jueves, 28 de enero de 2016

BERNARDO DE MONTEAGUDO: Corramos a la gloria, y proscribamos de nuestra lista nacional al cobarde que huya del peligro, o al ingrato que pre­fiera la esclavitud. Si alguno abandona a la patria en estos con­flictos, precipitémosle de la roca tarpeyana cargándolo de eter­nas execraciones

BERNARDO DE MONTEAGUDO
Corramos a la gloria, y proscribamos de nuestra lista nacional al cobarde que huya del peligro, o al ingrato que pre­fiera la esclavitud. Si alguno abandona a la patria en estos con­flictos, precipitémosle de la roca tarpeyana cargándolo de eter­nas execraciones

BERNARDO DE MONTEAGUDO

Para una nación débil y cobarde su misma seguridad es peli­grosa, porque abandonándose a un profundo letargo está siem­pre próxima a perder su existencia: mas para un pueblo intrépi­do y enérgico los más graves peligros son otros tantos medios de hacerse respetable. El cobarde se acerca al peligro cuando huye de él, y el intrépido se pone a mayor distancia cuando lo arros­tra. Todos los horrores que forja la pusilanimidad en su delirio no son sino males relativos que sólo atormentan al débil sin te­ner en su objeto más de una existencia ideal. Si el temor no hu­biese llegado a formar una segunda naturaleza en el hombre el número de sus desgracias no hubiera excedido de un prudente cálculo: pero esta pasión fanática y supersticiosa multiplica hasta lo infinito sus miserias, previniendo su incierta y remota existen­cia. La intrepidez al contrario, jamás confunde el presentimien­to con la realidad, ni equivoca los males posibles con los actua­les: sólo teme a los cobardes que deben concurrir a disiparlos, porque sabe que el mayor escollo es la languidez dé los mismos resortes que dirigen el mecanismo de sus fuerzas morales.
Fijemos un principio para analizar sus consecuencias: la pa­tria está en peligro, y sólo nuestra energía, nuestra energía sola podrá salvarla. Yo veo que Roma aniquilada y moribunda des­pués del triunfo de Brenno, no presenta ya sino un cuadro rui­noso de su antiguo esplendor, y que sus habitantes despavori­dos huyen sin esperanza de volver a ver a sus dioses penates: pero luego que el gran Camilo ha desde su retiro de Ar­dea á1 frente de nuevas legiones, y el pueblo recobra su energía con el ejemplo de Manlio, el vencedor se rinde, y se reedifica la capital del mundo, cuando parecía que sus recursos agotados iban a poner un paréntesis eterno en los fastos de su gloria. Al­go más, yo veo que estando para sucumbir la república por el incendiario Catilina y sus cómplices, el celo intrépido de un so­lo ciudadano, del orador de Arpino salvó la patria de tan gran conflicto; y cuando el veneno parecía haber alterado su misma constitución, hasta reducir a un índice abreviado los defensores del orden, pudo no obstante la energía del menor número so­focar el furor de los conjurados. Yo veo por último a un solo Washington cuyo nombre haré su eterno elogio, destruir en las regiones del norte la arbitrariedad y tiranía, asegurar con sus esfuerzos el patrimonio hasta entonces usurpado a millares de hombres, y llevar a cabo sus virtuosos designios venciendo con su energía los escollos que opone a la salud de los hombres la codicia y los resabios de la servidumbre.Pero no busquemos en los anales del heroísmo ejemplos de que no carecemos en el período de nuestra revolución. Hemos visto que la energía nos ha salvado más de una vez sosteniéndo­nos en los conflictos y escasez de recursos con una orgullosa fir­meza, y acabamos de probar en estos últimos días, que para que el pueblo americano despliegue su intrepidez, es preciso que los peligros se presenten complotarlos por decirlo así, y que conver­giendo sus ojos a todas partes a fin de calcular sus recursos se vea precisado a volverlos a fijar en sus propias fuerzas para empeñarlas con mayor ardor. Será una felicidad para un pue­blo que desea ser libre el que llegue a desengañarse y conocer, que mientras no busque en el fondo de sí mismo los medios de salvarse jamás lo conseguirá. Es muy fácil y peligroso que el que se acostumbra a creer que nada puede por sí mismo llegue a ser en efecto impotente para todo, y sólo calcule sus fuerzas por los precarios auxilios que espera recibir: pero cuando co­noce que su energía es tanto más ventajosa cuanto en cierto modo inutiliza las que se le oponen, y que su propio pecho es el muro más inexpugnable contra los ataques que la amena­zan: y considera al mismo tiempo que la fuerza moral de su es­píritu dobla sus fuerzas físicas hasta elevarlo del último grado de debilidad al supremo de vigor y robustez; entonces es muy fácil que cien héroes reunidos triunfen de millares de imbéci­les que calculan su fuerza por el número de sus brazos, sin contar con el corazón que los anima. Todo hombre nivela sus empresas por la opinión que tiene de sí mismo, y la proporción que guarda       es tan exacta que pueden mirarse aquellas como la más fiel expresión del concepto que le inspira su amor propio. El carácter de un espíritu firme y enérgico es creerse superior a todo; de consiguiente él emprenderá lo más arduo y difícil satisfecho de que los escollos que se le presenten no harán más que abrirle el camino de la gloria. Podrá quizá estrellarse en su sepulcro en medio de su carrera; pero aun en­tonces él muere con ventaja, porque muere sin temor, y deja al­ cobarde un monumento que lo aterre.
Pueblo americano, grabad en vuestro corazón estas conse­cuencias y su principio: la energía sola podrá salvarnos; pero ella basta aunque los demás recursos huyan de nosotros; no temáis a ese frenético enemigo que auxiliado de un rival vecino quiere incendiar nuestros hogares, y usurpar por un derecho nominal de sucesión vuestra imprescriptible soberanía. El tiene más vanidad que espíritu, más orgullo que valor; y sus armas sólo pueden ser terribles para otros esclavos iguales a él. Nosotros combatimos por nuestra libertad, combatimos por nuestra cara posteridad, y combatimos por nuestra existencia natural y civil: todo el que sea capaz de sentir, lo será de sacrificarse por tan grandes intereses: para salvarlos quizá no se ne­cesita más que un momento de energía, un instante de intrepi­dez. Corramos a la gloria, y proscribamos de nuestra lista nacional al cobarde que huya del peligro, o al ingrato que pre­fiera la esclavitud. Si alguno abandona a la patria en estos con­flictos, precipitémosle de la roca tarpeyana cargándolo de eter­nas execraciones.


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