viernes, 5 de febrero de 2016

NEVILLE CHAMBERLAIN “El verdadero triunfo es que se ha demostrado que los representantes de las cuatro grandes potencias pueden encontrar la posibilidad de acordar una forma de llevar a cabo una operación difícil y delicada por el diálogo en lugar de por la fuerza de las armas, y con ello han evitado una catástrofe que hubiera terminado con la civilización tal como la han conocido”

NEVILLE CHAMBERLAIN
El verdadero triunfo es que se ha demostrado que los representantes de las cuatro grandes potencias pueden encontrar la posibilidad de acordar una forma de llevar a cabo una operación difícil y delicada por el diálogo en lugar de por la fuerza de las armas, y con ello han evitado una catástrofe que hubiera terminado con la civilización tal como la han conocido”



NEVILLE CHAMBERLAIN

Discurso pronunciado el 3.10.1938 explicando la política de apaciguamiento hacia Hitler


"Desde que asumí mi cargo, mi principal objetivo ha sido trabajar para la pacificación de Europa; el camino que lleva al apaciguamiento es largo y lleno de obstáculos"

"Antes de llegar a describir el Acuerdo que se firmó en Munich en las primeras horas de la mañana del viernes pasado, me gustaría recordar a la Cámara dos asuntos que creo que no es esencial no olvidar cuando esos términos se están estudiando. La primera es ésta: No fuimos allí para decidir si las áreas predominantemente alemanas en los Sudetes deben ser pasadas al Reich alemán. Eso ya había sido decidido ya. Checoslovaquia había aceptado las propuestas anglo-francesas. Lo que había que considerar sin embargo era el método, las condiciones y el momento de la transferencia del territorio.

El segundo punto a recordar es que el tiempo fue uno de los factores esenciales. Todos las circunstancias estaban reunidas para propiciar el estallido de un conflicto que podría haber precipitado la catástrofe.

Teníamos a la población muy agitada, teníamos extremistas de ambos bandos dispuestos a trabajar y provocar incidentes. Por lo tanto, era esencial que pronto lleguemos a una conclusión final, de modo que esta operación dolorosa y difícil de la transferencia podría llevarse a cabo a la mayor brevedad posible y tan pronto como la conclusión ha sido consistente con el procedimiento ordenado, a fin de que podamos evitar la posibilidad de algo que podría haber hecho que todos nuestros intentos de solución pacífica fueran inútiles. .

. . . Para los que no desean un ultimátum, pero que estaban ansiosos de un procedimiento razonable y ordenado, cada uno de los puntos del Acuerdo de Munich es un paso en la dirección correcta. Ya no es un ultimátum, pero es un método que se lleva a cabo en gran medida bajo la supervisión de un organismo internacional.

El verdadero triunfo es que se ha demostrado que los representantes de las cuatro grandes potencias pueden encontrar la posibilidad de acordar una forma de llevar a cabo una operación difícil y delicada por el diálogo en lugar de por la fuerza de las armas, y con ello han evitado una catástrofe que hubiera terminado con la civilización tal como la han conocido.

No tengo nada de qué avergonzarme. Debemos sentir simpatía hacia una nación pequeña y valiente en la hora de su duelo nacional y su pérdida.

Digo en el nombre de esta Cámara y de la gente de este país que Checoslovaquia se ha ganado nuestra admiración y respeto por su moderación, por su dignidad, por su magnífica disciplina como pocas naciones han demostrado.

El ejército, cuyo valor nadie ha cuestionado nunca, ha obedecido la orden de su presidente, ya que igualmente le hubiera obedecido si él les hubiera dicho marchar a las trincheras.

Es mi esperanza y mi fe, que bajo el nuevo sistema de garantías, la nueva Checoslovaquia encuentra una mayor seguridad de la que ha disfrutado en el pasado.

Creo que Europa y el mundo tienen motivos para estar agradecidos al gobierno italiano por su trabajo para contribuir a una solución pacífica.

Nos hicieron partícipes de nuestras inquietudes y nuestras esperanzas. Se alegraron con nosotros de que la paz se haya conservado, y esperamos con interés los esfuerzos para consolidar lo ya ha hecho.

Desde que asumí mi cargo, mi principal objetivo ha sido trabajar para la pacificación de Europa, para la eliminación de las sospechas y animosidades de aquellos que durante tanto tiempo respiraban un aire envenenado.

El camino que conduce al apaciguamiento es largo y lleno de obstáculos. La cuestión de Checoslovaquia es el último y quizás el más peligroso. Ahora que lo hemos superado creo que puede ser posible seguir avanzando por el camino de la cordura."


CAMILO JOSÉ CELA “Mis palabras son de paz porque nada sujeta más y mejor a la guerra que la mesura en el juicio y la actitud. Mesura hasta el sufrimiento, pedía Séneca a quienes se gozaban en el arte de pensar”

CAMILO JOSÉ CELA
Mis palabras son de paz porque nada sujeta más y mejor a la guerra que la mesura en el juicio y la actitud. Mesura hasta el sufrimiento, pedía Séneca a quienes se gozaban en el arte de pensar”



camilo jose cela

Discurso del escritor al recibir el Premio Príncipe de Asturias en 1987 

"Señor, Señora, Alteza, y también: señor presidente de la Fundación Principado de Asturias, dignísimas autoridades eclesiásticas, civiles y militares, señoras y señores.

En La Arcadia de Lope de Vega se dicen estos versos:

«¡Ay, dulce y cara España,
madrastra de tus hijos verdaderos,
y con piedad extraña
piadosa madre y huésped de extranjeros!»

En España —y os lo digo, Alteza, porque sois joven y español— el que resiste, gana. Y también os lo digo, Alteza, porque habréis de lidiar durante vuestra vida, que para bien de todos os deseo larga y colmada de aciertos, con los tres embates que siempre se arrancan y siempre se estrellan contra el alma de los elegidos: el hombre impaciente, el del tiempo inclemente y el de la circunstancia desaforada e hiriente.

Alteza, no demos pábulo ni al inerte sentimiento ni a la anestesiadora y deformante nostalgia y dejemos volar la esperanza y la ilusión, que son las dos alas de la saludable felicidad que ni cesa ni aun se interrumpe.

El que espera tiene a su lado un buen compañero en el tiempo, nos dejó dicho Saavedra Fajardo en sus Empresas políticas y en glosas a unas palabras que pronunciaba con elegante y noble regodeo vuestro trasabuelo Felipe II: «yo y el tiempo contra todos».

«Se dará tiempo al tiempo —pensaba y escribía Cervantes en La gitanilla—, que suele ser dulce salida a muchas amargas dificultades». Y en Las dos doncellas: «Dejad el cuidado al tiempo, que es gran maestro en dar y hallar remedio». Y en el Quijote: «Dejando al tiempo que haga de las suyas, que es el mejor médico de estas y de otras mayores dificultades». Una ilustre española y amiga, María Zambrano, Premio Príncipe de Asturias y serena voz del pensamiento, nos dice que quizá no exista experiencia que preste mayor madurez al hombre que su descubrimiento del tiempo. Otro premio, Alteza, de vuestro título —y os hablo ahora de Mario Bunge—, se sorprende de que el tiempo, siendo, sobre imperceptible, inmaterial, pueda medirse con tanta precisión. Observad, don Felipe, que esta precisa exactitud en la medida del tiempo funciona en extensión, sí, pero no en intensidad, ya que no es el mismo el minuto del enamorado que el del condenado a muerte.

Desde aquel histórico 3 de octubre de 1981, en el que por vez primera en vuestros aún breves y tan lozanos días, os dirigíais en público y cabe estos muros ya nimbados de recuerdos a nuestros compatriotas los españoles, hasta hoy, el tiempo, con su pausado caminar inexorable, ha transcurrido con suficiente holgura y generosidad para que yo pueda haber alcanzado el honor a todas luces inmerecido, de dirigiros estas breves y muy sinceras palabras: en este Oviedo capital de la Asturias entrañable, con el motivo que aquí nos convoca y en presencia de vuestros augustos padres los Reyes de todos los españoles la gozosa insignia de España.

En la esfera de algún viejo reloj se leen, referidas a las horas que pasan y pasan sin apurarse jamás ni detenerse nunca, unas palabras tan ciertas como fatales: Todas hieren, la última mata. Doy gracias a Dios, Alteza, porque, aun herido, todavía no sonó mi hora y puedo deciros mi palabra ante todos y con el corazón saliéndoseme por la boca de emoción y de contento.

Escuchad, Alteza, lo que os voy a decir, lo que os vengo diciendo, y pensad que no me mueve ningún otro afán que el de la verdad que me debo a mí mismo y el de la lealtad que a vos os debo.
Sois el titular de este viejo Principado marinero y minero, agricultor y ganadero, industrial y comercial, literario, señorial y popular que presta su nombre a la benemérita Fundación que es hoy nuestra anfitriona y pienso que, como Premio Príncipe de Asturias que soy e interpretando el sentir de mis compañeros, los demás premiados a mayor mérito y justicia, me cumple agradeceros, en nombre de todos, vuestra presencia aquí y vuestra tutela. Y no sólo por el galardón que recibimos sino por el hecho, no demasiado frecuente en nuestra historia, de que los tirios que mandan y los troyanos que obedecemos y pensamos y trabajamos y escribimos y hacemos, mejor o peor, aquello que debemos y creemos saber hacer, seamos capaces de reunirnos para festejar, con el corazón limpio y la voluntad abierta, un evento glorioso: el de la concordia que a todos nos salvará. Mis palabras son de paz porque nada sujeta más y mejor a la guerra que la mesura en el juicio y la actitud. Mesura hasta el sufrimiento, pedía Séneca a quienes se gozaban en el arte de pensar.

Otro ilustre español y amigo, don José Ferrater Mora, se lamentaba desde esta misma tribuna, de la política de despilfarro intelectual de España, por fortuna ya en vías de la enmienda, frente a la política de respeto intelectual de otros países en los que el aplauso a las cosechas de la inteligencia prima sobre cualquier otro supuesto. Nos falta todavía mucho, bien lo sé, pero pienso, en mi patriótico optimismo, que quizás estemos ya en el buen sendero del escarmiento y dé su fruto el acierto, y Vuestra Alteza es testigo excepcional. Hemos cruzado ya el Rubicón del orgulloso y esterilizador «que inventen ellos» y estamos empezando a entrever que nuestro camino es otro. Quisiera poder deciros, Alteza, que los españoles asumimos ya nuestro deseo y nuestra voluntad de inventar y de gozar del invento.

Aún otro ilustre español y también amigo, don Severo Ochoa, pidió desde esta misma aireada plataforma, un ambiente propicio y un estímulo, una comprensión y un interés para la actividad creadora. Ya empezamos a tenerlo entre nosotros. Ochoa pedía que la promoción de la ciencia en España fuese vinculada a la Corona para que pudiera adquirir la deseada estabilidad y yo me permito sugerir ahora, con tanta convicción como respeto, que esa vinculación se ampliara a otros ámbitos también hoy representados aquí.

Alteza: vuestro padre se propuso ser el Rey de todos los españoles y a fe que lo consiguió. Somos muchos los españoles que quisiéramos verlo como espejo de conducta y buen propósito, como haz luminoso que en cada instante nos alumbrara el camino de la inteligencia en su prosecución de óptimo fruto. Porque en buena política no hay patrimonio que ministrar si antes no ha sido creado con salud, rigor y vigor.
Alteza, ya sois un hombre, pero, desde muchacho y aun desde niño, estáis en contacto con lo mejor y más granado de España: anteayer con los militares y los trabajadores, ayer con los marinos y los deportistas, hoy con los aviadores y los poetas, mañana con los universitarios y los estudiosos y siempre con los españoles que viven y sueñan a nuestro mismo compás, a ese compás que —bien mirado— no es nuestro ni de ellos, sino común y compartido.

Este es el paisaje en que la representación de vuestros pasos históricos ha de tener lugar y ha de acontecer por rigurosa ley de fatalidad: se llama España y no tenemos otro ni tampoco podemos ni queremos cambiarlo por ningún otro. Nuestro naipe está sobre la mesa y con él hemos de jugar la partida en la que nos va el presente y el futuro. De nuestra sabiduría y prudencia dependerá el resultado y el llanto o la alegría.

Alteza, los españoles estamos orgullosos y celosos de vuestro padre el Rey y tenemos la difusa pero también ciertísima convicción de que, sin su providencial presencia entre nosotros, no estaríamos celebrando aquí y ahora esta fiesta de concordia y de paz.

Alteza, estáis llamado a ser el Rey de España cuando Dios disponga, y pido a Dios que se sirva tomar su disposición después de haber pasado muy largos años: recordad las palabras que os dije de Saavedra Fajardo y de Cervantes. Para entonces yo ya no estaré en el mundo de los vivos, pero creedme si os aseguro que moriré en paz y reconfortado al ver a nuestra patria en el buen camino del sosiego acorde y la tranquilidad provechosa y ubérrima.

Señor, Señora, Alteza, gracias por haberos dignado escuchar las palabras de un español sin más mérito que su voluntad y su paciencia o, si mejor lo queréis, su esperanza. Y gracias por vuestra presencia aquí, signo inequívoco de la vinculación de la Corona con la España de la ciencia, el pensamiento y las artes que el insigne asturiano Severo Ochoa pedía con tan noble acento.

Muchas gracias."


jueves, 4 de febrero de 2016

JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI “Entre los pueblos hispano-americanos no hay cooperación. Funcionan económicamente como colonias de la industria y la finanza europea y norteamericana”

JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI
Entre los pueblos hispano-americanos no hay cooperación. Funcionan económicamente como colonias de la industria y la finanza europea y norteamericana”


JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI



LA UNIDAD DE LA AMÉRICA INDO-ESPAÑOLA, 6 de Diciembre de 1924

Los pueblos de la América española se mueven, en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía étnica, política y moral de la América Hispana, Los métodos de colonización de los españoles solidarizaron la suerte de sus colonias. Los conquistadores impusieron a las poblaciones indígenas su religión y su feudalidad. La sangre española se mezcló con la sangre india. Se crearon, así, núcleos de población criolla, gérmenes de futuras nacionalidades. Luego, idénticas ideas y emociones agitaron a las colonias contra España. El proceso de formación de los pueblos indo-españoles tuvo, en suma, una trayectoria uniforme.
La generación libertadora sintió intensamente la unidad sudamericana. Opuso a España un frente único continental. Sus caudillos obedecieron no un ideal nacionalista, sino un ideal americanista. Esta actitud correspondía a una necesidad histórica. Además, no podía haber nacionalismo donde no había aún nacionalidades. La revolución no era un movimiento de las poblaciones indígenas. Era un movimiento de las poblaciones criollas, en las cuales los reflejos de la Revolución Francesa habían generado un humor revolucionario.
Más las generaciones siguientes no continuaron por la misma vía. Emancipadas de España, las antiguas colonias quedaron bajo la presión de las necesidades de un trabajo de formación nacional. El ideal americanista, superior a la realidad contingente, fue abandonado. La revolución de la independencia había sido un gran acto romántico; sus conductores y animadores, hombres de excepción. El idealismo de esa gesta y de esos hombres había podido elevarse a una altura inasequible a gestas y hombres menos románticos. Pleitos absurdos y guerras criminales desgarraron la unidad de la América Indo-Española. Acontecía, al mismo tiempo, que. unos pueblos se desarrollaban con más seguridad y velocidad que otros. Los más próximos a Europa fueron fecundados por sus inmigraciones. Se beneficiaron de un mayor contacto con la civilización occidental. Los países hispano-americanos empezaron así a diferenciarse.
Presentemente, mientras unas naciones han liquidado sus problemas elementales, otras no han progresado mucho en su solución. Mientras unas naciones han llenado a una regular organización democrática, en otras subsisten hasta ahora densas residuos de feudalidad. El proceso del desarrollo de todas estas naciones sigue la misma dirección; pero en unas se cumple más rápidamente que en otras.
Pero lo que separa y aísla a los países hispano-americanos, no es esta diversidad de horario político. Es la imposibilidad de que entre naciones incompletamente formadas, entre naciones apenas bosquejadas en su mayoría, se concerte y articule un sistema o un conglomerado internacional. En la historia, la comuna precede a la nación. La nación precede a toda sociedad de naciones.
Aparece como una causa específica de dispersión la insignificancia de vínculos económicos hispano-americanos. Entre estos países no existe casi comercio, no existe casi intercambio. Todos ellos son, más o menos, productores de materias primas y de géneros alimenticios que envían a Europa y Estados Unidos, de donde reciben, en cambio, máquinas, manufacturas, etc. Todos tienen una economía parecida, un tráfico análogo. Son países agrícolas. Comercian, por tanto, con países industriales. Entre los pueblos hispano-americanos no hay cooperación; algunas veces, por el contrario, hay concurrencia. No se necesitan, no se complementan, no se buscan unos a otros. Funcionan económicamente como colonias de la industria y la finanza europea y norteamericana.
Por muy escaso crédito que se conceda a la concepción materialista de la historia, no se puede desconocer que las relaciones económicas son el principal agente de la comunicación y la articulación de los pueblos. Puede ser que el hecho económico no sea anterior ni superior al hecho político. Pero, al menos, ambos son consustanciales y solidarios. La historia moderna lo enseña a cada paso. (A la unidad germana se llegó a través del zollverein.** El sistema aduanero, que canceló los confines entre los Estados alemanes, fue el motor de esa unidad que la derrota, la post-guerra y las maniobras del poincarismo no han conseguido fracturar. Austria-Hungría, no obstante la heterogeneidad de su contenido étnico, constituía, también, en sus últimos años, un organismo económico. Las naciones que el tratado de paz ha dividido de Austria-Hungría resultan un poco artificiales, malgrado la evidente autonomía de sus raíces étnicas e históricas. Dentro del imperio austro-húngaro la convivencia había concluido por soldarlas económicamente. El tratado de paz les ha dado autonomía política pero no ha podido darles autonomía económica. Esas naciones han tenido que buscar, mediante pactos aduaneros, una restauración parcial de su funcionamiento unitario. Finalmente, la política de cooperación y asistencia internacionales, que se intenta actuar en Europa, nace de la constatación de la interdependencia económica de las naciones europeas. No propulsa esa política un abstracto ideal pacifista sino un concreto interés económico. Los problemas de la paz han demostrado la unidad económica de Europa. La unidad moral, la unidad cultural de Europa no son Menos evidentes; pero sí menos válidas para inducir a Europa a pacificarse).
Es cierto que estas jóvenes formaciones nacionales se encuentran desparramadas en un continente inmenso. Pero, la economía es, en nuestro tiempo, más poderosa que el espacio, Sus hilos, sus nervios, suprimen o anulan las distancias. La exigüidad de las comunicaciones y los transportes es, en América indo-española, una consecuencia de la exigüidad de las relaciones económicas. No se tiende un ferrocarril para satisfacer una necesidad del espíritu y de la cultura.
La América española se presenta prácticamente fraccionada, escindida, balcanizada.*** Sin embargo, su unidad no es una utopía, no es una abstracción. Los hombres que hacen la historia hispano-americana no son diversos. Entre el criollo del Perú y el criollo argentino no existe diferencia sensible. El argentino es más optimista, más afirmativo que el peruano, pero uno y otro son irreligiosos y sensuales. Hay, entre uno y otro, diferencias de matiz más que de color.
De una comarca de la América española a otra comarca varían las cosas, varia el paisaje; pero casi no varía el hombre. Y el sujeto de la historia es, ante todo, el hombre. La economía, la política, la religión, son formas de la realidad humana. Su historia es, en su esencia, la historia del hombre.
La identidad del hombre hispano-americano encuentra una expresión en la vida intelectual. Las mismas ideas, los mismos sentimientos circular por toda la América indo-española. Toda fuerte personalidad intelectual influye en la cultura continental. Sarmiento, Martí, Montalvo no pertenecen exclusivamente a sus respectivas patrias; pertenecen a Hispano-América. Lo mismo que de estos pensadores se puede decir de Darío, Lugones, Silva, Nervo, Chocano y otros poetas. Rubén Darío está presente en toda la literatura hispano-americana: Actualmente, el pensamiento de Vasconcelos y de Ingenieros tiene una repercusión continental. Vasconcelos e Ingenieros son los maestros de una entera generación de nuestra América. Son dos directores de su mentalidad.
Es absurdo y presuntuoso hablar de una cultura propia y genuinamente americana en germinación, en elaboración. Lo único evidente es que una literatura vigorosa refleja ya la mentalidad y el humor hispano-americanos. Esta literatura —poesía, novela, crítica, sociología, historia, filosofía— no vincula todavía a los pueblos; pero vincula, aunque no sea sino parcial y débilmente, a las categorías intelectuales.
Nuestro tiempo, finalmente, ha creado una comunicación más viva y más extensa: la que ha establecido entre las juventudes hispano-americanas la emoción revolucionaria. Más bien espiritual que intelectual, esta comunicación recuerda la que concertó a la generación de la independencia. Ahora como entonces, la emoción revolucionaria da unidad a la América indo-española. Los intereses burgueses son concurrentes o rivales; los intereses de las masas no. Con la Revolución Mexicana, con su suerte, con su ideario, con sus hombres, se sienten solidarios todos los hombres nuevos de América. Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán, en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres.

NOTAS:
Publicado en Variedades: Lima, 6 de Diciembre de 1924. Reproducido en El Universitario, Buenos Aires, Diciembre de 1925.
** Acuerdo aduanero.
*** Se reviere a la artificial separación de los países que conforman los Balcanes.


miércoles, 3 de febrero de 2016

BENITO MUSSOLINI “clases medias nos señalan y acusan de temerarios, y temen que el proletariado, una vez armado con bayonetas, las utilicen a su antojo”

BENITO MUSSOLINI
clases medias nos señalan y acusan de temerarios, y temen que el proletariado, una vez armado con bayonetas, las utilicen a su antojo”


benito mussolini


DISCURSO EN LA ASAMBLEA DEL PARTIDO SOCIALISTA QUE RESUELVE LA EXPULSION, REALIZADA EN EL TEATRO DEL PUEBLO EN MILAN, 25 de Noviembre de 1914

Me odiáis porque todavía me amáis

Ustedes son más rigurosos que los jueces burgueses que admiten el derecho a la defensa;… una defensa más amplia, más completa, incluso, donde después de la sentencia admiten diez días para fundar un recurso. Si lo deciden, si creen que soy indigno de militar entre ustedes... directamente expúlsenme, pero tengo el derecho a reclamarles un acto de acusación formal y completa. Sin embargo, en esta asamblea, el acusador todavía no ha establecido si es un asunto político o una cuestión moral. Así es que voy a ser guillotinado con una orden del día que no dice nada de lo que tenía que decir: «Usted es indigno por estas y estas razones», entonces yo habría aceptado mi destino. Pero de esto nada se ha dicho, y muchos de ustedes, si no todos, saldrán de aquí con una conciencia perturbada.
En cuanto a la cuestión moral, repito una vez más que estoy dispuesto a someterme a cualquier comisión investigadora, investigación e informes.
En cuanto a la cuestión disciplinaria diré que esta no ha sido planteada porque no hay un ejemplo anterior, no obstante, que yo no invoque, porque me siento seguro, porque tengo la conciencia tranquila. Ustedes creen que están firmando mi partida de defunción pero están muy equivocados. Hoy me odian, porque en el fondo de sus corazones, todavía me aman.
Pero todavía les falta ver mucho de mí. Doce años de vida en mi partido es garantía suficiente de mi fe en el socialismo. El socialismo es algo que está arraigado a mi corazón. Lo que me separa de ustedes hoy no es una pequeña disputa, es una cuestión muy importante que divide en realidad a todo el socialismo.
Amilcare Cipriani, sobre cuyo nombre hemos hecho una maravillosa lucha al sexto colegio, (¿recuerdan aquella gran lucha?),… Amilcare Cipriani ya no podrá ser su candidato porque él ha dicho, verbalmente por escrito, que si sus setenta y cinco años se lo permitieran, él estaría en las trincheras de lucha contra la reacción militar europea, que sofoca la revolución.
El tiempo probará quien estaba en lo cierto, y quién estaba equivocado en este formidable dilema que hoy provoca una confrontación tal en el socialismo, que nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad, como tampoco antes había habido una conflagración tal en el cual millones de proletarios se encuentran enfrentados los unos contra los otros.
Esta guerra, que tiene muchos puntos de contacto con las del período Napoleónico, no es algo que suceda todos los días, Waterloo ocurrió en 1814; tal vez 1914 vea rodar otros principios, y tal vez sea testigo de la salvación de la libertad y el comienzo de una nueva era en la historia del mundo, especialmente en la historia del proletariado que en los momentos críticos, me ha encontrado aquí, con ustedes, del mismo lado.
Pero les digo que desde ahora, jamás ordenaré ni tendré piedad alguna para quienes se muestren reticentes, para los cobardes los hipócritas. Y yo seguiré de este lado. No tienen que creer que las clases medias apoyan nuestra intervención. Ellos nos señalan y acusan de temerarios, y temen que el proletariado, una vez armado con bayonetas, las utilicen a su antojo.
No crean que porque me quitan el carnet de miembro del partido también van a quitarme la fe en la causa, o que van a impedir que siga trabajando por el socialismo y por la revolución.
Milán, 25 de Noviembre de 1914
BENITO MUSSOLINI

Este premonitorio discurso corresponde a la época en que Mussolini integraba al Partido Socialista, como uno de sus principales dirigentes y, además, era redactor de la revista “AVANTI” del partido, pero es expulsado del mismo por cuanto, contra la opinión generalizada del partido, él alentaba (edición del 18 de octubre de 1914) la intervención de Italia en la guerra.


ADOLF HITLER “Has de saber, obrero alemán: no se trata ahora de decidir sobre Alemania como Estado, del Imperio como forma de gobierno, no se decide sobre la monarquía, ni sobre el capitalismo, ni el militarismo, sino sobre el ser o no ser de nuestro pueblo, y nosotros los obreros alemanes hacemos el 70% de este pueblo. ¡Sobre nosotros se decide!”

ADOLF HITLER
Has de saber, obrero alemán: no se trata ahora de decidir sobre Alemania como Estado, del Imperio como forma de gobierno, no se decide sobre la monarquía, ni sobre el capitalismo, ni el militarismo, sino sobre el ser o no ser de nuestro pueblo, y nosotros los obreros alemanes hacemos el 70% de este pueblo. ¡Sobre nosotros se decide!


ADOLF HITLER



DISCURSO ANTE EL CONGRESO DEL FRENTE ALEMÁN DEL TRABAJO EN BERLÍN, 10 de Mayo de 1033


En la vida de los pueblos no puede haber grandes revoluciones si es que -casi me atrevo a decir- no hay absoluta necesidad de ellas.
No puede hacerse una revolución realmente seria si el pueblo no aspira a ella en su interior, si determinadas circunstancias no obligan a emprenderla. Nada más fácil que cambiar exteriormente la forma de gobierno. Transformar interiormente a un pueblo será posible únicamente cuando se haya efectuado más o menos un determinado proceso de desarrollo, cuando un pueblo sienta -si bien tal vez no tan claramente, por lo menos en subconsciencia- que el camino emprendido no es el justo y quisiera dejarlo, mas no puede porque la pesadez y la inercia de la masa le impiden hallar el nuevo camino, hasta que sobreviene un impulso de cualquier parte o hasta que un movimiento que se ha percatado ya de la nueva ruta obliga al pueblo a seguir este nuevo camino. Tal vez quiera hacerlo en el primer momento, o haga como que no quiere, pero a fin de cuentas emprenderá el camino cuando sienta en su interior, consciente o inconscientemente, que la ruta seguida hasta aquí no es la verdadera, la que le conviene. Entre todas las crisis por que atravesamos, y que dan una idea completa, no hay que negar que la más sensible para el pueblo es la crisis económica.La crisis política, la moral, no la sienten algunos sino muy raras veces. El hombre medio no ve en su tiempo lo que afecta a la totalidad, sino que en la mayoría de los casos sólo ve lo que se refiere a su propia persona. De aquí que el presente no comprenda casi nunca la decadencia política o la moral mientras ésta no se haga extensiva de cualquier manera a la vida económica. Si esto llegara a tener lugar, ya no se tratará de cualquier problema abstracto, de un problema que pueda observarse o estudiarse en otra parte, sino que llegará el día en que el individuo se sienta afectado por la misma cuestión y se irá convenciendo de la imposibilidad de persistir en la misma situación a medida que vaya notando en s u propia persona las consecuencias de la crisis. Se hablará entonces de una crisis económica, de una penuria económica, y, partiendo de esta misma crisis, se tendrá la posibilidad de hacerla comprender, de hacer sentir la penuria que de otro modo suele permanecer oculta por mucho tiempo en cada ser humano.
Es natural que la crisis económica no sea reconocida en el acto en sus diversas causas, que no se vea aquí cuanto acabe por condicionar esta crisis. Es de comprender asimismo que cada uno quiera echarle la culpa al otro, y que se quiera hacer responsables a la generalidad, a las corporaciones, etc. de lo que uno mismo es también responsable. Es una gran dicha el que se vaya logrando entonces poco a poco aclarar tal crisis de suerte que vayan siendo cada vez más los que reconocen las verdaderas causas, lo cual es necesario para hallar los caminos que conducen a la curación.
No basta decir que la crisis económica alemana es una consecuencia de una crisis mundial, de la miseria económica que impera por doquier, pues de la misma manera podrá encontrar cualquier otro pueblo la misma disculpa y las mismas razones para fundar su penuria. Claro está que esta miseria no podrá entonces tener sus raíces en cualquier parte de la tierra, sino dentro de los pueblos, como siempre. Sólo hay una cosa probable, la de que esta raíz sea quizá la misma en muchos pueblos, pero sin la esperanza de poder contrarrestar la miseria por el solo hecho de comprobar que existe una miseria determinada en el correr de los tiempos. Desde luego que es necesario poner al descubierto estas raíces en el interior de un pueblo y curar la miseria ahí donde verdaderamente se la puede curar.
Desgraciadamente el alemán tiene siempre la propensión a dirigir la mirada en tales épocas de lontananza en vez de concentrarla en su propio ser. La larga educación de nuestro pueblo para inculcarle conceptos internacionales lo hace que en estos tiempos de crisis se dedique a la solución de este problema siguiendo puntos de vista internacionales, digo más, da lugar a que muchos de nosotros crean que no es posible hacer frente a esta desgracia sin proceder a la aplicación de métodos internacionales. Nada más erróneo que esto. Natural es que los achaques internacionales que aquejan a todos los pueblos sean curados por ellos mismos. Todo ello no varía el hecho de que cada pueblo debe emprender la lucha por sí y, ante todo, de que un pueblo no debe ser liberado de esta penuria mediante medidas internacionales caso de no adoptar por si solo las medidas necesarias.
Las propias medidas pueden estar naturalmente en el marco de las de carácter internacional, si bien este propio modo de proceder no debe hacerse depender del de los demás. La crisis de la economía alemana no es de las que se expresan en nuestros coeficientes económicos, sino que es en primer lugar una crisis que encuentra igualmente su expresión con las otras en su curso interior, en la naturaleza de nuestra organización, etc. de la vida económica de Alemania. En este caso podemos hablar de una crisis que ha llegado a afectar a nuestro pueblo más que a los otros.
Es la crisis que vemos en relación entre el capital, la economía y el pueblo. Bien crasamente vemos esta crisis en la relación entre nuestro obrero o empleado y nuestro patrón. La crisis ha llegado aquí a un nivel que no ha alcanzado en ningún otro país de la tierra. Si no se resuelve ahora, todas las demás tentativas que se hagan para contrarrestar los peligros de la miseria económica serán inútiles a la larga. Si examinamos la esencia del movimiento obrero alemán tal como se ha venido desarrollando en los últimos 50 años, daremos con tres causas que implican este desarrollo peculiar, raro. La primera causa yace en el cambio que ha sufrido la forma de servicio de nuestra economía en sí. Esta causa la vemos aparecer en todo el mundo del mismo modo como se presenta en Alemania. A principios del siglo pasado y más aún en nuestros días, ha tenido lugar una transformación de nuestra antigua forma económica de pequeña burguesía -si se me permite la expresión- en sentido de la industrialización, perdiéndose así, definitivamente la relación patriarcal entre patronos y obreros. Este proceso se acelera desde el momento en que las acciones pasan a ocupar el puesto de la propiedad personal. Vemos el comienzo del enajenamiento entre el que crea con la cabeza y el que lo hace con la mano, pues ésta es en resumidas cuentas la única diferencia que decide real y efectivamente. No es la palabra propiedad la que debe ser aquí considerada como característica, pues sabemos que una gran cantidad de hombres de los que fundaron nuestra producción no vino primitivamente de la propiedad, sino del trabajo, que la fuerza del puño llegó a intensificarse en ellos hasta convertirse en genialidad de la mente, que fueron inventores u organizadores por la gracia de Dios, a quienes nosotros debemos en parte nuestra vida, siendo así que sin las capacidades de estos hombres no nos hubiera sido posible alimentar ni mantener a 65 millones de habitantes en la limitada superficie donde moramos. De otra manera hubiéramos seguido siendo país de exportación bruta de trabajo. País de exportación, incluso naturalmente del espíritu oculto bajo este concepto: abonos culturales para el resto del mundo. El no haber sido así lo debemos a la gran cantidad de hombres de nuestro pueblo que supieron levantarse de la sima y que, merced a sus muchas capacidades, a su gran ingenio, pudieron proporcionar y asegurar el pan a millones de individuos. No se trata pues, de que desde un principio podamos decir: contratistas y patronos, sino que la salida consiste en que el espíritu, como ocurre siempre en la vida del hombre, se levanta, imperante, sobre la fuerza ordinaria. Este espíritu no ha sido entre nosotros algo así como una prerrogativa del nacimiento, sino que lo encontramos en todas las clases y en todas las condiciones de la vida. Bien puede decirse que todas las clases sociales de Alemania han contribuido a ello.El desmoronamiento que hemos podido ver paulatinamente ha dado lugar a que de un lado se revelaran los intereses especiales de obreros y empleados, dando con ello principio a la desgracia de nuestro desarrollo económico. Al emprender este camino, forzosamente tenía que venir la separación. Impera aquí una ley:
Una vez pisado un camino determinado, un camino extraviado, va uno separándose cada vez más del camino de la razón. Lo hemos visto prácticamente por espacio de 70 años. El camino hubo de separarse tanto de la razón natural, que los pensadores, que eran a la vez guías por este camino, hubieran confesado, de haber sido interrogados, que el camino era, en verdad, una locura. Lo han confesado individualmente. Únicamente en el imperio de la organización no han podido encontrar de nuevo el camino de la razón. Todo lo contrario: el camino los separa forzosamente, favoreciendo -según se ha dicho- por la despersonalización de la propiedad.
De esta manera el camino queda -si se me permite la frase- consolidado científicamente en la apariencia. Poco a poco se va produciendo una ideología que cree poder mantener a la larga el concepto de la propiedad, bien que los usufructuarios prácticos de este concepto no están formados sino por un porcentaje mínimo de la nación. Surgió al revés la opinión de que el concepto de la propiedad debía ser rechazado por ser tan reducido el porcentaje de usuarios prácticos. Provino de aquí la discusión sin fin y la guerra por el concepto de propiedad privada y por la "propiedad" en sí. Ésta lucha dio lugar en lo sucesivo a que se separaran más y más los dos exponentes de la vida económica. Lo que se desarrolló ahora, es en parte poco o nada natural. Desde el momento en que los dos interesados creen que su misión no tiene nada en común, no cabe duda que frente al contratista sólo puede existir el obrero organizado, claro es entonces que a la fuerza que representa el contratista sólo puede oponerse la reunida del obrero o el empleado. Una vez emprendido el camino, lógicamente habrá que poner la organización de los obreros y empleados ante la de los contratistas. Claro está que ambas organizaciones no se ocuparán una en otra, tolerándose, sino que más bien velarán por sus intereses, al parecer separados, por los medios de combate de que disponen, es decir: el paro forzoso y la huelga. En esta lucha, algunas veces vencerán los unos, otras los otros. Toda la nación será en ambos casos la que ha de pagar el precio de la lucha, la que ha de sobrellevar el perjuicio.
El resultado final será que las dos organizaciones en vías de construcción se harán más embarazosas o engorrosas en vista del carácter de los alemanes de propender a la burocratización y producirá un aparato cada vez más grande. El aparato acabará finalmente por no servirles a los interesados, sino que estos serán los que tengan que servir al aparato, y la lucha proseguirá para poder fundamentar la existencia del aparato, aún cuando a veces venga la razón bruscamente y diga: todo es una locura; la ganancia, medida por las víctimas, es ridícula; los sacrificios hechos por el aparato, contados en conjunto, son mucho más grandes que la ganancia posible. Los aparatos tendrán entonces que demostrar cuán necesarios son atizando la lucha de los intereses unos contra otros, pudiendo acontecer que los aparatos, dándose cuenta de lo que pasa, acaben por entenderse y reconciliarse.
En otros términos: el aparato A dirá: cuánto me alegro de que esté aquí el aparato B, pues hallo siempre los medios para entenderme con el aparato B. Si no existiera este aparato y en su lugar lucharan fanáticos honrados, la cosa sería mil veces peor. Conocemos a las gentes del aparato B y sabemos perfectamente cómo hemos de tratarlas. Siempre hay un camino viable. Al César lo que es del César, al pueblo lo que es del pueblo, y a la organización obrera lo que es de la organización obrera. Ya se encontrará entonces un recurso para coexistir "pacíficamente". Todo llegará a ser a veces un mal espectáculo; se ladrarán recíprocamente, se pelearán unos con otros, pero al final de cuentas no se harán nada, no se matarán, tampoco podrán hacerlo, puesto que de lo contrario no podrán existir ni las organizaciones obreras ni las sociedades y asociaciones de patronos. Todo, en resumen, vive a costa de la generalidad.
Esta lucha, emprendida mediante un derroche de medios, fuerzas de trabajo, etc. es una de las causas de la catástrofe provocada lentamente, pero con seguridad. La segunda causa es el encumbramiento del marxismo.
El marxismo como concepto universal de la descomposición vio con mirada perspicaz en el movimiento de las organizaciones obreras la posibilidad de emprender la agresión y la lucha contra el Estado y la sociedad humana con un arma absolutamente aniquiladora. No para ayudar al obrero. ¿Qué es el obrero, de cualquier país que sea, para estos apóstoles internacionales? ¡Nada, absolutamente nada!
¡No lo ven! ¡Cómo que no se trata de obreros, sino de literatos extraños al pueblo, de la chusma extraña al pueblo!
Se han dado perfecta cuenta de que con el movimiento de las organizaciones obreras y los excesos provocados del otro lado es como puede obtenerse un buen instrumento para emprender la lucha al mismo tiempo que para alimentarse, pues en todos estos últimos decenios se ha alimentado la socialdemocracia política de esta lucha y de los medios para organizarla. Hubo que inculcar a la organización obrera la idea: tú eres un instrumento de la lucha de clases, y ésta encuentra, a fin de cuentas, su guía únicamente en el marxismo. ¡Ya nada más natural que rendirle tributo al guía! ¡Y el tributo se ha recogido con creces! Los señores no se han contentado con un 10, sino con tipos de interés mucho más grandes.
Esta lucha de clases conduce a la proclamación de la organización obrera como puro instrumento para la representación de los intereses económicos de los obreros y consiguientemente para fines de la huelga general. La huelga general surge aquí por primera vez como factor político de gran fuerza y muestra lo que el marxismo había esperado efectivamente de esta arma: no un medio para salvar al obrero, todo lo contrario, un instrumento de combate para el aniquilamiento del Estado enemigo del marxismo. Hasta donde ha podido llegar semejante locura, de ello tenemos los alemanes un ejemplo terrible e instructivo: la guerra.
Numerosos líderes de la socialdemocracia, completamente transformados interiormente por el nuevo espíritu de los nuevos tiempos, arguyen ahora con la memoria un tanto debilitada: es que la socialdemocracia luchó también en los campos de batalla.
¡No, el marxismo no ha peleado nunca, el que ha peleado ha sido el obrero alemán! En 1914, el obrero alemán, en un reconocimiento interior brusco -casi me atrevo a decir clarividente- se retiró del marxismo para incorporarse de nuevo a su pueblo, sin que pudieran evitarlo los líderes del marxismo que habían visto venir esta fatalidad. Algunos de ellos, muy pocos, regresaron en esta hora con el corazón al seno de su pueblo. Sabemos que un gran hombre, un hombre que ha intervenido decisivamente en la historia de los pueblos, Benito Mussolini, supo encontrar en estos momentos el camino de su pueblo. También en Alemania ha habido algunos que hicieron lo mismo. La gran masa de los líderes políticos no ha sacado para sí las consecuencias, ateniéndose al poderoso levantamiento del obrero alemán, no fue inmediatamente, voluntariamente, al frente: esta transformación interior espiritual parece que se les ahorró en aquellos tiempos, no obstante afirmar hoy lo contrario: perecieron obreros. Los líderes se han conservado cuidadosamente en el 99%.
No figuran con el porcentaje de muertos y heridos que vemos en todo el pueblo. Creyeron que su actuación política era mucho más importante. En aquella época, 1914/15, vieron su misión en una discreta reserva, y más tarde en el mando de u determinado número de outsiders, vieron su misión en una reserva paulatina frente al problema nacional. Finalmente llegó el cumplimiento en la revolución.
Sólo podemos decir a esto:
Si el movimiento de las organizaciones obreras hubiera estado entonces en nuestras manos, si hubiera estado en mis manos, pongo por ejemplo, si se hubiera desarrollado con la misma finalidad errónea como ocurrió entonces, nosotros los nacionalsocialistas hubiésemos puesto esta gigantesca organización al servicio de la patria. Hubiésemos declarado: conocemos naturalmente los sacrificios, estamos dispuestos a hacerlos nosotros mismos, no queremos evitarlos, lo que queremos es luchar con los demás, ponemos nuestra suerte y nuestra vida en manos de la poderosa Providencia, como han de hacerlo los otros. Lo hubiésemos hecho sin más ni más.
Has de saber, obrero alemán: no se trata ahora de decidir sobre Alemania como Estado, del Imperio como forma de gobierno, no se decide sobre la monarquía, ni sobre el capitalismo, ni el militarismo, sino sobre el ser o no ser de nuestro pueblo, y nosotros los obreros alemanes hacemos el 70% de este pueblo. ¡Sobre nosotros se decide!
He aquí lo que debía saber y se podía saber en aquél entonces. Debíamos saberlo. Hubiésemos sacado todos las consecuencias para nuestra propia vida y naturalmente que también hubiésemos sacado las consecuencias para el movimiento de las organizaciones obreras. Hubiésemos dicho: obrero alemán, lo que queremos es defender tus derechos. Seguramente que entonces hubiésemos tenido que hacerle frente al Estado, es decir, hubiésemos protestado contra los excesos y la desvergonzada conducta de las sociedades de guerra.Hubiésemos protestado contra esta chusma de chanchulleros y hubiésemos intervenido para hacer entrar en razón a esta canalla, hasta empleando sogas en caso de necesidad.
Hubiésemos derribado a cuantos se hubiesen negado a servir a la Patria. Hubiésemos dicho: al hacer frente ahora es porque no anhelamos otra cosa que la victoria de nuestro pueblo, no la victoria de una forma de gobierno, sino la victoria para la conservación de nuestra vida. Y si perdemos la guerra, no ha perdido una forma de gobierno, sino que se le ha quitado el pan a millones de hombres. Y los primeros que pierdan el pan no serán seguramente los capitalistas y los millonarios, sino los obreros manuales, la masa pobre y empobrecida.Fue un crimen el no haber procedido de esta manera. No se hizo porque hubiera sido proceder contra el sentido interno del marxismo, pues éste no quería otra cosa que el aniquilamiento de Alemania. Hubo de esperar hasta creer que el pueblo y el Reich, desmoralizados por la enorme superioridad numérica, no serían capaces de arrostrar los ataques de dentro. Cayeron entonces sobre ellos.
¡Y Alemania fue vapuleada, llevándose la peor parte del obrero alemán! La suma de sufrimientos, miseria y desgracias que han pasado desde entonces por millones de pequeñas familias obreras y pequeños hogares domésticos pesa gravemente sobre la responsabilidad de los criminales de Noviembre de 1918. No han de quejarse ahora de nada. No hemos ejercido ninguna venganza. Si hubiésemos querido hacerlo, hubiésemos tenido que matarlos a decenas de millares. Hablan mucho de que también los socialdemócratas estuvieron en los campos de batalla. ¡Los obreros alemanes estuvieron en los campos de batalla! Pero si en aquél tiempo hubiesen abrigado sentimientos socialdemócratas en momento de obcecación -no ha sucedido tal cosa, y quien haya estado en el frente como soldado sabe perfectamente que nadie pensaba entonces en ningún partido-, si hubiese sido así: qué vileza la de éstos jefes de robar a sus propias gentes, a las víctimas de esta lucha, el fruto de estos sacrificios, de hurtar con ello a sus propias gentes tanta miseria, tantos sufrimientos de muerte, penas, hambre y noches de insomnio. No podrán remediar jamás los males que infligieron a nuestro pueblo con semejante crimen. Y, ante todo, nunca podrán reponer los daños que causaron al obrero alemán sometiéndole por espacio de muchos decenios a un aislamiento mental cada vez más terrible, cargándolo en Noviembre de 1918, por la vil acción de grupos mezquinos e irresponsables, con una acción de la que él no podía ser responsable. Desde los días de Noviembre de 1918 se viene consolidando en millones de alemanes la creencia de que el obrero alemán tiene la culpa de nuestra desgracia. Él, que tantos y tan indecibles sacrificios tuvo que hacer, que tuvo que llenar nuestros regimientos con millones de sus soldados, fue señalado bruscamente como el responsable de los hechos cometidos por los aniquiladores perjuros, embusteros y degenerados de la patria. ¡No podía haber cosa peor! Desde aquél momento dejó de existir para muchos millones de hombre sen Alemania la comunidad nacional. Millones se entregaban a la desesperación y otros clavaban la mirada en lo incierto sin poder encontrar de nuevo el camino hacia el pueblo. Con la comunidad nacional se quebrantó automáticamente la economía alemana, ya que la economía no es una cosa en sí, sino más bien un fenómeno vivo, una de las funciones del cuerpo del pueblo, y su proceder y todo su curso son determinados por hombres. Si los hombres llegan a ser exterminados de esta manera, no habrá porqué extrañarse de que también la economía vaya siendo destruida paulatinamente. La locura del pensar individualmente se suma a la locura del pensar de la colectividad y acaba por destruir algo cuya destrucción infligirá a la totalidad los más graves perjuicios.
La causa tercera del desarrollo fatal yace en el propio Estado. Algo hubiera habido que tal vez hubiese podido ponerse frente a estos millones: este algo hubiese sido el Estado si éste no hubiera degenerado en juguete de los grupos interesados. No es pura casualidad el que el desarrollo total se efectúe paralelamente a la democratización de nuestra vida pública. Esta democratización dio lugar a que el Estado cayera primeramente en manos de determinadas clases sociales identificadas con la propiedad en sí, con los patronos como tales. La gran masa del pueblo tenía más y más la sensación de que el Estado no era una institución objetiva, puesta por encima de los acontecimientos, que no encarnaba ninguna autoridad objetiva, sino que más bien era el flujo del querer económica y de los intereses económicos de grupos determinados dentro de la nación, y que la dirección del Estado justificaba tal aseveración. La victoria de la burguesía política ya no era otra cosa que la victoria de una clase social producida por leyes económicas, de una clase que carecía, a su vez, de todas las condiciones necesarias para una dirección política efectiva, que hacía que la dirección política dependiera de los fenómenos y sucesos eternamente variables de la vida de las masas, de la preparación de la opinión pública, etc. En otros términos: el pueblo tenía, con razón, la sensación de que en todos los ramos de la vida tiene lugar una selección natural, partiendo siempre de la capacidad para este ramo determinado de la vida, menos para uno: el de la dirección política. En el ramo de la dirección política se echó mano repentinamente de un resultado de selección que debe su existencia a un proceso enteramente diferente. Mientras que entre los soldados es muy natural que sea jefe únicamente quien ha recibido una instrucción debida, no era lógico que sólo pudiera ser guía político quien tuviese la instrucción necesaria y demostrase la capacidad para serlo, sin oque más bien se fue extendiendo la opinión de que bastaba pertenecer a una determinada clase de la sociedad, nacida de leyes económicas, para sentir la aptitud indispensable para regir un pueblo. Hemos conocido las consecuencias de este error. La clase que se arrogaba esta dirección ha sufrido un tremendo fracaso en las horas críticas y ha resultado ser completamente inútil en los momentos más graves que ha tenido la nación.
Pero al propio tiempo nos encontramos en el período en que debemos abordar la cuestión relativa a la reconstrucción de nuestra economía alemana, no sólo para reflexionar radicalmente acerca de la misma, sino también para resolverla radicalmente viéndola no por fuera y por arriba, sino investigando las causas internas de la decadencia y resueltos a eliminarlas. Creemos que debemos empezar aquí primeramente por donde ha de estar hoy el principio, a saber: por el propio Estado.
Hay que levantar una nueva autoridad, y esta autoridad ha de ser independiente de las corrientes momentáneas del espíritu de la época, independiente ante todo de las corrientes que revela el egoísmo reducido y limitado económicamente. Ha de erigirse una conducción estatal que represente una autoridad real y efectiva, una autoridad que no dependa de ninguna clase social. Hay que establecer una dirección estatal en la que todo ciudadano tenga la fe y la confianza de que no quiere otra cosa que la dicha del pueblo alemán, el bien de este pueblo, una dirección de la que pueda decirse con razón que es independiente hacia todos lados. Se ha hablado tanto de la época absolutista de los pasados tiempos, del absolutismo de Federico el Grande y de la época democrática de nuestros tiempos parlamentarios. Los tiempos pasados eran los más objetivos vistos con los ojos del pueblo, pudiendo velar por los intereses de la nación de una manera más objetiva, al paso que los tiempos posteriores fueron degenerando más y más en la pura representación de intereses de cada clase social. Nada puede demostrarlo mejor que la divisa: el dominio de la burguesía ha de ser substituido por el del proletariado, es decir, se trata únicamente de un cambio de la dictadura de clases, mientras que nosotros queremos la dictadura del pueblo, o sea, la dictadura de la totalidad, de la comunidad. No vemos que lo decisivo en una posición social sea una clase social; esto pasa en el sino y en el tiempo de los milenarios. Esto viene y desaparece. Lo que queda es la substancia en sí, una substancia de carne y de sangre: nuestro pueblo. Es lo que es y lo que permanece, y sólo ante él debe uno sentirse responsable. Sólo entonces se creará la primera condición para la curación de nuestras profundas heridas económicas. Sólo entonces se reavivará para millones de seres humanos la convicción de que el Estado no es la representación de los intereses de un grupo o una clase social, sino el agente del pueblo en sí. Si de uno u otro lado hay hombres que no pueden o creen no poder someterse o rendirse a ello, la nueva autoridad tendrá que salirse con la suya ya sea contra un lado o contra el otro. Tendrá que hacer ver a todos que no deriva su autoridad de la buena voluntad de cualquier clase social, sino de una ley: ¡la necesidad de la conservación de la nacionalidad en sí!
Es necesario, además, eliminar cuantos sucesos abusen conscientemente de la debilidad humana para poder emprender con su auxilio una empresa mortal.
Al declarar yo hace 14, 15 años y repetir desde entonces ante la nación alemana que mi misión ante la historia alemana la veo en la destrucción del marxismo, no he dicho una frase vacía, sino un sagrado juramento que pienso cumplir mientras circule una gota de sangre por mis venas. Esta confesión, la confesión de un solo hombre, la he hecho confesión de una poderosa organización. Una cosa sé ahora: si la suerte se me llevase de este mundo, esta lucha sería continuada y no acabaría nunca, este movimiento lo garantiza. Esta lucha no es ninguna lid que pudiera terminarse con mal arreglo amigable. ¡En el marxismo vemos al enemigo de nuestro pueblo, al enemigo que aniquilaremos, que exterminaremos hasta la última raíz, consecuentemente, inexorablemente!Sabemos asimismo que en la vida económica suelen chocar a menudo los intereses de unos contra otros, o parecen estar en pugna unos con otros, que el obrero se siente perjudicado, que lo es a menudo y que también el patrono se ve acosado, que a menudo también lo está, que lo que para unos parece ser una ganancia, lo tienen otros por desgracia propia, lo que para unos es un éxito, significa a veces para otro la ruina segura. Lo sabemos y lo vemos, y sabemos también que los hombres sufren y han sufrido siempre sus consecuencias. Pero precisamente por esto resulta ser muy peligroso el que una organización no persiga otro objetivo que aprovecharse conscientemente de estos terribles fenómenos de la vida para destruir al pueblo entero. Por ser así, conviene destruir una organización y exterminar una teoría que abusa de estas debilidades naturales, de debilidades que radican en la insuficiencia de los hombres, pues sabemos perfectamente que la meta de toda esta evolución, digo mal, de esta lucha entre el puño y la frente, entre la masa, es decir, el número y la calidad es: destrucción de la calidad de la frente. Esto no es seguramente una bendición para el número, ni un encumbramiento del obrero, sino que viene a significar: miseria, penuria, la ruina definitiva.
Vemos la crisis económica y no somos tan pueriles para creer que todas estas dificultades puedan quedar eliminadas de la noche a la mañana, con sólo anhelar algo mejor. Ponemos también la insuficiencia humana en juego, la cual hará siempre una mala jugada a los hombres y desnaturaliza con frecuencias las mejores ideas, la mejor voluntad. Mas nosotros tenemos la firme voluntad y el inquebrantable propósito de no dejar que llegue a tal punto, sino de luchar y seguir luchando -toda la vida es una lucha continua- contra tales eventos, de poner la razón en su lugar y hacer que el interés común pase a primer término. Si se malogra por el momento, ¡lo que hoy no se logra, deberá lograrse mañana! Y si alguien replicara: ¿cree uste que cesarán algún día los sufrimientos?, le contestaré: sí, señor, cuando llegue la época en que no haya hombres insuficientes en el mundo, pero como temo que la insuficiencia de los hombres no acabará jamás, los sufrimientos no cesarán nunca. No es posible arreglar las cosas para toda la eternidad desde una sola generación.
Cada pueblo tiene la obligación de cuidar de si mismo. Cada época tiene la misión de arreglar sus cuitas por si sola. No crean ustedes que vamos a quitárselo todo al porvenir. No y no, tampoco queremos educar a nuestra juventud par que se convierta en sucio parásito de la vida o para disfrutar cobardemente de lo que otros han creado. No, lo que desees poseer tendrás que ganarlo de nuevo, tendrás que lanzarte una vez y otra a la lucha. Para esto queremos educar a los hombres. No queremos infundirles desde un principio la falsa teoría de que esta lucha es algo innatural o indigno del hombre; todo lo contario, queremos inculcarles la idea de que esta lucha es la terna condición para la selección, que sin la eterna lucha no habría hombres en la tierra. ¡No, lo que hacemos ahora, lo hacemos para nosotros!
Dominando hoy la crisis estamos trabajando para el porvenir, puesto que mostramos a nuestros descendientes cómo han de hacerlo cuando les llegue su tiempo, así como nosotros debemos aprender del pasado lo que tenemos que hacer hoy. Si la generación anterior a nosotros hubiese pensado de igual manera, según nos quieren hacer creer, de seguro que nosotros no estaríamos aquí. No puedo decir que para lo futuro sea bueno lo que he creído falso para lo pasado. Lo que la vida me da a mí y a nosotros, ha de ser justo para la vida de nuestros descendientes, de modo que estamos obligados a obrar con arreglo a esto.Debemos pues, proseguir la lucha hasta la última consecuencia contra los acontecimientos que han corrido al pueblo alemán en los últimos 17 años, que nos han causado tan terribles perjuicios y que, de no haber sido vencidos, hubieran aniquilado a Alemania. Bismarck dijo una vez que el liberalismo era el entrenador de la socialdemocracia. No es preciso que diga aquí que la socialdemocracia es el entrenador del comunismo.
El comunismo es el entrenador de la muerte, de la muerte del pueblo, de la ruina. Hemos emprendido una lucha contra él y la continuaremos hasta el fin. Como ya tantas veces en la historia de Alemania, así se verá que el pueblo alemán va adquiriendo, a medida que aumenta la miseria, mayor fuerza y nuevos bríos para hallar el camino hacia arriba y hacia adelante. ¡También esta vez lo encontrará, digo más, estoy convencido de que lo ha encontrado ya! Paso ahora a la tercera medida: la liberación de las asociaciones consideradas primeramente como dadas, del influjo que creen ver en ellas y poseer en estas asociaciones una última posición de retirada. ¡Que no se entreguen a falsas conjeturas! Lo que ellos construyeron lo tenemos nosotros por falso. Vemos que el genio alemán despertó aquí lentamente en millones de individuos, contra la propia voluntad de estos arquitectos, un sentimiento que hubo de exteriorizarse en la institución de organizaciones poderosas. Ellos mismos hubieran destruido las organizaciones. Se lo recibimos, mas no para conservarlo todo para lo porvenir, sino para salvarle al obrero alemán los céntimos ahorrados que ha invertido en la obra y para que actúe con los mismos derechos en la formación del nuevo estado de cosas, para darle la posibilidad de intervenir como factor investido de iguales derechos que los demás. ¡Se ha de crear un nuevo Estado con él, nunca contra él!
No ha de tener la sensación de ser considerado como paria, como proscrito o estigmatizado. ¡Bien al contrario! Desde un principio, en la gestación y formación del nuevo Estado, queremos inculcarle el sentimiento de ser alemán que goza y disfruta de los mismos derechos y prerrogativas que el resto de sus connacionales. El mismo derecho no es en mis ojos otra cosa que el complacerse en tener los mismo derechos y obligaciones. No se hable siempre, únicamente de derecho, háblese también del deber. El obrero alemán debe disipar en los millones del otro lado la creencia de que ni el pueblo alemán ni su revolución le importan un ardite. Seguramente que habrá elementos que no quieran tal cosa. También los hay del otro lado de nuestro pueblo. Sobre todos ellos pasará la suerte a la orden del día.
Se encontrarán en Alemania hombres que con toda sinceridad y de todo corazón no quieran otra cosa que la grandeza de su pueblo. Ya se entenderán unos con otros, y de fijo se entenderán, y si alguna vez llegase a retornar la duda y a hacerles una mala jugada la dura realidad, gustosamente actuaremos nosotros de corredores, de agentes de cambio y bolsa. La misión del Gobierno consistirá entonces en volver a juntar las manos que están ahora a punto de soltarse, haciendo como agente honrado y probo, y repitiendo al pueblo alemán una y otra vez: no debéis reñir, no debéis juzgar por las apariencias, no debéis abandonaros por la sencilla razón de que la evolución haya seguido tal vez en el decurso de los siglos caminos que nosotros no podemos tener por felices, sino que todos vosotros debéis tener siempre presente que vuestro deber es la conservación de vuestra nacionalidad. ¡Ya se encontrará entonces un camino, se precisa hallar un camino! No puede decirse: se ha hecho imposible el camino hacia la vida de la nación porque la hora opone quizás dificultades. Pasará la hora, mas la vida ha de ser y será. Con ello adquiere un gran sentido moral el movimiento obrero alemán en su totalidad. Al proceder a la construcción de un nuevo Estado, de un Estado que sea el resultado de muy grandes concesiones de ambos lados, queremos enfrentar dos contrayentes que abrigan sentimientos nacionales en su corazón, dos contrayentes que sólo ven a su pueblo ante sí, dos contrayentes dispuestos a toda hora a posponerlo todo para alcanzar este provecho común, pues sólo siendo esto posible desde un principio creo barruntar el éxito de tamaña acción.
Aquí decide también el espíritu del cual ha nacido el hecho. No ha de haber vencedores y vencidos fuera de un solo vencedor: nuestro pueblo alemán.
Vencedor de las clases sociales y vencedor sobre los intereses de cada uno de estos grupos de nuestro pueblo. Con ello contribuiremos y llegaremos al refinamiento del concepto de trabajo, trabajo éste que, como es natural, no puede hacerse de la noche a la mañana. Así como este concepto ha sufrido sendas modificaciones a través de los siglos, así en este caso tendremos necesidad de muchos siglos para poder transmitir al pueblo alemán todos estos conceptos en su forma prístina. El objetivo perseguido impertérritamente por el movimiento que representamos yo y mis compañeros de armas será elevar la palabra obrero a un gran título de honor de la nación alemana. No en balde hemos incluido esta palabra en la denominación de nuestro movimiento, y no porque esta palabra nos haya aportado alguna vez un gran provecho. ¡Al contrario! Lo que nos trajo fue odio y hostilidad de una parte, e incomprensión de otra. Hemos elegido esta palabra porque con la victoria de nuestro movimiento queríamos elevar victoriosos el vocablo.
La hemos elegido para que en este vocablo se encuentra al final, además del concepto pueblo, la segunda base: la unión de los alemanes, pues nadie que abrigue una voluntad noble podrá hacer profesión de otra cosa que de esta palabra.Soy de por sí enemigo de aceptar títulos honoríficos, y no creo que algún día haya quien me eche en cara lo contrario. Lo que no sea absolutamente necesario que haga, no lo hago. Nunca quisiera mandarme hacer tarjetas de visita con títulos que le conceden a uno gloriosamente en este mundo que habitamos. Ni siquiera en mi lápida sepulcral otro nombre que el mío seco y escueto. Probable es que por los caminos que me ha trazado el sino esté yo más que nadie capacitado para comprender la esencia el ser y la vida toda de las diversas clases del pueblo alemán, no porque haya podido observar esta vida desde arriba, sino por haberla vivida en persona, por haberme hallado en medio de ella, por haberme arrojado la suerte caprichosa, o tal vez providencial, dentro de esta gran masa del pueblo y de los hombres. Por haber trabajado yo luengos años como simple trabajador para ganarme el sustento cotidiano, y por haber estado por segunda vez en esta gran masa como soldado raso, y porque a la vida plugo confundirme con otras clases de nuestro pueblo, al punto de poder decir que las conozco mucho mejor que tantísimas personas que nacieron en ellas. Así es que la suerte parece haberme predestinado a mí más que a ninguno a ser el -permítaseme emplear esta palabra para mí- el corredor o el agente honrado, el agente honrado en todos los sentidos.
Aquí no estoy interesado personalmente; ni dependo del Estado ni de ningún cargo público, como tampoco dependo de la economía ni de la industria, ni de ninguna organización obrera. Soy un hombre independiente y no me he propuesto otro objetivo que serle útil al pueblo alemán en la medida de mis fuerzas, a ser útil aquí precisamente a millones de hombres que tal vez por su buena fe, su ignorancia y la maldad de sus antiguos líderes son los que más han sufrido. Siempre he creído y dicho que no puede haber cosa mejor que ser abogado de todos aquellos que no puedo defenderse bien ellos mismos.Conozco la gran masa del pueblo y sólo quisiera decirles una cosa a nuestros intelectuales: todo Estado que queráis levantar exclusivamente sobre las bases del intelecto es de construcción endeble.
Conozco este intelecto: siempre cavilando, siempre investigado, pero también eternamente inseguro, eternamente vacilante, móvil, nunca firme. Quien quiera construir únicamente sobre este intelecto un imperio, se convencerá bien pronto de que no construye nada sólido ni estable. No es pura casualidad el que las religiones sean más estables que las formas de Estado. En los más de los casos suelen hundir más profundamente sus raíces en el seno de la tierra; serían inimaginables sin esta gran masa del pueblo. Sé que las clases intelectuales suelen ser atacadas muy fácilmente de la arrogancia de querer medir este pueblo por el rasero de sus conocimientos y de su llamada inteligencia; y, sin embargo, hay aquí cosas que a menudo no ve la inteligencia de los inteligentes porque no pueden verlas. Esta gran masa es seguramente tarda en el pensar y obrar, a veces retrógrada y poco amovible, no muy ingeniosa ni tampoco genial, pero tiene algo: tiene fidelidad, tiene perseverancia, tiene estabilidad. Puedo decir: la victoria de esta revolución no hubiera sido nunca un hecho si mis compañeros, la gran masa de nuestros pequeños conciudadanos, no nos hubieran asistido haciendo alarde de una fidelidad sin igual y de una perseverancia inconmutable. Nada mejor puedo imaginarme para nuestra Alemania que lograr que estos hombres, que están fuera de nuestras filas de combate, entren en el nuevo Estado y se conviertan en uno de sus más fuertes y poderosos cimientos.
Dijo una vez un poeta: "Alemania estará en el apogeo de su grandeza el día en que sus hijos más pobres sean sus ciudadanos más fieles.". He conocido a estos pobres hijos por espacio de cuatro años y medio como soldados de la gran guerra; los he conocido, he conocido a aquellos que quizás nada tenían que ganar para sí y que sólo obedeciendo la voz de la sangre, por el hecho de sentirse alemanes, llegaron a ser héroes. Ningún pueblo tiene más derecho que el nuestro a levantar monumentos a su soldado desconocido. Esta impávida guardia, que se mantuvo firme en tantas y tantas batallas sangrientas, que nunca vaciló ni retrocedió, que ha dado tantos ejemplos de inaudito valor, de fidelidad, disciplina y obediencia sin límites, tenemos que conquistarla para el Estado, debemos ganarla para el Reich que viene, para nuestro tercer Reich.
Esto es, sin duda alguna, lo más precioso que podemos darle.
Precisamente porque conozco este pueblo mejor que cualquiera que conoce a la vez el resto del pueblo, estoy dispuesto en este caso, no sólo a hacerme cargo del papel de agente honrado, sino que me siento feliz de que la suerte me haya deparado este papel.
¡No sentiré nunca mayor orgullo en mi vida que el poder decir cuando cierre los ojos para siempre: he ganado, luchando, al obrero alemán, para el Reich de los alemanes!
ADOLF HITLER