miércoles, 9 de septiembre de 2015

ROBERT F. KENNEDY “todas las naciones deben marchar hacia una liber­tad cada vez mayor, hacia la justicia para todos, hacia una sociedad fuerte y lo suficientemente flexible como para satisfacer las demandas de todas sus gentes”

ROBERT F. KENNEDY
todas las naciones deben marchar hacia una liber­tad cada vez mayor, hacia la justicia para todos, hacia una sociedad fuerte y lo suficientemente flexible como para satisfacer las demandas de todas sus gentes”



Discurso pronunciado con motivo del Día de Afirmación de la Libertad Académica y Humana Universidad de Ciudad del Cabo 6 de Junio de 1966

Señor rector, señor vicerrector, profesor Robertson, señor Diamond, señor Daniel, señoras y señores:
He venido aquí esta tarde debido a mi profundo inte­rés y mi afecto por una tierra colonizada por los holan­deses a mediados del siglo XVII, tomada por los británi­cos, y que luego alcanzó su independencia. Una tierra en la cual al principio los nativos fueron sometidos, y con quienes las relaciones siguen representando un pro­blema incluso en la actualidad; una tierra delimitada por una frontera hostil; una tierra que ha aprovechado sus recursos naturales mediante la aplicación enérgica de nuevas tecnologías; una tierra que una vez importó esclavos y ahora debe luchar para erradicar los últimos vestigios de ese antiguo sometimiento. Me refiero, por supuesto, a Estados Unidos de América.
Me complace venir aquí a Sudáfrica. Mi esposa, yo mismo y todos los de nuestro partido estamos encan­tados de venir a Ciudad del Cabo. Ya estoy disfrutan­do de mi visita. Hago el esfuerzo de conocer e inter­cambiar puntos de vista con personas de todas las clases sociales y de todos los sectores de opinión de Sudáfrica, incluidos los que representan las opiniones del Gobierno.
Hoy me alegro de reunirme con la Asociación Nacio­nal de Estudiantes de Sudáfrica. Durante una década, la ANES ha apoyado los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y ha trabajado por ellos, principios éstos que encarnan la esperanza colec­tiva de los hombres de buena voluntad en todo el mun­do. Su trabajo a escala nacional y en los foros estudian­tiles internacionales ha supuesto un gran crédito para ustedes y para su país. Sé que la Asociación Nacional de Estudiantes de Estados Unidos tiene una relación especialmente estrecha con esta organización.
Y quiero dar las gracias especialmente a lan Robertson por la amabilidad de haberme invitado en nom­bre de la ANES. Es una lástima que no pueda estar con nosotros esta tarde, aunque antes he tenido el placer de reunirme y hablar con él, y de hacerle entrega de un ejemplar de Perfiles de coraje, un libro escrito por el presidente John F. Kennedy, firmado para él por la viu­da del presidente, la señora Kennedy.
Éste es el Día de Afirmación, una celebración de la libertad. Nos hallamos aquí en nombre de la libertad. En el corazón de la libertad y la democracia occidentales está la creencia de que el hombre como individuo, el hijo de Dios, es la piedra de toque de la estima; y toda la sociedad, todos los grupos y estados, existen para su beneficio. Por lo tanto, el objetivo supremo de cualquier sociedad occidental debe ser la ampliación de la liber­tad de los seres humanos y su puesta en práctica.
El primer elemento de la libertad individual es la libertad de expresión, el derecho a expresar y comuni­car ideas, de distinguirnos de las bestias irracionales del campo y el bosque, el derecho a recordar a los gobiernos sus deberes y obligaciones y, sobre todo, el derecho a afirmar nuestra pertenencia y lealtad a la clase política, a la sociedad, a los hombres con los que compartimos nuestra tierra, nuestro patrimonio y el futuro de nuestros hijos.
De la mano de la libertad de expresión va el dere­cho a que se nos escuche, a tomar parte en las deci­siones del Gobierno, que dan forma a la vida de los hombres. Todo lo que hace que la vida humana valga la pena -familia, trabajo, educación, un lugar para criar a los hijos y un lugar para el descanso-, depende de las decisiones del Gobierno, todo puede ser arrasado por un gobierno que no preste atención a las exigen­cias de su pueblo. Por lo tanto, la humanidad esencial de los hombres sólo se puede proteger y conservar si el Gobierno da respuestas, y no sólo a los ricos, o a los de una religión particular, o a los de una raza, sino a todo su pueblo.
Incluso el Gobierno consentido por los gobernados, como establece nuestra propia Constitución, debe ser limitado en su poder para actuar en contra de su pue­blo: no debe haber injerencia en el derecho al culto ni en la seguridad del hogar, ni imposición arbitraria de sanciones por funcionarios, cualquiera que sea su ran­go, ni restricciones a la libertad de las personas para educarse o buscar trabajo u oportunidades de cualquier tipo. De esta manera todos los hombres podrán llegar a ser todo aquello en lo que sean capaces de convertirse.
Éstos son los derechos sagrados de la sociedad occi­dental. Éstas son las diferencias esenciales entre no­sotros y la Alemania nazi, como lo fueron entre Atenas y Persia. Son la esencia de nuestras diferencias con el comunismo de hoy. Me opongo profundamente al co­munismo porque en él se exalta el Estado más que a la persona y la familia, y porque ese sistema se opone a la libertad de expresión, de manifestación, de reli­gión y de prensa, característica ésta de los regímenes totalitarios. Sin embargo, la forma de oponerse al comunismo no es otra dictadura, sino ampliar las liber­tades individuales. En todos los países comunistas se amenazan los privilegios. Pero, como he visto en mis viajes por diversos lugares del mundo, la reforma no es comunismo. Y la negación de la libertad, en nom­bre de lo que sea, sólo fortalece el comunismo al que pretende oponerse.
Muchas naciones han establecido sus propias defi­niciones y declaraciones de estos principios, y a menu­do ha habido brechas amplias y trágicas entre las pro­mesas y los resultados, entre los ideales y la realidad. No obstante, los grandes ideales nos recuerdan constante­mente nuestros propios deberes. Con penosa lentitud, en Estados Unidos hemos extendido y ampliado el sentido y la práctica de la libertad a todas nuestras gentes.
Durante dos siglos mi país ha luchado para superar el obstáculo impuesto a sí mismo de los prejuicios y la discriminación por motivos de nacionalidad, clase social o raza, una discriminación que niega profundamente la teoría y la autoridad de nuestra constitución. Mi padre nació en Boston, Massachusetts, donde [para ciertos puestos de trabajo] había carteles que decían: «Irlande­ses, absteneos». Una generación después, John F. Ken­nedy se convirtió en el primer católico y en el primer hombre de origen irlandés en ser elegido como jefe de Gobierno. Pero antes de 1961, ¿a cuántos hombres capa­citados se les negó la posibilidad de contribuir al pro­greso de la nación por ser católicos o de origen irlandés? ¿Cuántos hijos de judíos, italianos o polacos vivían sin educación en barriadas y se perdió para siempre su potencial de ayudar a nuestro país y a la humanidad? Incluso en la actualidad, ¿qué precio tendremos que pagar antes de que millones de estadounidenses negros disfruten de todas las oportunidades?
En los últimos cinco años hemos hecho más para garantizar la igualdad de nuestros ciudadanos negros y para ayudar a los desfavorecidos, tanto blancos como negros, que en los cien años anteriores. Pero aún que­da mucho más por hacer; hay millones de negros que carecen de la capacitación necesaria para ocupar los puestos de trabajo más sencillos, y a diario se les nie­ga a miles su plena igualdad de derechos en virtud de la ley; y la violencia de los desheredados, los agravia­dos, los despreciados, se cierne sobre las calles de Harlem, y de Watts, y del sur de Chicago.
En la actualidad un negro estadounidense se pre­para para ser astronauta, puede convertirse en uno de los primeros exploradores del espacio; otro es el prin­cipal abogado del Gobierno de Estados Unidos, y dece­nas son miembros de los tribunales. Otro, el doctor Martin Luther King, es el segundo hombre de ascen­dencia africana que obtiene el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos pacíficos para alcanzar la justicia social entre todas las razas.
Hemos aprobado leyes que prohíben la discrimina­ción en la educación, en el trabajo, en la obtención de vivienda; pero estas leyes por sí solas no pueden supe­rar la herencia de siglos: familias deshechas y niños desnutridos, pobreza, degradación y sufrimiento.
Así que el camino hacia la igualdad de la libertad no es fácil, y el gran coste y el peligro que representa van con nosotros. Estamos comprometidos con el cambio pací­fico; esto es algo muy importante que todos debemos entender puesto que todos los cambios son desesta­bilizadores. Así, aun en la turbulencia de la protesta y la lucha, hay una gran esperanza para el futuro a medida que el hombre aprenda a reclamar y lograr para sí mis­mo los derechos anteriormente solicitados a otros.
Y lo más importante de todo: todo el arsenal del poder gubernamental se ha comprometido con el obje­tivo de la igualdad ante la ley, como ahora nos com­prometemos de hecho a lograr la igualdad de oportu­nidades. Debemos reconocer la plena igualdad de todas las personas ante Dios y ante la ley, y en los cuerpos gubernamentales. Debemos hacerlo no porque resul­te ventajoso económicamente, aunque lo es; no por­que las leyes de Dios así lo dispongan, aunque así lo disponen, y no porque las gentes de otras tierras así lo deseen. Tenemos que hacerlo por la razón única y fundamental de que es lo correcto.
Reconocemos que hay problemas y obstáculos para el cumplimiento de estos ideales en Estados Unidos, y también reconocemos que otras naciones de Amé­rica Latina, Asia y África tienen sus propios problemas políticos, económicos y sociales que representan las únicas barreras para acabar con las injusticias.
En algunos de estos países existe la preocupación de que el cambio suprima los derechos de una minoría, sobre todo cuando esa minoría es de una raza distinta de la mayoritaria. Nosotros, en Estados Unidos, creemos en la protección de las minorías, reconocemos las con­tribuciones que pueden hacer y el liderazgo que pue­den ofrecer; y no creemos que nadie, ya sea de la mayo­ría o la minoría, o ya se trate de cualquier individuo, sea prescindible para la causa de la teoría o la de la política. Reconocemos también que la justicia entre los hombres y las naciones es imperfecta, y que, de hecho, la huma­nidad a veces progresa muy lentamente.
Todos no nos desarrollamos de la misma manera ni al mismo ritmo. Las naciones, al igual que los hombres, a menudo marchan a ritmos distintos, y las soluciones que se presentan para Estados Unidos no se pueden trasladar a otros, ni es ésa nuestra intención. Lo importante es que todas las naciones deben marchar hacia una liber­tad cada vez mayor, hacia la justicia para todos, hacia una sociedad fuerte y lo suficientemente flexible como para satisfacer las demandas de todas sus gentes, inde­pendientemente de su raza, y las demandas de un mun­do inmenso que cambia de manera vertiginosa.
En unas pocas horas, el avión que me trajo a este país cruzó el océano y algunos países que han sido un crisol de la historia de la humanidad. En minutos segui­mos el camino de las migraciones que hicieron los hombres durante miles de años; en un momento fugaz pasamos por los campos de batalla en que alguna vez lucharon y murieron millones de hombres. No vimos fronteras nacionales, ni vastos abismos ni grandes murallas que separaran a unas personas de otras. Sólo vimos la naturaleza y las obras del hombre: casas, fábri­cas, granjas; por todas partes se reflejaba el esfuerzo común del hombre para enriquecer su vida. En todas partes, las nuevas tecnologías y las comunicaciones acercan a los hombres y a las naciones, las preocupa­ciones de unos se convierten inevitablemente en las de todos. Y el hecho de estar tan cercanos está des­montando los falsos mitos, la ilusión de las diferencias que está en la raíz de la injusticia, el odio y la guerra. Sólo el hombre prosaico se aferra todavía a la oscura y ponzoñosa superstición de que el mundo se acaba en la colina más cercana, su universo llega hasta la ori­lla del río, su humanidad queda encerrada en el estre­cho círculo de aquellos que comparten su cuidad, sus puntos de vista o el color de su piel.
Es tarea de ustedes, los jóvenes de este mundo, des­terrar de la civilización los últimos vestigios de esa anti­gua y cruel creencia.
Cada país tiene distintos obstáculos y distintos obje­tivos, determinados por los caprichos de la historia y la experiencia. Cuando hablo con jóvenes de distintos lugares del mundo, no me impresiona la diversidad de sus metas, sus deseos, sus preocupaciones y sus espe­ranzas para el futuro, sino la proximidad de éstas. Exis­te discriminación en Nueva York, desigualdad racial en el apartheid de Sudáfrica, servidumbre en las monta­ñas de Perú. Hay personas que mueren de hambre en las calles de India, ejecutan sumariamente a un ex pri­mer ministro en el Congo, en Rusia encarcelan intelectuales, y miles de personas son masacradas en Indo­nesia. En todo el mundo la riqueza se gasta con profusión en armamentos.
Estos males son diferentes, pero son obras comu­nes del hombre. Son el reflejo de las imperfecciones de la justicia humana, de la falta de compasión, de la falta de sensibilidad hacia el sufrimiento de nuestros semejantes. Estos males limitan la capacidad de usar nuestros conocimientos en pro del bienestar de los seres humanos de todo el mundo. Por ello claman por las cualidades comunes de conciencia e indignación, por una voluntad compartida para eliminar el sufri­miento innecesario de seres humanos del país y de todo el mundo.
Son estas cualidades las que hacen de los jóvenes de hoy la única y verdadera comunidad internacional. Es más, creo que nos podríamos poner de acuerdo sobre qué tipo de mundo queremos construir. Sería un mundo de naciones independientes que iría hacia una comunidad internacional, y todas ellas protegerían y respetarían las libertades humanas fundamentales. Sería un mundo en el que se exigiría a todos los gobier­nos que afrontaran sus responsabilidades para garantizar la justicia social. Sería un mundo en el que el pro­greso económico se aceleraría constantemente sin que el bienestar material fuera un fin en sí mismo sino un medio para liberar la capacidad de todo ser humano para desarrollar su talento y perseguir sus esperanzas. Sería, en definitiva, un mundo de cuya construcción todos nos sentiríamos orgullosos.
Al norte de aquí hay tierras de retos y oportunida­des, ricas en recursos naturales: la tierra misma, los minerales y la gente. Sin embargo, son también tie­rras enfrentadas a grandes problemas: una ignoran­cia abrumadora, tensiones y luchas internas, y los gran­des obstáculos que suponen el clima y la geografía. Muchos de estos países fueron oprimidos y explota­dos cuando eran colonias; no obstante, no se han ale­jado de las grandes tradiciones de Occidente. Espe­ran progresar y estabilizarse, y su progreso y su estabilidad dependen de que cumplamos con nues­tras responsabilidades hacia ellos para ayudarlos a salir de la pobreza.
En el mundo que queremos construir, Sudáfrica pue­de desempeñar un papel destacado de liderazgo. Este país es sin duda un depósito preeminente de la rique­za y el conocimiento del continente. Aquí se encuen­tra la mayoría de investigadores científicos de África, y la mayoría de centros de producción de acero, y la mayoría de las reservas de carbón y energía eléctrica. Muchos sudafricanos han contribuido enormemente al desarrollo técnico en África y al de la ciencia a esca­la mundial. Los nombres de algunos de ellos son cono­cidos en los lugares donde se lucha contra los estra­gos causados por las enfermedades tropicales y la peste. En sus facultades y centros de investigación, aquí, dentro de este mismo público, hay cientos y miles de hombres y mujeres que pueden transformar la vi­da de millones de personas.
Pero la ayuda y la dirección de Sudáfrica o de Esta­dos Unidos no pueden aceptarse si nosotros, en nues­tros propios países, o en nuestras relaciones con los demás, negamos la integridad individual, la dignidad humana y la igualdad de los hombres. Si queremos ir al frente fuera de nuestras fronteras, si queremos ayu­dar a los que lo necesitan, si queremos cumplir con nuestras responsabilidades para con la humanidad, debemos, en primer lugar, derribar las fronteras que la historia ha levantado entre los hombres dentro de nuestras propias naciones: las barreras de la raza y la religión, las de la clase social y la ignorancia.
Nuestra respuesta es la esperanza del mundo: es confiar en la juventud. Las crueldades y los obstáculos de este planeta que cambia velozmente no cederán ante dogmas obsoletos y consignas agotadas. El mun­do no puede ser movido por los que se aterran a un presente que ya está muriendo, por los que prefieren la ilusión de la seguridad a la emoción y el peligro que supone el progreso, aun el más pacífico.
Este mundo exige las cualidades de la juventud: no un momento de la vida sino un estado del espíri­tu, una tendencia de la voluntad, una cualidad de la imaginación, un predominio del valor sobre la timi­dez, del afán de aventura sobre la comodidad de lo fácil. Este mundo exige hombres como el rector de esta universidad.
Vivimos en un mundo revolucionario y, por lo tan­to, como he dicho en América Latina, Asia, Europa y Estados Unidos, son los jóvenes quienes deben tomar la iniciativa. En consecuencia, tanto ustedes como sus jóvenes compatriotas de todas partes tienen una carga de responsabilidad mayor que la que haya tenido cualquier generación anterior.
Dijo el filósofo italiano Nicolás Maquiavelo: «No hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de administrar que la elabo­ración de nuevas leyes». Ésta es la magnitud de la tarea de su generación, y el camino está repleto de peligros.
En primer lugar está el peligro de la apatía: la creen­cia de que no hay nada que un hombre o una mujer puedan hacer en contra los múltiples males que azotan el mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han salido de la labor de un solo hombre. Un joven monje impulsó la Reforma protestante, un joven general extendió un imperio desde Macedonia hasta los con­fines de la tierra; y una joven reclamó el territorio de Francia. Fue un joven explorador italiano quien descu­brió el Nuevo Mundo. Y a sus treinta y dos años de edad, Thomas Jefferson proclamó “que todos los hombres son creados iguales”. Arquímedes dijo: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo».
Estos hombres cambiaron el mun­do, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiaron por si mismos el rumbo de la historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos estos actos será la historia que escriba esta generación.
Miles de voluntarios de los Cuerpos de Paz están marcando la diferencia en aldeas aisladas y en barria­das de decenas de países. Miles de hombres y mujeres desconocidos resistieron en Europa la ocupación nazi, y muchos murieron, pero todos contribuyeron hasta el final a la causa de la libertad en sus países.
Es en base a innumerables actos de valentía y esperanza como la historia humana queda escrita. Cada vez que un hombre lucha por un ideal, o actúa para ayudar a otros, o sed rebela ante injusti­cia, está generando una pequeña ola de esperanza, y millones de esas pequeñas olas, cruzándose entre sí y sumando intensidad forman un tsunami capaz de derrumbar los más poderosos muros de resistencia y opresión.
«Si Atenas te parece grande», dijo Pericles, «consi­dera entonces que sus glorias fueron alcanzadas por hombres valientes, y por hombres que aprendieron sus deberes». Ésa es la fuente de toda grandeza en todas las sociedades, y es la clave para el progreso en nues­tro tiempo.
El segundo peligro es el del interés personal de quie­nes dicen que las esperanzas y las creencias deben ceder ante las necesidades inmediatas. Naturalmen­te, si queremos actuar de forma eficaz, debemos tra­tar con el mundo tal y como es; tenemos que hacer las cosas. Pero si hay algo por lo que el presidente Ken­nedy luchó, y que tocó en lo más profundo el senti­miento de los jóvenes de todo el mundo, fue su fe en que el idealismo, las grandes aspiraciones y las pro­fundas convicciones no son incompatibles con la for­ma más práctica y eficiente de los programas, su fe en que no hay ninguna incompatibilidad fundamental entre los ideales y las posibilidades reales, su fe en que no hay división entre los más profundos deseos del corazón y la mente, y la aplicación racional del esfuer­zo humano para resolver los problemas de la humani­dad. No es realista ni práctico resolver problemas tomando medidas que no estén guiadas por objetivos y valores morales, a pesar de que todos conozcamos a alguien que afirma que sí es posible. A mi juicio, se tra­ta de una locura irreflexiva, porque no se tienen en cuen­ta las realidades de la fe, la pasión y las creencias, fuer­zas estas que en última instancia son más poderosas que todos los cálculos de nuestros economistas o nues­tros generales. Por supuesto, para adherirse a las nor­mas y al idealismo, y para hacer frente a los peligros inmediatos, se requiere un gran valor y una gran con­fianza. Pero también sabemos que sólo aquellos que se atreven a arriesgar mucho pueden lograr mucho.
Este nuevo idealismo es también, a mi juicio, el patri­monio común de una generación que ha aprendido que mientras la eficiencia puede llevar a hechos como el de los campos de Auschwitz, o el de las calles de Budapest, sólo los ideales de la humanidad y el amor pueden escalar la colina de la Acrópolis.
Un tercer peligro es la timidez. Pocos son los hom­bres dispuestos a desaprobara sus semejantes, a cen­surara sus colegas, a desatar la cólera de la sociedad. El valor moral es menos común que la valentía en la batalla o una gran inteligencia. Sin embargo, es la cua­lidad esencial y vital de los que tratan de cambiar el mundo. Aristóteles nos dice que «en los Juegos Olím­picos no se corona a los más hermosos ni a los más fuertes, sino a los que compiten. También en la vida, los que actúan rectamente son quienes alcanzan el premio». Creo que en esta generación, los que tienen el valor de enfrentarse a los conflictos encontrarán compañeros en todos los rincones del mundo.
Para quienes vivimos en condiciones privilegiadas, amigos, el otro peligro es la complacencia: La tentación de seguir el fácil y cómodo camino de la ambición personal y el éxito económico que tan difundidos se encuentran entre aquellos que disfrutan del privilegio de recibir una educación. Pero ese no es el papel que la historia nos ha asignado. Hay un dicho popular chino que dice «ojalá, vivas tiempos interesantes». Nos guste o no, vivimos tiempos inte­resantes. Son tiempos peligro, e incertidumbre, pero también tiempos más abiertos a la creatividad humana que nunca antes en la historia. Y todos y cada uno de nosotros sere­mos juzgados; nos juzgaremos a nosotros mismos, y por el alcance en que nuestras metas e ideales han contribuido a moldearlo.
Ahora nos separaremos, yo iré a mi país y ustedes se quedarán aquí. Pero pertenecemos, si es que un hombre de 40 años puede reclamar ese privilegio, a la mayor generación de jóvenes del mundo. Todos y cada uno de nosotros tiene su propio trabajo que hacer. Sé que a veces se sentirán muy solos con sus problemas y dificultades, pero quiero decir lo impresionado que estoy por lo que ustedes representan y por el esfuer­zo que hacen, y lo digo no sólo en mi nombre, sino en el de los hombres y mujeres de todo el mundo. Espe­ro que se animen al saber que hay jóvenes en todo el mundo que luchan por resolver sus problemas como ustedes los propios. y que todos se unen en un propó­sito común. Al igual que los jóvenes de mi propio país y de todos los países que he visitado, ustedes están, en muchos aspectos, más estrechamente unidos a sus contemporáneos que a las generaciones de más edad de cualquiera de estas naciones. Ustedes están llama­dos a construir un futuro mejor.
El presidente Kennedy se dirigía a los jóvenes de Estados Unidos, pero también se dirigía a los jóvenes de todo el mundo cuando dijo que «la energía, la fe, la devoción que pongamos en esta empresa iluminará a nuestra patria y a todos los que la sirven, y el resplan­dor de esa llama podrá en verdad iluminar al mundo». Y añadió: «Con una conciencia limpia como única recompensa segura, y con la historia como juez último de nuestros actos, salgamos a conducir esta tierra a la que amamos, pidiendo ayuda y bendición a Dios, pero conscientes de que su trabajo aquí debe ser realizado por nosotros ».
Muchas gracias.
ROBERT F. KENNEDY


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