grupo Parlamentario de los laboristas.
También estoy encantado de estar aquí de pie con el nuevo viceprimer ministro, Wayne Swan.
Wayne nos guió a través de las aguas muy difíciles de la crisis financiera mundial. Ahora él está guiándonos en el superávit con empeño, para obtener economías en el presupuesto.
Wayne es un excelente Tesorero de este país y se que será un excelente viceprimer ministro.
Por supuesto, será necesario hacer algunos cambios consecuentes en nuestro Consejo de Ministros y los acuerdos ministeriales y voy a anunciarlo en el momento oportuno.
CONCLUSIÓN
En conclusión puedo decir a mis colegas reunidos, a los hombres y las mujeres de la prensa, que voy a dedicar mis habilidades a lo que yo creo.
Una nación donde se recompense el trabajo duro y donde la dignidad del trabajo sea respetado.
Una nación que se enorgullezca de la excelencia de su sistema educativo.
Donde el gobierno puede ser invocado para proporcionar servicios de alta calidad para todos los australianos.
Una Australia que puede lograr aún más cosas en el futuro. No debemos tenerle miedo al futuro.
Una fuerte Australia respetada como una fuerza global para el progreso, la paz y la tolerancia.
Una democracia brillante para que el mundo admire.
Y un santuario para todo nuestro pueblo.
Puedo decirle al pueblo australiano que habrá algunos días que les encante, y puede haber algunos días que los decepcione.
En todos los días, yo estaré trabajando plena y solidamente para ustedes.
JULIA EILEEN GILLARD