viernes, 26 de junio de 2015

CONDE DE SAN LUIS (Luis José Sartorius y Tapia) ¿ha de ser un crimen que se arrebate a un hombre su patrimonio material, y no lo será el que se le arrebate su patrimonio moral e intelectual?

CONDE DE SAN LUIS (Luis José Sartorius y Tapia)

¿Ha de ser un crimen que se arrebate a un hombre su patrimonio material, y no lo será el que se le arrebate su patrimonio moral e intelectual?




DISCURSO PRONUNCIADO EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS, 9 DE JUNIO DE 1866,CONTRA EL PROYECTO DE SIETE AUTORIZACIONES

«Pieza oratoria magistral cuando se trata de rebatir a los gobiernos que sin hacerse cargo de sus propios errores, pretenden descalificar a sus adversarios, recordándoles sus errores pasados»

El Sr. Conde de SAN LUIS.— Señores: al asistir a estos debates, al ver su prolongación durante tantos días, al tomar parte en ellos, me he persuadido de que en política mas que en nada la verdad es a veces inverosímil. Inverosímil es, en efecto, la tenacidad con que el Gobierno se obstina en continuar en ese puesto y en mantener unos proyectos universalmente rechazados, y que, si se aprueban, solo traerán funestos desastres, después de perturbadoras convulsiones.
¡Oh! Si las palpitaciones del patriotismo no fueran en mi pecho mucho mas fuertes que las de mi amor propio, ¡con qué placer no vería yo realizarse cuanto os he pronosticado no hace mucho, Sres. Diputados! Yo os dije que no teníamos Gobierno representativo; que la contradicción, la hipocresía, la amenaza y la fuerza, bases de la política vicalvarista, os llevaría por rumbos desconocidos adonde nadie había ido. Acaso tacharíais de erróneos mis juicios, de exagerados mis temores, de absurdos mis vaticinios. Desgraciadamente para todos, yo no podía equivocarme, como nadie equivoca la luz del día con las tinieblas de la noche.
Os protesto de nuevo que mi pena es tan grande como sincera por el espectáculo que el Gobierno español está dando. Tomo parte en esta discusión contra todo el torrente de mi voluntad. Lo he hecho lo mas tarde que me ha sido posible, en la esperanza, que no quería desechar, de que retrocediese el Gobierno ante el abismo.
Perdida esa esperanza, voy a entrar en el debate, rogándoos que no votéis lo que se os pide, porque esa política es una sugestión del despecho, nacido a su vez de la impotencia. No está inspirada por una gran necesidad, sino por una serie de desastres que no quieren reconocerse ni que nosotros los reconozcamos.
Yo, que os disculpo de que dieseis, vuestro apoyo a los que sagazmente encubrían sus designios, no podría disculparos, ni el país conmigo, después de haber arrojado con ira el antifaz que los desfiguraba.
Antes se os pedía vuestra cooperación para medidas que, aunque no formasen un sistema, eran al fin constitucionales, y con ellas se os prometía la conservación del orden, el desenvolvimiento de la prosperidad pública, el afianzamiento de las instituciones, la regularidad, la economía, la recta administración. Ahora se os pide todo, que lo deis todo; con esas mismas palabras se os ha propuesto. ¿Y en cambio de qué bienes, de qué ventajas se os pide tan imposible sacrificio? Al derramar la vista de vuestra inteligencia por todos los horizontes de esas cuestiones morales y materiales, os daréis respuesta. Ocasión habrá de recordar el estado de las cosas públicas en el curso de mi peroración.
Entre tanto, hasta el más obcecado de vosotros lo habrá conocido ya. Aquí no hay más política que la de una rebajada dictadura. Política personal, caprichosa, obstinada en conservar el poder a toda costa. Omnia pro dominatione.
Esta política, cuando se planteó en sus períodos de contradicción e hipocresía, era tratada por amigos y adversarios con cierto desden. Al calificarla se le aplicaba con preferencia el sarcasmo y hasta el epigrama. Sus autores, sus auxiliares, y hasta sus impugnadores, solían reírse de la gracia, aunque algunas de sus evoluciones destilasen sangre y fueran otras repugnantes.
En sus períodos de amenaza y de fuerza se ha invocado unas veces la suprema ley de la necesidad; otras se ha sacudido la responsabilidad; resultando, por ejemplo, que las amenazas escritas nadie las ha escrito, como resultará cuando convenga que las palabras aquí pronunciadas pidiéndolo todo para el general O'Donnell, y contra las cuales nadie ha protestado, no afectan ni comprometen a nada ni a nadie.
Pues bien: esas contradicciones que han sido calificadas con la sonrisa, esa habilidosa hipocresía, esas amenazas y esos alardes de fuerza, tirando la piedra y escondiendo la mano, son tan dictadura como la que hoy se os pide.
Y no la dictadura grande, salvadora, que surge de las entrañas de una sociedad necesitada de ella, sino una dictadura raquítica, como planta criada en estufa al calor de pequeñas ambiciones de mando sin prestigio, y de efímero poder. (Muy bien.)
Los hábitos y las empresas del Duque de Tatuan lo llevan a la arbitrariedad. Como ha conseguido que durante algún tiempo todo se le someta, insensiblemente se va a lo arbitrario.
Procuraré demostraros la exactitud de las anteriores aserciones, que como veis, son hoy el tema de mi discurso.
Hemos convenido todos, porque en esto no puede haber divergencia entre amigos y adversarios, en que la idea que ha hecho formar de sí la unión liberal es ser una transacción, un término medio entre los partidos que existían. Pero en la contestación al último discurso de la Corona demostré yo, y ahora se ha corroborado en todos los discursos, que el vicalvarismo en oposición a un Gobierno moderado se puso decididamente al lado de los progresistas y demócratas. Si el Gobierno no hubiese sido moderado, el vicalvarismo habría seguido distinto rumbo.
Pero concretándome al último período, es indudable que la posición liberal que tomó el vicalvarismo fueron sus títulos para volver al mando. ¿Cuáles fueron los efectos de estas medidas? Los contrarios, a los que ellos creyeron e hicieron creer en todas las regiones. Los progresistas se exasperaron más y mas, porque al ver ejecutar sus medidas, eran rechazadas sus personas como partido.
El deber de una administración así derrotada en la base de su política, era retirarse; pero no lo hizo, y estalló la insurrección militar.
¿La venció? El Marqués de los Castillejos y sus parciales habrían sido vencidos, si en vez de un contratiempo o un desengaño hubiesen sufrido un escarmiento.
¿La ha dominado? ¿Ha extirpado el espíritu revolucionario en el ejército? ¿Puede hacerlo? En este punto, señores, no quiero contestar yo al actual Gabinete. Hay ciertas cuestiones que puede creerse que me afectan a mí demasiado; que las debo yo juzgar por la pasión, con encono; no quiero ser yo el que de respuesta al importante argumento que presento, importantísimo, de inmensa trascendencia.
Ha dicho el Sr. Ministro de la Gobernación en varias ocasiones que en Madrid se ven las cosas por un prisma político apasionado, por la pasión ofuscada; pero que en las provincias se juzgan con imparcialidad, con recto criterio, con desapasionado juicio las cualidades del Gobierno. Pues bien: yo voy a apelar a un breve artículo de un periódico de provincia, a un periódico que jamás se personaliza y que se distingue entre todos los de España por su sensatez, El Comercio de Cádiz (Rumores), periódico moderado, sí, es cierto, es un adversario del Gobierno; pero no soy yo (entiéndase bien cómo presento el argumento, le presento de buena fe), no soy yo quien así discurre. El Comercio, periódico de la culta, de la ilustrada Cádiz, en su número de 25 de Mayo último dice:
«La cuestión de orden público vuelve a estar a la orden del día. Los periódicos hablan de una conspiración descubierta en Barcelona y de prisiones hechas en Madrid y en otros puntos del reino, siendo de notar que los presos son todos militares.
Ahora, como en el mes de Enero, el peligro viene de una parte del ejército que parece muy minado por la revolución, lo cual hace poco favor a la perspicacia y a la influencia del general O' Donnell, que después de tantos años de tener a su cargo, con leves interrupciones, la alta dirección del ejército, no parece haber ganado en él toda la autoridad moral necesaria para evitar que se repitan sucesos lamentables entre muchos de sus subordinados.
Es este uno de los males mas graves que pueden afligir a nuestra patria. Fuera de España no existe hoy en Europa un solo país donde se conciba siquiera la posibilidad de un movimiento militar, como base, como principio de una revolución política. Es necesario trasladarse a las desdichadas repúblicas americanas para encontrar algo igualó parecido a lo que aquí se proyecta quizás en no sabemos qué conciliábulos revolucionarios. Esto, suponiendo que no sea una alarma falsa la que los mismos periódicos ministeriales están promoviendo con sus noticias.
Y sin embargo, lo que pasa o se dice está pasando en el ejército, tiene una explicación muy sencilla. Es que el general O'Donnell encuentra en sus antecedentes, en sus compromisos, en la triste necesidad que un día se impuso de alentar las sediciones militares y de premiar hasta con exceso a sus autores, un obstáculo insuperable para arrancar esa mala semilla, de la fuerza armada. Esta situación especial, especialísima del general O'Donnell, neutraliza lo que puedan valer en otro sentido sus condiciones de carácter, que a fuer de adversarios leales nos complacemos en reconocer.
Ayudado por su experiencia, por su energía, por su perseverancia, el Duque de Tetuan ha podido hacer frente con éxito a los gravísimos peligros que corrió el país en el mes de Enero: podrá, si se quiere, sofocar otra u otras insurrecciones como la de entonces; pero no conseguirá nunca cortar el mal de raíz, porque la raíz del mal está precisamente en su nombre, en lo que su nombre significa en el ejército, como bandera de un partido que es revolucionario cuando le conviene, y no como elemento de orden puesto al servicio de todo Gobierno legítimamente constituido.
No es solamente el recuerdo de 1854 lo que desautoriza al general O'Donnell para matar el espíritu revolucionario en el ejército. Lo que principalmente le desautoriza es esa tendencia fatal del vicalvarismo a pasar por encima de los principios de orden cuando no puede explotarlos en favor de sus propios intereses. Hiciera el general O'Donnell lo que hacen otros generales dignísimos, que es pronunciarse enérgicamente, en el poder lo mismo que en la oposición, contra toda especie de revoluciones, y mas todavía contra las revoluciones militares, y el general O'Donnell tendría la autoridad moral de que hoy carece para impedir que diese sus frutos de vez en cuando la mala semilla que él ha sembrado en el ejército.
¡Dios quiera que no tengamos que llorar, cuando sea ya tarde, las funestas consecuencias de esa política escéptica y egoísta que ha llevado a todas las regiones del poder la acción demoledora y disolvente del vicalvarismo!»
Yo no añadiré, señores, una sola palabra; solo diré al Sr. Duque de Tetuan que creo ha echado sobre sí una inmensa responsabilidad, ya que no se retiró del poder en la primera época cuando vio que no había realizado lo que a todo el mundo hizo esperar de las medidas liberales que adoptó después de haberlas proclamado en la oposición; ya que entonces no quiso retirarse del poder, repito, dobló su responsabilidad cuando no se retiró al internarse los sublevados en Portugal, y no quedar un solo hombre armado contra el Gobierno en la Península.
Lejos de eso, se apela a toda clase de medidas reaccionarias. El despecho que empezó a germinar porque no habían salido los progresistas de su retraimiento, se exasperó con la insurrección militar, y llegó a su colmo cuando no han querido declararse vencidos. En este punto, señores, se presenta por todos los oradores de la mayoría y por los individuos del Gabinete, que han tomado parte en esta discusión, un argumento que se cree de una fuerza inmensa. Pues qué, se dice, ¿no tiene el Gobierno del Duque de Tetuan el derecho que tienen todos los Gobiernos del mundo en todas las circunstancias? ¿Han de haber combatido el desorden los republicanos, todos los Gobiernos en sus diferentes formas, y negáis ese derecho al Duque de Tetuan? No, señores; de ninguna manera: ¿cómo he de negar yo ese derecho a este ni a ningún Gobierno? Pero el Sr. Duque de Tetuan confunde dos cosas muy distintas, el Gobierno y la persona que lo desempeña; el Gobierno tiene, no solo el derecho, sino el deber de rechazar la fuerza con la fuerza, pero los Ministros tienen además el compromiso de honor de ajustar sus medidas a los principios que han proclamado.
En el momento de ser atacado un Gobierno a mano armada, se rechaza la fuerza con la fuerza; pero cuando hay que apelar a leyes u otras medidas de esta especie, el hombre público que no toma esas medidas dentro de sus principios y de sus doctrinas, pierde completamente la fuerza moral.
Por eso, cuando se ha recorrido toda la línea desde la ley electoral y el reconocimiento de Italia hasta la ley de imprenta y la de asociaciones, no se tiene la fuerza moral necesaria para hacer esos alardes de autoridad que se hacen en este sitio y fuera de este sitio.
El hombre que así procede, comete una usurpación, un acto que quiero que califiquéis vosotros con un ejemplo que os pondré. Presente está en vuestra memoria lo que ha pasado hace poco en las aguas del Pacífico: una nave española surcaba aquellos mares; ve venir otra nave en dirección suya, otra nave que tremolaba al viento la bandera de una nación amiga; como amiga la espera, y cuando se le acerca y no es ya tiempo de defenderse, se encuentra con un aleve enemigo que le ha tendido una indigna asechanza. ¡Plegue a Dios, señores, que rescatemos la nave y a nuestros hermanos! Pero la gloria de la inicua hazaña no se la disputaremos jamás a los chilenos. (Muy bien.)
¿Mas qué necesidad tenemos de símiles y de comparaciones? ¿Queréis saber la calificación que merece, el nombre que tiene la política que el actual Gobierno está ejerciendo? ¿Queréis saberlo? Yo os presentaré una autoridad que no podréis recusar; la del Sr. Calderón Collantes, actual Ministro de Gracia y Justicia. Él va a calificar esa política. Era en la sesión del 10 de Enero de 1865, el período de la oposición de los hombres que actualmente forman el poder, y como habréis observado, dentro de este período me encierro; no he traspasado sus límites.
Decía el Sr. Calderón Collantes dirigiéndose al Gabinete del Duque de Valencia, y muy particularmente al Ministro dela Gobernación, lo que vais a oír;
«La Corona en su alta sabiduría tuvo por conveniente llamar a su Consejo al respetable Sr. Duque de Valencia. Al ejercer su prerrogativa la Corona en este sentido, ¿qué quiso? ¿Dar una muestra puramente personal de su Real aprecio al señor general Narváez? No: no se nombran de esa manera los Ministros en las monarquías constitucionales. Al llamar la Corona a su Consejo al Sr. Duque de Valencia, llamó al partido moderado; y en su persona llamó al jefe ilustre, al jefe histórico, al jefe tradicional de ese partido; de la misma manera que si mañana u otro día, andando el tiempo... y en su alta sabiduría y elevada imparcialidad considerara conveniente llamar al Sr. Duque de la Victoria, no habría ningún español ni extranjero que dudase que a quien llamaba en la referida persona era al partido progresista.
Tenía el Sr. Duque de Valencia el deber de rodearse de Ministros pertenecientes al partido moderado, y tenía otro deber mas alto o tan alto como ese, que era practicar una política moderada, realizar en la esfera del Gobierno y en la esfera de la administración los principios constantes, tradicionales del partido moderado: ¿Es esto cierto, Sres. Senadores? ¿Puede por nadie ponerse en duda?»
Y continuaba diciendo:
«¿Qué quiere decir Ministerio moderado? ¿Que se llamen moderados los individuos que lo compongan? No. El Ministerio moderado es aquel que practica los principios del partido moderado.
»Decía el Sr. González Brabo, y tenía razón, que los hombres políticos, cuando hablan en este sitio y dan su voto, contraen un compromiso de honor de realizar en la esfera del poder, cuando a él les llame la Coronaen uso de su prerrogativa, las mismas doctrinas y principios que profesaron y sostuvieron. Y decía, abundando en estos principios el Sr. González Brabo en una sesión célebre: “El que falta a este compromiso, falta a su palabra y a su honor.”»
Y mas adelante concluyó:
«Pero la cuestión es mas alta; se trata de si un hombre que viene a renunciar de sus antecedentes políticos, a practicar una doctrina enteramente opuesta a la que ha estado preconizando como buena durante cuatro o cinco años, tiene la dignidad política y la autoridad moral necesaria, y sin la cual no se puede gobernar un país tan digno y noble como la España. Ciertamente que no la tiene; la dignidad política, la autoridad moral que es indispensable en los hombres de gobierno, ha de buscarse en su consecuencia y lealtad a su partido, y esta no existe, sin duda alguna, renegando en el poder de las doctrinas sostenidas en la oposición.
Pero todavía es mas grave y profunda esta cuestión que estoy examinando, que no tiene nada de personal, que es eminentemente política. No solamente, según el juicio del Sr. González Brabo, falta a su palabra de honor el que no cumple las promesas que ha hecho en la oposición cuando se le llama por la Corona al poder, sino que, usando de la palabra mas suave que he encontrado, diré que comete una decepción para con altísimas instituciones a las cuales todos debemos veneración y respeto; porque si la Corona llama a un hombre político notable, ¿en virtud de qué lo hace? En virtud de las ideas que ha sustentado y que conoce todo el mundo; en virtud de los actos que ha ejecutado. Si llama al jefe del partido progresista, le llama para que practique las doctrinas del partido progresista en las esferas de la administración y del Gobierno. ¿Y no cometerla una decepción para con la Corona si después de llamado intentase practicar una política reaccionaria? Es indudable.
Esta sería una verdadera decepción para con su partido, para con todos los hombres políticos del país, y para con otra cosa que está mucho más alta que los partidos y los hombres políticos.
Yo digo que el hombre político que falta, como decía el señor González Brabo, a su palabra de honor haciendo traición a sus principios, queda completamente tan deshonrado, como el que en la vida pública falte a su palabra de honor con un amigo o con una persona política con quien tiene relaciones
Estas palabras, señores, que sin razón ninguna se aplicaban a mi ilustre amigo el Sr. González Brabo, estas palabras deben meditarlas perfectamente los Ministros actuales y ver si practican en el Gobierno las soluciones que proclamaban en la oposición, y si no las practican, que se apliquen la calificación que el Sr. Calderón Collantes, sin motivo alguno, aplicaba a otra administración.
En efecto, señores: ¿ha de ser un crimen que se arrebate a un hombre su patrimonio material, y no lo será el que se le arrebate su patrimonio moral e intelectual? Un día se preguntaba desde esos bancos que si las ideas son patrimonio de determinados partidos. Lo son desde el momento en que se formulan en cuerpo de doctrinas y de principios, en programas de gobierno. ¿Ha de haber aquí, repito, una clase de hombres llenos de abnegación, de decencia, que esperen un mes y otro mes, un año y otro año, a que la opinión venga a decir: las doctrinas que habéis proclamado son las que deben aplicarse a la gobernación del Estado, y entre tanto estaias privados de todas las ventajas del poder, y hasta haréis un papel ridículo, porque en esta sociedad política tan degradada, cuando a un hombre se le ve en la desgracia y alejado del poder se le cree en la abyección, y entre tanto ha de haber otros hombres que digan: nosotros servimos para todos los momentos, para aplicar toda clase de principios y de doctrinas, para realizar toda clase de sistemas, para formar toda clase de gobiernos? Eso no puede ser, señores. (Muy bien.)
Os proclamasteis liberales, y estáis ahora en el extremo opuesto: ¿qué fuerza queréis que tengan vuestros alardes de autoridad? Le habéis dicho al pueblo que tendría libertad, y le dais la tiranía; esto trae las conmociones. La libertad así disputada, ha dicho un gran pensador, es la agitación permanente. No preguntéis, después de estos antecedentes, qué motivos dais para esa perturbación, para ese desasosiego que sentís y notáis por todas partes. ¡Ah! Puede no haber motivo para trastornar la sociedad, pero no basta. Ha dejado de estimarse la virtud de la consecuencia: las contradicciones de los Ministros quitan el carácter de formalidad, de respetabilidad a la gobernación del Estado; y los revoltosos dicen: si los Ministros violan los preceptos de la moral política, en pro de los que mandan, rasguemos nosotros el código de nuestros deberes en pro de los que obedecen.
¡Terrible situación! ¡Terrible situación aquella en que solo impera la ley feroz de las represalias! Yo la maldigo; yo no me asocio ni por un momento a esas ideas revolucionarias; pero vosotros, antes de aceptar la situación en que os encontráis, habéis debido renunciar mil veces el poder.
Ahora venís a ensalzar, si no abiertamente y de palabra, con vuestros hechos, la política de resistencia. Tarde habéis conocido que la vigilancia que da seguridad y tranquilidad a los ánimos, evita la represión que los exaspera y encona. Al venir a este sistema, que no es el vuestro, os han faltado la fuerza moral y vuestros auxiliares: en tan trabajosa peregrinación, unos se han cansado antes, otros des-pues; todos os cansareis, señores, porque os asfixia la atmósfera en que vivís, rodeados de universales complicaciones; estáis en ese terrible período; no me lo negareis.
En el terreno político os encontráis abandonados de una gran parte de vuestra mayoría, como acabo de decir. Esto os coloca en una situación muy crítica; podréis tener mayoría para que este proyecto sea ley en el Congreso; pero no tenéis la mayoría de vuestra mayoría. Es decir, que en un Congreso elegido bajo vuestros auspicios hace seis meses, no tenéis ya a vuestro lado la mitad de los que lo componen.
Habéis visto después que la gangrena ha corroído el ejército hasta un punto que espanta: pero como de esto sabe más que yo el señor Duque de Tetuan, y como esta es una materia que yo no me permitiré nunca tratar sino con la mayor circunspección y prudencia, no diré sobre ella ni una palabra más.
¿Y en la Hacienda, señores? ¿Estáis satisfechos de lo que ha pasado y está pasando en todo lo relativo a la Hacienda? ¿Qué os ha parecido la tardía presentación de los presupuestos, después de cuarenta días de estar constituido el Congreso? Ahora se acusa a las oposiciones de que el Gobierno no tenga votados los presupuestos, y que a eso se debe que abandonando su sistema venga al de las autorizaciones. Hay que responder a esto con un hecho sencillísimo. Si los cuarenta días que tardasteis en traer los presupuestos, después de llevar siete meses en el poder, los hubierais aprovechado, ya escarian discutidos y aprobados en el Congreso, y no necesitaríais haber apelado al lamentable recurso de las autorizaciones.
Y la confección de los presupuestos, ¿os enamora? No será mucho, cuando el Gobierno mismo viene prometiendo después que los nivelará, que rebajará los gastos hasta ajustarlos a los ingresos; cuando habréis advertido que se os ponen unos sobrantes de Ultramar que no sé cómo calificar, y que si llegan a venir, será porque se hagan allí operaciones de crédito semejantes a las que se han intentado aquí; y cuando por último no sabemos todavía a qué capítulos se van a aplicar los gastos de la escuadra del Pacífico desde 1° de Julio.
Además, señores, no habréis olvidado el célebre contrato celebrado con el Credit Lyonnais y otras casas extranjeras, en que para l8 millones de francos se han hecho catorce escrituras y se han sacado por primera vez de España las garantías, y no habréis olvidado tampoco la venta ilegal, y de que no tuvimos noticia, de los billetes hipotecarios para obtener otra pequeña suma.
Yo apelo a vuestra imparcialidad; si estos hechos que acabo de reseñar y en que de ninguna manera insistiré, porque no son de mi gusto, y mucho menos después de haberlos examinado detenidamente los oradores que me han precedido; si estos hechos, digo, los hubierais encontrado en otra administración, ¿a dónde hubieran llegado vuestros gritos? Se hubiera estado hablando de todos estos negocios hasta la consumación de los siglos, porque a perseverantes en ese terreno no os gana nadie. Se aduce por nuestros adversarios un cargo contra cualquiera administración; se rechaza, se demuestra que es infundado; hay sobre ello debates solemnes, todo cuanto puede haber en un país en que la luz de la discusión alumbra por todas partes; el cargo queda desvanecido; pero al día siguiente se reproduce con una pertinacia digna de mejor causa. Y por el contrario, dirigimos nosotros un cargo contra nuestros dominadores: ¿qué se nos contesta? o no se contesta; o se reproduce una contestación estereotipada: «la historia nos juzgará a todos.»
Ampliando lo que acabo de indicar, os recordaré que la táctica en este punto de la unión liberal es la siguiente: se le dirigen cargos; la contestación es, si salen del partido progresista, el partido progresista en tal época hizo lo mismo; y de una manera análoga si salen del partido moderado. Yo pregunto, señores: la razón de vuestra existencia, ¿no es precisamente el haber venido a ser los redentores de esta sociedad perturbada por nosotros? ¿No habéis venido a purgarla de nuestros enormes, enormísimos pecados? Entonces, si toda vuestra defensa es decir: asomos tan malos como los progresistas o los moderados,» es una tristísima defensa. (Muy bien.)
Además ¿de dónde venís? Exceptuando unos cuantos jóvenes cuya posición especial yo respeto, ¿de dónde venís? Del partido moderado, del partido absolutista, del progresista, del democrático; y si venís de esos partidos, y si durante la administración de ellos habéis tenido una gran parte de responsabilidad y en muchos períodos la mayor responsabilidad, ¿cómo con frente serena venís a decirnos: estos han sido malos, aquellos peores? ¿Cómo venís a decir lo que se ha dicho hace pocas noches desde ese banco sobre los errores de los antiguos partidos? ¿Cuándo conocieron esos errores? No quiero personalizar la cuestión; pero indudablemente es de extrañar ese desenfado con que se proclaman exentos de toda responsabilidad hombres que han pertenecido a diversos partidos, que de ellos han nacido, que en ellos han vivido, y que de ellos han recibido mercedes sin cuento.
Vais en esto mucho más allá que un amigo mío a quien yo he querido siempre, a quien aprecio en todo lo que vale, pero cuya imaginación volcánica le lleva a veces a la exageración. Este amigo mío tuvo por conveniente y por motivos que de ninguna manera le deshonran, pasar de las filas del partido moderado a las del progresista, y en el año de 1850 exclamaba: «¡yo que llevo siete años de martirio y de persecuciones!» […] Nosotros le escuchábamos y recordábamos que en los siete años había sido Subsecretario, Ministro, gran cruz, y habla sufrido otras penalidades por este estilo. Pues todavía, repito, va mucho más allá el Duque de Tetuan cuando recuerda el bienio. ¿Qué hacían los progresistas en el bienio? suele preguntar S. S. cuando es reconvenido e censurado. Y yo a mi vez me pregunto: pero, ¿quién mandaba en España en el bienio? En realidad el Duque de Tetuan.
Antes de esta digresión me estaba ocupando del estado de la Hacienda, que creo yo que os satisface a vosotros menos que a mí, porque al fin y al cabo tenéis la responsabilidad del mando y los apuros que el estado del Erario trae consigo; y las operaciones que he indicado que se habían hecho después de la presentación de los presupuestos, revelan hasta que punto creía el Gobierno su situación desesperada, puesto que tenia que ir de una manera que no le hacia mucho favor a los ojos de la Europa, a pedir poquísimos millones con condiciones que no quiero recordar. Pero se nos ha dicho con voz de trueno desde el banco ministerial: ¿qué culpa tenemos nosotros de eso? ¿Hemos creado nosotros esos conflictos? ¿Hemos dado nosotros lugar a esos apuros? También a esto voy a contestar.
Siento molestar con repetidas lecturas al Congreso, pero en este discurso me he propuesto aducir datos de la misma unión liberal, que para esto es un arsenal inagotable. Decía el Sr. Alonso Martínez en la sesión del 20 de Febrero de este año, en el Senado, lo siguiente:
«Señores: es triste condición la de los pueblos meridionales; son tan impresionables en la época de la fortuna y de bonanza, que se creen trasladados a una especie de edad de oro, y creen que el bienestar que en aquel momento sienten es inacabable; y eso es lo que nos ha sucedido durante algunos años en que han venido en abundancia capitales extranjeros a fecundarnos. Sobreviene una crisis, ocurre un contratiempo, una de esas crisis que se presentan de continuo en los pueblos de Europa, sobre todo después del desarrollo prodigioso que ha tomado la industria y el comercio: una de esas crisis que son naturales y necesarias, que Inglaterra, ese gran pueblo tan rico, tan floreciente, lleva en lo que va de siglo hasta diez, y al menor contra tiempo estos pueblos meridionales, obedeciendo siempre a la impresión del momento, se creen ya definitivamente perdidos y que para ellos no hay salvación ni remedio.
No exageremos las cosas, señores; estudiemos con calma el estado de la Hacienda, y veamos si es cierto que la necesidad obliga a desahuciar como S. S. desahució; veamos si es cierto que yo infundo esperanzas mentidas e ilusiones engañosas en el ánimo de los pueblos.
Por de pronto, como yo hago alarde de cierto espíritu de formalidad y de veracidad, estoy en el caso de hacer una declaración que me parece importante, diciendo que todos los españoles pueden saber tanto como el Gobierno después de la Memoria presentada en el Congreso acerca del estado de la Hacienda
Y continúa:
«El que en adelante después de esta declaración diga que el estado de la Hacienda es peor del que se presenta en la exposición de los presupuestos (me refiero a los datos, no a las apreciaciones), ese, lo declaro solemnemente, y estoy dispuesto a sostenerlo, ese es un mal español, ese es un hijo desnaturalizado que clava el puñal en las entrañas de su madre.
Y después de esto, yo pregunto al Sr. Barzanallana: ¿por qué me acusa S. S. de infundir esperanzas locas en el ánimo de los pueblos, de ocultarles la verdad, de arrojarles polvo a los ojos para que no vean la sima adonde va ir a parar la Hacienda? Yo diré a S. S. el medio sencillísimo por el cual he llegado a formar el convencimiento de que nadie tiene motivos para desesperar de la situación de la Hacienda española. Yo me he preguntado a mí mismo: ¿por qué se asegura que está la Hacienda tan mal? Cuando eso se dice, será porque la Hacienda española debe mucho.
Ahora bien: como la ciencia del Gobierno es eminentemente práctica, estas cosas solo se estudian como es debido haciendo comparaciones. Pues vamos a ver lo que debe España en relación con su presupuesto y en qué relación está lo que deban las demás naciones con sus presupuestos respectivos, y esto y no más es lo que dije en el Congreso […]         
Resulta por consiguiente que a lo menos en cuanto a la deuda, la nación española, fuera de la Prusia, es la que debe menos; pero mucho menos, muchísimo menos, incomparablemente menos que las demás naciones de Europa.
Pues si el estado de la Hacienda española no es desesperado porque debe mucho, ¿será porque su presupuesto este en déficit? Me parece que este es el orden lógico, el procedimiento más natural para averiguar si el estado de la Hacienda es bueno o malo. También es preciso que juzguemos por comparación […]
Es decir, que mientras no hemos estado privados de los sobrantes de Ultramar, el presupuesto español ha sido el que ha tenido menos déficit entre todos los presupuestos de Europa, si se exceptúa el de la Gran Bretaña. No hay más que esperar a que circunstancias normales restablezcan los ingresos de Ultramar, y en rigor habrá desaparecido el déficit.
De aquí se deduce una consideración importante para apreciar si es o no desesperado el estado de la Hacienda española. ¿Es que hay menos facilidad en España que en otras partes de Europa para formar un presupuesto completamente nivelado? Sres. Senadores: esto tiene mas importancia de la que a primera vista parece, porque la verdad es que la base sólida e inquebrantable del crédito de las naciones es y debe ser la nivelación di su presupuesto. Cuando una nación no gasta más que su presupuesto, esa nacían no puede menos de tener crédito.
Pues bien: yo sostengo, y lo sostengo con datos en mi sentir irrecusables, que no hay en Europa, fuera dela Gran-Bretaña, un presupuesto de mas fácil y sólida nivelación que el presupuesto español; y no hay necesidad de quebrantar los servicios que exige su organización administrativa; basta hacer economías prudentes y realizables que el Gobierno está dispuesto a introducir, para que el presupuesto español quede nivelado de una manera que solo con los ingresos ordinarios pueda hacer frente a todas las atenciones del Estado.
Aquí viene bien el hacerme cargo del desden con que hablaba el Sr. Barzanallana de los cuatro mil millones y pico con que yo contaba para sacar de su actual situación a la Hacienda española. Ya he dicho antes, y repito ahora, que el mal de nuestra Hacienda no es que deba mucho, no es que el déficit de su presupuesto sea una cosa inusitada que no alcance del mismo modo a otros pueblos de Europa; no es que haya grandes dificultades para nivelar ese mismo presupuesto. Entonces, ¿a qué está reducido el mal de la situación de la Hacienda española? A la deuda flotante, a los 1,400 millones que constituyen el saldo a favor de la Caja de depósitos.
Si el Gobierno tiene el propósito de no contraer nuevas deudas, de no aumentar mas los déficits, y de ello ha dado muestras muy claras; si no piensa en aumentar la deuda que representa el saldo a favor de la Caja de depósitos, todo el mal de la Hacienda española, como dije días pasados en el Congreso, que es lo que indudablemente ha sorprendido a S. S., está en esa cifra tan antigua como excesiva de la deuda flotante. Y decía yo, y repito en este momento: vamos a examinar ese saldo para ver si realmente debemos impresionarnos.
El Tesoro español ya sabemos que no tiene más pasivo que ese saldo de 1,400 millones a favor de la Cajade depósitos.
Pero, señores, aunque computemos en toda su extensión esa cifra de 1,400 millones, ¿que vale ese pasivo para una Hacienda que tiene un activo en su cartera, entre pagarés que ya están entregados al Tesoro y los que han de entregarse por las ventas sucesivas, la cantidad de 4,600 millones?
El Sr. Barzanallana es dueño de desdeñar todo esto del modo que le parezca; pero francamente, si esto es objeto de desden para S. S., yo no entregarla a S. S. la dirección de una casa o de una compañía en que hubiera que formar un inventario exacto del activo y pasivo, y sobre ese inventario formar cálculos y cuentas
De esta manera tan halagüeña presentaba el Sr. Ministro el 10 de Febrero de este año, en el Senado, el estado de la Hacienda española. Sin embargo, se hacían al mismo tiempo o poco después las operaciones que antes he señalado, y luego vino a sorprendernos el proyecto del Banco Nacional. Acerca del Banco Nacional yo podría decir alguna cosa, pero es muy difícil tratar esta cuestión en serio, y a mí me duele mucho hacer reír a costa del crédito del país.
No diré por lo tanto nada acerca de ese en mi concepto abandonado Banco, por más que el Presidente del Consejo de Ministros haya indicado otra cosa días pasados: únicamente diré que conceptúo tan importante y de tal naturaleza la derrota que sufrió el Gobierno con este motivo, que para mí, volviendo a repetir las palabras que al principio he pronunciado, raya en lo inverosímil que este ministerio se conserve todavía en ese sitio.
Pues bien, señores; en esta situación precisamente, cuando el Señor Duque de Tetuan experimenta un desengaño respecto a la situación del ejército; cuando por todas partes está rodeado de reveses y de dificultades; cuando en la cuestión de Hacienda tiene un fracaso que yo no quiero calificar, pero de que creo que no hay ejemplo en el mundo, porque no es posible haber llevado la candidez al extremo a que se ha llevado en ese asunto, en esta situación casi desesperada para el Gobierno, es cuando se le ocurre al Sr. Duque de Tetuan venir a pedir a las Cortes poderes discrecionales; en esta situación es cuando viene a pediros una verdadera dictadura.
Las grandes dictaduras han surgido siempre en medio de terribles convulsiones y a favor de hombres afortunados en el apogeo de su gloria y de su prestigio.
César llegó a la dictadura después de grandes conquistas y después de haber vencido a su rival Pompeyo; Cromwell después de la batalla de Worcester en que derrotó al ejército realista mandado por el mismo Rey; Napoleón después de las batallas de las Pirámides, del monte Tabor y de Aboukir, y cuando era la esperanza de aquella Francia tan agitada y tan necesitada de paz, orden y sosiego. Solo al Sr. Duque de Tetuan se le ocurre pedir una dictadura precisamente cuando el ejército, cuando todas las clases de la sociedad, que veían antes en él un escudo contra la revolución, han perdido y debido perder la confianza que inspiraba; cuando el encono de los partidos avanzados, cuando la oposición misma que nosotros nos vemos obligados a hacerle, le tienen completamente postrado y casi exánime. En vano se rebela contra todos y contra todo: muerto caerá por la fatiga y el cansancio. Pedir la dictadura en el ocaso de su prestigio, de su poder y de su fortuna; pedir la dictadura diciendo que todo está perdido y que solo en su persona encontrará la patria salvación, a los tres meses de haber dicho que todo se habla salvado, puesto que S. S. estaba en el poder, pedir la dictadura en estas circunstancias, es una cosa que no necesita calificación: basta con enunciarla. (Muy bien.)
En este proyecto está todo lo que es el vicalvarismo, es la esencia del vicalvarismo. Está la contradicción porque las medidas que contiene han sido combatidas, ya por unos, ya por otros de los actuales Ministros. Está la hipocresía, porque no solo hay lo que se pide, sino lo que se toma. Con efecto, no se pide la dictadura política; pero se ha tomado, prolongando los estados de sitio, estado de sitio que se ha levantado en Madrid para que nos olvidemos de que existen en otras partes, como si pudiéramos olvidar que se hallan en esa situación excepcional las mas importantes provincias de la monarquía. Está la amenaza, porque no otra cosa es pedir y tomarse el Gobierno toda clase de facultades discrecionales. Está la fuerza, que se necesita para la realización de esas amenazas. Y está además el error; porque después de esas medidas, y a pesar de ellas, ¿qué haréis? ¿Creéis que con esas medidas os recobrareis de vuestra debilidad y adquirís fuerzas? ¡Qué ilusión, señores! Suponed que sea ley el proyecto de autorización: ¿qué habréis conseguido? Un arma que vuestras débiles manos no podrás manejar. Habéis elegido  un arma tan pesada, cuando estáis como os he dicho en el ocaso de vuestro poder, cuando la debilidad os tiene extenuados. Los poderes débiles nada pueden llevar a cabo. Con un poder débil todo se subvierte, todo peligra, nada es sólido ni duradero.
Pero decís que además de la cuestión de Hacienda, que es preciso resolver, necesitáis esa autorización para la paz armada. ¡La paz armada! ¿Sabéis lo que costó la paz armada cuando la pasada guerra entre Italia y Austria? El señor Salaverría nos lo ha dicho: se votaron nuevos créditos que importaban 13 millones de reales, resultando un déficit de más de 53 millones, gastados no sabemos todavía en qué atenciones de la paz armada.
¿Sabéis para qué serviría también ahora esa autorización? Ya se os ha indicado desde estos bancos: para empresas como la de Santo Domingo, que como ha dicho el mismo Sr. Salaverría, ha disminuido en 100 millones de reales los ingresos del Tesoro, donde no han entrado esos sobrantes de las cajas de Ultramar, y al mismo tiempo ha salido una suma igual de la circulación monetaria del país, causando acaso todos los males que lamentamos. Estas son las palabras textuales del Sr. ex-Ministro.
Y todavía dice el Sr. Duque de Tetuan que si la unión liberal hubiera continuado, Santo Domingo no se hubiera perdido!... ¡Valiera mas que nunca lo hubiéramos, recobrado! Sí: el Sr. Duque de Tetuan cayó en la mala tentación de aceptar el don que se le ofrecía. En los documentos que se han presentado sobre la mesa del Congreso habréis visto, Sres. Diputados, que durante veinte años a todos los Gobiernos de España se nos estuvo ofreciendo esa alhaja, y nosotros no quisimos aceptarla. Decid después, decid por los resultados, aun suponiendo que la conserváramos todavía, decid qué ventajas habríamos sacado de la célebre anexión.
¡La paz armada! La paz armada es casi siempre o la revolución o la dictadura del sable. Aumentad, aumentad el ejército sin que lo apliquéis a las faenas de la guerra; pero tened entendido que el día en que el partido progresista pierda la esperanza de atraerse al ejército, ese día dejará de ser revolucionario en un país en donde nada hay que reformar en favor del pueblo,
A eso dice el Sr. Duque de Tetuan: que salgan a las calles. ¡Qué palabras tan imprudentes, señores! ¿Qué haría con todo su brío el Sr. Duque de Tetuan si lo dejaran solo, ya que solo provoca? El señor duque de Tetuan quiere morir en las calles o tenerlo todo. Pues qué, ¿no hay ya mas salida que la arbitrariedad en el Gobierno, el esfuerzo de un hombre y las barricadas en las calles? Yo no niego el amago de la revolución, el desasosiego; pero ¿cuál será el resultado del remedio que se os propone? ¿Podrán los intereses conservadores colocarse al lado de un hombre? No ciertamente; y verificado así el divorcio entre él y la nación, la exasperación será mayor en esta; el amor propio de él se verá cada día mas interesado: con la exasperación cunde el espíritu de rebeldía; con el amor propio ofendido, crece la desesperación de la impotencia, y esta lucha de sentimientos no puede terminar sino con lágrimas y sangre.
Hace mucho tiempo que se vienen aflojando los lazos de la solidaridad de intereses y sentimientos entre el gobierno y sus gobernados; pero este proyecto, si fuera ley, acaso acabaría de romperlos. No es una amenaza, no; es un vaticinio que se debe tomar en cuenta cuando se encuentra la opinión tan llena de sobreexcitación y alarma.
Habíamos creído hacer una gran conquista despojando del poder absoluto al Monarca, que es una institución augusta; ¡y pretende el poder discrecional un Ministro, y un Ministro tan falible como el Sr. Duque de Tetuan! (Rumores en diversos sentidos.) Tan falible, si, señores, porque no creo que S. S. se resienta de que yo le llame el burlador de todos los partidos. (Muy bien.)
Pues bien: contra esa pretensión todos debemos oponernos en nombre del pueblo y del ejército, que llevaron a cabo esa conquista, y en nombre del Trono que la hizo suya en los campos de Vergara. (Muy bien.)
Solo en los casos extremos en que no haya absolutamente otra salida, es cuando debe jugarse, Sr. Duque de Tetuan, el todo por el todo; pero eso no puede hacerlo un ministro constitucional. Precisamente la primera, la más importante de las ventajas de este Gobierno que sostenemos y hemos sostenido con nuestra sangre y a costa de toda clase de sacrificios, es dar fácil solución a las más graves complicaciones. ¿Por qué, pues, poner en conflicto al Trono? ¿Os creéis los únicos? Sí, porque absurdamente, ridículamente, nos preguntáis todos los días: «¿qué hay detrás de nosotros?» Señores, ¿moriría acaso la nación porque muriera el Sr. Duque de Tetuan?
¡Los únicos!  ¡Qué presunción! La presunción crea la impotencia, y la impotencia las revoluciones.
¡Los únicos!... Enhorabuena que os creyerais los mejores, vosotros, que matando la fe en las doctrinas, habéis extinguido la emulación que eleva el alma, reemplazándola con la rivalidad que engendra la lucha y aviva los rencores.
¡Los únicos!  ¿Tan satisfechos estáis de vuestra obra? ¿Creéis que cualquiera de los partidos no puede hacer tanto, al menos, como vosotros en la gestión de la Hacienda, en el desenvolvimiento de los intereses públicos, en el afianzamiento de las instituciones? ¡Los únicos!... Si así fuera, bien podíamos envolvemos en un manto de luto. (Muy bien.)
¡Oh! Esa ingratitud vuestra, individual y colectiva, con los partidos que han derramado su sangre y han gastado sus hombres, es horrible y repugnante!
Contened, Sres. Diputados, esa intemperancia de poder, no accediendo a la abdicación que se os pide; yo no puedo creer que deis ese voto ciego de confianza. Las mayorías, que todo lo conceden, están corrompidas, y la corrupción es la muerte.
Considerad vuestra situación: se están tomando medidas represivas muy severas, y vosotros nada sabéis: hemos pedido aquí uno y otro día, acerca de ellas, explicaciones que se nos han negado: estamos, hasta cierto punto, como en aquellos tiempos de la república de Venecia, que vosotros mejor que yo conocéis.
Preguntad, al menos, qué se quiere con esa concentración de poder, y sí se os contesta desde aquellos bancos, con galana frase, que es para cortar el nudo, preguntad dónde está el Alejandro: no basta que haya nudo y que haya espada; es menester que exista el héroe. Que la nación y el ejército lo señalen; señaládmelo vosotros. (Muy bien.)
El poder discrecional tiene que buscar su base en la fuerza. ¿Es un misterio para nadie lo que está pasando entre la fuerza y el Sr. Duque de Tetuan? Tenemos ojos para verlo, oídos para escucharlo, y patriotismo bastante para sentirlo. (Muy bien.) ¡Quiera Dios que no llegue el momento en que las instituciones, en que la patria, tengan que maldecir el imprudente reto aquí lanzado por el Sr. Duque de Tetuan; que no tengan que pedirle cuenta de sus mejores hijos, de sus defensores, tan inútilmente como el día funesto para Roma, en que cubiertos y blanqueados los pantanos del Ems y del Lippe con los huesos de los soldados romanos, recorría el César su palacio, roto el manto, la veste desceñida, exclamando: «¡Varo, Varo, dame mis legiones!» (Bien, bien.)
No más retos, no; soluciones pacíficas dentro de la Constitución. No más obstinación; patriotismo y sumisión ante las leyes. (Muy bien.)
Yo bien sé, Sres. Diputados, que pierdo completamente el tiempo; pero cumplo con un deber sagrado. Sé que me esfuerzo en vano; porque después de haber sido acogidos los proyectos que están a discusión de la manera que todos conocéis, y que no puede ocultársele a la penetración del Sr. Duque de Tetuan, ha sufrido S. S. otra derrota importantísima, y permanece impertérrito y firme sobre las ruinas.
Recordareis que hace pocos días he querido pedir aquí explicaciones acerca de la salida del Sr. Ministro de Hacienda. Yo no sé por qué después de tantos años de gobierno representativo, sentimos esta especie de repulsión hacia todo lo que sea discutir los actos de un Gobierno, que el país tiene derecho a que se sepan y esclarezcan. No tan solamente se me escatimó el derecho por un Sr. Vicepresidente que a la sazón ocupaba ese sitio, y sin duda creyó que estaba dentro del Reglamento al no permitirme hablar, sino que el Sr. Duque de Tetuan se levantó en seguida y me increpó, asómbrense los que me escuchan, ¡por que yo atacaba la regia prerrogativa! (Sensación.) Algunas palabras del Sr. Bermúdez de Castro vendrán, como último documento que tengo que leer, a demostrar lo que antes dije, que es un arsenal inagotable el de la unión liberal para los argumentos que tenemos que usar desde los bancos de la oposición.
Había ocurrido una crisis en el Ministerio del Sr. Duque de Valencia; se pidieron explicaciones en el Senado o se habló de ella, trayendo también al debate algunas interioridades de la regia cámara; ya ven los Sres. Diputados cuán distinto es el caso en favor mío; y habiéndose quejado aquel Gobierno de la forma en que se presentaba la cuestión, el Sr. Bermúdez de Castro, ardiente, ardentísimo liberal entonces, dijo:
«El Monarca es inviolable, y por eso tiene sus Ministros Consejeros responsables.» Esta teoría, señores, es la teoría común en todos los países regidos constitucionalmente. No voy a entretener al Senado con ejemplos; me bastará citar uno brevísimamente. El año de 1845, a fines de Diciembre, hubo una disensión en el Ministerio que presidía Sir Roberto Peel en Inglaterra, y el Ministerio presentó su dimisión. Llamó la Reina a Lord John Rusell. Este no pudo formar Gabinete, y la Reina volvió a encomendar la formación de otro a Sir Roberto Peel, el cual, cuando se abrió el Parlamento se levantó, y dijo: “Voy a anticiparme a dar las explicaciones que las Cámaras me podrán exigir dentro de algunas horas.” Si todavía pedía perdón a las Cámaras, si se anticipaba a dar las explicaciones, era porque sabia que las Cámaras tenían el derecho de exigirlas y el Gobierno la obligación de darlas. No solamente se refirió todo por Sir Roberto Peel, que se había vuelto a encargar del Ministerio, sino que por el mismo Lord Jhon Rusell, que no pudo formarle, se dio cuenta de todo lo que había pasado, y hasta se leyeron (téngalo entendido el Senado) las cartas que hablan mediado entre Sir Roberto Peel y la Reina durante el curso de aquella crisis, y a nadie se le ocurrió tachar aquella conducta ni aquella teoría de poco monárquica
Pues, señores: en España donde no hemos visto nunca ataques a la prerrogativa (Risa), se presenta el Gobierno un día sin Ministro de Hacienda, y porque un Diputado pide que sepa el país la causa de haber dejado ese Ministro su cartera, el presidente del Consejo se levanta y dice aquí: «En esa pregunta se ataca la regia prerrogativa.» ¡Vamos adelantando en las prácticas del gobierno constitucional!
Firme yo en mi propósito, tengo que insistir en este punto. ¿Por qué ha salido el Sr. Alonso del ministerio de Hacienda? El Sr. Duque de Tetuan, al ser reconvenido por haber faltado a un compromiso solemne aquí contraído, contestó con un candor y sencillez que yo envidio a S. S., que no podía responder ni de la vida ni de la salud de los Ministros; que el Sr. Alonso Martínez estaba malo, y que en uso de su derecho individual y autonómico se había retirado.
Se rieron algunos de los que oyeron al Sr. Duque de Tetuan, y S. S. se indignó, interpretando esas risas en contra del Sr. Alonso Martínez. El Sr. Duque de Tetuan se equivocó: ¿cómo se habla de reír nadie de las dolencias de un compañero, de las dolencias de una persona apreciabilísima? Aun cuando no lo fuera, a nadie asiste derecho para reírse de los males que aquejan a sus semejantes. De lo que algunos se rieron, fue de que el Presidente del Consejo desde toda su altura y con toda su autoridad nos dijera, creyendo que el país lo tomaría como cosa seria, que el Sr. Alonso Martínez se retiraba del poder porque estaba enfermo, y que sus dolencias llegaban a tal extremo, que por la noche se trastornaba su cerebro.
Ahora bien: yo no creo esto cosa de risa: yo no creo que esto sea una cosa insignificante sobre la cual no deba llamar la atención del Parlamento. Los asuntos serios deben tratarse seriamente. El señor Alonso Martínez no ha salido del Ministerio por causa de su salud; no puede ser eso. El Sr. Alonso Martínez estaba aquella tarde paseando en la fuente Castellana, y lo mismo que estaba allí podía haber venido aquí a dar explicaciones sobre su conducta. El Sr. Alonso Martínez me dicen que está aquí en este momento, aunque por mi cortedad de vista yo no alcance a verle. Si pues era una enfermedad de pocos días, ¿cómo se dice seriamente que el Sr. Alonso Martínez se ha ausentado del Ministerio por causa de enfermedad? ¿No hemos estado enfermos todos los que hemos sido Ministros?
Como he dicho que los asuntos serios deben tratarse seriamente, no quiero decir lo que acerca de esto se me ocurre. Yo no dudo de que el Sr. Alonso Martínez ha tenido padecimientos que le han afligido física y moralmente, padecimientos que respeto y lamento; pero la enfermedad que el Sr. Alonso Martínez ha tenido para no poder continuar en el Ministerio podrá ser una indigestión de autorizaciones, manjar del cual han comido los demás señores Ministros; quiere decir que la diferencia de resultados dependerá de la constitución física, de las fuerzas digestivas. (Risas.)
Insisto de nuevo en que el país, el Parlamento, tienen derecho a saber los motivos por qué ha abandonado el Sr. Alonso Martínez el Ministerio; y yo desde luego declaro que no acepto como valederos los motivos que se alegan de enfermedad, porque aquello que está contra mi razón, contra mis sentimientos, no puedo creerlo. Yo sé que un hombre de honor como lo es el Sr. Alonso Martínez, comprometido en una empresa de gran magnitud y colosales proporciones, si se hubiese visto calorosamente apoyado y secundado, hubiera seguido en el Ministerio, y en él hubiera sabido morir si era preciso. Esto es lo que mi razón me dice, y contra esto no acepto subterfugio de ninguna especie.
Y otra anomalía es, porque no hay aquí nada que no sea digno de censura, que en medio de la discusión de este proyecto, en medio de una discusión económica de esta importancia, el puesto está vacante, está desempeñado interinamente.
Y todavía más, señores: se anuncia como lo más probable para tomar esa cartera definitivamente después de esta discusión, a un hombre competente, a un hombre lleno de merecimientos para ese puesto, pero que ha combatido casi todas las disposiciones del proyecto que se discute respecto a su oportunidad, a la justicia de las cantidades destinadas a las deudas amortizables, al compromiso contraído por el Gobierno sobre la nivelación del presupuesto, y que ha combatido también la creación del Banco Nacional; de manera que está en completa disidencia con todos los antecedentes económicos del actual Ministerio.
Por eso sin duda, señores, para que no podamos hacer ciertos argumentos durante esta discusión, se tiene interinamente en el Ministerio a una persona ajena del todo a los conocimientos especiales que ese departamento requiere.
Ved, pues, que si algunas veces se han concedido votos de confianza a los Gobiernos para salvar la sociedad, es la primera vez que se pide uno para subvertirla en todos sus extremos. (Muy bien.)
Pero el remedio que el Sr. Duque de Tetuan nos propone, no creo que trate S. S. de aplicarle. Yo no puedo menos de repetirle que no comprendo por qué personaliza ciertas cuestiones. ¿Porque ama cierta responsabilidad? ¿Quién le impulsa a ello? ¿Qué necesidad, ni política, ni social, ni personal, tiene para proceder con tanto encono? S. S., en los muchos años que ha ejercido el mando, sin ser sanguinario, ha tenido que derramar la -sangre de todos los partidos, de paisanos y de soldados; ¿y todavía habla de lanzar y de recoger guantes de desafío? Basta de sangre, basta de lucha, cuando se puede apelar decorosamente a esas fáciles soluciones de que he hablado antes.
Basta de sangre. Acerca de esto no quiero hacer ningún cargo a S. S.; pero me importa, como a todo hombre público le importa, dejar aquí consignadas mis opiniones. En los delitos colectivos, y especialmente en los delitos políticos, el legislador y el Gobierno, pero el Gobierno mucho mas, que toma sobre su responsabilidad el ejercicio de altísimas y envidiables prerrogativas, no pueden proponerse mas que una cosa: evitar que se repitan esos delitos, y producir el necesario escarmiento.
Pues bien: en esos terribles trances en que las sociedades suelen encontrarse, y desgraciadamente mucho más la sociedad española, creo que se debe ser muy parco en derramar la sangre de esos que el Sr. Duque de Tetuan llamaba con razón instrumentos. Cuando no puede un Gobierno apoderarse de la cabeza, del corazón que impulsa, debe tener muy en cuenta esa impunidad en que otros quedan para no ser excesivamente severo con los que han tenido la desgracia de caer bajo el poder de la justicia. Esta es mi opinión. Vuelvo a repetir al Sr. Duque de Tetuan que no le hago cargo ninguno por nada de lo que haya ocurrido. Pero sí le digo que yo habría dejado que ese noble cuerpo de la Guardia civil, que manifestó por medio de uno de sus individuos los generosos sentimientos de que nos ha hablado aquí el Sr. Figuerola, los hubiese llevado hasta los pies del Trono, y se hubiera salvado aquel desgraciado que no se salvó. Yo creo que eso habría enaltecido mucho mas a esa digna institución que no el castigo que se impuso.
Respecto a los militares, diré también a S. S. que yo no me habría opuesto a que se hubiese ejercido la regia prerrogativa, teniendo en cuenta los principios que en general he asentado antes, teniendo en cuenta la Impunidad en que quedaban esos que con razón llamaba S. S. la cabeza y el corazón. Yo como Ministro de la Guerra, como Presidente del Consejo de Ministros, habría accedido sin vacilar a lo que una augusta persona quería, y le habría propuesto que enviase con ese noble perdón al mismo hijo de sus entrañas, sargento también del ejército, para que penetrando en el cuadro fatal hubiese ido a llevar la vida a aquellos desgraciados en los umbrales mismos de la muerte. (Grandes aplausos en las tribunas.)
(Un Sr. Diputado. — ¿Y el año 48?)
El Sr. Conde de SAN LUIS. —En el año 48 no se derramó una sola gota de sangre después de los sucesos de Marzo. (Rumores en diversos sentidos.)
El Sr. PRESIDENTE. —Orden; recomiendo a los Sres. Diputados que escuchen.
El Sr. Conde de SAN LUIS.—En el año 48, la mitad de los que os sentáis en estos bancos sabéis que yo en la Puerta del Sol, como Ministro de la Gobernación, vi tomar las barricadas, y entrar a centenares los que venían del mismo modo que describía el Sr. Duque de Tetuan a otros criminales, venían con la boca llena de la pólvora con que hablan roto los cartuchos, y yo los hacia entrar en los sótanos del Ministerio de la Gobernación, ayudado por el señor brigadier Calonge, hoy teniente general, y después se les daba libertad a la mayor parte, y a muchos de ellos se les hacia acompañar a sus casas. Diez y siete individuos del pueblo de Madrid comprometidos en aquellos sucesos los tuve albergados en mi casa, donde buscaron asilo y lo encontraron.
A poco de aquellos sucesos, ya que me habéis interrumpido, a poco de aquellos sucesos se dictó una disposición por la cual ni uno solo de los condenados a muerte sufrió la última pena, ni uno solo. Pasó un día y otro día en medio de la convulsión general del mundo ¿qué tienen que ver estas raquíticas circunstancias con aquellas gigantescas convulsiones, cuando rodaba el Trono del desgraciado Rey Luis Felipe; cuando el Ministro de la Guerra de Austria era ahorcado de un farol; cuando todos los Monarcas corrían graves peligros! ¿Queréis comparar aquellas circunstancias con las de ahora? Una guerra de inmoderadas ambiciones que con una o dos batallas puede terminarse, ¿se quiere comparar con la conspiración hirviente en toda Europa, con los grandes medios que entonces tenían los revolucionarios de todas partes? (Muy bien.)
« ¡Que se enviaron algunos conspiradores a Filipinas!» Yo presenté a las Cortes la lista de los que fueron deportados. ¿Por qué el señor Duque de Tetuan no nos presenta aquí una lista de las medidas que ha tomado, y se niega obstinadamente a dar esta satisfacción al país? Y yo creo que el Sr. Duque de Tetuan habrá procedido con tanta razón como nosotros enviamos a Filipinas al Sr. Hazañas, que repetidamente nos ha dicho que fue con justísimos motivos.
El año de 1848, después de varios meses de una tenaz conspiración, estalló una sublevación militar: rendido y cogido con las armas en la mano todo el regimiento comprometido en ella, se fusilaron solo cinco individuos de él. Y nos faltó tiempo para dar la amnistía más amplia que jamás se ha dado.
Y yo, señores, yo después, siendo Presidente del Consejo, ¿qué hice? ¿No fue hecho prisionero el coronel Garrigó al frente de su regimiento de Farnesio? Pero como no pude apoderarme de los cabezas, del corazón de aquella sublevación, a pesar de que era un jefe de graduación, inmediatamente accedí a los deseos de S. M. de salvarle la vida. ¿No eran para mí más críticas aquellas circunstancias que lo son ahora las actuales para el Sr. Duque de Tetuan? Y sobre todo, señores, habéis corroborado, un momento después de pronunciar mis palabras, lo que antes dije:
«¿Y vosotros?» Esa es vuestra única manera de discutir. ¿Cree el Sr. Duque de Tetuan conveniente que yo contara los individuos de esta mayoría que son responsables de aquella política?... Sea aquella política lo que vosotros queráis, no me quita a mí el derecho de juzgar de hechos concretos en determinadas circunstancias. El Sr. Duque de Tetuan dejó que se fusilase a un distinguido general: ¿le he dirigido yo alguna reconvención por eso? Pues era un amigo mío; lo había sido durante muchos años; era un hombre simpático, y yo no me he levantado nunca a reconvenir a S. S. por ese hecho.
He sentado primero una teoría después de unas circunstancias determinadas, la teoría que empezó a sentar el otro día el Sr. Duque de Tetuan, y de la cual he sacado yo la consecuencia que hace al caso para mi propósito. El Sr. Duque de Tetuan decía con razón: «no llevéis más instrumentos a su perdición, que los que son cabezas, que los que son el corazón de las conspiraciones, suelen evadirse, ocultarse, ponerse en salvo; los que están detrás de la cortina, estarán lanzando los instrumentos que han de ir al patíbulo
Pues bien: en este caso yo digo al Sr. Duque de Tetuan, y puede que serenado su ánimo algún día de la razón al Conde de San Luis, que como no podía de ninguna manera proponerse derramar sangre, si solo quería un escarmiento, en lo cual tiene razón, puesto que tiene la responsabilidad del mando, lo apoyo en su deseo, pero no en los medios que empleó para alcanzarlo. Y le repito que en estas circunstancias determinadas, no como regla general, pero como estaba la población de Madrid respecto a esa sublevación a que me refiero, si hubiera aconsejado el ejercicio de la regia prerrogativa en el sentido que he indicado, inmediatamente la inmensa muchedumbre que cabria los alrededores de Madrid se hubiese trasladado bajo los balcones de Palacio y hubiera llenado el espacio con gritos de gratitud y de entusiasmo a la noble, a, la magnánima Reina que así había patentizado sus generosos sentimientos. (Muy bien.) Esto es lo que yo creo; y creo además que S. S. mismo se habría granjeado muchas mas simpatías en el ejército que con el escarmiento que hizo.
Y acerca de esto tengo encargo, y lo cumplo con mucho gusto, de reparar una injusticia del señor fiscal de imprenta. El otro día manifestó el señor duque de Tetuan que no se habla pedido por los sargentos fusilados de la misma manera que se habla pedido por el capitán. El Sr. Duque de Tetuan verá que en medio del calor con que me expreso no enveneno las cuestiones. (Risas.) Ríanse enhorabuena los señores de la mayoría; no serán de su gusto las razones que de, pero no son insultos ni palabras que no puedan decorosamente contestarse. (Bien.)
El Sr. PRESIDENTE. —Orden, orden.
El Sr. Conde de SAN LUIS. —Son juicios, son apreciaciones a que se contesta con otros juicios y otras apreciaciones, y cada uno queda en su lugar. (Bien.)
Por eso digo que el Sr. Duque de Tetuan no quiso, en mi concepto, dirigir una ofensa al pueblo de Madrid en ninguna de sus clases sociales, suponiendo que se había interesado por el capitán y no por los sargentos. Un periódico de esta corte hizo al día siguiente acerca de esto una rectificación que creyó necesaria.
Y yo pregunto, señores: ¿por qué se han de recoger esta clase de artículos? Nadie me tachará de apasionado con exageración de la libertad de imprenta; yo estoy siempre dentro de mis principios; pero si el Sr. Duque de Tetuan había formado un juicio acerca de esto, ¿por qué no se deja explicar eso mismo en términos diferentes? Aquel periódico manifestaba que la sentencia de los sargentos se había pronunciado a las once de la noche, que una hora mas tarde había sido aprobada, que fueron puestos inmediatamente en capilla, y que al alumbrar el día aquellos desgraciados hablan pagado con su vida el delito que habían cometido. De tal manera, que sorprendió a la población de Madrid; y de eso soy yo mismo testigo, que suelo saber lo que pasa, y nada supe de aquella triste escena hasta muy entrada la mañana. Pues esto mismo sucedió a los parientes, a la madre misma de una de las víctimas, que supo el castigo cuando el sacerdote que habla auxiliado a su hijo en los últimos momentos llegó a decirle que habla aquel dejado de existir.
Esta sencilla explicación, señores, que quita de encima del pueblo de Madrid la calificación de apático e indiferente ante la desgracia de unos conciudadanos suyos, o cuando menos de veleidoso y caprichoso, puesto que se interesaba, según el Sr. Duque de Tetuan, por la suerte del capitán y no por la de los sargentos, esta explicación, que de ninguna manera podía subvertir el orden en el ejército ni en el pueblo, ni hacer daño al Gobierno, ¿por qué no ha de dejarse circular?
El Sr. PRESIDENTE. —Sr. Conde, ¿piensa V. S. extenderse mucho todavía?
El Sr. Conde de SAN LUIS.--No, Sr. Presidente; estoy para terminar; estoy en las últimas palabras; las últimas palabras para el señor Duque de Tetuan sobre esto mismo, recordándole un hecho histórico, ya que S. S. tiene a su alrededor personas aficionadas a la historia. Después, dos palabras a la mayoría.
Cumplido el encargo que me habla dado un periódico que no es de mi comunión política. La Iberia, y cito su nombre para que así se sepa, le diré al Sr. Duque de Tetuan que soy de la opinión, y quisiera que lo fuese S. S. también, de un general a quien puede que S. S. haya alcanzado a conocer. El general Longa, general español, como lo es el Sr. Duque de Tetuan, habiendo vencido a los insurrectos de Cataluña en 1827, dentro ya del territorio de su mando, los trató con blandura y generosidad. Menos compasivo el Conde de España, no aprobó la conducta del general español. El general Longa replicó al Conde de España, cuando supo que motejaba su conducta: «Si yo fuera capitán general en Francia, puede que pensara como él.» Esos son los sentimientos que yo deseo que resplandezcan en el general español Duque de Tetuan.
He concluido con el Sr. Duque de Tetuan. (Risas.) A vosotros, señores Diputados de la mayoría, aun cuando desoigáis mi voz, es mi deber rogaros de nuevo que no deis vuestro voto a la abdicación que se os pide. El poder discrecional es aborrecible porque acarrea grandes males a los pueblos; pero lo es mucho más porque su ejercicio revela el envilecimiento de las naciones. No contribuyáis de ninguna manera a ese envilecimiento; realzad, por el contrario, la dignidad de las Cortes españolas. La posteridad excusa las pretensiones de Octavio después de vencido Antonio; pero no ha perdonado jamás al Senado sus vergonzosas condescendencias ni aun después de la batalla de Accio. (Muy bien, muy bien.)
___________
A este discurso contestó en seguida el Sr. Bermúdez de Castro, Ministro de Estado, replicándole en estos términos

El Sr. Conde de SAN LUIS. —Me habían anunciado que el Sr. Ministro de Estado iba a hablar de los sucesos del año 54, y rechacé la suposición rotundamente. ¿Cómo había yo descreer que el señor Bermúdez de Castro (cuyo carácter conozco, pero S. S. conoce también el mío) había de traer a discusión los sucesos de 1854, cuando yo en uso de mi derecho he encerrado esta discusión dentro del círculo de los últimos actos de la unión liberal?
Volvemos a lo de siempre: la autorización, señores, debéis votarla, porque el Conde de San Luis ha cometido grandes errores, ha cometido grandes faltas. Ya lo sabéis: es un argumento que os debe dejar convencidos. El Sr. Bermúdez de Castro os presenta este dilema: o el sistema que siguió en determinadas circunstancias el Conde de San Luis, o el sistema que nosotros os proponemos; no hay término medio.
Señores: esto se dice seriamente a una Cámara de representantes del país. El Conde de San Luis, si cometió esos errores, está dispuesto a no volverlos a cometer; el Conde de San Luis aceptó una batalla: en eso hizo bien, o hizo mal; no está dispuesto a volverla a aceptar con aquellas condiciones. Mientras vea que en España puede haber generales rebeldes, generales que se esconden en las buhardillas y se sustraen a la acción del Gobierno; mientras vea lo que después de eso ha sucedido, el Conde de San Luis procurará no ser Gobierno con semejantes circunstancias.
El Sr. PRESIDENTE. —Sr. Conde, V. S. tiene la palabra para rectificar.
El Sr. Conde de SAN LUIS. —Pues estoy rectificando.
El Sr. PRESIDENTE. —Está V. S. replicando.
El Sr. Conde de SAN LUIS. —¿Por qué se evocan aquí todos los días ciertos recuerdos? ¿Por qué todos los ataques han de ser contra mí y no contra los que los provocaron? Si culpa hay por mi parte, y empiezo diciendo que no me creo exento de errores, culpa hay también por alguna otra parte. (Muy bien.)
El Conde de San Luis ha callado. Eso significa que no ha querido promover cuestiones inútiles; pero en el Sr. Bermúdez de Castro es el colmo de la osadía venirme a decir a mí eso en este sitio.
Cuando sepáis por qué lo digo, me daréis la razón contra el Ministro de Estado.
En este sitio me levanté un día a sostener una proposición para hablar de los sucesos de 1854 ampliamente: lo he recordado en otra ocasión. Pero por no suscitar tempestades; por no hacer hablar a aquellas personas que tuviesen necesidad de intervenir en este debate, no lo he dicho nunca; lo digo ahora que está frente de mí: el Sr. Bermúdez de Castro presentó sobre esa mesa una proposición para no dejarme hablar. (El Sr. Elduayen. —Para poder discutir.) Para no dejarme hablar; porque era una proposición de no haber lugar a deliberar.
Mi proposición se hubiera tomado en consideración, y hubiera hablado el Sr. Bermúdez de Castro y todos los que hubieran querido tomar parte en el debate. Para eso la presentaba yo; no hay que desfigurar -la historia. ¡El Sr. Bermúdez de Castro motejando mi silencio! Pues ¿qué mas prueba puedo yo dar de patriotismo que hablar ahora, y hablar atacando y no defendiéndome? ¡Tendría que ver, señores, que me levantase en este sitio a hablar contra la autorización que el gobierno pide, y empezara diciendo: yo, que en 1854 hice esto; y os entretuviera con la historia de aquellos acontecimientos!
¿Qué mas castigo queréis contra mí, después del resultado de aquellos acontecimientos? ¿Qué más exigís? ¿Qué mas queréis que ese mismo silencio?
El Sr. PRESIDENTE. — Sr. Conde, el Presidente de ninguna manera intenta escatimar a S. S. el uso de su derecho; pero S. S. comprende que usa y abusa de él. Siento habérselo tenido que advertir dos veces. S. S. está replicando, y S. S. conoce que no tiene derecho a replicar.
El Sr. Conde de SAN LUIS. —Sr. Presidente; si no se me ha contestado a nada absolutamente de mi discurso; si lo que se ha hecho ha sido personalizarse contra mí, ¿no quiere S. S. que conteste a las alusiones personales? ¿Sabe S. S. lo que diría el Sr. Bermúdez de Castro? Que había enmudecido porque no tenía que contestar. Si el Reglamento me lo prohíbe, callaré; pero tenga en cuenta S. S., no lo olvide, y espero de su benevolencia que use de toda la indulgencia posible, que he pedido la palabra, no solo para rectificar, sino también para alusiones personales. Yo no tengo la culpa de que el Sr. Bermúdez de Castro, en lugar de contestar a la serie de argumentos que he presentado, haya venido a hablar de los acontecimientos de 1854, y de las divisiones del partido moderado.
El Sr. PRESIDENTE. —Enhorabuena; está S. S. haciéndose cargo de alusiones personales.
El Sr. Conde de SAN LUIS. —Y seré muy breve. El Sr. Bermúdez de Castro ha supuesto que en el año de 1848 apliqué las medidas extraordinarias, de que estaba aquel gobierno revestido por las artes, con dureza, extralimitándome. ¿Y dónde estaba el Sr. Bermúdez de Castro entonces? ¿En qué filas militaba S. S.? ¿No era S. S. de aquella mayoría? ¿No era además mi amigo íntimo? ¿Me advirtió alguna vez el peligro? ¿Me advirtió alguna vez de mis supuestos excesos? ¿Es justo que venga S. S., después de dieciocho años y después de las desgracias que han caído sobre mi cabeza, a recordarlo en este sitio, cuando de mi boca no ha salido nada con relación a S. S. sino el recuerdo de unas palabras de libre y franca discusión? (Muy bien, muy bien.)
Que el año 51 estuvimos en el comité; que el Sr. Bravo Murillo me combatió a mí.
El Sr. Bravo Murillo no me combatió a mí. Si yo hubiera querido ser ministerial, aquella situación no tenia motivo para rechazarme. Yo había sido compañero del Sr. Bravo Murillo; yo había ayudado a su engrandecimiento y a la gloria que alcanzó con su indisputable talento, y si el Sr. Bravo Murillo tenia motivo de agravio, fundado o no, con algunas personas, no era ciertamente con el Conde de San Luis.
Que el año 52 y el 53 estuvimos en los comités constitucionales. ¿Y qué hizo el Sr. Bermúdez de Castro el día que yo me separé de los comités? Separarse el mismo día. Entonces, señores, ¿a qué se traen estas historias? ¿Qué significan? ¿Qué significa el presentar los hechos de la manera que a cada uno conviene? Si yo fuera a sacar deducciones, ¿a dónde iríamos a parar? Pero se dice que el Conde de San Luis, que se ostenta en estos bancos como jefe de la oposición, puede mañana formar un Gabinete, y que es bueno sepa el país lo que hay que esperar de él. En primer lugar, yo, que declaro siempre con franqueza, abiertamente, mis intenciones y mis pensamientos mas ocultos, le digo al Sr. Ministro de Estado que no lucho aquí por el poder; ni aquí ni fuera de aquí; yo lucho porque no puedo renunciar a la vida pública. El día que pueda hacerlo renunciaré a ella. Pero yo no vengo aquí como jefe de la minoría; he declarado ya con repetición -que esta minoría no se ha dado jefe; no lo quiere. Yo vengo representando los principios que siempre he representado; pero diciendo respecto a mi conducta: «no quiero que nadie responda de actos que han sido ya juzgados y que han sido castigados revolucionariamente en mi persona.» ¡Buena calificación merecería yo de mis contemporáneos si volviera otra vez a buscar, y mucho menos con ansia, el embarcarme en este mar proceloso del poder! Si yo repito hasta cansar a los que me escuchan, que no puedo comprender al Duque de Tetuan por la perseverancia con que está en ese sitio; si digo yo esto de S. S. y no por deprimirle, sino admirando esa constancia que tiene, ¿iría a ponerme en contradicción con lo que estoy diciendo, viniendo aquí a pronunciar discursos para conquistar el mando? ¡Qué equivocación! Si mis amigos dejaran llevarse de mis consejos, tampoco ellos lo aceptarían en estos momentos; tampoco aceptarían la herencia que dejan el Sr. Ministro de Estado y sus compañeros.
No quiero continuar más, Sr. Presidente; doy gracias a S. S. por la benevolencia con que me ha concedido el derecho de rectificar, del que he procurado usar dentro de ciertos límites, y se las doy también al Congreso, a quien sin duda habré cansado.

Fuente: “Discurso pronunciado por el Excmo. Sr. Conde de San Luis en el Congreso de los Diputados el 9 de Junio de 1866, contra el proyecto de las siete autorizaciones. Con los comentarios de la prensa política de Madrid”, Imprenta de Manuel Tello. 1866.

* Luis José Sartorius y Tapia. (1820-1871). Conde de San Luis. Periodista y político español de origen polaco durante el reinado de Isabel II. Fundó el Heraldo, a través del cual se opuso a Espartero, convirtiéndose en el principal órgano de prensa del Partido Moderado. Diputado en 1843, fue Ministro de Gobernación (1847-1851) con Narváez. En 1853 formó gobierno, pero luego de un voto de censura en el senado, suspendió las sesiones de Cortes, e inició una persecución de los jefes militares moderados, que fue la chispa que precipitó la «Vicalvarada» y la revolución de julio de 1854;  obligando a la reina a llamar a Baldomero Espartero y proponerle un Gobierno de coalición con O'Donnell. Dicho suceso puso fin a la Década Moderada y el paso al llamado Bienio Progresista. Este discurso en circunstancias idénticas que remite a esos hechos, pero con la diferencia que esta vez el Conde esta en la oposición,  constituye una pieza oratoria magistral cuando se trata de rebatir a los gobiernos que sin hacerse cargo de errores propios, pretenden descalificar a sus adversarios, recordándoles sus pasados errores. 


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