lunes, 22 de junio de 2015

THOMAS JEFFERSON “Justicia igual y exacta a todos los hombres de cualquier estado que serán, y cualesquiera que sean sus opiniones, políticos o religiosas.”

THOMAS JEFFERSON  

Justicia igual y exacta a todos los hombres de cualquier estado que serán, y cualesquiera que sean sus opiniones, políticos o religiosas.



DISCURSO DE TOMA DE POSESIÓN COMO PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS el
4 de Marzo de 1801

CIUDADANOS:
Llamado a cumplir con los deberes de primer Jefe del poder ejecutivo de nuestra patria; me aprovecho de la presencia de muchos conciudadanos que aquí veo, para darles mis más expresivas gracias por el favor que han tenido a bien hacerme; para declarar sinceramente que estoy convencido de que el cargo que hoy se me confía es muy superior a mis talentos, y que solo puedo considerarlo con aquella inquietud, y terrible presentimiento que justamente inspiran la grandeza del empleo, y la pequeñez de mis facultades mentales. Al considerar un pueblo naciente, que esparcido sobre un vasto y fértil suelo, atraviesa todos los mares con las ricas producciones de su industria, comercia con naciones que conocen la fuerza y olvidan el derecho; al ver, repito, este pueblo caminando rápidamente a un destino impenetrable a toda previsión humana; al contemplar la trascendencia de estos objetos; al ver depender del resultado y auspicios de este día, el honor, la felicidad, y las esperanzas, de esta amada Patria, me estremezco, y me anonado ante la magnitud de la empresa. Francamente desesperaría del éxito, si la presencia de muchos que aquí veo, no me recordase que en las otras dignidades establecidas por nuestra constitución encontraré recursos de sabiduría, virtud y celo, con quienes puedo contar en todo lance y dificultad. A vosotros, pues, Señores, que estáis encargados de las soberanas funciones de la legislación, y a todos nuestros asociados, a vosotros me vuelvo con toda confianza, imploro vuestras luces y consejos, para que me ayudéis a guiar con seguridad, la nave en que estamos embarcados en medio de los conjurados elementos de un mundo agitado.

En la lucha de opiniones que hemos tenido, la viveza de la discusión y el espíritu de partido han presentado a veces un aspecto que ha podido engañar a extranjeros poco acostumbrados a pensar libremente, y a publicar y escribir lo que piensan; pero hoy que todo está decidido por la voz de la Nación, anunciada por las fórmulas de la constitución, todas las voluntades se someten y ceden a la voluntad de la ley, y se reúnen dirigiendo su común esfuerzo al bien general. Debemos también tener presente este sagrado principio; que aunque la voluntad de la mayoría deba en todos casos prevalecer, esta voluntad debe ser racional para ser justa; que la minoría posee derechos iguales, que iguales leyes deben proteger, y que no pueden violarse sin incurrir en el crimen de opresión. Unámonos pues, conciudadanos, moral y físicamente, estrechémonos con esos lazos de armonía y buen afecto, sin los cuales la libertad y aun la misma vida pierden todo su hechizo. Reflexionemos que habiendo desterrado de nuestra Patria, esa intolerancia religiosa, que en la serie de los siglos ha costado al género humano tantas lágrimas y tanta sangre, habríamos ganado muy poco, si dejáramos subsistir entre nosotros esa intolerancia política tan tiránica como criminal, sola capaz de engendrar atroces y sangrientas persecuciones.
Mientras el antiguo mundo estaba entregado a las convulsiones, y conmovido con los agonizantes transportes del hombre furioso que en medio del estrago y desolación buscaba su pérdida libertad, no es extraño que llegase hasta estos pacíficos países el ruido de la agitación, que el peligro hiciese más impresión sobre unos que sobre otros, y que hubiese diferencia de opiniones sobre los medios de conservar la seguridad pública; pero una diversidad de opinión no constituye una diversidad de principios; hemos dado diferentes nombres a hermanos que convienen en un mismo principio. Nosotros somos. Todos Republicanos. Todos Federalistas. Si hay algunos entre nosotros que formen votos para la disolución de esta unión, y deseen ver mudadas las formas republicanas, dejémoslos vivir pacíficamente entre nosotros para que sirvan de prueba irrefragable, de la seguridad con que se puede tolerar, el error de opinión en un país en donde libremente lo puede impugnar la razón. Sé que muchos hombres honrados piensan que no puede ser fuerte un gobierno republicano, y que el nuestro no lo es bastante. ¿Pero en la marea lleva de tan feliz ensayo abandonaría el ilustrado patriota este gobierno que tan enérgicamente ha protegido hasta aquí su libertad, por el teórico y fantástico temor de que este gobierno, que ofrece al mundo las más lisonjeras esperanzas, no pueda conservarse por falta de vigor y de fuerza? No lo creo, pienso lo contrario, que es el gobierno más fuerte del mundo, el único en donde el hombre a la voz legal de la Patria quiera volar bajo el estandarte de la ley para repeler toda violación del orden público, como lo haría en defensa de su propiedad particular. Dícese siempre que el hombre no puede gobernarse a si mismo. ¿Cómo pueden entonces estos mismos hombres encargarse del gobierno de sus semejantes? ¿Acaso para mandarlos han bajado del cielo ángeles en figura de Reyes? Que la historia responda a esta cuestión.
Sigamos con valor y confianza nuestros principios republicanos y federales, conservemos nuestra adhesión y unión al gobierno representativo. Felizmente separados por la naturaleza y por un vasto océano, de las llamas devoradoras que consumen a una parte del globo; dotados de bastante elevación de alma para no someternos a la degradación de otros pueblos; poseedores de un vasto y hermoso suelo, bastante grande para nuestros descendientes hasta la milésima generación; penetrados del justo conocimiento de la igualdad de nuestros derechos; acostumbrados a gozar del uso de nuestras propias facultades, de los beneficios de nuestra industria individual, del honor y homenaje que tributan nuestros ciudadanos al mérito de las acciones, y no a la casualidad del nacimiento; ilustrados por una benigna religión, que aunque profesada y practicada en diversas formas tienen todas por objeto inspirar la virtud, la probidad, la verdad, la templanza, la gratitud, y el amor al prójimo; adoradores de una divina providencia que manifiesta en sus disposiciones su deleite en promover en este mundo la suerte del hombre, ofreciéndole en el otro mayor felicidad; colmados de tantos beneficios ¿que nos falta pues, para formar un pueblo floreciente y afortunado? Solo una cosa, un gobierno sabio y económico, un gobierno que impidiendo a los hombres el perjudicarse uno a otros, les dé plena libertad para ejercer su industria, y gozar del fruto de su trabajo; un gobierno que no arranque de la boca del hombre industrioso, el pan que ha ganado con su sudor. Esta es la perfección de un buen gobierno, y esta es la que necesitamos para completar el círculo de nuestras felicidades.
Al entrar, o Conciudadanos, en el ejercicio de los deberes que encierran cuanto teneis de más preciso e interesante, me parece natural explicaros lo que yo entiendo por principios esenciales de nuestro gobierno, y los que deben por consiguiente arreglar su administración: los circunscribiré en el más pequeño círculo que pueda, estableciendo solo principios generales, sin atender a sus restricciones.
Justicia igual y exacta a todos los hombres de cualquier estado que serán, y cualesquiera que sean sus opiniones, políticos o religiosas.
Paz, comercio y honrosa amistad con todas las naciones, sin entrar con ninguna en alianza gravosa.
Protección a la plenitud de los derechos de los gobiernos de los Estados, como los más adecuados a nuestros intereses domésticos, y los más firmes baluartes contra toda disposición anti republicana.
Conservación del Gobierno general en toda su fuerza constitucional, esa es la ancora de esperanza, de nuestra paz interior y seguridad exterior.
Un cuidadoso esmero en conservar al Pueblo el derecho de elección, ese es el correctivo suave y seguro de los abusos que poco a poco se van introduciendo, y que solo puede cortar después la espada de la Revolución, cuando no se han preparado anticipadamente los remedios en tiempos de tranquilidad.
Sumisión absoluta a la decisión de la mayoría, princi­pio vital de las Repúblicas, que no tiene más tribunal de apelación que el de la fuerza, verdadero principio vital y causa inmediata del despotismo.
Una milicia nacional bien disciplinada que inspire con­fianza en tiempos de paz y también en los primeros mo­mentos de guerra, hasta que se organice y la reemplace la tropa de línea.
Sujeción de la autoridad militar a la civil. Economía en los gastos públicos para no gravar con muchos derechos a la industria. Exactitud en el pago de nuestras deudas, y sagrada conservación de la fe pública.
Fomento de la agricultura y del comercio, su compañero inseparable.
Propagación de todos los conocimientos, y delación de los abusos ante el tribunal de la razón.
Libertad de religión, libertad de imprenta y libertad in­dividual, bajo la salvaguardia del hábeas-corpus, y del juicio de jurados con toda imparcialidad.
Estos principios forman la brillante constelación que nos ha precedido, y la que ha guiado nuestros pasos en un siglo de revoluciones y de reformas. Ellos deben componer el credo de nuestra fe política, el texto de la instrucción civil, la piedra de toque para probar los servicios de aquellos en quienes depositamos nuestra confianza. Si por desgracia nos desviásemos de ello en momentos de error o de inquietud, apresurémonos, a volver sobre nuestros pasos, ya a volver a entrar en el único sendero que conduce a la paz, a la libertad, y a la seguridad.
Voy pues o Conciudadanos, a tomar el puesto que me habéis asignado. He adquirido bastante experiencia en los empleos subalternos que he ejercido, para conocer las difi­cultades de este nuevo, el más elevado de todos; estoy con­vencido de que rara vez cabe al hombre, imperfecta cria­tura, la suerte de retirarse de un alto rango con la reputación y favor que causaron su elevación.
Sin pretender a ese supremo grado de confianza que de­positasteis en el primer héroe de nuestra revolución, en ese grande hombre que ha merecido por sus eminentes ser­vicios el primer rango en el amor de su Patria, y la más brillante página en el tomo de la verídica historia, yo solo reclamo de vosotros ese grado de confianza que es indis­pensable para dar fuerza y llevar a debido efecto la admi­nistración legal de vuestros negocios. Por falta de luces podré muchas veces equivocarme; aun el bien que pueda hacer, parecerá un mal a los ojos de aquellos que no están en situación de dominar la perspectiva del terreno. Yo reclamo vuestra indulgencia a mis errores, que nunca procederán de malas intenciones, y vuestra protección contra los errores de aquellos que puedan vitu­perarme, lo que no harían si pudieran ver el enlace y con­junto de todas las partes del gobierno. Me es muy lison­jero ver en vuestros nuevos sufragios la aprobación de mi conducta pasada; mi futura solicitud es conservar la buena opinión de aquellos, que de antemano me han favorecido; conciliarme el buen concepto de los demás, proporcionándoles todo el bien que pueda, y ser el instrumento de la Libertad y felicidad de la Nación.
Confiado en la protección de vuestra buena voluntad entro sumisamente en el ejercicio del empleo, que siempre estaré pronto a dejar, en el momento que conozcáis que podéis hacer elección mas acertada. Dígnese aquella Divina Providencia que arregla los destinos del Universo, presidir a nuestros consejos, y darles la dirección mas fa­vorable a la paz y prosperidad de la patria.


THOMAS JEFFERSON


[1] Tercer Presidente de los EE.UU. Fundador junto con James Madison el primer Partido Republicano (posteriormente conocido como Partido Demócrata-Republicano) que se oponía a las tesis defendidas por el Partido Federalista. También es muy conocido por ser el autor principal de la Declaración de Independencia y por haber fundado la Universidad de Virginia (1819), que fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1987.

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