viernes, 16 de octubre de 2015

RAÚL ALFONSÍN “Illía Creía que el diálogo fecundo despertaría dormidas o aletargadas visiones de fraternidad y solidaridad, así como un nacionalismo defensivo que nunca consideró que debía volcarse contra nuestros hermanos latinoamericanos, sino ante los poderosos de la tierra que parecían incapaces de respetar nuestra autonomía de decisión”

RAÚL ALFONSÍN “Illía Creía que el diálogo fecundo despertaría dormidas o aletargadas visiones de fraternidad y solidaridad, así como un nacionalismo defensivo que nunca consideró que debía volcarse contra nuestros hermanos latinoamericanos, sino ante los poderosos de la tierra que parecían incapaces de respetar nuestra autonomía de decisión”



DISCURSO EN HOMENAJE AL DR. ARTURO ILLIA EN EL 25º ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO - CEMENTERIO DE LA RECOLETA, 18 de Enero de 2008

Quiero comenzar este discurso expresando el honor que significa para mí el hecho de poder rendir homenaje a don Arturo Illia con motivo del 25° aniversario de su fallecimiento, y quiero destacar que no es este un honor común, ni siquiera para un ex presidente de la Nación, ni para el correligionario y el admirador que compartiera con él tantas horas de brega y de esperanza. No debiera tratase de un honor particularísimo y especial, porque cualquier argentino en sus cabales, aun aquellos que fueron sus adversarios, reconoce, desde hace tiempo, la vida y la obra del insigne patriota. Así ha ocurrido y seguirá ocurriendo. Es una distinción, entonces, la que me ha sido conferida, y la agradezco profundamente, ante todo, como ciudadano. Es que la vida y la obra de don Arturo Illia son patrimonio de los argentinos, sea cual fuere el partido al que pertenezcan o con el que simpaticen. Desde luego que los radicales estamos orgullosos de él; desde luego que le profesamos veneración. Pero si trabajó siempre desde nuestro partido, no lo hizo apenas para los radicales. Trabajó para el pueblo entero, para el adelanto político y el progreso social del pueblo entero, sin reparar en banderas o credos.
He dicho vida y obra, automáticamente. Sin embargo, como en los grandes hombres, la vida y la obra eran, en don Arturo Illia, dos facetas de un mismo y solo impulso. Vivía para obrar, y obraba según vivía, gracias a una consustanciación que se volcaba en exclusividad al prójimo, a la causa del género humano, su único interés, su desvelo constante.

Recibido de médico es invitado a permanecer en Buenos Aires en una cátedra, pero prefiere marcharse al Interior, a un remoto pueblo de Córdoba, Cruz del Eje, antesala de los llanos riojanos, donde le habían otorgado un puesto de médico en los Ferrocarriles del Estado.
Illia no conocía aquella aldea establecida casi en un desierto, donde, como él contaba, nunca llovía y el agua a veces no alcanzaba para beber y lavarse. Pero agregaba que se quedó allí porque encontró algo que hacer "como médico y como ciudadano": ayudar a transformar la zona, la forma de vivir de la gente.
Removido de sus funciones tras el golpe de 1930, continuó atendiendo a sus vecinos. Viajó a Europa en 1934, respondiendo a una solicitud del Instituto Pasteur de París. Le ofrecieron un lugar entre sus investigadores, pero ante tamaña oportunidad de vida, ante semejante honra ofrecida por los científicos franceses, él optó por volver a Cruz del Eje, su tierra, donde lo necesitaban mucho más que en Europa, continente que se dirigía irremediablemente hacia la peor y más sangrienta conflagración de la historia del mundo. Destino fatal que Don Arturo divisó cuando visitó la Alemania nazi y la Italia fascista, países en los que pudo observar, según narraba, "cómo las masas podían ser dirigidas, por el temor y la propaganda, hacia donde el gobierno quería".
También estuvo en Suecia, Noruega y Dinamarca, y allí conoció "sociedades democráticas capaces de transformarse a sí mismas" (son sus palabras). "El problema ocupacional, el de la educación, el de la salud, todos se resolvían en paz", señalaba. "Los sistemas autoritarios y violentos presumían de ser más eficaces y expeditivos, pero eran engañosos y por lo tanto frágiles", explicaba Don Arturo. Fue una experiencia, sin duda capital en su vida, y quizás a ella se deba la aceptación de una candidatura a senador provincial en Córdoba, propuesta por sus correligionarios en 1936. Ganó esa banca. Y obtuvo la vicegobernación de Córdoba en 1940, de la que fue derrocado por otro golpe, el del 43.
En 1948 retornó a Buenos Aires, ahora con un mandato de diputado nacional. Más adelante, en marzo de 1962, fue electo gobernador de Córdoba, pero un nuevo golpe de estado le impidió asumir.
Sin embargo, un año y medio después era elegido Presidente de la Nación.
Acompañado en la vicepresidencia por ese gran luchador que fue Carlos Perette, Don Arturo se rodeó de un gabinete de lujo, integrado por Juan Palmero en Interior; Miguel Zavala Ortiz en Relaciones Exteriores y Culto, un ministerio que adquiriría una enorme relevancia durante los tres años de gobierno; Eugenio Blanco en una impecable actuación al frente de la cartera de Economía, quien se rodeó de figuras de la talla de Félix Elizalde, Roque Carranza, Bernardo Grinspun y Alfredo Concepción, de quienes, recordarán, fueron luego estrechos colaboradores míos; Carlos Alconada Aramburu en Educación y Justicia, a quien también tuve el privilegio de tener en mi gabinete; Leopoldo Suárez en Defensa Nacional; Arturo Oñativia en Asistencia Social y Salud; Fernando Solá en Trabajo y Seguridad Social, y a Angel Ferrando en Obras y Servicios Públicos, además de un importante equipo de asesores liderados por Germán López, ese excelente correligionario que 18 años más tarde tuve a mi lado a partir de 1983.
Arturo Illia fue el líder que las circunstancias definitorias de un cambio requerido que la Argentina necesitaba.
Casi no hace falta insistir sobre índices nacionales conocidos durante su gestión. El P.B.I. creció más del 20 % acumulado en los años 1964 y 1965, la industria el 35 %, el salario real se incrementó en más del 10 %, implantándose además el sistema mínimo y móvil; la ocupación aumentó; procuró consagrar la conducción nacional de la política energética; y, como él mismo lo sostuvo sin arrogancia, pero con legítimo orgullo, se luchó “ férreamente contra toda clase de privilegios internos y externos, defendiendo sin temor y sin agravios el interés general y nuestra soberanía nacional”.
Porque aquel gobierno sin venalidades ni ilícitos, aquel gobierno que obedeció a rajatabla los principios constitucionales y mantuvo la más celosa guarda de los derechos humanos, aquel gobierno en el que no se practicó la tortura ni los arrestos ocultos, aquel gobierno en que no se detuvo ni persiguió a un sólo argentino por sus ideas o sus opiniones, aquel gobierno que no cerró diarios ni ejerció censura ni presión alguna, aquel gobierno que se atuvo al federalismo al cabo de décadas de unitarismo disimulado, aquel gobierno que no interfirió en la vida de los partidos ‑incluyendo al justicialismo, al que reintegró a la normalidad electoral en 1965, tras un decenio de vedas y limitaciones‑, ni en la actividad de los sindicatos, los gremios de empresarios, los centros de arte y de ciencia, las universidades, ni en la vida de los creadores y los pensadores, ni en la del mero ciudadano; aquel gobierno que observó no sólo la letra sino además el espíritu de la Constitución de un modo desconocido hasta entonces desde 1930, y no repetido en la larga década y media posterior a su caída; aquel gobierno también fue ejemplar en materia de economía y justicia social.
Fue reducido el gasto público, verdadera hazaña si se recuerda que se elevaron los fondos destinados a la enseñanza, la salud y la vivienda; mermó el déficit fiscal y el de las empresas del Estado (por otra parte, no se adquirió ninguna empresa privada, entonces); y fue disminuida, sí, disminuida, la deuda externa, a pesar de lo cual se incrementaron las reservas del Banco Central.La distribución del ingreso, en fin, alcanzó una armonía inusitada, si se tiene en cuenta que no se logró en desmedro de la producción sino como consecuencia de su mayor volumen. Los sueldos y jornales participaron con el 41 por ciento; los salarios de bolsillo crecieron por encima de los precios, y el salario real aumentó de manera sostenida. Parece innecesario decir que descendió la tasa de desempleo a la mitad, y que se retrajo la inflación, de un promedio del dos por ciento mensual en 1963 a otro del uno por ciento en 1966.
Todos saben de qué forma se defendió el prestigio de la Argentina en el campo internacional, y de qué manera nuestro país se puso a la cabeza de las naciones en vías de desarrollo, para reclamar justicia universal y un nuevo orden económico internacional.
Es necesario recordar también la Resolución 2065 de 1965 de las Naciones Unidas. Para comprender el alcance y proyección de esta Resolución es muy útil tener presente la opinión del embajador Lucio García del Solar, quién estuvo a cargo de la Misión ante las Naciones Unidas durante la presidencia de Arturo Illia (1963-1966). Según recuerda García del Solar, “la gestión del presidente Arturo Illia, en materia de política exterior, mereció un lugar de honor en la historia Argentina por lo que significó la presentación en las Naciones Unidas de la reclamación por las Islas Malvinas que culminó en la Resolución 2065, por la que la comunidad internacional invitó a las partes en litigio a entablar negociaciones para solucionarlo”.
Todos saben de qué manera aumentó el salario real y todo lo que pudo lograrse a través de la instauración del sistema del salario mínimo, vital y móvil; pero también todos hemos aprendido que a pesar de ello, durante aquel tiempo en que los argentinos no habíamos encontrado aún nuestro rumbo, fueron diversos sectores del país -no por mala voluntad ni por falta de coraje, sino porque los argentinos todavía no habíamos encontrado el camino- los que impidieron la consolidación de la democracia y la afirmación de un gobierno que ya había demostrado que era de las mejores administraciones que había tenido la Nación Argentina.
Y así vimos entonces cómo obreros argentinos, llevados engañados por una minoría, desarrollaron un plan de lucha que terminaría por impedirles luchar por lo que realmente debían luchar: las reivindicaciones elementales del sector del trabajo. Así vimos como muchachos estudiantes, en defensa de lo que llamaban los postulados fundamentales de la reforma universitaria, se lanzaban también a una lucha que terminaría con una noche de los bastones largos y la transformación de la Universidad Argentina en apenas un “enseñadero”.
Así vimos también como los sectores de la producción preferían las alianzas corporativas, para terminar en un proceso que todos también conocemos y que nos llevó a la postración económica y al aumento de la dependencia en el campo económico de la Argentina.
Esa confusión en que deambulábamos los argentinos hasta el desencanto, esa intemperancia que nos ofuscaba hasta el revanchismo, ese desinterés por el país en que nos abismábamos hasta el egoísmo, esa falta de confianza en nosotros mismos, en definitiva, fue el caldo de cultivo que necesitaban las minorías lanzadas, una vez más, a urdir nuestro naufragio, porque en la consolidación de la democracia veían, como antaño y como hoy "el fin de sus privilegios y de sus franquicias”.
Creía don Arturo que la Argentina necesitaba una cohesión nacional que no se había dado en su historia, plagada de enfrentamientos y negativas irreductibles. Creía que el diálogo fecundo despertaría dormidas o aletargadas visiones de fraternidad y solidaridad, así como un nacionalismo defensivo que nunca consideró que debía volcarse contra nuestros hermanos latinoamericanos, sino ante los poderosos de la tierra que parecían incapaces de respetar nuestra autonomía de decisión, como en el caso de los medicamentos, que tanto tuvo que ver con el golpe. En el mismo sentido convocó a la firma de la Carta de Alta Gracia, en procura de defender mejor los intereses de nuestra región, cuyas conclusiones fueron compartidas por 77 países en la Conferencia de Comercio y Desarrollo celebrada durante 1964 en Ginebra.
A nadie consideraba enemigo. Buscaba y predicaba con su incansable sentido de la docencia, respeto por el adversario.
Creía que el país necesitaba de un empresariado nacional sólido, comprometido con el bienestar general y la recuperación de la capacidad de decisión nacional.
Creía que necesitaba de un sindicalismo democrático y fuerte, comprometido con la lucha por la dignidad y con la recuperación de la capacidad de decisión nacional.
Creía que el país necesitaba partidos políticos fuertes y definidos, comprometidos con la libertad, la justicia y con la búsqueda de la igualdad, como lo prueba su decisión de integrar rápidamente el padrón nacional.
Sabía que el diálogo no planteaba la homogeneización, así como que la democracia necesita de disensos. Pero comprendía que necesita también y fundamentalmente, consensos especiales capaces de extraer de la competencia política aspectos fundamentales vinculados a políticas de Estado.
Celoso de la individualidad partidaria, sabía también que había que evitar los compartimentos estancos. Nada se conseguiría con partidos políticos compartimentados y asociaciones sociales y económicas compartimentadas. Así no sería posible construir una democracia, y ni siquiera una Patria común. Así se yuxtaponían una patria y una antipatria. Una Nación y una anti-nación.Nos enseñaba don Arturo que los ciudadanos, en tanto usuarios, consumidores, productores, trabajadores, empresarios, profesionales, etcétera, no podían permanecer ajenos a decisiones que originaban consecuencias significativas sobre la calidad de sus vidas y sobre el funcionamiento, las metas y los valores de la sociedad. De todos reclamaba compromiso, participación, y rechazaba con indignación el intento de mantener a grandes capas de la población al margen de la participación en la toma de decisiones que inexorablemente tendrían sus consecuencias en su forma y calidad de vida. Según su criterio, el mal de la democracia provenía del hecho de que muchos se sintieran instrumentos pasivos de decisiones que adoptaban otros, cuando las dirigencias de cualquier clase se les oponían como élites cerradas, cuando eran convertidos en “masa”.
Sostenía que el derecho a las libertades individuales se relativiza si dejamos de preocuparnos por la igualdad. Igualdad política que supone distribución económica y distribución del conocimiento.Solía agregar en sus siempre parsimoniosas conversaciones, que sin duda le agradaban porque sabía que estaba haciendo docencia, que en una democracia deben existir un conjunto de derechos sociales por los cuales se sientan obligados a luchar todos los ciudadanos, sin diferencia en cuanto a la pertenencia a éste o aquél sector, pero que desgraciadamente, no todos entendían el derecho de todos a tener una vivienda digna, la asistencia de la salud asegurada, la educación de los hijos garantizada, y un ingreso adecuado para desarrollar y enriquecer la propia vida. Para un demócrata, insistía, no bastaba con amar la libertad. Creerlo, había que admitirlo, era una enorme falla en nuestra conciencia democrática.
Afirmaba que nadie podía dudar que la educación desempeña un papel central en la construcción de una sociedad democrática, solidaria y moderna.
De ella dependía, de manera principal, el desarrollo de una cultura democrática y secundariamente, la formación de hombres y mujeres aptos para dar respuestas a los crecientes desafíos de los cambiantes y cada vez más complejos sistemas de producción.
En su momento, diversos sectores, ubicados en distintas alas del pensamiento político, que hoy lo respetan, entonces no lo comprendieron.
Vale la pena citar algunas frases de su mensaje a la Asamblea Legislativa: "La Democracia Argentina necesita perfeccionamiento, pero que quede bien establecido: perfeccionamiento no es sustitución totalitaria. El concepto social de la democracia no es nuevo, y no es sólo nuestro. Mas lo importante no es que el sentido social de la democracia esté en nuestras declaraciones políticas o estatutos partidarios, sino que los argentinos tengamos la decisión y la valentía de llevarlo a la práctica. Pero deseamos desde ya alertar a quienes conciban a la democracia social como un simple proceso de distribución. Para que pueda existir justicia de la sociedad para con el hombre es necesario que éste, a su vez, sea justo para con la sociedad y no le niegue o retacee su esfuerzo. Esta es la hora de la reparación nacional a la que todos tenemos algo que aportar. Esta es la hora de las grandes responsabilidades. Esta es la hora de los grandes renunciamientos en aras del bienestar de la comunidad; quien así no lo entienda está lesionando al país y se está frustrando a sí mismo... Todas las fuerzas políticas participan desde hoy, en mayor o menor medida... en el gobierno de la cosa pública... En este proceso de recuperación y transformación social argentina, el Poder Ejecutivo cumplirá su parte”, dijo el flamante presidente en su discurso ante la Asamblea Legislativa.
Pero así como ahora nuestro país parece enmarañado con intereses que se cruzan y se avienen y en ciertos sectores la sociedad pareciera perder valores éticos fundamentales, eran tiempos peores los que vivía la República cuando asumía la Presidencia de la Nación el doctor Arturo Illia. El país estaba en una espesa bruma, en un estado de derrota, a veces daba la imagen de una división casi esquizofrénica entre los hechos y las palabras; no encontraba el rumbo, prisionero el pueblo de una desorientación que le impedía encontrar el camino que lo sacara de la decadencia y de los enfrentamientos, y lo llevara decididamente hacia el crecimiento con equidad y paz. Tiempos duros y difíciles. Por eso no alcanzó un gobierno extraordinario como el de Don Arturo para consolidar la democracia.
Era una Argentina agobiada por décadas de frustraciones, de choques, de infortunios, que parecía haber extraviado el rumbo, que se refugiaba, como vencida, en la búsqueda de soluciones milagrosas. Los argentinos habíamos perdido la confianza, la solidaridad, y éramos como autómatas encastillados en nuestras individualidades, dispuestos a imponer nuestras ideas, no a discutirlas. En este estado de situación, la convocatoria de Don Arturo Illia no fue escuchada por todos.
"Tanto daño puede causar el abuso del poder por el gobierno, como el abuso del derecho por los ciudadanos", advertía el presidente. Nadie ignora que el gobierno no abusó un ápice de su poder. Lamentablemente, fueron los ciudadanos los que abusaron de sus derechos, respetados como nunca antes.
El período de gobierno de don Arturo transcurrió en un momento en el que aun tenía plena vigencia la cultura autoritaria y antidemocrática que se había venido sedimentando en la población desde los años 30.
Su desgraciada destitución invirtió el desarrollo histórico de la Argentina por muchos años, lapso absolutamente irrecuperable, que además nos llevó al dolor de la lucha fraticida, al estancamiento y a la dependencia.
Recuerdo que Woodrow Wilson cuando abogaba por la concreción de la sociedad de las Naciones sostenía que de no tener éxito “el mundo experimentaría una de esas grandes desilusiones, una de esas penetrantes heladas de reacción, que terminaría en un cinismo universal”. Así sucedió, y montados en el desaliento y en el cinismo llegaron los totalitarismos y la guerra.
El absurdo golpe de Estado perpetrado contra el Gobierno de don Arturo Illia, también provocó un verdadero desastre nacional, cuyas consecuencias aún estamos pagando. Se invirtió el sentido del cambio. Vastos sectores de nuestro pueblo comprendieron la naturaleza profundamente antinacional y antidemocrática de un hecho que quebraba una línea de cambio orientada a engrandecer la libertad, la dignidad y la búsqueda de la igualdad, para provocar episodios que en definitiva venían a fomentar la injusticia y la entrega.
Otros sectores, frente a aberrantes y desconocidos desafíos supusieron que por la vía democrática no se lograría jamás un avance, que los esquemas interpretativos clásicos habían perdido utilidad para la correcta comprensión de los nuevos fenómenos, y en última instancia se pusieron a prueba convicciones esenciales y se buscó el cambio por otros caminos que impulsaron verdaderas regresiones.
Es cierto que el derrocamiento de Illia tuvo todos los ingredientes clásicos de los golpes de Estado en cualquier parte del mundo: actividad conspirativa en los cuarteles, connivencia civil, respaldo de grupos económicos, contexto internacional favorable, etc. Pero también es cierto que contó con un sustrato cultural que desde distintos ángulos alimentaba actitudes de desprecio hacia la democracia y que condicionó en gran medida el comportamiento de la población.
Sectores de la oposición, sin duda, desempeñaron un papel importante en este proceso, quizás sin advertirlo, incluyendo la línea de acciones claramente desestabilizadoras que adoptó desde el comienzo su componente sindical, y culminando con el apoyo brindado por el gremialismo al golpe de 1966. También hubo una acción obstruccionista en el Congreso que colocó a la minoritaria representación radical en una situación terriblemente difícil. Era casi imposible, no sólo legislar en general, sino también hasta hacer aprobar un proyecto de presupuesto, tan vitalmente necesario para el funcionamiento normal de todo el sistema.
Se olvidaba que el gobierno de Arturo Illia fue el restaurador de las instituciones de la Nación al reconocer absoluta libertad al justicialismo. Se olvidaba que era un gobierno de transición que debió aceptar las reglas del juego impuestas por la dictadura, como se había demostrado con anterioridad cuando el triunfo del justicialismo en la Provincia de Buenos Aires, fue una de las principales excusas para el derrocamiento de Frondizi.
Aun se mantenía viva en la conciencia política peronista la posición de ruptura con el orden –demoliberal- del que Illia era un claro exponente. Desde este enfoque, la perspectiva de un golpe que pusiera fin a un orden semejante no causaba aprehensión ni estimulaba movilizaciones populares en defensa del sistema. Por el contrario, se diría que hasta resultaba apetecible.
Este fenómeno nutrió entre nosotros una cultura de desprecio por lo que se solía llamar, con un facilismo extremo, “democracia burguesa”. Los sectores sometidos a esta influencia daban la bienvenida a cualquier circunstancia o proceso que sirviera para “agudizar las contradicciones”, lo que para ellos terminaba también por arrojar una luz macabramente positiva sobre los golpes de Estado.
Pero don Arturo Illia tenía comprobado que la democracia, esa alianza estrechísima e indisoluble de las libertades y las justicias, de todas las libertades y todas las justicias, no sólo era el sistema determinado por nuestras leyes sino el régimen apto para el crecimiento material y moral de nuestro pueblo.
Paciente, firme, empeñoso, lúcido, soportó las andanadas de la crítica y los embates de la oposición. Le importaba sobremanera la unión nacional y el bienestar del pueblo, y a estos fines superiores consagró la misma dedicación, el mismo celo y las mismas dotes de político y estadista que había demostrado en sus anteriores gestiones públicas.
Nadie, casi nadie puso en duda, en aquellos años de 1963 y a 1966, la rectitud legal ni la honestidad administrativa de don Arturo Illia y de su gobierno. Pero todos, casi todos desmerecieron la obra económica, social y cultural que llevaba a cabo, o la negaron sistemáticamente. Y sin embargo, ¡qué obra estupenda!
Así, al alba del 28 de junio de 1966, Don Arturo Illia fue desalojado de la Casa Rosada, sin miramientos y con alevosía, como si se tratara de un enemigo; peor, ya que a los enemigos se los considera en el campo de batalla, y se les dispensan ceremonias de las que no gozó este gran presidente de la legalidad y el orden constitucionales, este devoto ciudadano, este patriota cuya sensibilidad social es hoy legendaria.
Este hombre culto y generoso, amante de su pueblo, que apenas derrocado llamó al escribano general de gobierno para formular su declaración de bienes. Sólo conservaba su casa en Cruz del Eje, obsequiada en 1947 por sus vecinos, y los útiles de su consultorio. Había perdido hasta su automóvil y los depósitos bancarios que tenía al asumir.
Mil movilizaciones debieron parar al país la noche de aquel fatídico 28 de junio. Mil movilizaciones del pueblo que gritara libertad. Pero se caían los brazos ante una comunidad nacional que protestaba y que no se sentía feliz. Se caían los brazos en una sociedad donde desgraciadamente los rencores estaban a flor de piel y donde no encontrábamos la fórmula para superar el desaliento y el derrotismo, porque mejores eran los resultados y más negativa era esa actitud casi generalizada de desánimo y a veces de tristeza.
Poco tiempo después de su derrocamiento, sin rencor alguno, escribía este hombre admirable: “seis meses es tiempo suficiente para que nuestros conciudadanos reconozcan cabalmente las consecuencias del cambio operado en la conducción económica del gobierno... La aparente simplificación que supuso la supresión de los controles institucionales para lograr mayor eficiencia, ha fracasado y todos comprendemos ya que la democracia orgánica y seriamente practicada es el único camino capaz de asegurar en libertad u justicia el crecimiento ordenado.”
Señalé al comienzo que Don Arturo había obrado según su vida, y que había vivido de acuerdo con sus obras. Y lo siguió haciendo hasta su muerte, el 18 de enero de 1983, nueve meses antes de que los argentinos, ahora sí libres de la confusión, de la intemperancia, del desinterés; ahora sí confiados en sí mismos, optaran definitivamente por la democracia. No por un partido, no por un hombre; por la democracia, como él anhelaba, como él se había esforzado porque lo anheláramos todos, como él se desveló para que lo sintiéramos todos, para que todos lo entendiéramos, para que todos lo propagáramos, para que todos nos hiciéramos beneficiarios y defensores de la democracia, para que todos abrazáramos las libertades y las justicias, para que todos, en fin, fuéramos dignos de nosotros, y dignos de la Argentina, la Argentina que nos merecemos.
Cuando fui electo Presidente en 1983, tuve la fortuna de ser el heredero, por voluntad de la mayoría, de una Argentina nueva en cuyo nacimiento don Arturo Illia tuvo responsabilidad decisiva. Y ahora los argentinos piden que sus dirigentes no pierdan el rumbo, que no caigamos en nuevas confusiones, en nuevas intemperancias, en nuevos desintereses, que terminemos de desterrar la manipulación, el revanchismo, el egoísmo. Que confiemos cada vez más en nosotros. Que no reiteremos los desastres de aquel tiempo ya lejano y, a la vez, tan próximo.
Que no aticemos el encono, vistiéndolo de expresión de ideas. Que nuestros gobernantes, periodistas, nuestros sindicalistas, nuestros estudiantes, nuestros políticos, nuestros militares, nuestros empresarios, nuestros creadores de arte y ciencia, nuestros religiosos no dejen nunca de divisar el límite entre la democracia y el ataque solapado al sistema democrático. Que no franqueen ese límite, como tantos sectores lo hicieron, a sabiendas o indeliberadamente en los mil días de gobierno de Don Arturo Illia. Insisto con esta frase de Don Arturo: "Si no se vive la democracia, la libertad, la justicia, uno se está muriendo". Basta de morir en la Argentina.
Creo que este es el mensaje para hoy de Don Arturo: la necesidad, no solamente de hacer buenos gobiernos sino la necesidad de hacer docencia de la democracia. Por eso, en estos días que vivimos, donde hemos alejado ya definitivamente el fantasma de los golpes de Estado; en estos días que vivimos, donde por encima de nuestras lógicas discrepancias requerimos un absoluto marco de respeto por las instituciones de la democracia para desarrollar dignamente nuestra vida institucional; en el marco también de discusiones que a veces son agrias, debemos recoger ese mensaje para proclamar sin distinción de partidos políticos que por encima del acierto o del error del gobierno, lo que interesa a los argentinos es una lucha permanente por el estado de derecho, por la calidad de las instituciones de la Nación, por el debido proceso, y por la dignidad de los hombres.
Merecería haber vivido este tiempo don Arturo Illia; con sus dotes de estadista le hubiera sido más fácil desenvolverse en la búsqueda de una República asentada, y en plena lucha para transformar a esta Nación en una democracia con igualdad de oportunidades y en la que cada persona reciba lo que le corresponde por el sólo hecho de vivir en esta sociedad. Hemos aprendido muy duras lecciones y estamos absolutamente persuadidos de que solamente a través de las instituciones de la democracia es como vamos a afianzar la posibilidad de la justicia y de la paz en nuestra patria. Arturo Illia nos dejó su mensaje de paz, de austeridad, su sentido exquisito del respeto por la personalidad humana, y casi por obligación debemos transitar ese camino, exactamente ese camino, para hacer la Argentina que nos merecemos.Illia murió el 18 de enero de 1983, cuando ya podía presentirse el triunfo de sus ideales y el reconocimiento a su lucha.
Hoy nos podemos preguntar si en realidad está muerto este hombre. Si los argentinos somos capaces de aprender de la terrible experiencia que hemos pasado y sabemos juntar el coraje cívico con la madurez política, y todo eso en el tono de una alegría de fondo sin la cual los pueblos marchan hacia el suicidio; si los argentinos aprendimos todo eso, Arturo Illia estará más vivo que nunca entre nosotros.
Querido don Arturo, muchos años después, en un nuevo milenio, así seguimos entendiéndolo.. Muchas gracias por lo que hizo, por lo que nos enseñó y por el legado democrático que perdurará por más tiempo que en la vida de nuestros corazones, en las profundidades de la vocación patriótica de los argentinos.
RAÚL RICARDO ALFONSÍN


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