ADOLF HITLER
“Has de saber, obrero alemán: no se trata ahora de decidir
sobre Alemania como Estado, del Imperio como forma de gobierno, no se decide
sobre la monarquía, ni sobre el capitalismo, ni el militarismo, sino sobre el
ser o no ser de nuestro pueblo, y nosotros los obreros alemanes hacemos el 70%
de este pueblo. ¡Sobre nosotros se decide!”

DISCURSO ANTE EL CONGRESO DEL FRENTE ALEMÁN DEL
TRABAJO EN BERLÍN, 10 de Mayo de 1033
En la vida de los pueblos no puede haber grandes
revoluciones si es que -casi me atrevo a decir- no hay absoluta necesidad de
ellas.
No puede hacerse una revolución realmente seria si
el pueblo no aspira a ella en su interior, si determinadas circunstancias no
obligan a emprenderla. Nada más fácil que cambiar exteriormente la forma de
gobierno. Transformar interiormente a un pueblo será posible únicamente cuando
se haya efectuado más o menos un determinado proceso de desarrollo, cuando un
pueblo sienta -si bien tal vez no tan claramente, por lo menos en
subconsciencia- que el camino emprendido no es el justo y quisiera dejarlo, mas
no puede porque la pesadez y la inercia de la masa le impiden hallar el nuevo
camino, hasta que sobreviene un impulso de cualquier parte o hasta que un
movimiento que se ha percatado ya de la nueva ruta obliga al pueblo a seguir
este nuevo camino. Tal vez quiera hacerlo en el primer momento, o haga como que
no quiere, pero a fin de cuentas emprenderá el camino cuando sienta en su
interior, consciente o inconscientemente, que la ruta seguida hasta aquí no es
la verdadera, la que le conviene. Entre todas las crisis por que atravesamos, y
que dan una idea completa, no hay que negar que la más sensible para el pueblo
es la crisis económica.La crisis política, la moral, no la sienten algunos sino
muy raras veces. El hombre medio no ve en su tiempo lo que afecta a la totalidad,
sino que en la mayoría de los casos sólo ve lo que se refiere a su propia
persona. De aquí que el presente no comprenda casi nunca la decadencia política
o la moral mientras ésta no se haga extensiva de cualquier manera a la vida
económica. Si esto llegara a tener lugar, ya no se tratará de cualquier
problema abstracto, de un problema que pueda observarse o estudiarse en otra
parte, sino que llegará el día en que el individuo se sienta afectado por la
misma cuestión y se irá convenciendo de la imposibilidad de persistir en la
misma situación a medida que vaya notando en s u propia persona las
consecuencias de la crisis. Se hablará entonces de una crisis económica, de una
penuria económica, y, partiendo de esta misma crisis, se tendrá la posibilidad
de hacerla comprender, de hacer sentir la penuria que de otro modo suele
permanecer oculta por mucho tiempo en cada ser humano.
Es natural que la crisis económica no sea
reconocida en el acto en sus diversas causas, que no se vea aquí cuanto acabe
por condicionar esta crisis. Es de comprender asimismo que cada uno quiera
echarle la culpa al otro, y que se quiera hacer responsables a la generalidad,
a las corporaciones, etc. de lo que uno mismo es también responsable. Es una
gran dicha el que se vaya logrando entonces poco a poco aclarar tal crisis de
suerte que vayan siendo cada vez más los que reconocen las verdaderas causas,
lo cual es necesario para hallar los caminos que conducen a la curación.
No basta decir que la crisis económica alemana es
una consecuencia de una crisis mundial, de la miseria económica que impera por
doquier, pues de la misma manera podrá encontrar cualquier otro pueblo la misma
disculpa y las mismas razones para fundar su penuria. Claro está que esta
miseria no podrá entonces tener sus raíces en cualquier parte de la tierra,
sino dentro de los pueblos, como siempre. Sólo hay una cosa probable, la de que
esta raíz sea quizá la misma en muchos pueblos, pero sin la esperanza de poder
contrarrestar la miseria por el solo hecho de comprobar que existe una miseria
determinada en el correr de los tiempos. Desde luego que es necesario poner al
descubierto estas raíces en el interior de un pueblo y curar la miseria ahí
donde verdaderamente se la puede curar.
Desgraciadamente el alemán tiene siempre la
propensión a dirigir la mirada en tales épocas de lontananza en vez de
concentrarla en su propio ser. La larga educación de nuestro pueblo para
inculcarle conceptos internacionales lo hace que en estos tiempos de crisis se
dedique a la solución de este problema siguiendo puntos de vista
internacionales, digo más, da lugar a que muchos de nosotros crean que no es
posible hacer frente a esta desgracia sin proceder a la aplicación de métodos
internacionales. Nada más erróneo que esto. Natural es que los achaques
internacionales que aquejan a todos los pueblos sean curados por ellos mismos.
Todo ello no varía el hecho de que cada pueblo debe emprender la lucha por sí
y, ante todo, de que un pueblo no debe ser liberado de esta penuria mediante
medidas internacionales caso de no adoptar por si solo las medidas necesarias.
Las propias medidas pueden estar naturalmente en
el marco de las de carácter internacional, si bien este propio modo de proceder
no debe hacerse depender del de los demás. La crisis de la economía alemana no
es de las que se expresan en nuestros coeficientes económicos, sino que es en
primer lugar una crisis que encuentra igualmente su expresión con las otras en
su curso interior, en la naturaleza de nuestra organización, etc. de la vida económica
de Alemania. En este caso podemos hablar de una crisis que ha llegado a afectar
a nuestro pueblo más que a los otros.
Es la crisis que vemos en relación entre el
capital, la economía y el pueblo. Bien crasamente vemos esta crisis en la
relación entre nuestro obrero o empleado y nuestro patrón. La crisis ha llegado
aquí a un nivel que no ha alcanzado en ningún otro país de la tierra. Si no se
resuelve ahora, todas las demás tentativas que se hagan para contrarrestar los
peligros de la miseria económica serán inútiles a la larga. Si examinamos la
esencia del movimiento obrero alemán tal como se ha venido desarrollando en los
últimos 50 años, daremos con tres causas que implican este desarrollo peculiar,
raro. La primera causa yace en el cambio que ha sufrido la forma de servicio de
nuestra economía en sí. Esta causa la vemos aparecer en todo el mundo del mismo
modo como se presenta en Alemania. A principios del siglo pasado y más aún en
nuestros días, ha tenido lugar una transformación de nuestra antigua forma
económica de pequeña burguesía -si se me permite la expresión- en sentido de la
industrialización, perdiéndose así, definitivamente la relación patriarcal
entre patronos y obreros. Este proceso se acelera desde el momento en que las
acciones pasan a ocupar el puesto de la propiedad personal. Vemos el comienzo
del enajenamiento entre el que crea con la cabeza y el que lo hace con la mano,
pues ésta es en resumidas cuentas la única diferencia que decide real y
efectivamente. No es la palabra propiedad la que debe ser aquí considerada como
característica, pues sabemos que una gran cantidad de hombres de los que
fundaron nuestra producción no vino primitivamente de la propiedad, sino del
trabajo, que la fuerza del puño llegó a intensificarse en ellos hasta
convertirse en genialidad de la mente, que fueron inventores u organizadores
por la gracia de Dios, a quienes nosotros debemos en parte nuestra vida, siendo
así que sin las capacidades de estos hombres no nos hubiera sido posible
alimentar ni mantener a 65 millones de habitantes en la limitada superficie
donde moramos. De otra manera hubiéramos seguido siendo país de exportación
bruta de trabajo. País de exportación, incluso naturalmente del espíritu oculto
bajo este concepto: abonos culturales para el resto del mundo. El no haber sido
así lo debemos a la gran cantidad de hombres de nuestro pueblo que supieron
levantarse de la sima y que, merced a sus muchas capacidades, a su gran
ingenio, pudieron proporcionar y asegurar el pan a millones de individuos. No
se trata pues, de que desde un principio podamos decir: contratistas y
patronos, sino que la salida consiste en que el espíritu, como ocurre siempre
en la vida del hombre, se levanta, imperante, sobre la fuerza ordinaria. Este
espíritu no ha sido entre nosotros algo así como una prerrogativa del
nacimiento, sino que lo encontramos en todas las clases y en todas las
condiciones de la vida. Bien puede decirse que todas las clases sociales de
Alemania han contribuido a ello.El desmoronamiento que hemos podido ver
paulatinamente ha dado lugar a que de un lado se revelaran los intereses
especiales de obreros y empleados, dando con ello principio a la desgracia de
nuestro desarrollo económico. Al emprender este camino, forzosamente tenía que
venir la separación. Impera aquí una ley:
Una vez pisado un camino determinado, un camino
extraviado, va uno separándose cada vez más del camino de la razón. Lo hemos
visto prácticamente por espacio de 70 años. El camino hubo de separarse tanto
de la razón natural, que los pensadores, que eran a la vez guías por este
camino, hubieran confesado, de haber sido interrogados, que el camino era, en
verdad, una locura. Lo han confesado individualmente. Únicamente en el imperio
de la organización no han podido encontrar de nuevo el camino de la razón. Todo
lo contrario: el camino los separa forzosamente, favoreciendo -según se ha
dicho- por la despersonalización de la propiedad.
De esta manera el camino queda -si se me permite
la frase- consolidado científicamente en la apariencia. Poco a poco se va
produciendo una ideología que cree poder mantener a la larga el concepto de la
propiedad, bien que los usufructuarios prácticos de este concepto no están
formados sino por un porcentaje mínimo de la nación. Surgió al revés la opinión
de que el concepto de la propiedad debía ser rechazado por ser tan reducido el
porcentaje de usuarios prácticos. Provino de aquí la discusión sin fin y la
guerra por el concepto de propiedad privada y por la "propiedad" en
sí. Ésta lucha dio lugar en lo sucesivo a que se separaran más y más los dos
exponentes de la vida económica. Lo que se desarrolló ahora, es en parte poco o
nada natural. Desde el momento en que los dos interesados creen que su misión
no tiene nada en común, no cabe duda que frente al contratista sólo puede
existir el obrero organizado, claro es entonces que a la fuerza que representa
el contratista sólo puede oponerse la reunida del obrero o el empleado. Una vez
emprendido el camino, lógicamente habrá que poner la organización de los
obreros y empleados ante la de los contratistas. Claro está que ambas
organizaciones no se ocuparán una en otra, tolerándose, sino que más bien
velarán por sus intereses, al parecer separados, por los medios de combate de
que disponen, es decir: el paro forzoso y la huelga. En esta lucha, algunas
veces vencerán los unos, otras los otros. Toda la nación será en ambos casos la
que ha de pagar el precio de la lucha, la que ha de sobrellevar el perjuicio.
El resultado final será que las dos organizaciones
en vías de construcción se harán más embarazosas o engorrosas en vista del
carácter de los alemanes de propender a la burocratización y producirá un
aparato cada vez más grande. El aparato acabará finalmente por no servirles a
los interesados, sino que estos serán los que tengan que servir al aparato, y
la lucha proseguirá para poder fundamentar la existencia del aparato, aún
cuando a veces venga la razón bruscamente y diga: todo es una locura; la
ganancia, medida por las víctimas, es ridícula; los sacrificios hechos por el aparato,
contados en conjunto, son mucho más grandes que la ganancia posible. Los
aparatos tendrán entonces que demostrar cuán necesarios son atizando la lucha
de los intereses unos contra otros, pudiendo acontecer que los aparatos,
dándose cuenta de lo que pasa, acaben por entenderse y reconciliarse.
En otros términos: el aparato A dirá: cuánto me
alegro de que esté aquí el aparato B, pues hallo siempre los medios para
entenderme con el aparato B. Si no existiera este aparato y en su lugar
lucharan fanáticos honrados, la cosa sería mil veces peor. Conocemos a las
gentes del aparato B y sabemos perfectamente cómo hemos de tratarlas. Siempre
hay un camino viable. Al César lo que es del César, al pueblo lo que es del
pueblo, y a la organización obrera lo que es de la organización obrera. Ya se
encontrará entonces un recurso para coexistir "pacíficamente". Todo
llegará a ser a veces un mal espectáculo; se ladrarán recíprocamente, se
pelearán unos con otros, pero al final de cuentas no se harán nada, no se
matarán, tampoco podrán hacerlo, puesto que de lo contrario no podrán existir
ni las organizaciones obreras ni las sociedades y asociaciones de patronos.
Todo, en resumen, vive a costa de la generalidad.
Esta lucha, emprendida mediante un derroche de
medios, fuerzas de trabajo, etc. es una de las causas de la catástrofe
provocada lentamente, pero con seguridad. La segunda causa es el encumbramiento
del marxismo.
El marxismo como concepto universal de la
descomposición vio con mirada perspicaz en el movimiento de las organizaciones
obreras la posibilidad de emprender la agresión y la lucha contra el Estado y
la sociedad humana con un arma absolutamente aniquiladora. No para ayudar al
obrero. ¿Qué es el obrero, de cualquier país que sea, para estos apóstoles
internacionales? ¡Nada, absolutamente nada!
¡No lo ven! ¡Cómo que no se trata de obreros, sino
de literatos extraños al pueblo, de la chusma extraña al pueblo!
Se han dado perfecta cuenta de que con el
movimiento de las organizaciones obreras y los excesos provocados del otro lado
es como puede obtenerse un buen instrumento para emprender la lucha al mismo
tiempo que para alimentarse, pues en todos estos últimos decenios se ha
alimentado la socialdemocracia política de esta lucha y de los medios para
organizarla. Hubo que inculcar a la organización obrera la idea: tú eres un
instrumento de la lucha de clases, y ésta encuentra, a fin de cuentas, su guía
únicamente en el marxismo. ¡Ya nada más natural que rendirle tributo al guía!
¡Y el tributo se ha recogido con creces! Los señores no se han contentado con
un 10, sino con tipos de interés mucho más grandes.
Esta lucha de clases conduce a la proclamación de
la organización obrera como puro instrumento para la representación de los
intereses económicos de los obreros y consiguientemente para fines de la huelga
general. La huelga general surge aquí por primera vez como factor político de
gran fuerza y muestra lo que el marxismo había esperado efectivamente de esta
arma: no un medio para salvar al obrero, todo lo contrario, un instrumento de
combate para el aniquilamiento del Estado enemigo del marxismo. Hasta donde ha
podido llegar semejante locura, de ello tenemos los alemanes un ejemplo
terrible e instructivo: la guerra.
Numerosos líderes de la socialdemocracia, completamente
transformados interiormente por el nuevo espíritu de los nuevos tiempos,
arguyen ahora con la memoria un tanto debilitada: es que la socialdemocracia
luchó también en los campos de batalla.
¡No, el marxismo no ha peleado nunca, el que ha
peleado ha sido el obrero alemán! En 1914, el obrero alemán, en un
reconocimiento interior brusco -casi me atrevo a decir clarividente- se retiró
del marxismo para incorporarse de nuevo a su pueblo, sin que pudieran evitarlo
los líderes del marxismo que habían visto venir esta fatalidad. Algunos de
ellos, muy pocos, regresaron en esta hora con el corazón al seno de su pueblo.
Sabemos que un gran hombre, un hombre que ha intervenido decisivamente en la
historia de los pueblos, Benito Mussolini, supo encontrar en estos momentos el
camino de su pueblo. También en Alemania ha habido algunos que hicieron lo
mismo. La gran masa de los líderes políticos no ha sacado para sí las
consecuencias, ateniéndose al poderoso levantamiento del obrero alemán, no fue
inmediatamente, voluntariamente, al frente: esta transformación interior
espiritual parece que se les ahorró en aquellos tiempos, no obstante afirmar
hoy lo contrario: perecieron obreros. Los líderes se han conservado
cuidadosamente en el 99%.
No figuran con el porcentaje de muertos y heridos
que vemos en todo el pueblo. Creyeron que su actuación política era mucho más
importante. En aquella época, 1914/15, vieron su misión en una discreta
reserva, y más tarde en el mando de u determinado número de outsiders, vieron
su misión en una reserva paulatina frente al problema nacional. Finalmente
llegó el cumplimiento en la revolución.
Sólo podemos decir a esto:
Si el movimiento de las organizaciones obreras
hubiera estado entonces en nuestras manos, si hubiera estado en mis manos,
pongo por ejemplo, si se hubiera desarrollado con la misma finalidad errónea
como ocurrió entonces, nosotros los nacionalsocialistas hubiésemos puesto esta
gigantesca organización al servicio de la patria. Hubiésemos declarado:
conocemos naturalmente los sacrificios, estamos dispuestos a hacerlos nosotros
mismos, no queremos evitarlos, lo que queremos es luchar con los demás, ponemos
nuestra suerte y nuestra vida en manos de la poderosa Providencia, como han de
hacerlo los otros. Lo hubiésemos hecho sin más ni más.
Has de saber, obrero alemán: no se trata ahora de
decidir sobre Alemania como Estado, del Imperio como forma de gobierno, no se
decide sobre la monarquía, ni sobre el capitalismo, ni el militarismo, sino
sobre el ser o no ser de nuestro pueblo, y nosotros los obreros alemanes
hacemos el 70% de este pueblo. ¡Sobre nosotros se decide!
He aquí lo que debía saber y se podía saber en
aquél entonces. Debíamos saberlo. Hubiésemos sacado todos las consecuencias
para nuestra propia vida y naturalmente que también hubiésemos sacado las
consecuencias para el movimiento de las organizaciones obreras. Hubiésemos
dicho: obrero alemán, lo que queremos es defender tus derechos. Seguramente que
entonces hubiésemos tenido que hacerle frente al Estado, es decir, hubiésemos
protestado contra los excesos y la desvergonzada conducta de las sociedades de
guerra.Hubiésemos protestado contra esta chusma de chanchulleros y hubiésemos
intervenido para hacer entrar en razón a esta canalla, hasta empleando sogas en
caso de necesidad.
Hubiésemos derribado a cuantos se hubiesen negado
a servir a la Patria. Hubiésemos dicho: al hacer frente ahora es porque no anhelamos
otra cosa que la victoria de nuestro pueblo, no la victoria de una forma de
gobierno, sino la victoria para la conservación de nuestra vida. Y si perdemos
la guerra, no ha perdido una forma de gobierno, sino que se le ha quitado el
pan a millones de hombres. Y los primeros que pierdan el pan no serán
seguramente los capitalistas y los millonarios, sino los obreros manuales, la
masa pobre y empobrecida.Fue un crimen el no haber procedido de esta manera. No
se hizo porque hubiera sido proceder contra el sentido interno del marxismo,
pues éste no quería otra cosa que el aniquilamiento de Alemania. Hubo de
esperar hasta creer que el pueblo y el Reich, desmoralizados por la enorme
superioridad numérica, no serían capaces de arrostrar los ataques de dentro.
Cayeron entonces sobre ellos.
¡Y Alemania fue vapuleada, llevándose la peor
parte del obrero alemán! La suma de sufrimientos, miseria y desgracias que han
pasado desde entonces por millones de pequeñas familias obreras y pequeños
hogares domésticos pesa gravemente sobre la responsabilidad de los criminales
de Noviembre de 1918. No han de quejarse ahora de nada. No hemos ejercido
ninguna venganza. Si hubiésemos querido hacerlo, hubiésemos tenido que matarlos
a decenas de millares. Hablan mucho de que también los socialdemócratas
estuvieron en los campos de batalla. ¡Los obreros alemanes estuvieron en los
campos de batalla! Pero si en aquél tiempo hubiesen abrigado sentimientos
socialdemócratas en momento de obcecación -no ha sucedido tal cosa, y quien
haya estado en el frente como soldado sabe perfectamente que nadie pensaba
entonces en ningún partido-, si hubiese sido así: qué vileza la de éstos jefes
de robar a sus propias gentes, a las víctimas de esta lucha, el fruto de estos
sacrificios, de hurtar con ello a sus propias gentes tanta miseria, tantos
sufrimientos de muerte, penas, hambre y noches de insomnio. No podrán remediar
jamás los males que infligieron a nuestro pueblo con semejante crimen. Y, ante
todo, nunca podrán reponer los daños que causaron al obrero alemán sometiéndole
por espacio de muchos decenios a un aislamiento mental cada vez más terrible,
cargándolo en Noviembre de 1918, por la vil acción de grupos mezquinos e
irresponsables, con una acción de la que él no podía ser responsable. Desde los
días de Noviembre de 1918 se viene consolidando en millones de alemanes la
creencia de que el obrero alemán tiene la culpa de nuestra desgracia. Él, que
tantos y tan indecibles sacrificios tuvo que hacer, que tuvo que llenar
nuestros regimientos con millones de sus soldados, fue señalado bruscamente
como el responsable de los hechos cometidos por los aniquiladores perjuros,
embusteros y degenerados de la patria. ¡No podía haber cosa peor! Desde aquél
momento dejó de existir para muchos millones de hombre sen Alemania la
comunidad nacional. Millones se entregaban a la desesperación y otros clavaban
la mirada en lo incierto sin poder encontrar de nuevo el camino hacia el
pueblo. Con la comunidad nacional se quebrantó automáticamente la economía
alemana, ya que la economía no es una cosa en sí, sino más bien un fenómeno
vivo, una de las funciones del cuerpo del pueblo, y su proceder y todo su curso
son determinados por hombres. Si los hombres llegan a ser exterminados de esta
manera, no habrá porqué extrañarse de que también la economía vaya siendo
destruida paulatinamente. La locura del pensar individualmente se suma a la
locura del pensar de la colectividad y acaba por destruir algo cuya destrucción
infligirá a la totalidad los más graves perjuicios.
La causa tercera del desarrollo fatal yace en el
propio Estado. Algo hubiera habido que tal vez hubiese podido ponerse frente a
estos millones: este algo hubiese sido el Estado si éste no hubiera degenerado
en juguete de los grupos interesados. No es pura casualidad el que el
desarrollo total se efectúe paralelamente a la democratización de nuestra vida
pública. Esta democratización dio lugar a que el Estado cayera primeramente en
manos de determinadas clases sociales identificadas con la propiedad en sí, con
los patronos como tales. La gran masa del pueblo tenía más y más la sensación
de que el Estado no era una institución objetiva, puesta por encima de los
acontecimientos, que no encarnaba ninguna autoridad objetiva, sino que más bien
era el flujo del querer económica y de los intereses económicos de grupos
determinados dentro de la nación, y que la dirección del Estado justificaba tal
aseveración. La victoria de la burguesía política ya no era otra cosa que la
victoria de una clase social producida por leyes económicas, de una clase que
carecía, a su vez, de todas las condiciones necesarias para una dirección
política efectiva, que hacía que la dirección política dependiera de los
fenómenos y sucesos eternamente variables de la vida de las masas, de la
preparación de la opinión pública, etc. En otros términos: el pueblo tenía, con
razón, la sensación de que en todos los ramos de la vida tiene lugar una
selección natural, partiendo siempre de la capacidad para este ramo determinado
de la vida, menos para uno: el de la dirección política. En el ramo de la
dirección política se echó mano repentinamente de un resultado de selección que
debe su existencia a un proceso enteramente diferente. Mientras que entre los
soldados es muy natural que sea jefe únicamente quien ha recibido una
instrucción debida, no era lógico que sólo pudiera ser guía político quien
tuviese la instrucción necesaria y demostrase la capacidad para serlo, sin oque
más bien se fue extendiendo la opinión de que bastaba pertenecer a una
determinada clase de la sociedad, nacida de leyes económicas, para sentir la
aptitud indispensable para regir un pueblo. Hemos conocido las consecuencias de
este error. La clase que se arrogaba esta dirección ha sufrido un tremendo
fracaso en las horas críticas y ha resultado ser completamente inútil en los
momentos más graves que ha tenido la nación.
Pero al propio tiempo nos encontramos en el
período en que debemos abordar la cuestión relativa a la reconstrucción de
nuestra economía alemana, no sólo para reflexionar radicalmente acerca de la
misma, sino también para resolverla radicalmente viéndola no por fuera y por
arriba, sino investigando las causas internas de la decadencia y resueltos a
eliminarlas. Creemos que debemos empezar aquí primeramente por donde ha de
estar hoy el principio, a saber: por el propio Estado.
Hay que levantar una nueva autoridad, y esta
autoridad ha de ser independiente de las corrientes momentáneas del espíritu de
la época, independiente ante todo de las corrientes que revela el egoísmo
reducido y limitado económicamente. Ha de erigirse una conducción estatal que
represente una autoridad real y efectiva, una autoridad que no dependa de
ninguna clase social. Hay que establecer una dirección estatal en la que todo
ciudadano tenga la fe y la confianza de que no quiere otra cosa que la dicha
del pueblo alemán, el bien de este pueblo, una dirección de la que pueda
decirse con razón que es independiente hacia todos lados. Se ha hablado tanto
de la época absolutista de los pasados tiempos, del absolutismo de Federico el
Grande y de la época democrática de nuestros tiempos parlamentarios. Los
tiempos pasados eran los más objetivos vistos con los ojos del pueblo, pudiendo
velar por los intereses de la nación de una manera más objetiva, al paso que
los tiempos posteriores fueron degenerando más y más en la pura representación
de intereses de cada clase social. Nada puede demostrarlo mejor que la divisa:
el dominio de la burguesía ha de ser substituido por el del proletariado, es
decir, se trata únicamente de un cambio de la dictadura de clases, mientras que
nosotros queremos la dictadura del pueblo, o sea, la dictadura de la totalidad,
de la comunidad. No vemos que lo decisivo en una posición social sea una clase
social; esto pasa en el sino y en el tiempo de los milenarios. Esto viene y
desaparece. Lo que queda es la substancia en sí, una substancia de carne y de
sangre: nuestro pueblo. Es lo que es y lo que permanece, y sólo ante él debe
uno sentirse responsable. Sólo entonces se creará la primera condición para la
curación de nuestras profundas heridas económicas. Sólo entonces se reavivará
para millones de seres humanos la convicción de que el Estado no es la
representación de los intereses de un grupo o una clase social, sino el agente
del pueblo en sí. Si de uno u otro lado hay hombres que no pueden o creen no
poder someterse o rendirse a ello, la nueva autoridad tendrá que salirse con la
suya ya sea contra un lado o contra el otro. Tendrá que hacer ver a todos que
no deriva su autoridad de la buena voluntad de cualquier clase social, sino de
una ley: ¡la necesidad de la conservación de la nacionalidad en sí!
Es necesario, además, eliminar cuantos sucesos
abusen conscientemente de la debilidad humana para poder emprender con su
auxilio una empresa mortal.
Al declarar yo hace 14, 15 años y repetir desde
entonces ante la nación alemana que mi misión ante la historia alemana la veo
en la destrucción del marxismo, no he dicho una frase vacía, sino un sagrado
juramento que pienso cumplir mientras circule una gota de sangre por mis venas.
Esta confesión, la confesión de un solo hombre, la he hecho confesión de una
poderosa organización. Una cosa sé ahora: si la suerte se me llevase de este
mundo, esta lucha sería continuada y no acabaría nunca, este movimiento lo garantiza.
Esta lucha no es ninguna lid que pudiera terminarse con mal arreglo amigable.
¡En el marxismo vemos al enemigo de nuestro pueblo, al enemigo que
aniquilaremos, que exterminaremos hasta la última raíz, consecuentemente,
inexorablemente!Sabemos asimismo que en la vida económica suelen chocar a
menudo los intereses de unos contra otros, o parecen estar en pugna unos con
otros, que el obrero se siente perjudicado, que lo es a menudo y que también el
patrono se ve acosado, que a menudo también lo está, que lo que para unos
parece ser una ganancia, lo tienen otros por desgracia propia, lo que para unos
es un éxito, significa a veces para otro la ruina segura. Lo sabemos y lo
vemos, y sabemos también que los hombres sufren y han sufrido siempre sus
consecuencias. Pero precisamente por esto resulta ser muy peligroso el que una
organización no persiga otro objetivo que aprovecharse conscientemente de estos
terribles fenómenos de la vida para destruir al pueblo entero. Por ser así,
conviene destruir una organización y exterminar una teoría que abusa de estas
debilidades naturales, de debilidades que radican en la insuficiencia de los
hombres, pues sabemos perfectamente que la meta de toda esta evolución, digo
mal, de esta lucha entre el puño y la frente, entre la masa, es decir, el
número y la calidad es: destrucción de la calidad de la frente. Esto no es
seguramente una bendición para el número, ni un encumbramiento del obrero, sino
que viene a significar: miseria, penuria, la ruina definitiva.
Vemos la crisis económica y no somos tan pueriles
para creer que todas estas dificultades puedan quedar eliminadas de la noche a
la mañana, con sólo anhelar algo mejor. Ponemos también la insuficiencia humana
en juego, la cual hará siempre una mala jugada a los hombres y desnaturaliza
con frecuencias las mejores ideas, la mejor voluntad. Mas nosotros tenemos la
firme voluntad y el inquebrantable propósito de no dejar que llegue a tal
punto, sino de luchar y seguir luchando -toda la vida es una lucha continua-
contra tales eventos, de poner la razón en su lugar y hacer que el interés
común pase a primer término. Si se malogra por el momento, ¡lo que hoy no se
logra, deberá lograrse mañana! Y si alguien replicara: ¿cree uste que cesarán
algún día los sufrimientos?, le contestaré: sí, señor, cuando llegue la época
en que no haya hombres insuficientes en el mundo, pero como temo que la
insuficiencia de los hombres no acabará jamás, los sufrimientos no cesarán
nunca. No es posible arreglar las cosas para toda la eternidad desde una sola
generación.
Cada pueblo tiene la obligación de cuidar de si
mismo. Cada época tiene la misión de arreglar sus cuitas por si sola. No crean
ustedes que vamos a quitárselo todo al porvenir. No y no, tampoco queremos
educar a nuestra juventud par que se convierta en sucio parásito de la vida o
para disfrutar cobardemente de lo que otros han creado. No, lo que desees
poseer tendrás que ganarlo de nuevo, tendrás que lanzarte una vez y otra a la
lucha. Para esto queremos educar a los hombres. No queremos infundirles desde
un principio la falsa teoría de que esta lucha es algo innatural o indigno del
hombre; todo lo contario, queremos inculcarles la idea de que esta lucha es la
terna condición para la selección, que sin la eterna lucha no habría hombres en
la tierra. ¡No, lo que hacemos ahora, lo hacemos para nosotros!
Dominando hoy la crisis estamos trabajando para el
porvenir, puesto que mostramos a nuestros descendientes cómo han de hacerlo
cuando les llegue su tiempo, así como nosotros debemos aprender del pasado lo
que tenemos que hacer hoy. Si la generación anterior a nosotros hubiese pensado
de igual manera, según nos quieren hacer creer, de seguro que nosotros no
estaríamos aquí. No puedo decir que para lo futuro sea bueno lo que he creído
falso para lo pasado. Lo que la vida me da a mí y a nosotros, ha de ser justo
para la vida de nuestros descendientes, de modo que estamos obligados a obrar
con arreglo a esto.Debemos pues, proseguir la lucha hasta la última
consecuencia contra los acontecimientos que han corrido al pueblo alemán en los
últimos 17 años, que nos han causado tan terribles perjuicios y que, de no
haber sido vencidos, hubieran aniquilado a Alemania. Bismarck dijo una vez que
el liberalismo era el entrenador de la socialdemocracia. No es preciso que diga
aquí que la socialdemocracia es el entrenador del comunismo.
El comunismo es el entrenador de la muerte, de la
muerte del pueblo, de la ruina. Hemos emprendido una lucha contra él y la
continuaremos hasta el fin. Como ya tantas veces en la historia de Alemania,
así se verá que el pueblo alemán va adquiriendo, a medida que aumenta la
miseria, mayor fuerza y nuevos bríos para hallar el camino hacia arriba y hacia
adelante. ¡También esta vez lo encontrará, digo más, estoy convencido de que lo
ha encontrado ya! Paso ahora a la tercera medida: la liberación de las
asociaciones consideradas primeramente como dadas, del influjo que creen ver en
ellas y poseer en estas asociaciones una última posición de retirada. ¡Que no
se entreguen a falsas conjeturas! Lo que ellos construyeron lo tenemos nosotros
por falso. Vemos que el genio alemán despertó aquí lentamente en millones de
individuos, contra la propia voluntad de estos arquitectos, un sentimiento que
hubo de exteriorizarse en la institución de organizaciones poderosas. Ellos
mismos hubieran destruido las organizaciones. Se lo recibimos, mas no para
conservarlo todo para lo porvenir, sino para salvarle al obrero alemán los
céntimos ahorrados que ha invertido en la obra y para que actúe con los mismos
derechos en la formación del nuevo estado de cosas, para darle la posibilidad
de intervenir como factor investido de iguales derechos que los demás. ¡Se ha
de crear un nuevo Estado con él, nunca contra él!
No ha de tener la sensación de ser considerado
como paria, como proscrito o estigmatizado. ¡Bien al contrario! Desde un
principio, en la gestación y formación del nuevo Estado, queremos inculcarle el
sentimiento de ser alemán que goza y disfruta de los mismos derechos y
prerrogativas que el resto de sus connacionales. El mismo derecho no es en mis
ojos otra cosa que el complacerse en tener los mismo derechos y obligaciones.
No se hable siempre, únicamente de derecho, háblese también del deber. El
obrero alemán debe disipar en los millones del otro lado la creencia de que ni
el pueblo alemán ni su revolución le importan un ardite. Seguramente que habrá
elementos que no quieran tal cosa. También los hay del otro lado de nuestro
pueblo. Sobre todos ellos pasará la suerte a la orden del día.
Se encontrarán en Alemania hombres que con toda
sinceridad y de todo corazón no quieran otra cosa que la grandeza de su pueblo.
Ya se entenderán unos con otros, y de fijo se entenderán, y si alguna vez
llegase a retornar la duda y a hacerles una mala jugada la dura realidad, gustosamente
actuaremos nosotros de corredores, de agentes de cambio y bolsa. La misión del
Gobierno consistirá entonces en volver a juntar las manos que están ahora a
punto de soltarse, haciendo como agente honrado y probo, y repitiendo al pueblo
alemán una y otra vez: no debéis reñir, no debéis juzgar por las apariencias,
no debéis abandonaros por la sencilla razón de que la evolución haya seguido
tal vez en el decurso de los siglos caminos que nosotros no podemos tener por
felices, sino que todos vosotros debéis tener siempre presente que vuestro
deber es la conservación de vuestra nacionalidad. ¡Ya se encontrará entonces un
camino, se precisa hallar un camino! No puede decirse: se ha hecho imposible el
camino hacia la vida de la nación porque la hora opone quizás dificultades.
Pasará la hora, mas la vida ha de ser y será. Con ello adquiere un gran sentido
moral el movimiento obrero alemán en su totalidad. Al proceder a la
construcción de un nuevo Estado, de un Estado que sea el resultado de muy
grandes concesiones de ambos lados, queremos enfrentar dos contrayentes que
abrigan sentimientos nacionales en su corazón, dos contrayentes que sólo ven a
su pueblo ante sí, dos contrayentes dispuestos a toda hora a posponerlo todo
para alcanzar este provecho común, pues sólo siendo esto posible desde un
principio creo barruntar el éxito de tamaña acción.
Aquí decide también el espíritu del cual ha nacido
el hecho. No ha de haber vencedores y vencidos fuera de un solo vencedor:
nuestro pueblo alemán.
Vencedor de las clases sociales y vencedor sobre
los intereses de cada uno de estos grupos de nuestro pueblo. Con ello
contribuiremos y llegaremos al refinamiento del concepto de trabajo, trabajo
éste que, como es natural, no puede hacerse de la noche a la mañana. Así como este
concepto ha sufrido sendas modificaciones a través de los siglos, así en este
caso tendremos necesidad de muchos siglos para poder transmitir al pueblo
alemán todos estos conceptos en su forma prístina. El objetivo perseguido
impertérritamente por el movimiento que representamos yo y mis compañeros de
armas será elevar la palabra obrero a un gran título de honor de la nación
alemana. No en balde hemos incluido esta palabra en la denominación de nuestro
movimiento, y no porque esta palabra nos haya aportado alguna vez un gran
provecho. ¡Al contrario! Lo que nos trajo fue odio y hostilidad de una parte, e
incomprensión de otra. Hemos elegido esta palabra porque con la victoria de
nuestro movimiento queríamos elevar victoriosos el vocablo.
La hemos elegido para que en este vocablo se
encuentra al final, además del concepto pueblo, la segunda base: la unión de
los alemanes, pues nadie que abrigue una voluntad noble podrá hacer profesión
de otra cosa que de esta palabra.Soy de por sí enemigo de aceptar títulos
honoríficos, y no creo que algún día haya quien me eche en cara lo contrario.
Lo que no sea absolutamente necesario que haga, no lo hago. Nunca quisiera
mandarme hacer tarjetas de visita con títulos que le conceden a uno
gloriosamente en este mundo que habitamos. Ni siquiera en mi lápida sepulcral
otro nombre que el mío seco y escueto. Probable es que por los caminos que me
ha trazado el sino esté yo más que nadie capacitado para comprender la esencia
el ser y la vida toda de las diversas clases del pueblo alemán, no porque haya
podido observar esta vida desde arriba, sino por haberla vivida en persona, por
haberme hallado en medio de ella, por haberme arrojado la suerte caprichosa, o
tal vez providencial, dentro de esta gran masa del pueblo y de los hombres. Por
haber trabajado yo luengos años como simple trabajador para ganarme el sustento
cotidiano, y por haber estado por segunda vez en esta gran masa como soldado
raso, y porque a la vida plugo confundirme con otras clases de nuestro pueblo,
al punto de poder decir que las conozco mucho mejor que tantísimas personas que
nacieron en ellas. Así es que la suerte parece haberme predestinado a mí más
que a ninguno a ser el -permítaseme emplear esta palabra para mí- el corredor o
el agente honrado, el agente honrado en todos los sentidos.
Aquí no estoy interesado personalmente; ni dependo
del Estado ni de ningún cargo público, como tampoco dependo de la economía ni
de la industria, ni de ninguna organización obrera. Soy un hombre independiente
y no me he propuesto otro objetivo que serle útil al pueblo alemán en la medida
de mis fuerzas, a ser útil aquí precisamente a millones de hombres que tal vez
por su buena fe, su ignorancia y la maldad de sus antiguos líderes son los que
más han sufrido. Siempre he creído y dicho que no puede haber cosa mejor que
ser abogado de todos aquellos que no puedo defenderse bien ellos mismos.Conozco
la gran masa del pueblo y sólo quisiera decirles una cosa a nuestros
intelectuales: todo Estado que queráis levantar exclusivamente sobre las bases
del intelecto es de construcción endeble.
Conozco este intelecto: siempre cavilando, siempre
investigado, pero también eternamente inseguro, eternamente vacilante, móvil,
nunca firme. Quien quiera construir únicamente sobre este intelecto un imperio,
se convencerá bien pronto de que no construye nada sólido ni estable. No es
pura casualidad el que las religiones sean más estables que las formas de
Estado. En los más de los casos suelen hundir más profundamente sus raíces en
el seno de la tierra; serían inimaginables sin esta gran masa del pueblo. Sé
que las clases intelectuales suelen ser atacadas muy fácilmente de la
arrogancia de querer medir este pueblo por el rasero de sus conocimientos y de
su llamada inteligencia; y, sin embargo, hay aquí cosas que a menudo no ve la
inteligencia de los inteligentes porque no pueden verlas. Esta gran masa es
seguramente tarda en el pensar y obrar, a veces retrógrada y poco amovible, no
muy ingeniosa ni tampoco genial, pero tiene algo: tiene fidelidad, tiene perseverancia,
tiene estabilidad. Puedo decir: la victoria de esta revolución no hubiera sido
nunca un hecho si mis compañeros, la gran masa de nuestros pequeños
conciudadanos, no nos hubieran asistido haciendo alarde de una fidelidad sin
igual y de una perseverancia inconmutable. Nada mejor puedo imaginarme para
nuestra Alemania que lograr que estos hombres, que están fuera de nuestras
filas de combate, entren en el nuevo Estado y se conviertan en uno de sus más
fuertes y poderosos cimientos.
Dijo una vez un poeta: "Alemania estará en el
apogeo de su grandeza el día en que sus hijos más pobres sean sus ciudadanos
más fieles.". He conocido a estos pobres hijos por espacio de cuatro años
y medio como soldados de la gran guerra; los he conocido, he conocido a aquellos
que quizás nada tenían que ganar para sí y que sólo obedeciendo la voz de la
sangre, por el hecho de sentirse alemanes, llegaron a ser héroes. Ningún pueblo
tiene más derecho que el nuestro a levantar monumentos a su soldado
desconocido. Esta impávida guardia, que se mantuvo firme en tantas y tantas
batallas sangrientas, que nunca vaciló ni retrocedió, que ha dado tantos
ejemplos de inaudito valor, de fidelidad, disciplina y obediencia sin límites,
tenemos que conquistarla para el Estado, debemos ganarla para el Reich que
viene, para nuestro tercer Reich.
Esto es, sin duda alguna, lo más precioso que
podemos darle.
Precisamente porque conozco este pueblo mejor que
cualquiera que conoce a la vez el resto del pueblo, estoy dispuesto en este
caso, no sólo a hacerme cargo del papel de agente honrado, sino que me siento
feliz de que la suerte me haya deparado este papel.
¡No sentiré nunca mayor orgullo en mi vida que el
poder decir cuando cierre los ojos para siempre: he ganado, luchando, al obrero
alemán, para el Reich de los alemanes!
ADOLF
HITLER