viernes, 4 de septiembre de 2015

PORFIRIO DÍAZ “en esas elecciones el sufragio ha sido verdaderamente libre, luchando en el campo electoral todos los partidos y todas las aspiraciones”

PORFIRIO DÍAZ
“en esas elecciones el sufragio ha sido verdaderamente libre, luchando en el campo electoral todos los partidos y todas las aspiraciones”




MENSAJE PRESIDENCIAL EN EL ACTO DE APERTURA DE SESIONES ORDINARIAS DEL CONGRESO DE MEXICO 1 de Abril de 1877

Ciudadanos Diputados:
La revolución que felizmente acaba de consumar el pueblo mexicano, habría sido una irreparable desgracia para la República, si limitándose a destruir la administración existente entonces, hubiese descuidado los medios de reconstruir el edificio constitucional.
Pero, muy al contrario, el plan político que fue la expresión de sus principios y tendencias, impuso al Encargado del Poder Ejecutivo el deber de convocar al pueblo, al mes de ocupada la capital, para que eligiese las personas en quienes debe depositarse el Poder federal en sus distintos ramos; y a aquel precepto, a su fiel y estricta observancia, y a la solicitud del pueblo se debe hoy vuestra presencia en este lugar.
Vuestra reunión, ciudadanos Diputados, es un hecho fausto: ella pone el cimiento de la obra nueva que la revolución quiso levantar; cimiento sin el cual nada sólido y duradero puede hacerse; ella aligera la carga de múltiples deberes que pesan sobre el Ejecutivo; ella acalla los rumores maliciosos que, escudados por nuestra liberales leyes se propalan por la prensa, queriendo infundir al país los temores de una dictadura; y ella, en fin, fortifica la confianza en los ánimos, demostrando con el incontestable argumento de los hechos, que comienza ya el imperio de la Constitución y de las leyes.
Os felicito, ciudadanos Diputados, y felicito a la Nación por vuestro conducto.
El primer acto que el deber me impone, después de vuestra instalación, es daros cuenta del estado que guardan los diversos ramos de la administración pública.
Nuestras relaciones con las Potencias amigas se hallan transitoriamente en el estado anormal propio de las circunstancias y natural, tratándose de un país que, como el nuestro, acaba de experimentar, aunque sin alterar su forma de Gobierno, un sacudimiento político.
Lejos, sin embargo, de que ningún suceso haya venido a perturbar la buena armonía que reina entre el Gobierno y los Ministros y Agentes diplomáticos extranjeros, me complazco en manifestar que ellos no han cesado de dar testimonio de amistad al Gobierno, manteniendo con él las relaciones que los negocios han hecho necesarias; y aunque ellas han tenido hasta hoy un carácter extraoficial, esto no ha impedido que en esa forma se traten aun asuntos por su naturaleza oficiales.
Por lo demás, se ha tenido cuidado de comunicar a los representantes de las Potencias extranjeras los principales actos de la Administración, para el debido conocimiento de sus Gobiernos; sus nacionales han recibido la sincera y eficaz protección de las autoridades, a la justificada indicación que han hecho de necesitarla, y todo hace esperar, que tributando homenaje a los buenos principios del Derecho internacional, las naciones amigas reconocerán, dentro de breve plazo, al Gobierno que se ha dado el pueblo mexicano en ejercicio de su independencia y soberanía.
Puedo, no obstante, aseguraros que una impaciencia injustificable, que tantas veces ha comprometido la honra de los intereses de la República, no me hará olvidar las lecciones que nos tiene dadas la experiencia.
El 31 de Enero último se vencía el plazo fijado para entregar al Gobierno de los Estados Unidos de América, la suma de trescientos mil pesos, como primer abono del saldo que resultó a favor de aquel país, en la liquidación de las reclamaciones falladas por la Comisión mixta, creada por la Convención que se celebró en 4 de Julio de 1868.
El estado de ruina en que se encontró la hacienda pública al ser ocupada la Capital, las apremiantes exigencias de la campaña y las atenciones todas de la Administración, hacían casi imposible el cumplimiento de aquel sagrado compromiso; pero el Ejecutivo, empeñado a todo trance en salvar la honra nacional, e imponiendo un necesario aunque doloroso sacrificio a los habitantes de la República y a sus servidores, pudo felizmente zanjar a tiempo dificultad tan grave, y hacer el pago debido con la más exacta puntualidad.
Este sacrificio no será estéril: él debe necesariamente contribuir al buen nombre de México y levantar su crédito en el exterior. El recibo de la cantidad entregada, obra en la Secretaría de Relaciones, y los documentos relativos a este negocio han visto ya la luz pública.
Una de las promesas más solemnes que la revolución consignó en su plan político fue la de que, en los sucesivo, tendrá el carácter de ley suprema la no reelección del Presidente de la República y Gobernadores de los Estados.
Me es grato, ciudadanos diputados, tomar el único participio que me es lícito en el cumplimiento de esa obligación contraída con el país, remitiéndoos, como lo haré mañana, por conducto de la Secretaría de Gobernación, la iniciativa correspondiente.
Toca al Poder Legislativo de la Unión y a las Legislaturas de los Estados, elevar ese pensamiento al rango de precepto constitucional.
En esta iniciativa está comprendida otra, referente a la manera de substituir al Presidente de la República en sus faltas temporales y en la absoluta.
Los Constituyentes de 1857, suprimiendo el Vicepresidente de los Estados Unidos Mexicanos y revistiendo con las atribuciones de tal al Presidente de la Suprema Corte de Justicia, no hicieron más que cambiar de título a un funcionario, dejando en pie todas las dificultades que pretendieron allanar y creando otras acaso mayores.
El sistema de insaculación que ahora se propone, parece imposibilitar todos los abusos que es dable prever. Cumpliendo con lo mandado en el artículo 5° del Plan de la revolución reformada en Palo Blanco, el Gobierno expidió la convocatoria para elecciones de Poderes federales dentro del plazo mismo que aquel artículo designó.
Y aunque las circunstancias políticas de la República eran muy diversas de las que se creyó que tendría cuando el ejército regenerador ocupara la capital, prefirió el Gobierno cumplir estrictamente lo dispuesto en esa ley, a diferir la convocatoria, en espera de la pacificación general del país, para evitar así que se sospechara siquiera que se deseaba prolongar la dictadura de la revolución.
Al convocar para elección de Poderes federales, el Gobierno se encontró en la imposibilidad de ordenar la de los Senadores, por la falta absoluta de las Legislaturas de los Estados, que, según la ley, intervienen de un modo directo en esa elección.
El Gobierno, después de un largo y maduro examen, se ha persuadido de que la revolución no ha suprimido la Cámara federal; de que ella no intentó siquiera hacer reformas a la Constitución, sin observar los trámites que esta misma determina; y, en fin, de que sólo al poder constituyente reconocido en el artículo 127 del Código Fundamental, toca elevar a la categoría de Leyes supremas de la República aun los principios más radicales proclamados por la revolución: en este sentido está también pronunciada la opinión unánime del Consejo de Ministros.
En una excitativa que será dirigida a esta Cámara por el Secretario de Gobernación, pidiéndole que se sirva expedir la correspondiente convocatoria, se explaya extensamente la opinión del Ejecutivo y los fundamentos en que la apoya.
No puedo recomendaros tanto como el asunto lo merece, el estudio profundo e imparcial de ese documento: con la convocatoria del Senado está ligada de una manera inseparable la marcha tranquila y regular de nuestras instituciones.
Es también de gran trascendencia el que se fije oportunamente la duración del octavo Congreso. Llamo de la manera más solícita y eficaz vuestra atención sobre este punto, esperando confiadamente de la cordura y patriotismo de los Representantes del pueblo que, al resolver esta dificultad, tendrán presentes los terminantes y explícitos preceptos constitucionales que marcan la duración improrrogable de cada Legislatura, las fechas precisas en que deben comenzar y terminar sus períodos legislativos y los negocios cuyo despacho es preferente en algunos de éstos. La más prolija atención que consagréis a esta delicada materia nunca será excesiva: pues que una resolución desacertada podría convertirse, con facilidad, en origen de muy serios inconvenientes.
No necesito anunciar, ciudadanos Diputados, porque ya lo sabéis, que las elecciones para Poderes federales conforme a la convocatoria de Diciembre, se han verificado en la mayoría de los Estados; pero sí debo decir con grande satisfacción que en esas elecciones el sufragio ha sido verdaderamente libre, luchando en el campo electoral todos los partidos y todas las aspiraciones. Si en algunas localidades se han cometido por desgracia algunos abusos; si en pocos distritos ha habido aun el escándalo de las credenciales dobles, debido es esto al germen de corrupción que inoculó la pasada Administración en nuestras costumbres políticas.
Me permito llamar vuestra atención sobre este mal, para que, reformando convenientemente la Ley Electoral y aplicando severos castigos a los falsificadores del voto público, no sea ya posible en los sucesivo la repetición de aquellos abusos.
Expedida la convocatoria para la elección de Ayuntamiento de esta Capital, y al tiempo ya de verificarse, surgieron algunas complicaciones y dificultades que aun no han sido resueltas: el Ejecutivo, absteniéndose de prejuzgar la cuestión en uno u otro sentido, dictó aquellas medidas propias de su resorte, para garantizar la libertad del sufragio e impedir mayores males, proponiéndose someter este serio incidente a la decisión de la Cámara de Representantes, considerada por nuestro Derecho público, como la Legislatura del Distrito Federal. El Secretario de Gobernación os dará pleno conocimiento de este negocio.
Con el objeto de desarrollar y consolidar entre nosotros el sistema federativo, consagrado por nuestra Constitución y atacado tantas veces en su base, con motivo de las cuestiones locales de los Estados, ò conflictos de sus Poderes, será presentada al Congreso una iniciativa que debe considerarse como ley orgánica del art. 116 de nuestra Carta política, y que es de importancia suma, porque tiende a hermanar el respeto que se debe a la soberanía de los Estados con los derechos legítimos y la seguridad de la Federación.
A mi vuelta de la campaña emprendida sobre el interior, la alarma y el temor reinaban en los ánimos de la mayoría de los ciudadanos, a consecuencia de la actitud tomada en la prensa y en la vía de los hechos por algunos caracteres exaltados, que juzgando favorable la ocasión, hacían esfuerzos para falsear la revolución, proclamando principios reaccionarios, hoy de ejecución imposible, y pretendiendo que el país retrocediera veinte años abandonando así todas las conquistas hechas a costa de tanta sangre y tan multiplicados sacrificios.
Este estado de cosas motivó la circular de 16 de Febrero último, la que definiendo de la manera más clara y precisa, cuáles eran los principios de la revolución y cuál la marcha que resueltamente se proponía seguir el Gobierno provisional, disipó toda ilegítima esperanza.
El Ejecutivo ha creído conveniente dar una organización diversa de la que tenía al ramo de Beneficencia pública. Sometidos antes los establecimientos de esa naturaleza al Ayuntamiento, hoy lo están a una Junta de Beneficencia, que teniéndolos como el principal objeto de su institución, ejercerá sobre ellos una influencia eficaz y saludable.
El reglamento relativo expedido en 23 de Enero último, explica los motivos de esa medida que concilia, en la opinión del Ejecutivo, los intereses de los desvalidos con nuestras liberales constituciones.
Después de la profunda conmoción que la revolución causó al país, temió el Gobierno que el vandalismo tomara amenazantes proporciones, y que, atentando en caminos y poblados contra la vida y propiedad de los ciudadanos, esparciera la alarma consiguiente a las épocas de trastornos y de crisis revolucionarias. Previendo esta emergencia y para prevenir aquel gran mal, el Gobierno creyó indispensable aumentar las fuerzas de policía rural, como lo hizo, para dar a la sociedad aun en las más difíciles circunstancias, las seguridades que tiene derecho de exigir de los Gobiernos. Al ejecutar esta medida tuvo cuidado de tomar de los ciudadanos jefes, oficiales y tropa que han prestado sus servicios en la última campaña, y a quienes por la necesidad de reducir el Ejército se ha dado de baja, el personal necesario para hacer aquel aumento en la policía rural.
Así, a la vez que ha dejado satisfecha una justa exigencia social, ha aprovechado una oportunidad de atender y premiar a los buenos servidores de la Nación.
Hacía tiempo que la opinión pública exigía un cambio casi completo en el personal de los Juzgados y Tribunal Superior del Distrito: el Ejecutivo ha satisfecho ya esta necesidad, desprendiéndose de todo espíritu de partido, llamando a las Magistraturas, Juzgados y empleos inferiores, abogados de honrosa reputación, y sometiendo a sus dependientes a una estricta y continua vigilancia. Toca al Congreso perfeccionar esta obra, que con general aceptación ha sido recibida por la sociedad.
En la Instrucción pública el Ejecutivo ha comenzado por atender a los edificios que, en su mayor parte, se encuentran en un estado ruinoso. Las circunstancias del Erario no han permitido llevar a cabo las mejoras iniciadas; pero no las descuida y espera poderlas terminar antes de un año.
Al ser ocupada la capital en Noviembre último, estaban próximas a su apertura las clases que forman el plan de estudios vigente. Aplazar las reformas que la práctica de los pueblos civilizados ha calificado de indispensables, hubiera importado la pérdida de un año para los numerosos alumnos de las escuelas nacionales; así, pues, no vaciló el Ejecutivo en disponer esas mejoras, sin perjuicio de someterlas a la aprobación del Congreso. Muchos de esos establecimientos ya no podían existir sin infundirles elementos de vida que los contuvieran en su rápida decadencia.
El Ejecutivo tiene preparadas varias iniciativas correspondientes a los ramos de Instrucción y de Justicia; y entre ellas recomienda desde ahora la que se refiere al pronto establecimiento del régimen penitenciario: la promesa constitucional y las aspiraciones humanitarias del siglo están reclamando esta importante mejora.
A pesar de la difícil situación del Erario, originada por las causas ya expuestas, no han quedado desatendidos los trabajos públicos, ni las mejoras materiales. La mayor parte de las líneas telegráficas destruidas por la guerra, están ya en servicio, con un costo relativamente corto; se han establecido nuevos ramales y oficinas, y contribuido con materiales no escasos para las líneas de los Estados de Veracruz, Hidalgo y San Luis Potosí.
El desagüe del valle y ciudad de México, obra tantas veces proyectada, está de nuevo en estudio, habiéndose comenzado ya algunos trabajos.
En el mes de Febrero se proyectó un canal que debe unir el lago de Chalco a la estación de Tepéxpam, del ferrocarril de Veracruz: una tercera parte de esta importante vía está ya construida y antes de dos meses el canal se abrirá al tráfico. Se ha contratado ya la apertura de otro canal directo entre Chalco y México, para la navegación por pequeños vapores, y está en arreglo la concesión respectiva para la construcción de un tercero, que una directamente esta ciudad con la de Texcoco.
La cuestión de ferrocarriles que tanto preocupa, y con razón, a todos los que se interesan por la prosperidad de México, ha llamado como es debido la atención del Ejecutivo; y si bien ha tenido que declarar por motivos legales, la caducidad de la concesión del Ferrocarril Central, en ella no se ha apartado de su propósito de favorecer dentro de la órbita de sus facultades, a las empresas que llenan sus compromisos y contribuyen de esta manera al logro de los vehementes deseos que el país siente de poseer, en el más corto tiempo posible, vías férreas que permitan la explotación de sus inagotables fuentes de riqueza.
Con este fin se ocupa de celebrar un nuevo contrato con la compañía del ferrocarril de Toluca, contrato que, si bien causará mayor sacrificio al Gobierno, le garantizará la conclusión de la obra para dentro de un año; finalmente, se ha entregado ya la cantidad necesaria para la reposición de la vía férrea de Jalapa a Veracruz, la cual deberá ponerse en explotación antes de quince días.
Es un hecho de pública notoriedad que la Administración anterior arrendó varias Casas de Moneda en términos fuertemente censurados por la opinión general.
El Gobierno ha consagrado su atención a estos importantes negocios, en los que se interesan a la vez la moralidad y las rentas nacionales, y ha resuelto que algunos de esos contratos, en los que ha encontrado vicios que los invalidan, se sometan al conocimiento de los tribunales competentes, como lo mandan nuestras leyes, para que sean juzgados con toda imparcialidad y justificación.
En cuanto a los otros arrendamientos que en ese caso no se encuentran, el Gobierno dispondrá lo conveniente, después del estudio que está haciendo de ellos.
Lugar oportuno es éste de indicar que la Casa de Moneda de Oaxaca, que ha vuelto a poder de la Federación, por haber expirado el término de su arrendamiento, ha sido dotada con una maquinaria moderna en substitución de la antigua, facilitando así sus labores.
No carecen de importancia un Observatorio Meteorológico establecido ya en el Palacio Nacional; otro Astronómico que pronto se terminará en el mismo punto; el proyecto de formación de una buena Carta geográfica de la República, y la colección ya abundante, de mapas y planos que se ha hecho en la Secretaría de Fomento, con el fin de crear un archivo cartográfico, cuya utilidad no puede ser desconocida.
Es un hecho notorio el desnivel constante que ha habido en los ingresos y egresos de las rentas de la República. Si a este desnivel se agregan los crecidos gastos que hizo la anterior Administración en el último año de su existencia, pretendiendo dominar la insurrección nacional, y los onerosos contratos a que ocurrió para proveerse de recursos, puede fácilmente concebirse la ruina en que la revolución triunfante encontró el tesoro público.
El estado de guerra en que continuó nuestro país, después de instalada en la capital la actual Administración, la necesidad de sostener un numeroso ejército, aumentado después con los otros dos beligerantes, y la desorganización administrativa que produce forzosamente toda revolución, han hecho más crítica aún la situación rentística de nuestro país.
El ingente deber de terminar la pacificación de la República, obligó al Ejecutivo a contraer algunos préstamos, a cuyo pago se ha atendido y está atendiéndose en los términos convenidos.
Esta misma circunstancia y la urgencia apremiante de hacer en 31 de Enero último en Washington, el pago de que se ha hablado, estrecharon al Gobierno a expedir el decreto de 23 de Diciembre próximo pasado, imponiendo una contribución extraordinaria sobre productos de capitales.
Terminada la guerra civil, el Ejecutivo se ha ocupado y se ocupa, muy detenidamente, de estudiar la reorganización de la Hacienda, procurando, a la vez, aumentar los productos de las rentas, por el buen arreglo de las oficinas federales, y disminuir los gastos por economías introducidas en todos los ramos, y especialmente en el de Guerra, para que los haberes de la fuerza armada puedan cubrirse con los recursos ordinarios, sin desatender los otros ramos del servicio público.
Al efecto, la Secretaría de Hacienda someterá al Congreso una iniciativa con los presupuestos de ingresos y egresos de la República para el próximo año fiscal, procurando reducir los gastos de la Administración a los productos ordinarios de las rentas federales, sin gravar a la Nación con nuevos impuestos.
Llamo la atención de la Cámara, en el proyecto de Presupuesto, a la omisión de la cláusula común de los presupuestos de los años anteriores, sobre reducción a la mitad, si las circunstancias del Erario lo requieren, de los haberes de las clases pasivas. No sólo el equilibrio establecido en los presupuestos, sino un principio de moralidad y de rigurosa justicia, ha guiado al Gobierno en esta omisión. En medio de las necesidades del momento, siempre apremiantes en nuestro país, han sido casi continuamente desatendidas las clases pasivas.
El Ejecutivo juzga que para poder exigir al Ejército el cumplimiento leal de sus deberes, es preciso que la Nación dé por su parte cumplimiento leal a los que con él contrae; es forzoso que su Ejército vea que los envejecidos y mutilados en el servicio nacional, que las viudas y huérfanos de los que mueren en defensa de la independencia y de la libertad, no son abandonados.
La Secretaría de Hacienda someterá al Poder Legislativo otras iniciativas importantes.
El cobro de derechos de exportación a la plata pasta y acuñada, es contrario a los sanos principios económicos. Hace muchos años que se agita en nuestro país la cuestión de la libre exportación de todos los frutos y productos nacionales, sin que hayan tenido más fundamento en su apoyo los defensores del sistema contrario, que la pérdida del fuerte rendimiento que el impuesto sobre platas produce al Erario nacional. La Secretaría de Hacienda propondrá la abolición del derecho de exportación sobre platas, conciliando hasta donde sea posible todos los intereses legítimos.
Con el propósito de dar cumplimiento al artículo 124 de la Constitución, el Gobierno, por conducto de la Secretaría de Hacienda, presentará a la Cámara la iniciativa correspondiente, proponiendo los medios más convenientes para obtener la supresión de alcabalas en el más breve tiempo posible, y sin causar, ni a la Federación ni a los Estados, una crisis rentística cuyos efectos serían fatales en el estado que hoy guarda el Erario.
Es una necesidad en nuestro país la consolidación de la Deuda Pública, el pago de sus intereses y el arreglo de su amortización. Otra iniciativa de la Secretaría de Hacienda someterá al Poder Legislativo cuestión tan importante para el Crédito nacional y para los acreedores de la República. Para los que comprenden lo que vale el crédito de las naciones, esta cuestión es de interés vital en México.
La Administración nacida de la revolución nacional, debe cuidar del exacto cumplimiento, no sólo de los compromisos políticos, sino de los pecuniarios que la segunda contrajo. La iniciativa anterior comprenderá, en consecuencia, el reconocimiento y el pago de la deuda de la revolución.
El efectivo del Ejército es hoy mucho mayor del que nuestras leyes autorizan, debiéndose esto, no a la intención deliberada de ponerlo en tan alta fuerza, sino como ya indiqué antes, a la plausible circunstancia de haber venido a fraternizar con los defensores de la revolución, bajo una misma bandera, casi todos los Cuerpos con que intentaban sostener su respectiva causa los dos caudillos que pretendían ser, cada cual de por sí, los representantes de la legalidad.
El Ejecutivo se ocupa ya, con asiduidad y a la vez con la mayor circunspección, de estudiar el medio más conveniente de conciliar la seguridad de nuestras instituciones y de nuestro territorio, y la necesidad de atender y premiar los méritos y servicios de la clase militar, con los recursos de que puede disponer el Tesoro federal.
Dedica también una atención especial a la reorganización del Ejército, medida indispensable después de un sacudimiento como el que el país acaba de sufrir. Al dictarse las disposiciones necesarias sobre el particular, se cuidará escrupulosamente de no invadir la esfera del Poder Legislativo.
Es esta la ocasión de rendir un público tributo de reconocimiento al Ejército, no sólo por sus servicios, valor y disciplina, sino por la abnegación con que ha sellado tan meritorios títulos. Me es satisfactorio consignar en este acto solemne que, terminada la campaña, muchos dignos militares, desde jefes de la más alta graduación, hasta simples soldados, han solicitado espontáneamente volver a la obscuridad de la vida privada, no llevando otra recompensa que la satisfacción de haber contribuido al triunfo de la buena causa.
El Ejecutivo, en la imposibilidad invencible de remunerar de otro modo sus servicios, ha mandado que se les expidan certificados, en que se les hace constar aquéllos y la sincera promesa de que, en igualdad de circunstancias, serán tan dignos patriotas preferidos para ocupar los puestos públicos, a otros ciudadanos que no pueden prestar en su abono iguales méritos. Esta promesa ha recibido ya, en muchos casos, un leal y oportuno cumplimiento.
La Guardia Nacional de los Estados, que tan importantes y oportunos servicios prestó a la causa de la revolución, es muy acreedora también a la consideración del Gobierno y a la gratitud pública por su inapreciable auxilio y por la abnegación de que ha dado pruebas después de concluida la guerra.
Entre otros casos que pudieran citarse, la capital ha visto ha poco tiempo a los hijos de Puebla y Oaxaca, que la guarnecían, retirarse satisfechos a sus hogares, para entregarse de nuevo a sus modestas y habituales ocupaciones.
Ciudadanos Diputados: la breve reseña que acabáis de oír, no manifestaría por completo, aunque ella se extendiera más, cuál es el estado que guarda el país, si no os anunciara, como lo hago con grande satisfacción, que toda la República se encuentra en paz. Este hecho de grande importancia siempre, tiene hoy una significación cuyo valor no se puede desconocer.
Cansado el país de los abusos del gobierno anterior, buscó en la insurrección, suprema razón de los pueblos ultrajados, el remedio de sus males; y espera tranquilo gozar de los bienes que la revolución le ha prometido, bajo el amparo del Código Fundamental.
Hoy que la época de la reconstrucción constitucional comienza, deber y muy sagrado de todos los funcionarios públicos es procurar realizar a fuerza de probidad, de constancia y de patriotismo, esas esperanzas del pueblo.
Restablecer por completo el imperio de la Constitución, afirmar la paz, proteger bajo su benéfico influjo todos los intereses legítimos, para desarrollar los grandes elementos de riqueza del país: he aquí la grandiosa y noble tarea que vuestra misión os impone, tarea cuya ejecución dejará satisfechas las aspiraciones de la revolución y llevará a México a la prosperidad a que sus destinos lo llaman.
La República toda está pendiente de vuestros primeros actos; ella espera de vosotros que, inspirados íntimamente del sentimiento del bien público, abordaréis con fe y valor las difíciles cuestiones sometidas a vuestra resolución, y volváis al país a su quicio natural, del que lo sacó temporalmente una revolución reclamada por la moral y la justicia.
Todas vuestras determinaciones, todos los esfuerzos que hiciereis para restablecer sólidamente el imperio de la Constitución, tranquilizar los ánimos e impulsar a la Nación en el camino de su progreso y engrandecimiento, encontrarán en el Ejecutivo la cooperación más eficaz y el aplauso más sincero.
JOSÉ DE LA CRUZ PORFIRIO DÍAZ MORI

Porfirio Díaz fue un antireeleccionista reelecto, y el presente mensaje es histórico pues, por él se compromete a elevar a rango constitucional el principio de no reelección, de lo que luego se desdeciría en adelante, para lograr sucesivas reelecciones, hasta provocar la cruenta revolución de 1910 que precipita su renuncia en 1911 y posterior exilio. Regía entonces la Constitución de 1827, que establecía la reformas de la constitución solo por el Congreso de la Unión y con mayoría calificada (articulo 127, que publicamos en el anexo). En su carrera a la presidencia, comenzó por enfrentar a Benito Juárez luego de su tercera reelección. Lanzó así el Plan de Noria contra la reelección indefinida de Benito Juárez (quien no lo había nombrado Ministro de Guerra) y, posteriormente, volvió a alzarse en armas en 1875 con el Plan de Tuxtepec, en esta caso, contra la reelección de Lerdo de Tejada. Triunfante Díaz ocupó la presidencia provisional el 28 de noviembre de 1876. Tras un breve interinato de José María Cosme, se convocó a elecciones que bajo control militar limitaron la concurrencia a las casillas sólo a los ciudadanos afines al Plan de Díaz. Así, Porfirio Díaz tomó posesión el 5 de mayo de 1877. Al año siguiente, el 5 de mayo de 1878 reformó la Constitución para demostrar su vocación antireeleccionista: "el presidente no podrá ser reelecto para el periodo inmediato, ni ocupar la presidencia…, sino hasta pasados cuatro años de haber cesado en el ejercicio de sus funciones". Concluyó su período el 30 de noviembre de 1880. Manuel González asumió la presidencia el 1° de diciembre de 1880 y Díaz fue Secretario de Fomento primero y gobernador provisional de Oaxaca después.
Díaz fue reelecto y a partir de 1884, apoyado por la fuerza militar que usa "para pacificar el país" convirtió a la Republica en una dictadura. Poco a poco Díaz fue minando las bases democráticas, estancó la vida cívica; los ciudadanos vivieron reelecciones simuladas y el Poder Legislativo se desempeñó pobre e indignamente. Díaz reformó la Constitución nuevamente:


PERICLES” La pobreza es desgraciada no por la ausencia de posesiones sino porque invita al desánimo en la lucha por salir de ella”

PERICLES
"La pobreza es desgraciada no por la ausencia de posesiones sino porque invita al desánimo en la lucha por salir de ella”





LA ORACIÓN FÚNEBRE DE PERICLES Reconstruida por Tucídides


La mayoría de mis predecesores en este sitio nos ha dicho que es honesto pronunciar algunas palabras, exigidas por la ley durante el entierro de aquéllos que han muerto en batalla.
Por lo que se refiere a mí mismo, me inclino a pensar que el valor que se ha mostrado en hechos concretos ya ha sido saldado suficientemente mediante los honores, también mostrados en hechos concretos.
Ustedes mismos pueden apreciar lo que ellos significan ya que están participando de este funeral solventado por el pueblo.
Debiera también yo desear que las reputaciones de tantos hombres valientes no estuvieran en peligro en boca de un orador único, de tal manera que ellas suban o bajen según si habla bien o mal.
Puesto que es duro hablar adecuadamente, cuando ya de entrada se presenta la dificultad de convencer al auditorio que se está diciendo la verdad.
Por un lado, el amigo a quien le son familiares algunos hechos de la vida de estos muertos puede pensar que varios aspectos no han sido destacados con la dedicación que desea y que sabe que merecen.
Por otro, aquél que no los ha conocido puede sospechar por envidia, que hay exageración, cuando escucha mencionar virtudes que están por encima de su propia naturaleza. (Porque los hombres aceptan que se ensalce a otros en tanto en cuanto ellos se puedan persuadir que las mismas acciones recordadas las podrían haber vivido ellos mismos como protagonistas. Cuando ese límite se traspasa, surge la envidia y con ella la incredulidad)
Sin embargo como nuestros antecesores han establecido esta costumbre y la han aprobado, la obediencia a la ley pasa a constituir para mí un deber.
Intentaré satisfacer las opiniones y deseos de todos ustedes de la mejor manera que pueda.
Tendría que comenzar con nuestros antepasados.
Es tan adecuado como prudente, que ellos reciban el honor de ser mencionados en primer lugar, en una ocasión como la de ahora.
Ellos vivieron en esta comarca sin interrupción de generación en generación; y nos la entregaron libre como resultado de su bravura.
Y si nuestros antepasados más lejanos merecen alabanza, mucho más son merecedores de ella nuestros padres directos.
Ellos sumaron a nuestra herencia el imperio que hoy poseemos y no escatimaron esfuerzo alguno para transmitir esa adquisición a la generación presente. Por último, hay muy pocas partes de nuestro dominio que no hayan sido aumentadas por aquéllos de entre nosotros que han llegado a la madurez de sus vidas. Por su esfuerzo la patria se encuentra provista con todo lo que le permite depender de sus propios recursos, tanto en guerra como en la paz. Aquella parte de nuestra historia que muestra cómo nuestras hazañas bélicas trajeron como consecuencia nuestras diversas posesiones, así como también la que muestra cómo tanto nosotros como nuestros padres pudimos frenar la marea de la agresión extranjera, valerosamente y sin dobleces, constituye un capítulo demasiado conocido por todos los que me escuchan.
No necesito extenderme en el tema que, por consiguiente, dejo de lado.
Pero cuál fue el camino por el que llegamos a nuestra posición; cuál es la forma de gobierno que permitió volver más evidente nuestra grandeza; cuáles los hábitos nacionales a partir de los cuales ella se originó; éstos son los problemas máximos que intento dejar en claro, antes de proseguir con el panegírico de todos estos muertos.
Pienso que el tema es adecuado para una ocasión como la presente y que ha de resultar ventajoso escucharlo con atención tanto por los nativos como por los extranjeros. Nuestra constitución no copia leyes de los estados vecinos. Más bien somos patrón de referencia para los demás, en lugar de ser imitadores de otros. Su gestión favorece a la pluralidad en lugar de preferir a unos pocos. De ahí que la llamamos democracia.
Otra diferencia entre nuestros usos y los de nuestros antagonistas se aprecia con nuestra política militar. Abrimos nuestra ciudad al mundo. No les prohibimos a los extranjeros que nos observen y aprendan de nosotros, aunque ocasionalmente los ojos del enemigo han de sacar provecho de esta falta de trabas. Nuestra confianza en los sistemas y en las políticas es mucho menor que nuestra confianza en el espíritu nativo de nuestros conciudadanos.
En lo que se refiere a la educación, mientras nuestros rivales ponen énfasis en la virilidad desde la cuna misma y a través de una penosa disciplina, en Atenas vivimos exactamente como nos gusta; y sin embargo nos alistamos de inmediato frente a cualquier peligro real.
Una prueba de que esto en así se aprecia con los lacedemonios quienes por sí solos no invaden nuestras comarcas, sino que traen consigo a todos sus confederados; mientras nosotros, atenienses, avanzamos sin aliados hacia el territorio de un vecino y luchando en tierra extranjera derrotamos usualmente con facilidad a los mismos que están defendiendo sus hogares.
No hubo aun enemigo que se opusiera a toda nuestra fuerza unida, puesto que nos empeñamos al mismo tiempo no sólo en alistar a nuestra marina sino también en despachar por tierra a nuestros conciudadanos en cien servicios diferentes. Y así resulta que a menudo entra en lucha alguna de estas fracciones de nuestro poderío total.
Si el encuentro resulta victorioso para el enemigo, su triunfo lo exageran como si fuera la victoria sobre toda la nación.
Si en cambio cae derrotado, el contraste se presenta como sufrido con el concurso de un pueblo entero.
Y sin embargo, con hábitos que son más bien de tranquilidad que de esfuerzo y con coraje que es más bien naturaleza que arte, estamos preparados para enfrentar cualquier peligro con esta doble ventaja: escapamos de la experiencia de una vida dura, obsesionada por la aversión al riesgo; y sin embargo, en la hora de la necesidad, enfrentamos dicho riesgo con la misma falta de temor de aquellos otros que nunca se ven libres de una permanente dureza de vida.
Pero con estos puntos no finaliza la lista de los motivos que causan admiración en nuestra ciudad.
Cultivamos el refinamiento sin extravagancia; la comodidad la apreciamos sin afeminamiento; la riqueza la usamos en cosas útiles más que en fastuosidades, y le atribuimos a la pobreza una única desgracia real.
La pobreza es desgraciada no por la ausencia de posesiones sino porque invita al desánimo en la lucha por salir de ella.
Nuestros hombres públicos tienen que atender a sus negocios privados al mismo tiempo que a la política y nuestros ciudadanos ordinarios, aunque ocupados en sus industrias, de todos modos son jueces adecuados cuando el tema es el de los negocios públicos.
Puesto que discrepando con cualquier otra nación donde no existe la ambición de participar en esos deberes, considerados inútiles, nosotros los atenienses somos todos capaces de juzgar los acontecimientos, aunque no todos seamos capaces de dirigirlos.
En lugar de considerar a la discusión como una piedra que nos hace tropezar en nuestro camino a la acción, pensamos que es preliminar a cualquier decisión sabia.
De nuevo presentamos el espectáculo singular de atrevimiento irracional y de deliberación racional en nuestras empresas: cada uno de ellos llevado hasta su valor extremo y ambos unidos en una misma persona, mientras que, por igual caso, en otros pueblos, las decisiones son el resultado solamente de la ignorancia o solamente del espíritu de aventura o solamente de la reflexión.
La palma del valor corresponde ser entregada en justicia a aquéllos que no ignoran, por haberlo experimentado en carne propia, la diferencia entre la dureza de la vida y el placer de la vida; y que, sin embargo, no ceden a la tentación de escapar frente al peligro.
Si nos referimos a nuestras leyes, ellas garantizan igual justicia a todos, en sus diferencias privadas.
En lo que respecta a las diferencias sociales, el progreso en la vida pública se vuelca en favor de los que exhiben el prestigio de la capacidad. Las consideraciones de clase no pueden interferir con el mérito.
Aún más, la pobreza, no es óbice para el ascenso. Si un ciudadano es útil para servir al estado, no es obstáculo la oscuridad de su condición.
La libertad de la cual gozamos en nuestro gobierno, la extendemos asimismo a nuestra vida cotidiana.
En ella, lejos de ejercer una supervisión celosa de unos sobre otros, no manifestamos tendencia a enojarnos con el vecino, por hacer lo que le place.
Y puesto que nada está haciendo opuesto a la ley, nos cuidamos muy bien de permitirnos a nosotros mismos exhibir esas miradas críticas que sin duda resultan molestas.
Pero esta liberalidad en nuestras relaciones privadas no nos transforma en ciudadanos sin ley.
Nuestras principales preocupaciones tratan de evitar dicho riesgo, por lo cual nos educamos en la obediencia de los magistrados y de las leyes.
Un ejemplo de lo expresado es el referente a la protección a los inválidos, ya sean los inscriptos en el padrón del estatuto, ya sean los amparados por ese otro código que, a pesar de no estar escrito, no puede ser violado sin condena.
Más aún, disponemos de recursos numerosos conque la mente se pueda distraer del negocio.
Celebramos juegos y sacrificios a lo largo del año.
La elegancia de nuestras construcciones forman una fuente diaria de placer y nos ayudan a desterrar el aburrimiento, mientras esa magnificencia de nuestra ciudad atrae a los productos del mundo hacia nuestro puerto.
En lo referente a la generosidad nos destacamos asimismo en forma singular ya que nos forjamos amigos dando en lugar de recibiendo favores. Pero por supuesto, quien hace los favores es el más firme amigo de ambos, de manera de mantener al amigo en su deuda, mediante una amabilidad continuada. Mientras que el deudor se siente menos atraído puesto que se da cuenta que la devolución que él ofrece es un pago casi obligado pero no una libre dádiva.
Y son solamente los atenienses quienes sin temor por las consecuencias abren su amistad, no por cálculos de una cuenta por saldar sino en la confianza de la liberalidad.
En pocas palabras resumo que nuestra ciudad es la escuela de Grecia y que dudo que el mundo pueda producir otro hombre que dependiendo sólo de sí mismo llegue a su altura en tantas emergencias y resulte agraciado por tamaña versatilidad como el ateniense.
Y ésta no es una mera bravata lanzada en esta ocasión favorable, sino que es la realidad de los hechos, considerando el presente poder de Atenas que esos hábitos conquistaron.
Porque solamente Atenas ha llegado a ser superior a su fama y es la única que, en ocasión de ser asaltada, no ocasiona pudor en sus antagonistas cuando ellos resultan derrotados.
Ni sus mismos enemigos cuestionan su derecho, obtenido por mérito, de poner de manifiesto su imperio.
Más bien la admiración de la edad presente y de la futura estará dirigida hacia nosotros dado que no hemos dejado nuestro poder sin testigos.
Antes bien, han quedado de él testimonios gigantescos.
Lejos de necesitar a un Homero como panegirista ni otro poeta con habilidades artísticas tales, que sus versos puedan encantar por un momento (aunque la impresión que dejan se derrite luego frente a la realidad), nosotros hemos obligado a cada tierra y a cada agua que se transforme en la ruta de nuestro valor. Y hemos dejado en todo sitio monumentos, de una índole o de otra, imperecederos, detrás nuestro.
Esta es la Atenas por la cual estos hombres han luchado y muerto noblemente, en la seguridad de contribuir a que no desfallezca.
De la misma manera que cualquiera de los sobrevivientes está dispuesto a morir por la misma causa.
Por supuesto, si es que me he detenido con cierto detalle en señalar el carácter de nuestra comarca, ha sido para mostrar que nuestra disposición en la lucha no es la misma que la de aquéllos que no tienen ese tipo de bendiciones que se pueden llegar a perder si no se defienden; y también para demostrar que el panegírico de los hombres a quienes me refiero puede ser construido sobre la base de pruebas establecidas.
Casi está completo este panegírico.
Pues la Atenas que he celebrado, es solamente la que ha conquistado el heroísmo de éstos y de sus émulos.
Al fin estos hombres, apartándose del resto de los helenos, han de llegar a tener una fama solamente comparable a sus merecimientos.
Pero si hace falta prueba definitiva de su bravura intrínseca, es fácil encontrarla en esta escena terminal.
No es solamente el caso de aquéllos a quienes la muerte puso el sello final atestiguando el mérito que tenían sino también el otro caso, en que coincidió con la primera señal de que tuvieran mérito.
Hay justicia en la aseveración de que el valor en las batallas por su nación puede ocultar muy bien otras imperfecciones del hombre, dado que la buena acción ha ocultado a la mala; y su mérito como ciudadano más que sobradamente ha balanceado a su demérito como individuo.
Pero ninguno de éstos permitió que su bienestar económico, si ya lo conocía, o que la esperanza, aún sin realidad, de una futura situación de bienestar, disminuyera su solidario espíritu de lucha; así como la pobreza, en otros casos, pese a la esperanza de un día de riqueza, a nadie tentó a que se escapara del peligro.
Sintiendo que la bravura frente al enemigo es más deseable que sus personales venturas; y dándose cuenta que en esta ocasión surge el más glorioso de loa azares, ellos se determinaron gozosamente a aceptar el riesgo, a confirmar su altivez, y a postergar sus deseos; y mientras se arrojaban hacia la esperanza de volcar la incertidumbre de la victoria, en la empresa que estaba frente a ellos, prefirieron morir resistiendo, en lugar de vivir sometiéndose. Huyeron solamente del deshonor.
Luego de un breve momento, que resultó la crisis de su fortuna, durante el cual pensaron en escapar, no de su miedo, sino de su gloria, enfrentaron la muerte cara a cara.
Y así murieron estos hombres como es honesto de un ateniense.
Ustedes, los sobrevivientes, se tienen que determinar, en el campo de batalla, a la misma resolución inalterable, pese a que es lícito que oren por un desenlace más feliz.
Y sin contentarse con ideas solamente inspiradas en palabras, con respecto a las ventajas de defender nuestro país (aunque esas palabras serían un arma de importancia para cualquier orador frente a un auditorio tan sensible como el presente) ustedes mismos, con su acción, deben exaltar el poder de Atenas y alimentar los ojos con su visión, día a día, hasta que el amor por ella llene el corazón de ustedes; y luego, cuando su grandeza se derrame hacía ustedes, deben reflexionar que fue el coraje, el sentimiento del deber y una sensibilidad especial del honor en acción, los que permitieron al hombre ganar todo esto.
A pesar que existieran las fallas de carácter, o las defecciones previas en la vida personal, ellas no fueron suficientes como para privar a nuestra comarca de su valor, puesto a sus pies como homenaje, como la contribución más gloriosa entre las que ellos podían ofrecer.
Por esta ofrenda de sus vidas hecha en común por todos ellos, individualmente, cada uno de ellos, se hizo acreedor de un renombre que no se vuelve caduco, así como se hizo acreedor de un sepulcro, mucho más que el receptáculo de sus huesos: ya que es el más noble de los altares.
Altar donde se deposita la gloria por ellos alcanzada para ser recordada cuando las eventualidades inviten a su conmemoración.
Porque los héroes tienen al mundo entero por tumba y en países alejados del que los vio nacer (único sitio donde un epitafio lo atestigua) tienen su ara en cada pecho y un recordatorio no escrito en cada corazón que como mármol lo preserva.
Adopten ustedes estos hombres como modelo y juzgando que la felicidad es el fruto de la libertad y que la libertad es el fruto de la bravura, nunca declinen la exaltación de sus valores.
No son desgraciados quienes no ahorran su vida en aras de lo justo.
Nada tienen que perder.
Sino más bien lo son aquéllos quienes ahorran las vidas suyas a costa de una caída que si sobreviene, ha de tener tremenda consecuencia.
Y sin duda, para un hombre de espíritu, la degradación de la cobardía debe ser inmensamente más triste que la muerte que no se siente, pues lo golpea en la plenitud de sus fuerzas y de su patriotismo.
Puedo ofrecer ayuda, pero no condolencia, a los parientes de los muertos.
Son innumerables los azares a los cuales el hombre está sujeto, como ustedes saben muy bien.
Pero son afortunados aquéllos a quienes el azar ofrece una muerte gloriosa, la misma que hoy nos enluta.
Aquéllos cuya vida ha sido tan bien medida que pudiera acabar en la felicidad de servir de modelo.
A pesar de ello reconozco que es una dura manera de decir, especialmente cuando está involucrado aquél que ha de ser recordado por ustedes, que ven continuar en otros hogares la bendición que alguna vez también han tenido, Porque la pena se siente más por la pérdida de algo a lo cual estábamos acostumbrados, que por el deseo de algo que nunca fue nuestro.
Aquéllos entre los deudos que estén en edad de procrear hijos, deben consolarse con la esperanza de tener otros en su lugar.
No solamente van a ayudar a que no olvide a quien se ha perdido, sino que para el mismo estado ha de ser un refuerzo y un reaseguro. Porque nunca un ciudadano ha de buscar tanto una política justa y honesta cuanto que lo motiven, siendo padre, los intereses y las aprehensiones de tal condición.
Los que ya han sobrepasado la edad madura, dejen que los convenza la idea de que la mayor parte de la vida les fue afortunada y que el breve intervalo que falta, ha de ser iluminado con la fama del que ya no está.
Porque lo único que no se vuelve viejo es el amor al honor.
No son las riquezas, como algunos quisieran.
Es el honor lo que reconforta al corazón, con la edad y la falta de ayuda.
Me dirijo a los hijos y a los hermanos de los difuntos.
Veo una ardua lucha en ustedes.
Cuando un ser humano se va, todos tienden a alabarlo y pese a que el mérito de ustedes ha de ir creciendo, es difícil que se acerque a su renombre.
Los vivientes se ven expuestos a la envidia.
En cambio los muertos están libres de ella y honrados con la buena voluntad de quienes los recuerdan.
He de decir algo sobre la excelencia femenina de aquéllas, entre ustedes, que se encuentran hoy en la viudez.
Grande ha de ser la gloria de ustedes, si es que no permiten que decaiga el ánimo por debajo del carácter natural de cada una.
Pero más grande ha de ser todavía, entre los atenienses, la de aquélla que consiga no ser mencionada, ni para bien, ni para mal.
Mi tarea ha acabado.
He cumplido con lo mejor de mi habilidad y por lo menos, en lo referente a la intención, con lo dispuesto por la ley.
Si se trata de hechos concretos, aquéllos que han sido enterrados han recibido los honores que los corresponde; en lo que se refiere a sus hijos, han de ser mantenidos hasta la adultez, por los caudales públicos.
El estado ofrece así una recompensa de valía como guirnalda de victoria para esta raza de bravos, recompensando tanto a los caídos como a sus descendientes. Allí donde la recompensa al mérito es máxima, allí se encuentran los mejores ciudadanos.
Terminando las lamentaciones por sus parientes, pueden ustedes partir.

PATRICK PEARSE “No dejemos que nadie blasfeme sobre la causa de las generaciones muertas de Irlanda, dándole cualquier otro nombre o la definición de su nombre y su significado”

PATRICK PEARSE
“No dejemos que nadie blasfeme sobre la causa de las generaciones muertas de Irlanda, dándole cualquier otro nombre o la definición de su nombre y su significado”



ORACION FUNEBRE ANTE LA TUMBA DE JEREMIAH O'DONOVAN ROSSA, EN EL CEMENTERIO DE GLASNEVIN, DE DUBLÍN  1 de agosto de 1915

Se ha pensado bien, para que antes de que nos alejemos de este lugar en el que hemos dejado los restos mortales de O'Donovan Rossa, uno de nosotros deba hablar en nombre de todos, en honor de este hombre valiente, y tratar de formular el pensamiento y la esperanza que está en nosotros, los que estamos de pie en torno a su tumba. Y si hay algo que hace que sea oportuno que yo más bien que otro o en el lugar de uno de los canosos hombres que podrían hablar aquí, que fueron jóvenes como él y compartieron, su trabajo y sufrimiento, quizás sea porque puedan tomarlo como que hablo en nombre de una nueva generación que ha sido rebautizada en la fe FENIAN y ha aceptado la responsabilidad de llevar a cabo su programa.
Les propongo entonces que, aquí junto a la tumba de este FENIANO incorregible, renovemos nuestros votos bautismales; que,… aquí junto a la tumba de este hombre invencible e inconquistable, cada uno le pidamos a Dios por él, por sus firmes objetivos, su gran valentía y gallardía, y por el alma fuerte e inquebrantable de O'Donovan Rossa. Deliberadamente aquí nos confesamos, como él lo confesó en el muelle, somos irlandeses de una única lealtad. Nosotros, otros voluntarios irlandeses y quienes son nuestros asociados en la tarea de hoy, debemos a partir de ahora, estar y permanecer fraternalmente unidos, para lograr la libertad de Irlanda. Conocemos sólo una definición de la libertad: es la definición de Tono, es la definición de Mitchel, que es la definición de Rossa. No dejemos que nadie blasfeme sobre la causa de las generaciones muertas de Irlanda, dándole cualquier otro nombre o la definición de su nombre y su significado.
No estamos con tristeza en la tumba de Rossa, sino más bien con un animado espíritu que nos provee el entrar en una comunión tan cerca con ese valiente y espléndido Gael.
O'Donovan Rossa fue espléndido y orgulloso en la edad adulta,…
espléndido en la gracia de lo heroico,…
y espléndido en la fuerza, la claridad y en sus verdades gaélicas.
Todo ese esplendor, orgullo y fuerza eran compatibles con su humildad y la sencillez de su devoción a Irlanda, a todo lo que allí era antiguo, hermoso y gaélico, y a la santidad y la simplicidad del patriotismo de un Michael O’Cleary o de un Eoghan O'Growney. Los ojos despejados y auténticos de este hombre que casi solamente en su día tuvo la visión de la Irlanda que tendríamos en la actualidad: no libre simplemente, gaélico también; no gaélico simplemente, libre y noble también.
En una comunión espiritual más estrecha ahora como nunca antes o quizás tal vez de siempre, en la comunión espiritual con los de su día, vivos y muertos, que sufrieron con él en prisiones inglesas, en comunión de espíritu también con nuestros propios compañeros queridos que hoy sufren en prisiones inglesas, y hablando en su nombre así como en el propio, prometemos a Irlanda nuestro amor, y al gobierno inglés en Irlanda nuestro odio.
Este es un lugar paz, sagrado para los muertos, donde los hombres deben hablar con toda caridad y circunspección, pero lo llevo a cabo como una cosa cristiana, como O'Donovan Rossa la llevó a cabo, para odiar el mal, para odiar la mentira, para odiar la opresión , y, odiándolos, para esforzarse en derrocarlos.
Nuestros enemigos son fuertes, listos y cautos; pero con todo lo fuertes, listos y cautos que puedan ser, no pueden luchar contra los milagros de Dios, que cosecha en los corazones de los jóvenes las semillas sembradas por los hombres jóvenes que les precedieron. A las semillas que sembraron los jóvenes de 1865 y 1867 han germinado milagrosamente hoy.
Gobernadores y Defensores han de tener cuidado en protegerse. La vida brota de la muerte; y de las tumbas de los patriotas, hombres y mujeres, brotan las naciones vivas. Los Defensores de esta situación han trabajado bien, tanto en secreto como en público. Creen que han pacificado Irlanda. Creen que han comprado a la mitad de nosotros y han intimidado a la otra mitad. Creen que han previsto todo, creen estar preparados para todo; pero ¡necios, necios, necios!
Nos han dejado a nuestro feniano muerto, y mientras tumbas como esta estén en Irlanda, la Irlanda sometida nunca estará en paz.
PATRICK HENRY PEARSE

O'Donovan Rossa, miembro fundador del Fraternidad Republicana Irlandesa (conocido popularmente como FENIAN), murió en Nueva York el 29 de junio 1915, a los 84 años. Su muerte fue utilizada por otros miembros para promover la independencia irlandesa y así su cuerpo fue enviado deliberadamente a Irlanda para su sepultura. Clarke y Thomas MacDonagh, líderes de la fraternidad, planearon un enorme entierro a ese objeto y, el primero invitó a Patrick Pearse, conocido como el primer orador de la época, para dar la famosa oración fúnebre en el Cementerio de Glasnevin
El entierro de Rossa, y la oración de Pearse, tuvieron el efecto de movilizar a los republicanos y de crear las condiciones para un levantamiento. Cuando finalmente estalló el Lunes de Pascua, 24 de abril de 1916, ninguno de los líderes contaba con lograr una victoria militar. Fue Pearse quien, desde los escalones de la Oficina Postal de Dublín proclamó la República. Tras seis días de lucha, numerosas muertes de civiles e inmensos daños materiales, Pearse y el resto de los líderes dieron la orden de rendición a los insurgentes. Sin embargo, aunque duró muy poco, desató una serie de acontecimientos posteriores que condujo a la formación del Estado Libre Irlandés en 1922, hasta que en 1949 se convirtió en la República de Irlanda. .
El manuscrito de este discurso ahora se sostiene en el museo de Pearse, Rathfarnham, Dublín, y es considerado como uno de los discursos más importantes de la historia irlandesa contemporánea. Pearse y otros catorce líderes del alzamiento, incluyendo su hermano Willie, fueron sometidos a un Consejo de Guerra y condenados a morir fusilados. Sir Roger Casement, que había intentado infructuosamente reclutar soldados para los insurgentes entre los prisioneros irlandeses de guerra en Alemania fue ahorcado en agosto. Clarke, Thomas MacDonagh y el propio Pearse fueron los primeros en ser ejecutados el 3 de mayo de 1916. Pearse tenía 36 años. Su sacrificio, como el de sus compañeros, sin embargo, no sería en vano. Hoy la República de Irlanda lo honra como un auténtico padre de la patria.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

PATRICK HENRY “Tenemos la tendencia a cerrar los ojos ante una verdad dolorosa, y escuchar el canto de sirena hasta que nos transforma en bestias”

PATRICK HENRY “Tenemos la tendencia a cerrar los ojos ante una verdad dolorosa, y escuchar el canto de sirena hasta que nos transforma en bestias”



DISCURSO EN LA CONVENCIÓN DE VIRGINIA 23 de Marzo de 1775

Señor Presidente:
Probablemente no haya hombre que piense más alto que yo del patriotismo, así como del talento de los muy dignos señores a los que me dirijo en esta Convención. Pero los hombres a menudo ven diferentes un mismo tema o con diferentes prismas y, por lo tanto, espero que no consideren una falta de respeto a Uds. si, exaltado como estoy yo, vierto opiniones muy opuestas a las suyas, expresando mis sentimientos libremente y sin reservas. Este no es momento para ceremonias. La cuestión planteada ante la Cámara es de momento terrible para este país. Por mi parte, considero que es nada menos que como una cuestión de libertad o la esclavitud, y en proporción a la magnitud del tema debe ser la libertad del debate. Es sólo de esta manera que podemos tener la esperanza de llegar a la verdad, y cumplir con la gran responsabilidad que tenemos ante Dios y ante nuestro país. ¿Debería contener mis opiniones en un momento así, por miedo a ofender? ¿Yo me consideraría culpable de traición hacia mi país, y de un acto de deslealtad hacia la majestad de los cielos, que me colocara por encima de todos los reyes de la tierra?
Sr. Presidente, es natural al hombre entregarse a las ilusiones de la esperanza. Tenemos la tendencia a cerrar los ojos ante una verdad dolorosa, y escuchar el canto de sirena hasta que nos transforma en bestias. ¿Es esta la parte de los hombres sabios, involucrados en una gran y ardua lucha por la libertad? ¿Estamos dispuestos a ser el número de aquellos que, teniendo ojos, no ven, y, teniendo oídos, no oyen, las cosas que tan de cerca afectan a su salvación temporal? Por mi parte, cualquiera que sea la angustia de espíritu lo que cueste, estoy dispuesto a conocer toda la verdad, para saber lo peor, y para proveer para ella.
Sólo tengo una lámpara por la que se guían mis pies, y que es la luz de la experiencia. No sé de ninguna otra manera de juzgar el futuro, que el pasado. Y a juzgar por el pasado, quiero saber lo que ha habido en la conducción del ministerio británico de los últimos diez años, para justificar las esperanzas con que los señores han tenido el placer de consuelo a si mismos y a la Casa de Representantes. ¿Es esa sonrisa insidiosa con que nuestra petición ha sido recibida últimamente? Confiamos en que no, señor, que se revele como una trampa para los pies. No a ser traicionado con un beso. Pregúntense cómo esta recepción amable de nuestra petición concuerda con estos preparativos de guerra, que cubren nuestras aguas y oscurecen nuestra tierra. ¿Las flotas y los ejércitos son necesarios para una obra de amor y reconciliación? ¿Nos hemos demostrado a nosotros mismos estar tan poco dispuestos a reconciliarnos, que la fuerza debe ser llamada para recuperar nuestro amor? No nos engañemos a nosotros mismos, señor. Estos son los instrumentos de guerra y el sometimiento, los últimos argumentos que los reyes entienden. Les pido, señores, ¿qué significa esta matriz de guerra, que no sea obligarnos a la sumisión? Señores ¿pueden asignar cualquier otro posible motivo para ello? ¿Gran Bretaña tiene un enemigo, en esta parte del mundo, para llamar a la acumulación de todo esta armada y ejércitos? No, señor, no tiene ninguno. Ellos son para nosotros, ya que no pueden ser destinados a ningún otro. Ellos son enviados a través de atar y remache sobre nosotros esas cadenas que el ministerio británico han sido tan largo de la forja. ¿Y qué hemos de oponer a ellos? Vamos a tratar este argumento. Señor Presidente, ¿que hemos estado intentando en los últimos diez años? ¿Tenemos algo nuevo que ofrecer sobre el tema? Nada. Hemos mantenido el tema en cada luz de la que es capaz, pero ha sido todo en vano. ¿Vamos a recurrir a la súplica y súplica humilde? ¿En que condiciones nos encontramos que no se hayan agotado ya? Os ruego, señor, que no nos engañemos a nosotros mismos. Señor Presidente, hemos hecho todo lo que se podía hacer, para evitar la tormenta que ahora se acerca. Hemos solicitado, hemos protestado, hemos suplicado, nos hemos postrado nosotros mismos delante del trono, y hemos implorado su intervención para detener la mano tiránica del ministerio y el Parlamento. Nuestras peticiones han sido menospreciadas, nuestras protestas han generado más violencia y el insulto; nuestras súplicas han sido ignoradas, y se nos ha rechazado, con desprecio, desde el pie del trono. En vano, después de estas cosas, podemos abrigar la esperanza de cariño de la paz y la reconciliación. Ya no hay ningún margen para la esperanza. Si queremos ser libres; si queremos preservar la inviolabilidad de los privilegios inestimable para los que hemos estado tanto tiempo sosteniendo; si nos referimos no vilmente a abandonar la lucha noble en que nos hemos dedicado tanto tiempo y que nos hemos comprometido nunca a abandonar hasta que el objeto glorioso de nuestro concurso se obtenga, tenemos que luchar! Lo repito, señor, tenemos que luchar! Un llamado a las armas y al Dios de los Ejércitos es todo lo que nos queda!
Se nos dice, señor, que somos débiles, incapaces de hacer frente a adversario tan formidable. Pero, ¿cuando vamos a ser más fuerte? ¿Será la próxima semana, o el año que viene? ¿Será que estamos totalmente desarmados? Y cuando un guardia británico deba situarse en cada casa, ¿vamos a reunir la fuerza por la indecisión y la inacción? ¿Vamos a adquirir los medios de resistencia efectiva, mientiendo sobre nuestras espaldas, y abrazar el fantasma de la ilusoria esperanza, hasta que nuestros enemigos nos hayan atado a nosotros de pies y manos? Señor, no somos débiles, si hacemos un uso adecuado de los medios que el Dios de la naturaleza ha colocado en nuestro poder. Tres millones de personas, armadas en la sagrada causa de la libertad, y en un país como este que poseemos, resultan invencibles frente a cualquier fuerza que el enemigo despache en nuestra contra. Además, Señor, no pelearemos nuestras batallas solos, pues existe un Dios justo, quien preside sobre los destinos de las naciones y quien levantará a sus aliados para que peleen nuestras cruzadas. La batalla, Señor, no es solo para los fuertes. Es también para los vigilantes, los activos, los valientes. Además, Señor, no tenemos elección. Aun si fuésemos lo suficientemente fuertes para desearlo, ya es demasiado tarde para retirarse de la contienda. ¡No existe la retractación sino es en la sumisión y en la esclavitud! ¡Nuestras cadenas se han roto! Sus chasquidos se escuchan en las praderas de Boston. La guerra es inevitable. Así pues, ¡dejadla venir! Repito Señor: ¡Dejadla venir!
Resulta vano, Señor, prolongar este asunto. Los hombres podrán gritar: ¡Paz, Paz!, pero la paz ya no existe. La guerra ya ha empezado. El próximo galeón que parta hacia el norte traerá hasta nuestros oídos el retumbar de las armas. ¡Nuestros alientos ya están en el campo de batalla! ¿Por qué permanecemos, entonces, inactivos? ¿Qué es lo que los hombres desean? ¿Qué es lo que quieren? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, como para ser comprada al precio de las cadenas y de la esclavitud? ¡Prohíbelo, Oh Dios Omnipotente! Ignoro el curso que otros han de tomar; pero en lo que a mí me respecta: ¡dadme libertad o dadme muerte!
PATRICK HENRY