viernes, 29 de enero de 2016

JUAN B. JUSTO “ la base de la historia argentina ha sido la evolución económica”

JUAN B. JUSTO
la base de la historia argentina ha sido la evolución económica”


JUAN B. JUSTO


CONFERENCIA EN EL ATENEO DE BUENOS AIRES, 18 de Julio de 1898



La teoría científica de la historia y la política argentina


Señoras y señores:
Debo empezar esta conferencia sobre la teoría científica de la historia y la política argentina con una expresión de sentimientos. No estoy aquí para exponer un bonito teorema, ni puedo creer que el cuadro de la política argentina los afecte a ustedes como el de una partida de ajedrez.
Amo el país en que vivo, y deseo que sean muchos los que tengan motivos de amarlo; una viva simpatía me une a todos los que aquí trabajan y luchan, y para ellos deseo la vida de los hombres fuertes, inteligentes y libres; amo la lengua de mis padres, y quiero que sea hablada con ingenio por millones de hombres, que en ella sean escritas obras grandes y hermosas, que esas obras sean muy leídas; me llamo argentino, y quiero que éste sea el nombre de un pueblo respetado por sus propósitos sanos y sus acciones eficientes; veo que todavía cada pueblo tiene una bandera, y deseo que, mientras la humanidad no tenga una, la argentina o la sudamericana flamee en estas tierras.
Por eso, y porque sentimientos semejantes animan seguramente a quienes han venido a escucharme en el Ateneo, doy esta conferencia, y espero un poco de atención.
Tratándose de hechos tan complejos y controvertidos como los de la historia, parece a primera vista muy atrevido hablar de su teoría científica. Es porque ordinariamente se tiene de la ciencia misma una idea falsa, que, como toda superstición, empequeñece el objeto que pretende agrandar.

En efecto, desde que se ha aplicado a la historia el criterio adquirido y aplicado en los otros campos de la vida práctica e intelectual, el criterio científico, la ciencia misma ha experimentado un gran cambio: al abarcar, por fin, todo el campo de la actividad y de los conocimientos humanos, ha descendido del pedestal místico que la sustentaba, y se ha hecho a la vez más modesta y más fuerte, más humana y más fecunda. La historia ha dejado de ser una crónica, un romance o una filosofía, para constituirse como un conjunto de nociones coordinadas, susceptibles de aplicación práctica. La ciencia, por su parte, ha perdido el carácter de entidad extraña a la vida ordinaria, de doctrina superior, esotérica, creada por una casta especial de sabios y reservada para ellos. Ya no es más que una de las manifestaciones de la vida, la vida inteligentemente vivida. Ha venido formándose por el esfuerzo inteligente de todos los hombres en la vida diaria, y su misión primordial es servir en la vida diaria para la acción inteligente. No resulta de una inspiración superior, sino de las necesidades elementales de la existencia. Antes que Torricelli está el inventor de la bomba hidráulica; antes que Darwin, los criadores ingleses que practicaban la selección artificial.
Al formular la teoría científica de la historia no estamos, pues, obligados a dar una fórmula absoluta y completa. Eso queda para las teorías teológicas y metafísicas que pretenden explicarlo todo, al mismo tiempo que excluyen de sus sistemas fases enteras de la vida. Una teoría científica no se obliga a tanto, ni tiene para que negarlo que no se acomoda a su armazón; explica lo que puede y deja existir lo demás, contenta de que a las teorías futuras les quede también algo que explicar. Lo que puede y debe exigírsela es que muestre su propia génesis, que tenga su punto de partida en el mundo; que señale en qué fenómenos se realiza, y en qué actos de la vida tiene aplicación.
Si hay, pues, para nosotros una teoría científica de la historia debe ser la teoría de la historia argentina; en nuestro propio desarrollo, por rudimentario que aun sea, deben actuar los elementos fundamentales del movimiento histórico en general; y, si nuestra historia es susceptible de una interpretación científica, nuestra política debe serlo de aplicación de la ciencia así adquirida, aunque por el momento sea tan embrollada y poco científica.
Pero tracemos antes a grandes rasgos la génesis y el sentido general de la nueva teoría.
El dintel del estudio de la historia está en los museos.
Así como las otras leyes naturales han sido descubiertas en sus manifestaciones más simples, el fundamento de la historia ha sido vislumbrado al estudiar sus épocas primitivas, la historia sin dioses ni héroes que la perturben, sin tradiciones ni documentos que falsifiquen la realidad. Los pioneers de la prehistoria han tenido que aplicar desde un principio los métodos científicos de investigación, y han llegado por eso desde luego a conclusiones exactas. En la aurora de la historia el hombre se presenta ante todo como a toolmaking animal, como un animal que fabrica herramientas, y se impone desde luego al entendimiento el papel decisivo que en ella desempeña la evolución de los instrumentos y modos de trabajo. Estudiando los antecedentes históricos de los pueblos escandinavos, cuyos documentos escritos más antiguos datan apenas de mil años, Thompson escudriñó en el suelo de su país los más remotos vestigios de la actividad humana y llegó en 1887 a su división de las edades prehistóricas basada en el estado de la industria del hombre. Edad de la piedra, edad del bronce, edad del hierro, dijo, y bosquejó así la teoría científica de la historia.
La idea que en Thompson no aparece sino en embrión y sin la conciencia de todo su alcance, llega a un amplio desarrollo en los estudios prehistóricos de Morgan, que ha investigado los orígenes de las sociedades humanas entre los indios de América y en la antigüedad griega y romana. "Es muy verosímil, dice Morgan, que las grandes épocas del progreso humano coincidan más o menos directamente con el ensanche de las fuentes de sustento"; y, viendo en las grandes conquistas de la técnica las piedras miliares de las jornadas de la humanidad, traza un cuadro del progreso cuyo fondo es el dominio adquirido por el hombre sobre las fuerzas naturales, y en el cual las instituciones sociales aparecen como consecuencia de las condiciones de la producción.
Si la trama de la prehistoria es tan sencilla que ha podido ser descubierta a primera vista, estímulos muy poderosos han conducido, por otro lado, a descubrir la de las épocas más recientes. Una verdad de tan gran magnitud como la del papel fundamental de la producción y la distribución de las riquezas en el desarrollo histórico, nunca ha podido ser del todo ignorada por los políticos prácticos, ni ha dejado de asomar de vez en cuando a la mente de los teóricos. De ahí el gran número de precursores de la nueva teoría. Pero sólo en el presente siglo los historiadores han empezado a orientarse decididamente hacia ella.
Disipados los ensueños que acompañaron a la revolución francesa, y a impulso de tan tremenda conmoción, hubo que ver en ella una manifestación de fuerzas más permanentes v efectivas que la literatura revolucionaria del siglo XVIII. Ya en 1802, el utopista Saint Simón decía que el reinado del terror en Francia había sido el de las clases desposeídas, y poco después definía la política como la ciencia de la producción y predecía su completa absorción por la economía. Bajo su influencia formáronse las ideas de Agustín Thierry quien traza el cuadro de la revolución inglesa como el de una lucha de clases. En sus estudios sobre la historia de Francia e Inglaterra llega Guizot a conclusiones análogas: para él, las instituciones políticas son menos importantes que las condiciones sociales de que dimanan entre las cuales es decisiva la distribución de la propiedad territorial y de la riqueza en general: para él también, la revolución inglesa del siglo XVII es un conflicto de clases.
Pero ninguno de los historiadores del tiempo de la Restauración fue más allá de esa concepción incompleta: veían en la historia el juego de los intereses económicos bajo la forma de antagonismo de clases, mas no descubrían el origen de esas clases, ni el resorte que promueve su desarrollo.
A mediados del siglo las cosas estaban más preparadas para la elaboración de un concepto general de la historia, que combinara y fecundara las vistas, vagas todavía, de los más eminentes historiadores modernos, con los primeros datos, necesariamente truncos y esquemáticos, de la prehistoria. El vapor, aplicado a la industria y al transporte, mostraba ya todo su poder revolucionario; la estadística registraba en cifras algunos de los más importantes fenómenos de la vida del mundo civilizado; el telégrafo y la estampilla postal estaban en uso. En Inglaterra se agitaba el partido Cartista, y en Francia, el Enrichissez-vous, messieurs de la clase gobernante había respondido, como doloroso eco, al alzamiento de los trabajadores de Lyon. En Alemania la unión aduanera daba, por fin, campo de desarrollo a la gran industria, que pronto tomó en la región del Rin un vuelo considerable.
Fue allí donde Marx, con la activa colaboración de Engels, pudo llegar antes que Morgan, cuyos estudios datan de la segunda mitad del siglo, a la grandiosa concepción histórica que constituye el fundamento de sus obras: "En la producción social de su vida entran los hombres en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se levanta un edificio jurídico y político y a la cual corresponden formas determinadas de conciencia social. El modo de producción de la vida material domina en general el proceso de la vida social, política e intelectual". "La concepción materialista de la historia arranca de la proposición siguiente: la producción e inmediatamente después de ella el cambio de los productos, es la base de todo orden social; en todas las sociedades de la historia la distribución de los productos, y con ella la división de la sociedad en clases, dependen de qué, cómo se produce y cómo se cambian los productos. Según eso, no hay que buscar las causas últimas de las transformaciones sociales y de las revoluciones políticas en la cabeza de los hombres, en su visión cada vez más clara de la verdad y la justicia eternas, sino en las transformaciones del modo de producción y de cambio; no hay que buscarlas en la 'filosofía', sino en la 'economía' de la época".
Al afirmar el papel fundamental del modo de producción y de cambio en la historia, Marx y Engels han, estado muy lejos de formarse del desarrollo histórico un concepto unilateral. "La situación económica es la base", dice Engels; "pero... las formas del derecho... las teorías políticas... las opiniones religiosas... etc., ejercen también su acción sobre el curso de las luchas históricas, y en muchos casos determinan su forma en primer término".
Tan magna doctrina merece verse libre del nombre metafísico de "materialista". La ciencia no conoce el materialismo sino como una de las fórmulas ingenuas, petulantes y huecas de la adolescencia intelectual, En física, en química, en biología, podemos aprender y enseñar todo lo que se sabe e investigar lo que ignoramos sin necesidad de esa palabra que nada significa. ¿Por qué hemos de necesitarla en historia? Si hemos de dar una designación especial a su concepción científica, la mejor es la de concepción económica, que empieza a ser generalmente adoptada.
¡Y bien! Los movimientos religiosos, políticos y filosóficos, que disfrazan u ocultan el fondo del movimiento histórico de otros países y de otras épocas, tienen tan pequeño papel en la historia argentina, que el fundamento económico de ésta es evidente, y no ha podido ser desconocido del todo por los historiadores del país, aunque no hayan tenido teoría alguna del movimiento histórico en general, ni hayan estudiado los acontecimientos según un criterio sistemático.
El desarrollo colonial quand-même de los países del Plata patentiza el predominio general de la economía en la formación y el crecimiento de la sociedad argentina. Contra las leyes españolas, contra la fuerza puesta al servicio de esas leyes, contra la moral que exigía su acatamiento, Buenos Aires se desarrolló, a pesar del opresivo régimen colonial. El país se había poblado de vacas, caballos y ovejas, y nada podía impedir que esas riquezas buscasen y encontrasen empleo, al cortar la corriente de hombres que tendía hacia ellas. España pudo, pues, retener codiciosamente para sí todo el comercio de sus colonias en América, demasiado grande para ella; pudo encerrarlo en los estrechos límites del comercio entre Cádiz y Portobelo; privar a los extranjeros de todo acceso legítimo a sus colonias; trabar aún la inmigración de españoles a éstas; llevar su exclusivismo hasta el punto de discutir si, a los efectos del comercio en Indias, los nacidos en España de padres extranjeros eran españoles; pudo prohibir que los colonos de América recibiesen consignaciones, ni aun de España, y que enviasen caudales por su cuenta para comprar artículos, ni aun a España, porque se creía que con eso perjudicarían a los comerciantes españoles; pudo favorecer a Lima, a costa de Buenos Aires; pretender que ésta recibiera de aquélla las mercancías europeas que necesitaba; prohibir que los metales preciosos del interior llegasen a Buenos Aires; impedir que por este puerto entrase nada de lo que debía entrar, ni saliese nada de lo que debía salir; pudo, según Moreno, arrancar las viñas aquí plantadas, para que no se perjudicara el comercio de vinos de la Península, y prohibir en 1799 la construcción de un muelle que se había empezado en Buenos Aires; con todo eso, no pudo impedir, sin embargo, que se desarrollasen los vigorosos gérmenes de vida económica que había en el país.
Mientras Buenos Aires fue "una puerta que era necesario tener cerrada", el contrabando fue el modo normal del comercio de este país. Los portugueses se establecieron al efecto en la otra orilla del río y España, que tenía ministros Para dictar leyes absurdas, tuvo felizmente también funcionarios venales que las dejaran violar: buques holandeses, ingleses y portugueses llegaban al Plata y, de un modo u otro, sacaban los cueros y el sebo que la política española quería estancar, sin que el comercio español fuera capaz de aprovecharlos.
A mediados del siglo XVIII ya era Buenos Aires una de las más importantes colonias españolas de América, y a partir de 1777, época en que se permitió el comercio con todos los puertos importantes de España y de sus colonias, esa importancia fue rápidamente en aumento. El alza del valor de los frutos del país, debida a la mayor facilidad de salida, y a la creciente demanda originada por el desarrollo de la gran industria en Europa, hizo que se extendiera la zona de ocupación en una y otra orilla del Plata; Vértiz llevó la frontera del sud a Chascomus, Ranchos y Lobos, al mismo tiempo que se poblaba la campaña de Montevideo; gracias en parte al contrabando de hombres, pues casi no se toleraba oficialmente sino la introducción de negros, la población del país creció en pocas décadas considerablemente.
Entonces empiezan a diseñarse ideas y tendencias que debían conducir al mayor progreso político que hemos hecho hasta la fecha, a la Independencia. A principios del siglo actual, "a la sombra de los intereses económicos", como dice Mitre, "venía elaborándose la idea revolucionaria".
Quiero insistir sobre ese momento del pasado argentino, no porque sea su época clásica, sino porque es un admirable ejemplo de la complejidad del desarrollo histórico y del carácter sintético de su teoría, que los fundadores de ésta no han puesto bien en claro. Para que los elementos del medio físico-biológico o del medio social empujen al hombre en un sentido progresivo, necesario es que éste los "aplique", es decir, que prácticamente los "comprenda". El sílex no es un factor de la historia del hombre sino cuando éste aprende a fabricar con aquél sus primeras armas. Así también los nuevos medios y formas de producción no conducen a nuevas relaciones políticas, sino en tanto que sugieren nuevas combinaciones de esfuerzos con un fin práctico determinado, en tanto que los hombres aplican a la realización de nuevas relaciones políticas el conocimiento que tienen de los efectos sociales de esos nuevos medios y formas de producción.
En ese sentido, la naciente burguesía argentina de principios del siglo es un ejemplo insuperable.
Ante el interés con que veían solicitados de todas partes sus productos, los nativos propietarios del suelo pronto comprendieron toda la capacidad productiva del país. El primer número del Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, publicado por Vieytes en 1802, decía: "Las inagotables minas del Cerro de Potosí, los riquísimos criaderos de aquellas mazas enormes de plata maciza que ha dado Guntaiava ni los poderosísimos panes de oro del Río Tipuani, serán nunca comparables con el inagotable tesoro que pueden producir nuestros dilatados campos". Y a explotar y desarrollar esa riqueza, a sustraerla al monopolio español, a manejarla inteligentemente por sí mismos, tendieron desde entonces los esfuerzos de los mejores hombres de la época, que, al efecto, se armaron de un rico arsenal de ideas exactas y claras acerca de la situación. Se llamaban patriotas, pero la sociedad que los congregaba titulábase "patriótica y económica". Si esto no bastara para distinguirlos de los patriotas de hoy día, véase en qué términos se expresaba El Telégrafo Mercantil respecto del aprovechamiento de la carne: "Debemos suponer que se pierde la carne de 400 a 450.000 cabezas, que se pudiera aprovechar en charque, tasajo y embarrilado en salmuera, pues aunque hay al presente 7 u 8 individuos que practican esta manufactura y comercio, no son todavía suficientes para aprovechar los desperdicios que se notan, con dolor de los fieles patriotas".
Todo señala en aquella época el advenimiento de la clase propietaria nativa a la conciencia de sus intereses económicos que, por entonces, eran también los del país en general. El poeta Labardén adorna el primer número del Telégrafo Mercantil con una oda al Paraná, que celebra su bondad y su grandeza y le pide que dé paso a las naves y riegue los sedientos campos. "Tanto una nación vale -quanta plata maneja- -cuanto el comercio es grande", dice otra oda que aparece en el Nro 2 del mismo periódico. El Semanario de Vieytes fue órgano de las ideas económicas más adelantadas; estudia el aprovechamiento de la lana que entonces no se exportaba por defecto de embalaje, pide el ensanche de las fronteras, sostiene la conveniencia de dar la tierra gratis a quien quisiera poblarla o explotarla, condena el exceso de moneda como una riqueza improductiva, denuncia la esclavitud como causa de atraso económico, honra los oficios manuales.
El carácter burgués de tan sana prédica se revelaba, sin embargo, en el continuo lamento sobre la elevación de los salarios, y el insistente consejo de hacerlos bajar haciendo que los trabajadores se vistieran de telas burdas fabricadas en el país y no de los caros géneros importados. "Si las mujeres y sus pequeños hijos", decía el Semanario "en lugar de no hacer uso alguno de sus manos, las convirtiesen a la rueca, al torno y al telar, y surtiesen de este modo a la familia del grosero vestuario que exige su profesión: entonces sí, que sobre desaparecer enteramente la vergonzosa ociosidad, veríamos bajar de improviso el trabajo de las manos".
Se comprende que quienes entraban en tan finas disquisiciones sobre el fomento de su riqueza vieran bien claro el daño que hacía al comercio del país su monopolio por España, lo que se hizo aún más evidente cuando las invasiones inglesas dejaron sentir por un momento los beneficios del comercio libre.
La "burguesía decente", como dice el historiador López, aprovechó, pues, la primera oportunidad y sobrevino la Revolución con sus propósitos netos, a pesar de la oscuridad de sus intenciones aparentes; no se trataba de realizar sueños de libertad, ni de democracia, sino de obtener la autonomía económica del país, y este fin primordial supo realizarlo la inteligencia y energía de la dirección revolucionaria. Comprendiendo la gran necesidad política del momento, los prohombres de 1810 no se ocuparon de derrocar dinastías, ni de proclamar constituciones; más aún: por mucho tiempo los principales de ellos abrigaron el propósito de mantener el gobierno monárquico; pero sin miramientos por los privilegios de la metrópoli, establecieron de hecho la independencia comercial del país, que un órgano, la Gazeta de Buenos Aires, defendía en estos términos: "Todo es más sufrible respecto de las Américas que el monopolio de la metrópoli. Decir a quince millones de hombres: vuestra industria no ha de pasar del punto que a nosotros nos acomode; habéis de recibir cuanto necesitáis por nuestras manos; habéis de pagar más por ello, que si lo buscarais vosotros, y ha de ser de peor calidad que lo que pudierais tomar de otros a más bajo precio; vuestros frutos se han de cambiar solo por nuestras mercaderías, o con las de aquellos a quienes querremos vender este derecho de monopolio y antes se han de podrir en vuestros campos, que os permitamos sacar otro partido de ellos; decir esto... me parece un fenómeno, el más extraordinario en política... Los americanos son iguales a los españoles: si éstos tienen facultad de vender sus frutos al mejor comprador, escogiéndolo entre todas las naciones que pueden venir a su mercado, y eligiendo entre los productos de la industria de todos los otros pueblos lo que más les acomode para trocar los suyos, quererlos tener sujetos al monopolio contrario a estos derechos es una injusticia que ninguna ley puede autorizar".
Así vemos al progreso económico, en cuanto era bien comprendido, dar lugar a una lucha política, la lucha por la independencia, que condujo a su vez a nuevos progresos.
Veamos ahora el mismo progreso económico, en cuanto no era comprendido, dar lugar a una lucha social regresiva que asoló el país por espacio de muchas décadas.
Desde que a fines del siglo pasado hubo subido el valor de los frutos del país, los señores de las ciudades dedicaron mayor atención a la explotación del suelo y del ganado que en él se había criado. Juntó con los reiterados votos porque se ensancharan las fronteras, se hacían cálculos sobre la explotación metódica de las tierras por ocupar. En 1801 ya se preguntaba: "¿Cuanto ganado se
puede criar en una legua cuadrada, y en las cincuenta y una mil que hay en la occidental hasta el Río Negro, cuantas estancias y ganado pueden caber? ¿Quantos millones de pesos dará al afío su procreo; quantos hombres son bastantes para el pastoreo atendida la inclinación, gusto y habilidad de nuestros campestres para este género de trabajos, y como podrá establecerse cuanto antes un sistema fijo e invariable de economía Rural que arranque de raíz el espíritu de destrozo y bárbaro concepto de grandeza y felicidad quanta es mayor nuestra infelicidad en matar una res o caballo sin necesidad?". Poco después el Semanario dividía la historia del país en los períodos siguientes:
"1ra época. Los ganados sin pastores que velasen en su continua sujeción, desconocieron el rodeo, y atropellando los linderos que les habían fijado sus dueños se hicieron indóciles y cerriles".
"2da época. El comercio dé ‘cueros al pelo’. La abundancia de ganados que no conocían dueño, favorecía admirablemente este pensamiento, y desde entonces no se pensó más que destruir y aniquilar, creyéndose autorizados para hacerlo quantos se hallaban en estado de poder subvenir a los precisos gastos de los peones que les eran necesarios para hacer unas crecidas matanzas".
"3ra época. Hoy apenas se conocen unos pequeños restos de tan crecida multitud". Y a renglón seguido decía el Semanario que en la banda oriental del Río de la Plata había 500.000 cabezas de ganado alzado, y que "concediendo cuatro mil con las competentes tierras a todos los que quisiesen sujetarlo, se podrían poblar 125 estancias".
Cuando los hacendados llegaron a pensar así y a hacer esos cálculos, debían ya mirar con alarma a la población del campo, acostumbrada a una vida libre y bárbara. Los campesinos no eran propietarios, pues la propiedad de las tierras había sido conferida, por compra o por "mercedes reales", a los señores de la ciudad pero cuando los campos "realengos" o sin dueño eran muchos, cuando las ovejas no valían nada, y la principal industria del país eran las "volteadas", en que se mataban las vacas nada más que por el cuero.
Con el desarrollo económico del país y el aumento del valor de cambio de sus productos, por la facilidad de su exportación, las cosas cambiaron. Las publicaciones de principios del siglo hablan del estado miserable de los trabajadores rurales del Río de la Plata. Sosteniendo la necesidad de fundar capillas en la campaña oriental, se escribía entonces: "¡Infeliz campaña! ¡O miserables habitantes de ella! No os admiréis de que os trate así. También os acompañaré a quejaros y lamentaros de que a la vista de vuestros compatriotas que encadenan vuestros intereses temporales... Quejaos de que los ciudadanos aislados en sus opulentas casas devoren vuestros sudores, y no os envíen en retorno consuelos espirituales. Morid, os dicen... Morid sin Religión. Vivan vuestras generaciones ignorantes de ella, porque vuestros vicios son el ámbar de nuestras habitaciones y enriquecen nuestra bolsa. . . ". Por lo mismo que estas palabras no estaban destinadas a ser oídas por los campesinos, no se puede dudar del fondo de verdad que encierra. Por su parte, el deán Funes denunciaba la mezquina paga que recibían las pobres tejedoras de la campaña de Córdoba.
Al mismo tiempo, de la campaña uruguaya, donde habían aparecido cuadrillas de salteadores, se preguntaba: "¿Cómo se podrán acabar, cuanto antes, los vagos, y ladrones para que prospere el campo?". En Tucumán eran "bandoleros, holgazanes y mal entretenidos"; "cuatreros" en Santa Fe y "bandas de forajidos" en los alrededores de Buenos Aires.
¡Cuál sería la situación del pueblo de las ciudades cuando la mayor parte de los oficios eran ejercidos por esclavos! Lo indica el hecho de que la "Sociedad Argentina Patriótica y Económica" excluía expresamente de su seno "a los que por sí mismos ejercen oficios viles y mecánicos". El mismo Mariano Moreno, que declamaba a veces de Rousseau, pudo decir en su famosa "Representación de los Hacendados": "¡Qué concepto tan favorable formarán los demás pueblos de nuestros comerciantes, cuando sepan que puestos en el empeño de influir sobre un proyecto económico relativo al comercio del país, no encontraron gremio a quien asociarse... sino el de los herreros y zapateros! ¡Qué mengua sería también para nuestra reputación si llegase a suceder que en los establecimientos económicos de que pende el bien general... se introdujesen a discutir los zapateros!".
Así es que el 25 de Mayo de 1810, mientras 200 personas "de la parte principal y más sana del vecindario", según rezan los documentos de la época, daban el paso decisivo hacia la independencia, toda la agitación popular se reducía a unos 100 hombres, dice Mitre, "manolos" llevados del barrio del Alto por French, "agente popular" de Belgrano, y "ciudadanos más decididos" llevados por Berutti, "agente popular" de Rodríguez Peña, estacionados frente al Cabildo. Ese fue el pueblo que aclamó a la Junta, y que, durante las deliberaciones "vociferaba", según López, dirigido por los caudillos secundarios de la revolución.
Pero si el pueblo no estaba preparado para tomar una parte consciente en la lucha por la Independencia, y no hizo en ella más que seguir los designios de la clase dominante, le sobraba disposición para levantarse contra ésta en defensa de su modo tradicional de vida. Así nacieron las guerras civiles que a partir de 1815 desolaron el país.
Las montoneras eran el pueblo de la campaña levantado contra los señores de las ciudades. Las Memorias del general Paz, que tan gran papel tuvo en esas guerras, pintan bien a las claras su carácter de lucha de clases, de "los pobres contra los ricos", de "la parte ignorante contra la más ilustrada" de "la plebe contra la gente principal". La población de la campaña en masa estaba con los: caudillos. Artigas, Ramírez, López, Bustos, Quiroga fueron los jefes de la insurrección del paisanaje contra el odiado gobierno burgués de Buenos Aires. Los gauchos no eran "un pueblo lleno de la conciencia de sus intereses y de sus derechos políticos", como lo pretende el historiador López, y lo creen quienes toman en serio el mote aquel de "Federación"; no eran tampoco una "inmunda plaga de bandoleros alzados contra los poderes nacionales", como dice el mismo historiador. Era simplemente la Población de los campos acorralada y desalojada por la producción capitalista, a la que era incapaz de adaptarse, que se alzaba contra los propietarios del suelo, cada vez más ávidos de tierra y de ganancias.
Los gauchos eran el número y la fuerza, y triunfaron. Pero su incapacidad económica y política era completa, y su triunfo fue efímero, más aparente que real. Pretendían paralizar el desarrollo económico del país, y mantenerlo en un estancamiento imposible, precisamente cuando la valorización de la lana estimulaba más ese desarrollo, y cuando los buques a vapor empezaban a cruzar el Atlántico. El matiz de fanatismo religioso de que se tiñó en ciertos puntos el movimiento campesino, señala también su sentido retrógrado.
Desde que López, Cullen, etc., tuvieron estancias, también en Santa Fe los que se apoderaban en el campo de una vaca fueron perseguidos como cuatreros; y en Buenos Aires, donde había triunfado el Partido Federal, Rozas supo mantener sujetas las mismas masas populares en que se apoyaba, como supo hacerse el que respetaba la Federación mientras retenía y manejaba todo el producto de la gran aduana del país. Poco a poco la población campesina fue domada por los mismos que ella había exaltado como jefes, y de toda esa lucha no resultó nada permanente en bien de quienes la habían sostenido; los campesinos insurreccionados y triunfantes no supieron siquiera establecer en el país la pequeña propiedad. Para ellos, ésta hubiera sido, sin embargo, el único medio de liberarse efectivamente de la servidumbre y el avasallamiento a los señores; como establecer la pequeña propiedad hubiera sido el modo más eficaz de oponerse a las montoneras, y de cimentar sólidamente la democracia en el país. Bien lo comprendió el Cabildo de Montevideo, cuya campaña fue el teatro de los primeros alzamientos, al encargar a sus delegados a la Asamblea Constituyente del año 14 que pidieran el reparto "entre los padres de familia pobres y ‘hacendosos’ de "los inmensos terrenos aglomerados sin título, que completamente incultos en manos de algunos detentadores ", así como la distribución gratuita de las tierras de las grandes estancias llamadas "del Rey ".
Pero el gobierno de los hacendados de Buenos Aires estaba ya demasiado ocupado en reglamentar las matanzas y volteadas y en aprovechar los terrenos "realengos" de un modo capitalista, para pensar en esas cosas. Sólo más tarde, cuando la insurrección de los campos la puso en apuros, la burguesía porteña legisló, proyectó, habló de planos topográficos y de registros estadísticos destinados a facilitar el reparto de las tierras. Pero éste nunca fue efectivo, hecho en la única forma prácticamente posible, la de repartir las tierras del campo, en el campo, a los pobladores del campo.
Porque pretender o esperar que estos vinieran a rendir pleito homenaje a la burocracia criolla de la ciudad, era tan absurdo o fantástico como que los gauchos se vistieran de levita. Rozas fue el único que repartió realmente tierras entre los pobladores de la campaña, mandando cumplir en 1832 un decreto de Viamonte, de 1829, para que el comandante general de campaña repartiera gratuitamente los campos del Azul entre sus pobladores, a razón de tres cuartos de legua por suerte de estancia.
La incapacidad de la población campesina para posesionarse regularmente del suelo, la legislación tendiente a desalojar a los ocupantes sin título, la mala y corrompida administración que siempre ha preferido los concesionarios menos dignos de confianza a los ocupantes reales de la campaña, y la ineficacia de toda legislación para impedir el acaparamiento de la tierra, han conducido a la consolidación y al desarrollo de la clase de los grandes terratenientes, que constituye todavía el elemento dominante en el país.
Aquí debo poner fin a mi análisis del pasado argentino, pues apenas dispongo de tiempo para mencionar la lucha contra el despotismo de Rozas, sostenido, según Alberdi, por "el partido de la multitud plebeya"; las diferencias ulteriores entre Buenos Aires y el interior, en que la principal prenda discutida era la primera aduana del país y el período de la inmigración fomentada por el Estado, el cual, dando al mismo tiempo un valor ficticio y puramente de especulación a las tierras públicas recientemente adquiridas, ha practicado sin saberlo la colonización capitalista sistemática.
Lo dicho basta para probar que la base de la historia argentina ha sido la evolución económica; que ésta explica sus fases luminosas como sus fases sombrías; que las agrupaciones políticas de acción más eficiente en la historia argentina son las que han representado un interés económico más general y más bien entendido.
¿Cómo es, pues, que, salvo muy modestas excepciones, los partidos argentinos carecen hoy de todo propósito económico conocido?
Preguntamos cuáles son sus ideas a los hombres más importantes de nuestra llamada política; todos nos dicen lo mismo: el bien de la patria, el engrandecimiento nacional, la honradez administrativa. la moralidad política. Se ha llegado hasta proclamar que entre nosotros no hay lugar a cuestiones económicas que dividan la opinión.
Todo se reduciría a saber quién es el hombre capaz de hacer la felicidad del país. Y si esto no es suficiente razón de ser para partidos serios y orgánicos, da origen al menos a una gran variedad de facciones. Los unos, muy ufanos de no haber arruinado por completo al país en muchos años de gobierno creen indispensable que ellos lo sigan gobernando. Los otros piensan que el país necesita, ante todo, algo que ellos tienen, llamado civismo, para propinarle lo cual quieren a su vez apoderarse del gobierno. Otros, por fin, que personifican la virtud, y en su desprecio por la virtud de los demás llegan a veces hasta la intransigencia. creen también que su propio advenimiento al poder es la gran necesidad pública del momento.
Con semejantes ideas, nada tiene de extraño que las facciones argentinas se valgan de todos los medios para, llegar al triunfo, pues bien patrióticos son el fraude y la revuelta si han de dar al país tanta cosa buena.
De ahí el cuadro de nuestras costumbres políticas, tan triste para los que no creen en ese gobierno, ese civismo y esa virtud que no tienen, por otra parte, el poder de interesar al pueblo, pues para la gran mayoría de éste la vida política es nula, sobre todo para la población extranjera.
Coincidiendo con una época de activo desarrollo económico, este estancamiento de nuestra vida política llama especialmente la atención; pero es bien explicable si se atiende a la complejidad del proceso de la historia, que hace posible, por épocas, la disociación de sus elementos. Ya hemos visto que las cosas necesitan ser prácticamente comprendidas para que influyan en un sentido progresivo como factores históricos. En los últimos treinta años nuestro progreso económico ha sido inmenso: la raza de los ganados argentinos ha mejorado, la gran agricultura se ha radicado en el país, se ha construido una extensa red de ferrocarriles, se han cavado puertos, nuestro comercio ha tomado un gran vuelo, han inmigrado al país millones de hombres y capitales extranjeros. Pero nos falta la conciencia de los efectos de todos esos cambios sobre la sociedad argentina, y por eso nuestra política no progresa. Me halaga el creer que esta conferencia es ya una manifestación de la nueva conciencia política.
Y si la marcha de la industria y el comercio debe interesar profundamente al más ideólogo de los políticos, la marcha de la política debe interesar otro tanto a los menos ideológicos de los habitantes del país, pues el retardo del desarrollo político se traduce a su vez en un retardo del desarrollo económico. Si en la República Argentina las ovejas tienen tanta sarna, si de sus millones de vacas apenas se exidorta un poco de manteca, si la tierra tiene todavía tan poco valor, si los salarios son tan bajos, es porque en su política no hay intereses legítimos en juego, y sólo la mueven mezquinos intereses de camarilla.
El progreso económico nos ha incorporado de lleno al mercado universal, del que somos una simple provincia. Esa división internacional del trabajo exige que hagamos inteligentemente nuestra propia gerencia, si queremos conservar nuestra autonomía. Si, atentos únicamente al lucro inmediato, olvidamos que en las sociedades modernas cada hombre tiene un papel político que desempeñar, seremos una simple factoría europea, con una apariencia de independencia política, hasta que quieran quitárnosla, o alguna nación más fuerte nos acuerde su humillante y cara protección.
No disculpemos nuestro atraso diciendo que somos una nación joven, ni con las condiciones especiales del país. El pueblo de Nueva Zelandia, agrícola y pastoril como el nuestro, y con una historia de pocas décadas, tiene instituciones y costumbres políticas que ya otros pueblos imitan. En la Unión Americana, los estados últimamente constituidos en el Far West se dan las constituciones más libres y establecen las prácticas políticas más adelantadas. En la misma Colonia del Cabo, país de negros, cuya población blanca está dividida por cuestión de razas, la política es un modelo al lado de la nuestra: en las elecciones de marzo del corriente año triunfó allí el partido progresista, cuyo programa es la libre introducción de los productos alimenticios, la educación obligatoria, el impuesto sobre el alcohol, la restricción de la venta de licores a los nativos, el desarrollo ferrocarrilero y un voto anual u otro para la defensa marítima del Imperio Británico.
Si nuestra política es nula o contraproducente, como parece indicarlo el desprecio con que muchos hombres de pocos alcances hablan entre nosotros de la política en general debe ser porque políticamente somos un pueblo ignorante y bárbaro, porque recibimos la inmigración de pueblos que tampoco tienen educación política.
Necesitamos, ante todo, que cada grupo social adquiera conciencia de sus intereses políticos.
Contra lo que se afirma comúnmente, en nuestro país las agrupaciones sociales son tan definidas y tan netas, que cualquiera las distingue a simple vista con más facilidad que a un autonomista de un cívico, o un radical, aunque los conozca íntimamente y los siga en sus enredadas contradanzas políticas.
Hay quienes producen para la exportación y quienes para el consumo: en general, los unos tienen el más claro interés en fomentar el comercio exterior del país, los otros en restringirlo.
Hay propietarios que quieren mantener todos los privilegios inherentes a la propiedad legal del suelo, y arrendatarios interesados en que la ley favorezca su ocupación y cultivo efectivos.
Pero estos dos antagonismos no serán fecundados mientras no se declare otro más fundamental, el antagonismo político entre capitalistas y asalariados, la gran lucha de clases que empuja hacia adelante a las sociedades modernas. La palabra no es nueva para nosotros: ya conocemos el carácter de las guerras civiles que tuvieron su acmé en el año veinte. Esa lucha fue inconsciente, velada en parte por ilusiones y fórmulas políticas, no se hablaba de lucha de clases, aunque la lucha fue llevada a sus últimos extremos; luchaba una clase campesina reaccionaria y bárbara contra una clase propietaria, aristocrática y codiciosa. Ahora la lucha de clases es un principio político proclamado en todo el mundo civilizado, es una lucha calculada y prevista entre clases conscientes de su situación respectiva y de las necesidades del progreso histórico. Así que esa gran contienda se desarrolle entre nosotros, la gran propiedad territorial será para nuestro país una razón de rápido desarrollo económico, político, en lugar de ser, como ahora, un motivo de atraso y despoblación. Los capitalistas verán que todo no está dicho cuando en Buenos Aires el corso de Flores es mejor que en Niza y la Opera tan espléndida como en París: tendrán que justificar de otro modo su situación privilegiada y su título de clase "dirigente" y ocuparse de "política", de algo muy distinto de lo que hoy llaman así. Entonces será cuando luchen librecambistas y proteccionistas, propietarios y arrendatarios, cuando el pueblo trabajador no mire con indiferencia cercar los campos o introducir la máquina de esquilar, exija que a todo adelanto en la producción corresponda una mejora de su modo de vida, y vaya así reuniendo fuerzas para su desarrollo ulterior.
Así se formarán entre nosotros los grandes partidos, de los cuales yo no puedo representar ninguno aquí.
Pero, explicando la teoría científica de la historia, debo indicar el criterio general que ella me sugiere para juzgar la marcha económico-política de un país.
Yo diría que el coeficiente del progreso histórico, en su carácter complejo de progreso económico y político, material e intelectual, es el mejoramiento mensurable de la situación de la clase trabajadora. Digo mensurable, para excluir de la cuenta las glorias de la patria, las satisfacciones del honor nacional, el orgullo de ser gobernado por héroes, la esperanza de un porvenir mejor, otros ítems que suelen pesar demasiado en la apreciación de la marcha de los negocios públicos, porque tienen el inconveniente de no ser mensurables. No hay que contar sino los cambios que registra la estadística y pueden ser representados en diagramas: el aumento de los consumos, el alza de los salarios reales, el aumento del porcentaje de niños que van a la escuela y de las personas que frecuentan las bibliotecas, la disminución de la mortalidad y de la criminalidad, el desarrollo societario con fines de socorro mutuo, de cooperación, etcétera.
A la realización de todo esto no concurre el parásito que malgasta el producto del trabajo ajeno, ni el lumpenproletariat, el proletariado de andrajos, que constituye actualmente el grueso de la masa electoral argentina.
Pero concurren todos los esfuerzos que se hagan por aumentar la productividad del trabajo introduciendo mejoras en la producción y el cambio; concurre el Estado, dando condiciones equitativas a los trabajadores que emplea, y respetando a los demás en sus disidencias con los patrones concurre sobre todo el mismo pueblo trabajador, adquiriendo hábitos de asociación y luchando por las reformas que necesita.
¿Qué hacer, pues, para vigorizar nuestra vida política?
El medio no consiste en darse tal o cual denominación de partido, sino en enseñar al pueblo trabajador a pedir las reformas que han de aumentar su bienestar mensurable y en prepararlo para sostenerlas en la lucha política.
Esas reformas son las que necesitan el país en general para seguir el camino trazado por las naciones más adelantadas, para ser económicamente próspero y políticamente libre, para atraer la buena inmigración y poblarse.
Nuestro pésimo sistema monetario es una calamidad para el pueblo y una rémora para el país, aunque puedan creerlo muy bueno los capitalistas criollos, que ven en él un medio fácil de aumentar sus ganancias deprimiendo los salarios. Todo el que trabaje por la valorización de la moneda y el establecimiento de un régimen monetario normal, llenará la función política más importante del momento.
Como la llenará quien combata nuestro sistema tributario que hace pagar al pueblo trabajador los gastos del Estado, arrancándole impuestos de consumo sobre los más indispensables artículos. Hay que pedir un impuesto nacional sobre la propiedad territorial, que reemplace los que hoy se pagan por comer arroz o ponerse camisa. Destinada a ese fin y con carácter permanente, la contribución directa nacional es mil veces más urgente y sería mil veces más ventajosa para el país que la propuesta recientemente por el señor Castex, aunque fuese menos ostensiblemente patriótica. Hay que reclamar para todos los niños la educación elemental efectiva; hay que pedir la higiene y la seguridad en el trabajo; hay que sostener, en una palabra, todas las reformas de aplicación inmediata necesarias para la elevación del pueblo trabajador, que deben ser comprendidas y apoyadas por éste, pues si el pueblo trabajador no las aplicara por sí mismo, serían ilusorias.
Con el mejoramiento mensurable de la situación del pueblo se elevará nuestro coeficiente de progreso histórico, y todo lo demás nos será dado por añadidura.
Tendremos moral política, porque desde luego se habrá formado lo que todavía apenas se ha visto en este país, una opinión activa que no aspire inmediatamente al gobierno, y que vaya de buena fe a las elecciones, sabiendo que no es la mayoría.
Tendremos más vida y carácter nacional, porque los extranjeros se incorporarán a nuestra vida política y porque una nación trabajadora consciente es la que puede defenderse de las imposiciones del capital extranjero, del capital cuyos dueños están fuera del país, que ya abarca nuestros principales medios de transporte.
Tendremos orden, pues la sana conciencia política del pueblo es el mayor obstáculo a las estériles chirinadas con que las facciones actuales pretenden defender la libertad, y porque la revuelta no nace en un pueblo bien alimentado y vestido, como el inglés, sino en un pueblo hambriento, como el italiano.
Y también tendremos ideales. No es necesario profundizar mucho los problemas sociales para comprender que hay desigualdad, para sentir que hay injusticia. No es posible explicar al pueblo trabajador sus intereses inmediatos más simples, sin hacerle comprender su situación de clase explotada. No es posible hacer política científica sin despertar ese espíritu crítico que pone todas las instituciones en tela de juicio. Contra los miopes que ven en la hipocresía un medio de conservación social, no temamos esa crítica. Al contrario, ampliémosla, seguros de que, mientras sea libre y contradictoria, no puede producir ningún mal. Y de ella nacen ideas nuevas, hipótesis de reconstrucción social, ideales de paz y de justicia que desalojan los viejos ideales religiosos, anodinos y estériles. Es como los latinos podemos llegar a superar a los anglosajones, con tanta razón orgullosos de la superioridad que les han dado el carbón y el hierro de sus países, la libertad y el racionalismo relativos de su religión. La ciencia necesita de hipótesis, pero sólo saca fruto de ellas mientras no las cree ciertas y se empeña en comprobar su verdad. Así también la política científica cuenta con los ideales; pero no con los ideales hostiles a una palabra o inseparables de ella, que no existen en la intención, sino en la creencia, que paralizan o matan. Los ideales que empujan al mundo, y con que cuenta la política científica, son los ricos en móviles de vida y de acción, los ideales fecundos que se traducen en hechos.
JUAN BAUTISTA JUSTO

JEAN JAURÉS “La clase obrera no lucha solamente por ella: lucha por la humanidad entera”

JEAN JAURÉS La clase obrera no lucha solamente por ella: lucha por la humanidad entera”

JEAN JAURES

DISCURSO EN LA CAMARA DE DIPUTADOS, 1909

La política republicana y el socialismo


Señores:
...En la política de toda República está planteada por la realidad misma una cuestión sustancial, de la mayor importancia, que no es posible orillarla sin grave riesgo. Se trata de saber cómo podremos reanimar el gusto de las realizaciones sociales y la confianza en un plan de acción reglada, metódica, fecunda, claramente orientada en dirección a ideales precisos y concretos, acomodados a las necesidades de nuestra Francia, donde desde hace muchos años tantos esfuerzos y tantas esperanzas se vienen malogrando. Por graves que sean las causas de nuestra inquietud, no se ha de caer en la desesperación, porque dos cosas me parecen particularmente promisorias. La primera es la existencia en el mundo, a esta hora en que discutimos, de una materia toda ella en espera de acción inmediata.
Si os detenéis a inquirir cuál es la orden del día sobre asuntos de política social en los grandes países civilizados, encontraréis, más o menos desarrollado, un inmenso programa de acción democrática popular encaminado por todas partes a liberar la clase obrera de la doble plaga de la ignorancia y del alcoholismo... ¿Cómo conducir el proletariado a escalar los niveles de su grandeza y de su misión si permitimos que su energía sea envilecida o malignamente sobreexcitada en las fuentes mismas de la vida? Yo decía recientemente a uno de mis contradictores: para que pueda realizarse sin violencias una fecunda revolución social es preciso luchar contra el alcoholismo.
Al lado de las tentativas del tipo indicado, en todos los países cultos se multiplican los esfuerzos legislativos o sindicales para reducir la jornada de trabajo actual...
Al mismo tiempo que se adoptan estas disposiciones, se dibuja cierto movimiento casi universal orientado hacia un socialismo de Estado y un socialismo municipal, que si bien es imagen incompleta de la futura organización socialista, puesto que mantiene la concurrencia y el salario, representa progresos de no poco interés. Por todas partes se organizan instituciones que tienden a sustituir las empresas capitalistas por servicios públicos nacionalizados o municipalizados. Puede haber sin duda en este movimiento períodos de reacción pasajera; pero a través de vicisitudes diversas el movimiento continúa y se amplifica. La mayoría de las municipalidades alemanas poseen ya un dominio industrial de gas, electricidad, agua y transportes urbanos. Las grandes ciudades inglesas han invertido sumas enormes en municipalizar estos servicios. Y nosotros mismos, señores, tendremos que imitar esta política impulsados por la corriente general...
Estas nuevas instituciones han surgido en el mundo moderno bajo formas bien diversas, cuya diversidad misma revela la fecundidad posible de su desarrollo. Aquí, es el municipio dueño absoluto de una parte del dominio industrial...; en otras partes vemos los consorcios establecidos entre el Estado y los capitales privados... En Suiza existen incluso bancos cantonales...
A medida que se consolidan estos ensayos, los ejércitos de algunos países son materia de transformaciones profundas. Entre nosotros se reduce la duración del servicio militar, y no es aventurado afirmar que nos encontramos en el umbral del régimen de milicias... Suiza, conservando como base de su ejército la milicia, le ha dado una organización técnica tan fuerte que hasta el Estado Mayor alemán ha reconocido las excelencias de la institución militar helvética..., basada en el régimen de milicias populares y en un servicio militar de corta duración combinado con la educación de los soldados en municipios y cantones...
...A la hora en que vivimos, lo que necesitan los hombres, lo que falta en los partidos y asambleas, aquello de que más carecen los demócratas deseosos de realizar el progreso no es un programa de acción. Este programa existe y está elaborado no tanto por las iniciativas individuales como por el esfuerzo colectivo que realiza el proletariado de los países libres. No se trata, pues, de ficciones o jactancias de los partidos obreros. Desde hace más de veinticinco años, siempre que se ha realizado o ensayado en cualquier país del mundo alguna reforma social, todos los partidos acabaron por reconocer, los unos con agrado, los otros contra sus íntimos deseos, que tales avances se deben a la inspiración, a la presión, a la influencia cada vez mayor de la clase obrera y del socialismo. Un día es Bismarck quien dice desde la tribuna del Reichstag que «sin la presión del partido socialista no hubiera podido sacar adelante las leyes de seguros sociales». Otro día es Inglaterra quien nos da el ejemplo con su impuesto sobre la renta. Y en Francia hemos oído tachar de socialistas los proyectos de Caillaux estableciendo la imposición sobre las rentas...
...Para salir del estado de atonía y escepticismo en que languidece la vida francesa, es urgente proclamar y organizar una política muy audaz y progresiva..., pero guardándose de incurrir en la ilusión de un reformismo puramente empírico, pues la plena emancipación de la clase obrera no será posible sin transformar el actual régimen de la propiedad.
Aun así, estas reformas de gran aliento son de un interés básico, tanto para el proletariado como para la civilización en general.
Suponed que por un esfuerzo de la clase obrera y de las democracias, esas reformas llegaran a realizarse. Suponed que la educación popular fuese mejor y más fructuosa mediante una especie de dilatación social de la escuela. Suponed que el pueblo sea por fin verdaderamente protegido en sus energías vitales, en el equilibrio de su fuerza nerviosa, contra los estragos de la enfermedad y del alcoholismo, no por vanas frases pronunciadas en los congresos, sino por una vigorosa organización... Suponed además que mediante una serie orgánica de conquistas sociales, concertando las actividades políticas y sindicales, el pueblo trabajador obtiene la jornada de ocho horas, la semana inglesa, la participación en los beneficios de su taller, el seguro contra los accidentes, contra las enfermedades, contra la vejez y contra el paro forzoso; que se le consienta intervenir, no como sujeto pasivo, sino con funciones de control activo en el funcionamiento de las sociedades de seguro. Suponed que las grandes empresas capitalistas son transformadas en servicios públicos, nacionales o municipales, y que la clase obrera es asociada por mediación de sus organizaciones a la gestión de estos servicios democratizados... Si, en efecto, se hiciera todo esto, yo afirmo que al término de un tan grande esfuerzo, cuando en la institución militar penetre también el espíritu democrático, cuando la práctica del arbitraje internacional se haya extendido incluso a los más graves conflictos, entonces, la clase obrera tendrá mayor bienestar, más seguridad, más libertad y cultura; y no solamente mejorarán las condiciones materiales de su vida, sino que tendrá una fuerza superior para enfrentar serenamente la cuestión esencial, el problema decisivo, es decir, esa transformación de la propiedad a cuyo conjuro la multitud de los hombres pasará del estado de sujeción a un estado de cooperación.
Y así, al mismo tiempo que progrese la clase obrera, se obtendrán nuevos progresos y garantías para toda la civilización humana, porque a medida que los trabajadores sean más libres y más fuertes, y estén mejor amparados, y se acostumbren a participar en las grandes iniciativas colectivas, serán mayores las probabilidades de que los cambios sociales se realicen conforme a las leyes de la evolución. En tal caso, los trabajadores durante tanto tiempo amenazados de miseria, y amenazadores a su vez, abordarán el problema final no sólo con más entusiasmo y confianza, sino con mayor cordura, teniendo por anticipado la tranquila certidumbre de un nuevo y más justo orden social.
Pero, señores, ¿es un sueño todo esto? Muchos son los obstáculos y dificultades con que tropieza la clase obrera en el camino de sus justas reivindicaciones. A todos los anhelos del proletariado, a todas las tentativas democráticas se opone la resistencia sórdida o violenta de la clase privilegiada que detenta el monopolio de la propiedad. Los que hoy viven del privilegio ejercen una tenaz acción, usando alternativamente la fuerza o la perfidia; ellos cuentan con el poderío que les da el capital concentrado en sus ruanos; a ellos corresponde ahora el derecho libérrimo de dar o negar trabajo; disponen de la oculta influencia de la gran piensa; a su ventaja juega la dispersión de los esfuerzos que le opone la democracia, diseminada y absorbida por las preocupaciones del penoso vivir; y mientras el capitalismo universal forma un compacto bloque, las fuerzas democráticas aparecen divididas en el mundo y dentro de cada país por la dispersión de sus grupos y partidos en los parlamentos.
De tal manera, señores, es como se alza un obstáculo enorme, a la vez recio y blando, ante todo afán de la clase obrera. Yo digo que la política permanecerá estancada, que la democracia seguirá siendo un régimen incierto en tanto que no haya sido derribado ese obstáculo. Y digo también que sólo existe una fuerza, una sola, que pueda demoler el obstáculo y abrir las rutas del porvenir. Esa fuerza es el proletariado, organizándose por sí mismo, tomando por la cohesión y conciencia de su fuerza plena conciencia de su derecho y de su misión histórica.
«La clase obrera lucha por la humanidad.»
Señores: el proletariado no es una clase mezquina; no es una casta encerrada en el círculo de sus intereses egoístas. La clase obrera no lucha solamente por ella: yo no me cansaré de repetir —es un lugar común del socialismo— que lucha por la humanidad entera. Ella no pide la sustitución de un privilegio por otro privilegio; no dice que al régimen de la propiedad feudal de la tierra haya de suceder el régimen de la propiedad mobiliaria; ella no invoca en su beneficio ningún título de privilegio: invoca un título de humanidad, limitándose a decir que la clase obrera personifica el trabajo, campo de acción abierto a todo hombre que quiera participar en el derecho nuevo con esta ejecutoria, la más noble de todas.
El proletariado así concebido podrá reunir alrededor de sus organizaciones todas las fuerzas dispersas de la democracia y concentrar en un sólido bloque orgánico, junto a los trabajadores urbanos, al proletariado campesino, a los modestos propietarios rurales, articulados en cooperativas, a la pequeña burguesía mercantil y artesana, hoy tan desamparada, a los técnicos profesionales y al trabajador intelectual...
He ahí, señores, cómo está planteado el problema para los socialistas. Nosotros miramos tranquilos el porvenir. Sabemos que la Francia, inmovilizada y detenida hoy, recuperará y reanimará su acción algún próximo día. Motivos hay para maldecir las cosas francesas a la hora presente; pero en este país existe un resorte de valor incomparable, porque a la hora decisiva el pueblo francés siempre ha sabido identificar la esencia misma de la vida con la idea de la revolución y de la justicia social...
Precisamente porque Francia supo cimentar su vida pública sobre la democracia ha sufrido las más trágicas alternativas de grandeza y postración. El día que la democracia reniegue de sí misma, todo se habrá hundido entre nosotros, porque no queda ninguna supervivencia del pasado capaz de llenar el vacío de la libertad. Pero si por el contrario se juntan y exaltan todas las fuerzas de la democracia, entonces, libres ya de los obstáculos tradicionales, el movimiento hacia el progreso podrá ser entre nosotros admirable y sin parangón ninguno.
Termino, señores, ratificando mi confianza en que bajo la impulsión obrera y socialista ese movimiento ascensional lo veremos triunfante para gloria de Francia y bien del mundo.

JEAN JAURES

jueves, 28 de enero de 2016

BERNARDO DE MONTEAGUDO: Corramos a la gloria, y proscribamos de nuestra lista nacional al cobarde que huya del peligro, o al ingrato que pre­fiera la esclavitud. Si alguno abandona a la patria en estos con­flictos, precipitémosle de la roca tarpeyana cargándolo de eter­nas execraciones

BERNARDO DE MONTEAGUDO
Corramos a la gloria, y proscribamos de nuestra lista nacional al cobarde que huya del peligro, o al ingrato que pre­fiera la esclavitud. Si alguno abandona a la patria en estos con­flictos, precipitémosle de la roca tarpeyana cargándolo de eter­nas execraciones

BERNARDO DE MONTEAGUDO

Para una nación débil y cobarde su misma seguridad es peli­grosa, porque abandonándose a un profundo letargo está siem­pre próxima a perder su existencia: mas para un pueblo intrépi­do y enérgico los más graves peligros son otros tantos medios de hacerse respetable. El cobarde se acerca al peligro cuando huye de él, y el intrépido se pone a mayor distancia cuando lo arros­tra. Todos los horrores que forja la pusilanimidad en su delirio no son sino males relativos que sólo atormentan al débil sin te­ner en su objeto más de una existencia ideal. Si el temor no hu­biese llegado a formar una segunda naturaleza en el hombre el número de sus desgracias no hubiera excedido de un prudente cálculo: pero esta pasión fanática y supersticiosa multiplica hasta lo infinito sus miserias, previniendo su incierta y remota existen­cia. La intrepidez al contrario, jamás confunde el presentimien­to con la realidad, ni equivoca los males posibles con los actua­les: sólo teme a los cobardes que deben concurrir a disiparlos, porque sabe que el mayor escollo es la languidez dé los mismos resortes que dirigen el mecanismo de sus fuerzas morales.
Fijemos un principio para analizar sus consecuencias: la pa­tria está en peligro, y sólo nuestra energía, nuestra energía sola podrá salvarla. Yo veo que Roma aniquilada y moribunda des­pués del triunfo de Brenno, no presenta ya sino un cuadro rui­noso de su antiguo esplendor, y que sus habitantes despavori­dos huyen sin esperanza de volver a ver a sus dioses penates: pero luego que el gran Camilo ha desde su retiro de Ar­dea á1 frente de nuevas legiones, y el pueblo recobra su energía con el ejemplo de Manlio, el vencedor se rinde, y se reedifica la capital del mundo, cuando parecía que sus recursos agotados iban a poner un paréntesis eterno en los fastos de su gloria. Al­go más, yo veo que estando para sucumbir la república por el incendiario Catilina y sus cómplices, el celo intrépido de un so­lo ciudadano, del orador de Arpino salvó la patria de tan gran conflicto; y cuando el veneno parecía haber alterado su misma constitución, hasta reducir a un índice abreviado los defensores del orden, pudo no obstante la energía del menor número so­focar el furor de los conjurados. Yo veo por último a un solo Washington cuyo nombre haré su eterno elogio, destruir en las regiones del norte la arbitrariedad y tiranía, asegurar con sus esfuerzos el patrimonio hasta entonces usurpado a millares de hombres, y llevar a cabo sus virtuosos designios venciendo con su energía los escollos que opone a la salud de los hombres la codicia y los resabios de la servidumbre.Pero no busquemos en los anales del heroísmo ejemplos de que no carecemos en el período de nuestra revolución. Hemos visto que la energía nos ha salvado más de una vez sosteniéndo­nos en los conflictos y escasez de recursos con una orgullosa fir­meza, y acabamos de probar en estos últimos días, que para que el pueblo americano despliegue su intrepidez, es preciso que los peligros se presenten complotarlos por decirlo así, y que conver­giendo sus ojos a todas partes a fin de calcular sus recursos se vea precisado a volverlos a fijar en sus propias fuerzas para empeñarlas con mayor ardor. Será una felicidad para un pue­blo que desea ser libre el que llegue a desengañarse y conocer, que mientras no busque en el fondo de sí mismo los medios de salvarse jamás lo conseguirá. Es muy fácil y peligroso que el que se acostumbra a creer que nada puede por sí mismo llegue a ser en efecto impotente para todo, y sólo calcule sus fuerzas por los precarios auxilios que espera recibir: pero cuando co­noce que su energía es tanto más ventajosa cuanto en cierto modo inutiliza las que se le oponen, y que su propio pecho es el muro más inexpugnable contra los ataques que la amena­zan: y considera al mismo tiempo que la fuerza moral de su es­píritu dobla sus fuerzas físicas hasta elevarlo del último grado de debilidad al supremo de vigor y robustez; entonces es muy fácil que cien héroes reunidos triunfen de millares de imbéci­les que calculan su fuerza por el número de sus brazos, sin contar con el corazón que los anima. Todo hombre nivela sus empresas por la opinión que tiene de sí mismo, y la proporción que guarda       es tan exacta que pueden mirarse aquellas como la más fiel expresión del concepto que le inspira su amor propio. El carácter de un espíritu firme y enérgico es creerse superior a todo; de consiguiente él emprenderá lo más arduo y difícil satisfecho de que los escollos que se le presenten no harán más que abrirle el camino de la gloria. Podrá quizá estrellarse en su sepulcro en medio de su carrera; pero aun en­tonces él muere con ventaja, porque muere sin temor, y deja al­ cobarde un monumento que lo aterre.
Pueblo americano, grabad en vuestro corazón estas conse­cuencias y su principio: la energía sola podrá salvarnos; pero ella basta aunque los demás recursos huyan de nosotros; no temáis a ese frenético enemigo que auxiliado de un rival vecino quiere incendiar nuestros hogares, y usurpar por un derecho nominal de sucesión vuestra imprescriptible soberanía. El tiene más vanidad que espíritu, más orgullo que valor; y sus armas sólo pueden ser terribles para otros esclavos iguales a él. Nosotros combatimos por nuestra libertad, combatimos por nuestra cara posteridad, y combatimos por nuestra existencia natural y civil: todo el que sea capaz de sentir, lo será de sacrificarse por tan grandes intereses: para salvarlos quizá no se ne­cesita más que un momento de energía, un instante de intrepi­dez. Corramos a la gloria, y proscribamos de nuestra lista nacional al cobarde que huya del peligro, o al ingrato que pre­fiera la esclavitud. Si alguno abandona a la patria en estos con­flictos, precipitémosle de la roca tarpeyana cargándolo de eter­nas execraciones.


DISCURSO DE JUAN DE GARAY PRELIMINAR A LA FUNDACION DE BUENOS AIRES


DISCURSO DE JUAN DE GARAY PRELIMINAR A LA FUNDACION DE BUENOS AIRES


DISCURSO DE JUAN DE GARAY PRELIMINAR A LA FUNDACION DE BUENOS AIRES

Juan de Garay, Teniente Gobernador y Capitán General en todas estas provincias del río de la Plata, por el muy Ilustre Señor Adelantado Juan de Torres de Vera, Adelantado, Gobernador y Capitán General, Justicia mayor y Alguacil mayor de todas estas Provincias conforme a las capitulaciones que el muy Ilustre Señor Adelantado Juan Ortiz de Zárate, (que haya gloria) hizo con la Majestad Real del Rey don Felipe (fue el II de este nombre), Nuestro Señor, y al mí, por virtud de sus poderes reales, y el dicho Adelantado Juan de Torres de Vera me tiene dados para que, en nombre suyo y de Su Majestad, yo gobierne estas Provincias y haga en ellas las poblaciones que me pareciere ser convenientes para ensalzamiento de Nuestra Santa Fe Católica y para aumento de la Real Corona de Castilla y de León; y así como tal Teniente y Capitán General y Justicia Mayor, he sido recibido en todas las ciudades que están pobladas en esta dicha gobernación, así por mi persona como por mis poderes he sido recibido en ellas, y puestas las justicias de mi mano, y recibido y usado los dichos poderes; debajo de los cuales en todo este tiempo, después que fui recibido, he hecho todo lo que me fía, parecido ser cosa conveniente y necesaria para el bien de esta gobernación, así en pacificar los naturales alterados, como en otras cosas que se han ofrecido; y así, por virtud de los dichos poderes, y en nombre de Su Majestad, yo levanté estandarte real en la ciudad de la Asumpción, y publiqué y mandé publicar la población de este Puerto de Santa María de Buenos Aires, tan necesaria y conveniente para el bien de toda esta gobernación y de Tucumán, y para que se entienda y se predique Nuestra Santa Fe Católica entre todos tos indios naturales que hay en estas provincias; y así, con celo de servir a Dios Nuestro Señor, se asentaron en la ciudad de la Asumpción sesenta soldados, y se metieron debajo del estandarte real, y vinieron y están contigo sustentando esta dicha población; habiendo hecho muchos gastos de sus haciendas, y pasado muchos trabajos en cosas que se han ofrecido. Y así, usando de los poderes reales que Su Majestad el Rey D. Felipe, Nuestro Señor, dio al muy Ilustre Señor Adelantado Juan Ortiz de Zárate, (que haya gloria) para él y para su sucesor y sus capitanes, yo en nombre de Su Majestad he empezado a repartir, y les reparto a los dichos pobladores y conquistadores, tierras y caballería y solares y cuadras, en que puedan tener sus labores y crianzas de todos ganados; las cuales dichas tierras y estancias y huertas y cuadras, las doy y hago merced en nombre de Su Majestad y del dicho Gobernador, para que como cosa propia suya puedan en ella edificar, así casas como corales, y poner cualesquier ganados, y hacer cualesquier labranzas, que quisieren y por bien tuvieren, y poner cualesquiera plantas y árboles que quisieren y por bien tuvieren, sin que nadie se lo pueda perturbar, como si lo hubiese heredado de su propio patrimonio; y como tal puedan dar y vender y enajenar y hacer lo que por bien tuvieren; con tal que sean obligados a sustentar la dicha vecindad y población cinco años, como Su Majestad lo manda por su real cédula, sin faltar de ella, si no fuere con licencia del Gobernador o Capitán que estuviere en la dicha población, enviándoles a cosas que convengan y que sean obligados a acudir, conforme rezare la tal licencia. Donde no, lo sustentaren en esta, o pueda el Capitán o Gobernador repartirlo o encomendarlo de nuevo en las personas que sustentaren la dicha población y sirvieren en ella a Su Majestad. Y porque conviene, por el riesgo que al presente hay de los naturales alterados, que para hacer sus labores más seguras y con menos riesgo de sus personas y de sus sementeras, que cada vecino y poblador de esta ciudad de la Trinidad y Puerto de Buenos Aires, tengan un pedazo de tierra, donde con facilidad lo puedan labrar y visitar cada día; así, en nombre de Su Majestad y de la manera y forma que dicho tengo, les señalo y hago merced, en nombre de Su Majestad, y en la forma que dicho tengo, sus pedazos de tierras por la vera del gran Paraná

sábado, 23 de enero de 2016

OLLANTA HUMALA TASSO “el Estado será un promotor de la inversión y del desarrollo, garante del ejercicio de los derechos y libertades, impulsor de las oportunidades para todos”

OLLANTA HUMALA TASSO
el Estado será un promotor de la inversión y del desarrollo, garante del ejercicio de los derechos y libertades, impulsor de las oportunidades para todos”

OLLANTA HUMALA TASSO


DISCURSO ANTE EL CONGRESO, EN EL ACTO DE TOMA DE POSESIÓN DEL CARGO DE PRESIDENTE DE PERÚ, 28 de julio del 2011

Recibo con humildad y profundo fervor patriótico el cargo de Presidente de la República.
Declaro ante el Congreso, ante los presidentes amigos aquí reunidos y ante el pueblo peruano que, fiel al mandato de las urnas y en pleno respeto al Estado de Derecho, dedicaré toda mi energía a sentar las bases para que borremos definitivamente de nuestra historia el lacerante rostro de la exclusión y la pobreza construyendo un Perú para todos, atento siempre, en los más frágiles de nuestros hermanos. Exigiré el mismo compromiso y la misma energía a todo el equipo que me acompaña en el Ejecutivo.
La democracia peruana será plena cuando la justicia y la paz social, la soberanía nacional y la seguridad de nuestras familias constituyan el zócalo de nuestra nación, cuando la igualdad sea patrimonio de todos y la exclusión social desaparezca aún en los lugares más remotos del país. Queremos que la expresión misma de “exclusión social” se borre para siempre de nuestro lenguaje y de nuestra realidad. Asumiré este reto con mi palabra y con mi vida.
Hace casi un siglo, en 1914, Víctor Andrés Belaúnde, uno de los grandes intelectuales y políticos del siglo XX, al terminar un discurso en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, lanzó a los jóvenes una proclama que era, al mismo tiempo, un grito de batalla y una demanda: ¡QUEREMOS PATRIA!
Esta proclama años después fue recogida por José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre para convertirla en pensamiento y acción. Esa reivindicación de la patria y de la Nación ha sido, como ahora, el sueño encendido de generaciones y de pueblos.
Desde la fundación de la República, la patria constituye una aspiración al destino común, una esperanza, una promesa inacabada por la que el pueblo peruano ha estado siempre dispuesto a entregar su vida en la paz y en la guerra, para defenderla y para legarla a sus hijos con orgullo y con fe.
La patria es nuestra Historia común, es el espacio donde todos los peruanos y peruanas queremos vivir en paz y en democracia. Por ello todos nos sentimos orgullosos de nuestra bandera, símbolo de nuestras luchas y de nuestro amor a la paz.
Esta aspiración a una patria inclusiva es la que abre el camino al progreso social. Para hacerla posible nos presentamos ante el pueblo y por eso estamos aquí. Asumo este reto como un desafío y como una promesa que expreso hoy ante todos los peruanos, y especialmente ante mis hijos y ante todos los niños y niñas de este país, los que serán el Perú de mañana. Este es nuestro patrimonio más rico. Por ellos y para ellos voy a cumplir mi promesa de hacer de este país un lugar donde todos disfruten del mismo derecho a la plenitud y a la felicidad, a una vida digna y a una vejez protegida.
Peruanas y peruanos:
El cinco de junio una mayoría de ciudadanos expresó su deseo de que el crecimiento económico y la inclusión social marchen juntos para transformar nuestro país en una patria de oportunidades para todos.
El incremento desmedido de los conflictos, muchos de ellos absurdamente violentos, nos demuestran, día a día, que es urgente reparar las injusticias, corregir el rumbo y restablecer el diálogo en nuestra sociedad.
El Perú es un país plurilingüe y multicultural. Esta múltiple diversidad constituye sin duda nuestra mayor riqueza. Sin embargo, durante mucho tiempo ha existido un discurso y una práctica de la exclusión, del rechazo a la diferencia, un “tú no eres igual que yo” que cobijó la discriminación y la intolerancia. Esto resulta cuando menos extraño porque los comportamientos excluyentes provienen muchas veces de quienes elogian nuestra diversidad cultural.
Pero, precisamente esa diversidad cultural proviene de entender, que nuestra nación es un crisol de razas y tradiciones. Son ellas las que sustentan, por ejemplo, nuestra extraordinaria gastronomía, hoy admirada y reconocida en el mundo. Porque somos diferentes, pero iguales en el fondo, labramos nuestra existencia en el trabajo y en el esfuerzo cotidiano. Somos mezcla y creatividad. Somos imaginación y trabajo. Y esta diversidad, que queremos integradora y no marginadora, constituye el fundamento de nuestra riqueza.
Nuestro país trabajador, honrado y diverso, se encuentra fracturado y herido. Sufre el abandono de los políticos y de un Estado insensible, burocrático y centralista. Un Estado que le ha dado la espalda al interior del país, un Estado que sufre de “mal de altura o soroche” y que se niega a subir los andes y extenderse en nuestra amazonía. Un Estado acechado por la corrupción y el despilfarro, alejado de sus ciudadanos, incapaz de protegerlos de la violencia y la criminalidad.
Sueño con un Perú donde la vida no sea un riesgo, donde las ciudades sean espacios seguros donde el ciudadano se encuentre protegido. Para esto necesitamos más estado, más patria y que la corrupción sea sancionada.
La democracia expresó en las urnas un mandato y ese mandato debe ser honrado. Restablecer el valor de la palabra empeñada ante el pueblo constituye el eje de la recuperación de un sistema de valores éticos inherentes a la República.
Sin embargo, transformar el país no es tarea fácil. No solo porque el cambio es siempre una tarea de multitudes, sino porque también implica enfrentar y superar nuestros problemas, proponer una nueva manera de convivir. La realidad exige transformaciones para que la igualdad, la tolerancia, el reconocimiento de nuestra diversidad y un desarrollo que nos incluya a todos sea, al mismo tiempo, un acto civilizatorio y un compromiso colectivo. La realidad nos interpela diariamente y nos exige un nuevo contrato social que haga posible la convivencia armoniosa de todos los peruanos.
Evoco aquí nuevamente la figura de Haya de la Torre y su legado, plasmado singularmente en la Constitución de 1979, la ultima constitución de origen democrático, a la que muchos no la han respetado y por eso la olvidan, que constituye para mí una verdadera inspiración por su contenido nacional, democrático y de libertad.
El gran Nelson Mandela, en un célebre discurso pronunciado en el marco de la UNESCO, afirmó, con la convicción que lo caracterizaba, que la igualdad, la equidad económica y la justicia social eran la base de toda democracia. El dijo: “No hay democracia con miseria, no hay democracia con asimetrías sociales”. Y porque creo en la justicia de esta frase, yo he jurado respetar y defender la democracia. Fortalecerla en sus valores igualitarios para hacerla legítima ante el pueblo y así será.
Hoy ante ustedes ratifico este juramento. Quiero que vean en mí a un verdadero soldado de la República, a un celoso guardián del Estado de Derecho y a un defensor de los derechos humanos y de la libertad de prensa y de expresión.
El historiador Jorge Basadre afirmaba ya en 1931 que “el Perú debía terminar su proceso de formación histórica. Dentro de él, vinculado más que nunca al continente y a la humanidad, el país debe encontrar su realidad y su solución” Por eso, para buscar y encontrar una solución integradora para ese Perú, para nuestro Perú “de compartimentos estancos” que describe Basadre, proponemos una Gran Transformación, el inicio de una nueva época, que no es otra cosa que una nueva convivencia entre todos los peruanos.
Nuestra administración será un gobierno para todos.
Las características de este gobierno pueden resumirse en los siguientes términos: reforma, democracia, libertades, inclusión, redistribución, crecimiento, paz con justicia, seguridad, descentralización, transparencia, soberanía y concertación.
Nuestra voluntad no es la de copiar modelos, queremos, como Basadre que el Perú deje de ser el espacio problemático que era y sigue siendo, queremos para ello construir un camino propio, un modelo peruano de crecimiento con estabilidad, democracia e inclusión social. Tomaremos como ejemplo lo bueno de otras experiencias, pero como decía el amauta José Carlos Mariátegui, no habrá calco ni copia sino creación heroica.
El mandato al que hicimos referencia exige responsabilidad en la conservación de los valores sociales, económicos y culturales de lo realizado hasta ahora y que son un patrimonio de todos.
Por esa razón, mantendremos y consolidaremos un crecimiento sano de la economía y sus estándares macroeconómicos; respetaremos las reglas fiscales para afrontar eventuales crisis externas o desastres naturales; la construcción de las obras de infraestructura, grandes y pequeñas; los programas sociales; la promoción del turismo y de la cultura peruana y honraremos los acuerdos comerciales con países y bloques amigos.
Fomentaremos una economía nacional de mercado abierta al mundo que haga realidad nuestro compromiso de crecimiento con inclusión social y democracia.
Esto implica que el Estado sirva como promotor no solo del crecimiento, sino también del progreso social. Priorizando educación, salud y nutrición infantil, mejorando las condiciones de trabajo, particularmente los CAS y Servicios No Personales. Invirtiendo en infraestructura, en escuelas, en postas médicas, en Cunas y mejorando el salario básico.
Un Estado que utilice sus recursos para ayudar a regularizar la informalidad, que ofrezca crédito ventajoso para los pequeños y medianos empresarios y que facilite el espíritu emprendedor de los peruanos que desea abrir su negocio y prosperar.
Quiero aprovechar aquí para transmitirles que el Salario Mínimo Vital de los trabajadores sujetos al régimen laboral de la actividad privada tendrá un aumento inmediato de 75 soles a partir de agosto y de 75 soles más en 2012, para alcanzar así los 750 soles. Pero estos aumentos deben propiciar un proceso continuo de revalorización del salario básico ligado a la productividad y al crecimiento económico, relacionado con una política global de reducción de la informalidad y de preservación y fortalecimiento de las pequeñas y medianas empresas.
Nuestro desafío es realizar esta gran transformación de manera gradual y persistente para que no se acompañe de presiones desestabilizadoras de nuestros equilibrios presupuestarios y macroeconómicos.
Nuestro ideal de cambio no se concibe sin concertación, sin diálogo político y sin el protagonismo de la gente. Con ese propósito, instalaremos un Consejo Económico y Social, en base al actual Acuerdo Nacional cuyas políticas hemos suscrito. Este Consejo será dirigido desde la Presidencia de la República con el acompañamiento del Presidente del Consejo de Ministros, y estará integrado por empresarios, trabajadores y representantes de la sociedad civil. Se abocará a elaborar estudios para la implementación de políticas públicas del gobierno y tendrá un carácter consultivo.
Hacer de la inclusión social una prioridad exige que el conjunto de los programas sociales sean agrupados y articulados en un Ministerio de Desarrollo y de Inclusión Social, para que el desarrollo pueda llegar efectivamente a los que más lo necesitan.
El programa JUNTOS será extendido progresivamente hasta alcanzar los 800 distritos más pobres del país.
Los adultos mayores en situación de pobreza y que no reciben ningún beneficio del Estado deben recibir la solidaridad de la nación. Hogares donde a la edad avanzada se conjuga el sufrimiento de la pobreza, exigen una acción social impostergable. A esos hogares haremos llegar los 250 soles del programa PENSIÓN 65. Su implementación será inmediata y alcanzaremos los 800 distritos más pobres del país progresivamente.
El programa Cuna Más para los niños de 0 a 3 años también se aplicará gradualmente y en los 800 distritos de pobreza extrema del Perú, hoy en la base del programa Juntos. El combate a la desnutrición infantil será una prioridad, apoyado en la implementación de un programa de nutrición infantil que comprenderá desayunos y almuerzos en las escuelas.
Haremos los esfuerzos que sean necesarios para que se alcance en todo el sistema educativo la jornada de 8 horas de estudio e incentivar la cultura del deporte y la recreación, potenciando las competencias interescolares en el campo de la cultura y las disciplinas deportivas, como respuesta al alarmante dato que más de un tercio de alumnos en las grandes ciudades del Perú corren riesgo de obesidad.
Iniciaremos el programa ‘Beca 18’, que integrará los programas existentes y que permitirá que los jóvenes de bajos recursos económicos y con alto rendimiento escolar puedan continuar sus estudios de nivel superior en instituciones públicas y/o privadas, en programas universitarios o de técnicos superiores.
Reforzaremos el sistema de acreditación universitaria. Los títulos a nombre de la nación que en algunos casos prácticamente se regalan, tendrán un riguroso procedimiento nacional en salvaguarda de la calidad educativa.
En el ámbito de Salud, fortaleceremos el sistema de salud e instalaremos el Sistema de Atención Móvil de Urgencia (SAMU) con una experiencia piloto en Lima y tres capitales de departamento y la creación de un Programa de Facilitación de Acceso a Genéricos de Calidad.
Reforzaremos la atención primaria en salud en los distritos más pobres del Perú.
En los próximos 5 años construiremos hospitales en cada una de las 50 capitales de provincia donde aún faltan. Haremos así realidad nuestro compromiso de tener por lo menos un hospital en cada provincia del Perú.
Los campesinos del Perú y, en general los pobres del campo, serán objeto de prioridad. AGROBANCO captará recursos para el otorgamiento de créditos a la agricultura familiar, y estableceremos módulos de desarrollo agrario accesibles a las distintas formas de asociaciones agrarias y de productores.
El Perú establecerá una nueva relación entre el Estado y el mercado, distinta de las fracasadas recetas extremas del Estado intervencionista o del Estado mínimo y excluyente. En esa nueva relación, el Estado será un promotor de la inversión y del desarrollo, garante del ejercicio de los derechos y libertades, impulsor de las oportunidades para todos.
Buena parte de los conflictos del planeta se deben a la carencia de agua. No es posible que el Perú que queremos construir no desarrolle una política de aprovechamiento soberano de los recursos naturales, una política que garantice la explotación racional y equilibrada del agua, la tierra, los bosques, la biodiversidad, el gas y los minerales. Esos recursos de todos los peruanos contribuirán a la eliminación de la pobreza y la desigualdad. Se alentará la actividad privada sobre los recursos naturales, pero estos serán explotados en condiciones de respeto a las poblaciones, a los trabajadores y al medio ambiente.
Asimismo, avanzaremos profundamente en la política de ordenamiento territorial que nos permita establecer de manera participativa el uso racional de nuestro territorio.
Las ganancias extraordinarias de las empresas mineras deben contribuir al esfuerzo nacional en pro del combate contra la pobreza. Los contratos serán respetados y la negociación permitirá, no lo dudo, y repito no lo dudo, que esta significativa contribución beneficie a todo el país. Mi determinación es muy clara, tengo la voluntad y la convicción para alcanzar este objetivo. En ello va mi palabra y mi compromiso con el pueblo peruano.
El gas del Lote 88 de Camisea, será orientado prioritariamente hacia el consumo interno.
Ejecutaremos una política de masificación del consumo del gas natural para llevarlo a los hogares. En 5 años la ciudad de Lima podría contar con aproximadamente 400.000 conexiones.
Con la garantía de cumplir con la legislación vigente que establece la obligatoriedad del abastecimiento del mercado interno, implementaremos acciones para que se reduzca significativamente el precio del balón de GLP, lo que repercutirá favorablemente en la economía de la mayoría de la población peruana, sin introducir distorsiones en el mercado, ni fomentar el contrabando. Asimismo, masificaremos el uso del GNV como combustible barato y accesible a todos.
Insistiremos en la diversificación de la matriz energética a favor del gas y las energías renovables e impulsaremos el desarrollo de la industria petroquímica. En esa medida fortaleceremos la regulación y el acceso competitivo a las fuentes de energía para el transporte, evitando los sobreprecios.
Promoveremos la construcción de hidroeléctricas, fortaleciendo Electroperú y a las empresas eléctricas estatales regionales, y promoviendo las privadas, en un adecuado balance que otorgue prioridad a la demanda nacional. El Estado evaluará la participación de Electroperú en los nuevos acuerdos de inversión.
Reconstruiremos una verdadera Marina Mercante del Perú para ejecutar lo que dispone la Ley de Reactivación y Promoción de la Marina Mercante Nacional. Fortaleceremos el SIMA y ENAPU como empresas eficientes y buscaremos que la construcción de más aeropuertos se oriente también hacia el fomento el turismo.
Tomaremos las medidas necesarias para que el Perú tenga su línea aérea de bandera y que el mercado aéreo comercial sea más abierto y de mayor competencia, sobre todo para abaratar y ampliar la comunicación al interior del país.
En el campo de la infraestructura, se proseguirá con la ejecución de obras viales como los proyectos IIRSA Interoceánica del Sur, Interoceánica del Norte, los programas Costa-Sierra y apoyaremos la elaboración y construcción de proyectos ferroviarios.
El gobierno nacional será el principal aliado de los gobiernos regionales y locales. Una de nuestras primeras medidas será la instalación de un mecanismo de relación fluida del gobierno con los presidentes regionales, incluyendo el reconocimiento de la Asamblea de Gobiernos Regionales.
Para la ejecución de las políticas públicas nacionales, el gobierno realizará reuniones descentralizadas buscando el diálogo con las autoridades regionales, alcaldes y representantes de la sociedad. Los compromisos de mutua obligación serán objeto de seguimiento desde el gobierno.
Consolidaremos el proceso del presupuesto participativo. Fomentaremos la vigencia de los Consejos de Concertación Local y Regional ahora debilitados y en algunos casos hostigados, como expresión de un enfoque de gestión compartida.
En el caso concreto de Lima, que ha crecido de forma desordenada y caótica, daremos continuidad a la inversión en transporte público en la ciudad.
Anuncio que, en el plazo de dos meses, se iniciará una nueva etapa en la reconstrucción de los pueblos del sur afectados por el terremoto del año 2007, lo que se realizará con el concurso de los batallones de ingeniería de las FFAA.
El gobierno hace eco de la alerta mundial sobre cambio climático y se compromete a fortalecer la regulación y dedicarse con seriedad a las labores de preservación de nuestra biodiversidad, del recurso hídrico y de los glaciares. Será una prioridad para nosotros la prevención de desastres.
El gobierno siente que uno de los graves problemas que provoca temor y frustración en las personas es el de la inseguridad. Se arrastran en ello 30 años de fracasos y muy pocos éxitos y los que sufren las consecuencias de la violencia del crimen organizado, el narcotráfico y el pandillaje son los más pobres. Queremos cambiar esa historia de ausencia de liderazgo político y la carencia de una política de estado eficaz en esta materia.
Es necesario desterrar la idea de que la inseguridad es un problema exclusivo de la policía. Por eso anuncio que así como el Presidente de la República preside el Consejo de Defensa Nacional, presidiré también un Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Política de lucha contra la Criminalidad para darle un carácter multisectorial.
Realizando un esfuerzo financiero del Estado, iniciaremos un proceso gradual de eliminación del sistema 1 x 1 en el servicio policial. Incrementaremos los salarios de la policía en el marco de un sistema más amplio que incluya la reforma de remuneraciones de la PNP. Activaremos un Servicio Policial Voluntario, equiparemos y conectaremos a las comisarías a la red digital, estableceremos penales fuera de Lima y de las principales zonas urbanas del país implementaremos el trabajo físico para condenados por graves delitos. Disuadiremos con penas más altas el uso de armas de fuego en la comisión de delitos de cualquier índole. En mi gobierno no habrá perdón para violadores, ni para ningún delito cometido contra un niño o una niña. Combatiremos el feminicidio y propondremos una revisión de la legislación vigente.
Ejecutaremos una política contra las drogas que consolide el modelo peruano de desarrollo alternativo integral y sostenible para convertir a los productores, hoy ilegales, en agentes de una economía legal. No seremos indiferentes frente al incremento alarmante de drogas entre los adolescentes y jóvenes. Respetaremos el debate que en torno a este tema se ha abierto en estos años, dentro y fuera del país, pero nosotros no legalizaremos ninguna droga ni tampoco los cultivos ilícitos y por el contrario los vamos a combatir.
Nuestra política antidroga será soberana y reclamará que se haga realidad la responsabilidad compartida con los países consumidores. Seremos inflexibles en el control de los insumos químicos y el combate a las bandas de narcotraficantes.
Reduciremos la superficie ilegal de sembríos de coca, no permitiremos la extensión de cultivos ilegales, menos aún en parques nacionales y zonas ecológicas. Al mismo tiempo, el Perú podrá tomar la iniciativa de una Cumbre Presidencial Regional Antidrogas con la participación de los países productores y consumidores, a cuyos presidentes he percibido muy preocupados con este tema.
La corrupción es para nosotros un elemento que debilita al Estado y afecta su desarrollo. Es, por lo tanto, un problema de seguridad. En tal sentido, defiendo la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción en agravio del Estado y la inhabilitación a perpetuidad contra sus autores o cómplices para el ejercicio futuro de cualquier función pública; propongo la supresión de las penas condicionales en las condenas por corrupción para que la prisión se cumpla de manera efectiva; y defiendo la eliminación de los beneficios penitenciarios en los casos de corrupción.
Debemos poner fin a las secuelas de la violencia terrorista que vivimos y cumplir con las reparaciones individuales y colectivas. Es necesario que las víctimas y deudos rehagan sus vidas personales y familiares, que miren con otros ojos su futuro porque viven en una patria que los incluye y que los reconoce como peruanos.
En cuanto a la Defensa nacional, en primer lugar queremos recuperar la moral de nuestras Fuerzas Armadas y equiparlas de forma adecuada. Se reformará el sistema remunerativo de las FFAA buscando cerrar la brecha salarial que existe entre los distintos grados. Esto se hará salvaguardando la obligación que tiene el Estado de honrar el pago de pensiones, que es un derecho fundamental consagrado.
Mantendremos la pensión renovable y realizaremos ajustes salariales graduales. Nuestra primera inversión militar será en el soldado. Fortaleceremos el Servicio Militar con incentivos, mejorando el pago a los conscriptos e instalando un Instituto Tecnológico de las FFAA para la enseñanza de especialidades a quienes egresan del Servicio Militar.
Ratifico mi compromiso de desarrollar una política exterior multilateral de cara a nuestra región que tanto ha cambiado en la última década. La integración en el marco de UNASUR y la Comunidad Andina de Naciones será la línea principal de acción.
La solución pacífica de los litigios internacionales es la filosofía que me inspira y particularmente en relación a nuestros diferendos con Chile. Seguros de los fundamentos de nuestra causa que defiendo ardientemente, afirmo que acataremos el fallo del tribunal de La Haya en nuestro reclamo sobre la frontera marítima y estoy convencido que Chile hará lo mismo.
Vivimos en un mundo que cambia día a día y donde emergen nuevos poderes regionales. Las condiciones están dadas para llevar adelante una fructífera integración en la región. No deseamos una economía autárquica, que se mire a sí misma, aislada del proceso de globalización. Queremos, más bien, una economía integrada. Integrada, en primer lugar, con la región y, en especial, con nuestros vecinos andinos y sudamericanos.
Nuestra región es inmensa y rica en recursos pero también en historia y en culturas comunes. Yo les quiero recordar que nuestra independencia fue un proceso regional, donde todos nos hermanamos para lograr nuestra libertad y soberanía. La heroica gesta de nuestros próceres como el general don José de San Martín y el libertador Simón Bolívar, siempre conscientes de la urgencia de la unión de los pueblos de América, fueron los precursores del impulso integrador del presente.”Seguramente, escribía Bolívar, la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración”. Este es aún objetivo pendiente para todos los pueblos de América.
El gobierno se propone reconocer y reivindicar a los 3 millones de peruanos migrantes. Para empezar, mejoraremos la defensa consular de los peruanos en el exterior y rebajaremos el costo de las remesas mediante convenios que realizará el Banco de la Nación. Deseamos que quien desea regresar lo haga y para ello fomentaremos que sea sujeto de crédito.
Los detalles de estas políticas aquí señaladas serán presentadas por la presidencia de Consejo de Ministros, como corresponde, ante el parlamento.
De la tradición militar que no olvido y llevaré en el corazón hasta la muerte conservo orgulloso la tenacidad, la austeridad y el amor por el Perú y sus intereses. En esa tradición, a diferencia de lo que piensan algunos, se sabe mandar pero también obedecer, hay jerarquía pero también fraternidad, hay disciplina pero también intercambio de opiniones.
Esa tradición se funde con el espíritu generoso del Perú, lejano al odio. No vengo en son de guerra sino en son de paz, sin venganza y sin rencor. Yo, que he sido acusado casi de todo, he aprendido a perdonar hace muchos años, antes incluso de hacer política.
Por eso, a los que aún persisten en el encono les pido que bajen sus espadas y sus lanzas.
A los que demandan salarios y derechos les digo que no bajen sus banderas pero que sepan que todo cambio, para ser sostenible, debe ser gradual y racional.
A mis partidarios les pido consecuencia, lealtad, sacrificio, inteligencia y honradez.
A la oposición la llamo a la responsabilidad. Le pido vigilancia y que, desde su posición, respete también el mandato de las urnas, su mandato y el nuestro.
Al terminar reitero que solo soy un soldado de la democracia.
Hay patria para todos
¡Viva el Perú!
OLLANTA HUMALA TASSO