viernes, 26 de junio de 2015

FRANCISCO JAVIER EUGENIO DE SANTA CRUZ Y ESPEJO “se contenta la Europa de llamarnos rústicos, y feroces, montaraces e indolentes, estúpidos y negados a la cultura”

FRANCISCO JAVIER EUGENIO DE SANTA CRUZ Y ESPEJO 

se contenta la Europa de llamarnos rústicos, y feroces, montaraces e indolentes, estúpidos y negados a la cultura”





DISCURSO SOBRE EL ESTABLECIMIENTO DE UNA SOCIEDAD PATRIÓTICA CON EL NOMBRE DE “ESCUELA DE LA CONCORDIA”, EN QUITO 1789

Dirigido a la muy Ilustre y muy Leal ciudad de Quito: Representada por su Ilustrísimo Cabildo Justicia y Regimiento, y a todos los señores socios provistos a la erección de una Sociedad Patriótica sobre la necesidad de establecerla luego, con el título de: Escuela de la Concordia.
SEÑORES
Al hablar de un establecimiento, que tanto dignifica a la razón, no será mi lánguida voz la que seoiga. Será aquella majestuosa (la vuestra digo) articulada con los acentos de la humanidad. Si es así, señores, permitid que hoy hable yo: que sin manifestar mi nombre, coloque el vuestro en los fastos de la gloria Quiteña, y le consagre a la inmortalidad: que sea yo el órgano por donde fluyan al común de nuestros patricios, las noticias preciosas de su próxima felicidad. Sí, señores, este mismo permiso, hará ver todo lo que el resto del mundo, no se atreve, todavía a creer de vosotros, esto es, que haya sublimidad en vuestros genios, nobleza en vuestros talentos, sentimientos en vuestro corazón, y heroicidad en vuestros hechos. Pero la paciencia con que toleréis de la elocuencia tome osado la palabra, y quiera ser el intérprete de vuestros designios, acabará no sólo de persuadir, sino de afrentar a aquellas almas, limitadas que nos daban en parte la indolencia, y nos adscribían por carácter la barbarie.

Vais, señores, a formar desde luego una Sociedad Literaria, y Económica. Vais a reunir en un solo punto las luces, y los talentos. Vais a contribuir al bien de la patria, con los socorros del espíritu, y del corazón, en una palabra, vais a sacrificar a la grandeza del Estado, al servicio del rey, a la utilidad pública, y vuestra, aquellas facultades, con que en todos sentidos os enriqueció la Providencia. Vuestra sociedad admite varios objetos: quiero decir, señores, que vosotros por diversos caminos, sois capaces de llenar aquellas funciones, a que os inclinare el gusto, y os arrastrare el talento. Las ciencias y las artes, la agricultura y el comercio, la economía y la política no han de estar lejos de la esfera de vuestros conocimientos: al contrario, cada una, lo dijo así, de estas provincias ha de ser la que sirva de materia a vuestras indagaciones y cada una de ellas exige su mejor constitución del esmero, con que os apliquéis a su prosperidad, y aumento. El genio quiteño lo abraza todo, todo lo penetra, a todo alcanza. ¿Veis, señores, aquellos infelices artesanos, que agobiados con el peso de su miseria, se congregan las tardes en las cuatro esquinas (a) vender los efectos de su industria y su labor? Pues allí el pintor y el farolero, el herrero y el sombrerero, el frangero y el escultor, el latonero y el zapatero, el omniscio y universal artista presentan a vuestros ojos preciosidades, o la frecuencia de verlas, nos induce a la injusticia de no admirarlas. Familiarizados con la hermosura, y delicadeza de sus artefactos, no nos dignamos siquiera a prestar un tibio elogio a la energía de sus manos, al numen de invención, que preside en sus espíritus, a la abundancia de genio, que enciende, y anima su fantasía. Todos y cada uno de ellos sin lápiz, sin buril, sin compás en una palabra, sin sus respectivos instrumentos iguala, sin saberlo, y a veces aventaja al europeo industrioso de Roma, Milán, Bruselas, Dublín, Amsterdam, Venecia, París, y Londres. Lejos del aparato en su línea magnífico, de un taller bien equipado, de una oficina bien proveída, de un obrador ostentoso, que mantiene el flamenco, el francés, y el italiano. El quiteño en el ángulo estrecho, y casi cegada a la luz, de una mala tienda, perfecciona sus obras en el silencio; y como el formarlas ha costado poco a la valentía de su imaginación, y a la docilidad, y destreza de sus manos, no hace vanidad de haberlas hecho; concibiendo alguna de producirse con ingenio, y con el influjo de las masas: a cuya cuenta, vosotros señores, les oye el dicho agudo, la palabra picante, el apodo irónico, la sentencia grave el adagio festivo, todas las bellezas en fin de un hermoso y fecundo espíritu. Este, éste es el quiteño nacido en la oscuridad, educado en la desdicha, y destinado a vivir de su trabajo. ¿Qué será el quiteño de nacimiento de comodidad, de educación, de costumbres, y de letras? Aquí me paro por que a la verdad, la sorpresa posee en este punto mi imaginación. La copia de luz, que parece veo despedir de sí el entendimiento de un quiteño, que lo cultiva, me deslumbra; porque el quiteño de luces, para definirle bien es el verdadero talento universal. En este momento me parece, señores que tengo dentro de mis manos a todo el globo, yo le examino: yo le revuelvo por todas partes: yo observo sus innumerables posiciones, y en todo él no encuentro horizonte más risueño, clima más benigno, campos más verdes y fecundos, cielo más claro y sereno, que el de Quito. A la igualdad de su delicioso temperamento ¡oh y como deben corresponder las producciones felices y animadas de sus ingenios! En efecto; si la diversa situación de la tierra; si el aspecto del planeta rector del Universo; si la influencia de los astros, tienen parte en la formación orgánica de esos cuerpos bien dispuestos, para domicilios de almas ilustres; acordáis, de que en Quito, su suelo es el más eminente, y que descollando sobre la elevación famosa del pico de Tenerife, domina, y tiene a sus pies esas célebres ciudades, esos reinos civilizados, esas regiones sabias jactanciosas a un tiempo, que hacen vanidad de despreciarnos, y que a fuerza de degradar nuestra razón, sólo ostentan la limitación del entendimiento humano. Estas, y quizá vosotros mismos juzgaréis, que el entusiasmo poético se señorea ya de mi pluma; mucho más cuando os inculque, señores, y os haga notar muchas veces, que vosotros en cada paso, que dais, corréis una línea desde el extremo austral al opuesto término boreal y divide en dos mitades iguales todo el Globo haciendo, en cierto modo árbitros de poner a la diestra, o la siniestra, alguno de los dos hemisferios, que recordáis. Después de esto, vosotros mismos llegáis a ver, que sobre las faldas del inmenso Pichincha, entre Nono, y San Antonio, forma un crucero con la meridiana la línea del Ecuador; pero todo esto, que parece ficción alegórica, es una verdad innegable, y cuando os lo recuerdo, hacéis la consideración de todos los pueblos de la Europa culta, fijan en vosotros la vista, para conocer, y confesar, que el Sol os envía sus rayos: que los luminosos laureles de Apolo cayendo verticalmente sobre vuestras cabezas, coronan y ciñen de trofeos sus sienes: que su voraz ardor al contacto de la eterna nieve de las grandes cordilleras, desciende amigablemente, y reducido al suave grado de una dulce y perpetua primavera, a fomentar vuestros campos, a vivificar vuestras plantas, a fecundar, y hacer reír vuestras dehesas: que la claridad del día exactamente partida por el Autor de la naturaleza con las tinieblas de la noche no mengua, ni crece atenta a alternar invariablemente, con el imperio de las sombras. Con tan raras, y benéficas disposiciones físicas, que concurren a la delicadísima estructura de un quiteño, puede concebir cualquiera, cual sea la nobleza de sus talentos, cual la vasta extensión de sus conocimientos, si los dedica al cultivo de las ciencias. Pero éste es el que falta por desgracia, en nuestra patria: y éste es el objeto esencial, en que pondrá todas sus miras la sociedad.
Para decir verdad, señores, nosotros estamos destituidos de educación; nos faltan los medios de prosperar; no nos mueven los estímulos del honor; y el buen gusto anda muy lejos de nosotros: ¡molestas y humillantes verdades por cierto! Pero dignas de que un filósofo las descubra, y las haga escuchar; por que su oficio es decir con sencillez, y generosidad los males, que llevan a los umbrales de la muerte la república. Si yo hubiese de proferir palabras de un traidor agrado, me la ministraría copiosamente esa destructora del Universo, la adulación; y esta misma me inspiraría el seductor lenguaje de llantos, ahora mismo, con vil lisonja a ilustrados, sabios, ricos y felices. No lo sois: hablemos con el idioma de la Escritura Santa: vivimos en la más grosera ignorancia, y la miseria más deplorable. Ya lo he dicho a pesar mío; pero, señores, vosotros lo conocéis ya de más a más sin que yo os repita más tenaz y frecuentemente proposiciones tan desagradables. Mas ¡Oh qué ignominia será la vuestra conocida la enfermedad, dejáis, que a su rigor, pierda las fuerzas, se enerve, y perezca la triste patria! ¿Qué importa, que vosotros seáis superiores en racionalidad a una multitud innumerable de gente, y de pueblos, si sólo podéis representar en el gran teatro del Universo, el papel del idiotismo, y la pobreza? Tantos siglos, que pasan desde que el Dios eterno formó el planeta que habitamos han ido a sumergirse en nuevos casos de confusión, y oscuridad. Las edades de los incas, que algunos llaman políticas cultas e ilustradas se absorbieron en un mar de sangre, y se han vuelto problemáticas; pero aunque hubiesen siempre, y sucesivamente mantenido en su mano la balanza de la felicidad, ya pasaron, y no nos tocan de alguna suerte sus dichas. Los días de la razón, de la monarquía, y del Evangelio, han venido a rayar en este horizonte desde que un atrevido genovés, extendió su curiosidad, su ambición y sus deseos al conocimiento de tierras vírgenes, y cerradas a la profanación de otras naciones; pero toda su luz fue, y es aún crepuscular: bastante para ver, y adorar a la sola deidad de todos los tiempos, a quien se da cultos, y rendimiento en el santuario: bastante para ver, y venerar, y obedecer al Soberano Augusto a quien se dobla la rodilla en el trono; pero defectuosa y tímida, y muy débil para llegar a ver, y gozar del suave sudor de la agricultura, del vivífico esfuerzo de la industria, de la amable fatiga del comercio, de la interesante labor de las minas, y de los frutos deliciosos de tantos inexhaustos tesoros, que nos cercan y que en cierto modo oprimen con su abundancia, y con los que con la tierra misma nos exhorta a su posesión con un clamor perenne, como elevado, gritándonos de esta manera. Quiteños sed felices: quiteños doblad vuestra frente a vuestro turno: quiteños sed los dispensadores del buen gusto, de las artes y de las ciencias.
Por lo que a mí me toca creo señores con evidencia, que vosotros escucháis muy distintamente estas palabras; porque en la presente coyunda de vuestro abatimiento, y nuestra ruina, ellas son las voces de la naturaleza, ha llegado el momento, en que estáis tocando con la mano la rebaja de nuestras mieses, la esterilidad de vuestras tierras, y la concepción de la moneda. Aun no os atrevéis a adivinar por cual género comenzaréis ha hacer los canjes; y si el maíz o la papa será la que en cierto modo reemplace con más generalidad la representación del dinero, que ya echáis menos. En los años, 37 y 40 de este siglo, os hallabais opulentos. Vuestras fábricas de Riobamba, Latacunga, y los interiores de Quito, os acarrearon desde Lima el oro y la plata. Desde el tiempo de la conquista, los fondos que sirvieron a su establecimiento sin duda fueron muy pingües; pues que las casas de Campo de Chillo, Pomasqui, Cotolla, Iñaquito, Puembo, Pifo. Tumbaco, y todos los alrededores, los edificios de la capital, sus templos públicos, sus pórticos, sus plazas, sus calles, sus fuentes, están respirando magnificencia; y denotando que en la riqueza de aquellos tiempos había traído y puesto en ejercicio, el gusto de la arquitectura y la inteligencia del artífice perito: las ricas preseas, que hasta hoy se conservan en las arcas de algunas casas ilustres muestran la pasada opulencia: finalmente la extracción de dinero por la vía de Guayaquil, Lima y Cartagena tan continuada y verificada sin ingreso seguro ni conocido, hace ver que Quito era un manantial oculto y casi inagotable de los preciosos metales. Pero el conducto va a cegarse: el chilo sangre que alimenta a los pueblos ya se estanca ¡Falta la plata! ¡Qué enorme diferencia de tiempo a tiempo! Pero ¡qué! ¿pensáis, señores, que el último despecho, el caimiento, y la debilidad de entregarse a la muerte, será el medio de no sentirla? ¿o que sólo este medio, os obliga a escoger la necesidad calamitosa de vuestra suerte? No señores, esta necesidad ha sido en otros siglos, en otras regiones, en otros climas, y pueblos, ya cultos y ya bárbaros, el instante en que por una feliz revolución ha hecho crisis la máquina y ha obtenido gloriosa victoria sobre el mal que la oprimía. Contempláis ya señores en este caso, en que la necesidad os debe volver inevitablemente industriosos. Por un momento juzgad que sois quiteños a quienes en el más violento apuro, siempre se le ofrecen recursos, y arbitrios poderosos. No desmayéis: la primera fuente de vuestra salud sea la concordia, la paz doméstica, la reunión de personas y de dictámenes. Cuando se trata de una sociedad no ha de haber diferencia entre el europeo y el español americano. Deben proscribirse, y estar fuera de vosotros aquellos celos secretos, aquella preocupación, aquel capricho de nacionalidad, que enajenan infelizmente las voluntades, la sociedad sea la época de la reconciliación, si acaso se oyó alguna vez el eco de la discordia en nuestros ánimos. Un Dios que de una masa formó nuestra naturaleza, nos ostenta su unidad, y la establece. Una religión que prohíbe que el cristiano se llame de Cefas, ni de Apolo, Bárbaro o Griego, nos predica su inalterable uniformidad, y nos la recomienda. Un soberano que atiende a todos sus vasallos como a hijos: que con su real manto abraza dos hemisferios, y los felicita: que con su augusta mano sostiene dos vastos mundos, y los reúne: nos manifiesta su individual soberanía, su clemencia uniforme, su amor imparcial y nos obliga a profesarle. Finalmente un Dios, una religión, un soberano harán los vínculos más estrechos en nuestras almas, y en vuestra sociedad: sobre todo, la felicidad común será el blanco a donde se encaminarán nuestros deseos.
Yo sé que cierta emulación, como característica de nuestro pueblo, podrá intentar esparcir, o el veneno de la discordia o el mal olor del desprecio sobre los que sensibles a su mejor establecimiento tratasen de la Sociedad Patriótica; pero ella cederá a la generosidad del mayor número de individuos, que quieran ahogar con sus acciones los conatos de aquella Hidra.
Aun puede ser mayor, y más funesto otro escollo, que puede sobrevenir. Los genios prontos, los espíritus de fuego, las almas, nobles, suelen rehusar sujetarse a opiniones, y proyecto que ha dictado otro individuo. Las felices ocurrencias, que no vinieron a su mente, por más meritorias que sean, no sólo pierden alguna parte de su valor; sino que de positivo arrastran tras sí, la desgracia de no ponerse en planta. Si ésta suele ser la común, y desdichada resulta del orgullo es una virtud social: ella nace de aquella llama vital, nobilísima, que distingue al indolente del hombre sensible, al generoso del abatido, al ilustre del plebeyo; es ella un efecto de brío racional, que Quintiliano, gran retórico, y gran conocedor del corazón humano, halló que era la pasión de las almas del mejor temple. Si por ella, no quisiéramos que otros nos aventajasen en conocimiento: por ello, querríamos ser los primeros, que corriésemos a abrir a nuestros compatriotas, nuevas sendas a su felicidad. Ved aquí, señores, vencida la dificultad, deshecho el encanto, y convertido, (a influjo de aquel prodigioso metamorfosis, que obra el amor de los semejantes) un vicio en virtud: y ved aquí, que ya todo quiteño supone, no como un pensamiento nuevo, el proyecto de sociedad; sino como una idea mil veces imaginada, y otras tantas abrazada prácticamente en la Europa; pero como una idea útil, necesaria, digna de seguirse en Quito. A la verdad en la misma Europa, no fue España la primera, que en este siglo la renovase. Los cantones Suizos la resucitaron: y España atenta a su bien, más que a la pueril vanidad de no ser imitadora, la adoptó; reconociendo cada día más y más las ventajas de este sistema político. ¿Pues qué falta entre nosotros para seguir su ejemplo? ¿O qué sobra para impedir entre nosotros su secuela y ejecución? ¡Nada! y lo que importa aprovechar las consecuencias útiles de esta noble pasión digo del quiteño orgullo: hacerle imaginar a cada uno, que en la lista de los socios, por un error de la pluma ocupa el último lugar pero al mismo tiempo representarle seriamente del ánimo de quien la manejó no fue ni es deprimir al uno y distinguir al otro, anteponer a aquel, y posponer este otro. No quiera el cielo, que el orgullo insensato posea al quiteño generoso, hasta obligarle que repare con celo, o con desagrado si se le guardó en la nomenclatura el puesto de preferencia. La escrupulosa intención del que la dirigió es, no sólo hacer ver; sino suplicar reverentemente a cada uno que entienda que es el primero en los méritos del gusto, del talento, y del patriotismo; que una mano manca, y defectuosa no pudo acertar ni determinar debidamente la colocación de los sujetos, por haberle sujetado al rápido desorden conque se atropella la tumultuaria memoria; pero que cada uno de los socios con sus estímulos, con sus producciones, con sus esmeros al adelantamiento de la sociedad, y sus dignos objetos, será el que pregone su importante habilidad y el que con sus actos heroicos señale el lugar, que le corresponde; y sin envilecerse, ni abochornarse diga con el modesto silencio que guarde; éste es el puesto que yo merezco.
De otra manera incurriríais, señores... pero callo. Vosotros sabes mejor que yo el juicio que de vosotros formaría el mundo literario: y yo, que vengo a admirar vuestras cualidades honoríficas a la dignidad del hombre: a pronunciar en alta voz vuestro carácter sensibilísimo de humildad; sólo puedo deciros, que desde tres siglos ha, no se contenta la Europa de llamarnos rústicos, y feroces, montaraces e indolentes, estúpidos y negados a la cultura. ¿Qué os parece señores, de este concepto y estamparlo en sus escritos? Si un astrónomo sabio, como mister de la Condamine alaba los ingenios de vuestra nobleza criolla como testigo instrumental de vuestras prendas mentales; no falta algún temerario extranjero, que publique, que se engañó, y que juzgó preocupado de pasión el ilustre académico. Y mister Paw se atreve a decir que son americanos incapaces de las ciencias aduciendo por prueba que desde dos siglos acá, la Universidad de San Marcos de Lima, la más célebre de todas las Américas no ha producido hasta ahora un hombre sabio. ¿Creeréis, señores, que estos Robertson, Raynal y Paw digan lo que sienten? ¿Qué hablen de buena fe? ¿Qué sea añadiendo a los monumentos de la Historia las luces de su filosofía? ¡Ah! ¡qué esta suya característica, les obliga a adelantar especies que quieren justificar su irracionalidad! Su filosofía los conduce a querer esparcir sobre la faz del Universo el espíritu de impiedad, y con esta dura porfía, quieren hallar bajo del círculo polar, del equinoccio, y de las regiones australes, salvajes, a quienes no se hace perceptible la idea de que existe un Ser Supremo. El objeto de otros que nos humillan es diverso, y dejando de ser impío no se acusa de ser cruel. Pero todos afectan, olvidar en las regiones del Perú la profunda sabiduría de Peralta, la universal erudición de Figueroa, la elocuencia y bello espíritu de...
Pero vengamos, señores, más inmediatamente a nuestro suelo. Aquí se presenta un alma de esas raras, y sublimes, que tienen en la mano el compás y en la otra mano el pincel, quiero decir: un sabio profundamente inteligente en la geografía, y geometría, y diestro escritor de la historia. Un sabio ignorado en la Península, no bien conocido en Quito, olvidado en las Américas, y aplaudido con elogios sublimes en aquellas dos cortes rivales, en donde por opuestos extremos, la una tiene en parte la severidad del Juicio, y la otra por patrimonio el resplandor del Ingenio. Londres y París celebran a competencia al insigne don Pedro Maldonado, y su mérito singular, le concilió el aplauso, y admiración de las naciones extranjeras; sus obras de gran precio que contienen las mejores observaciones sobre la historia natural y la geografía, las reserva Francia, como fondos preciosos, de que Quito ha querido, teniendo el Patronato, hacerle la justicia de que goce el usufructo. La sociedad a su tiempo deberá destinar un socio que pronuncie un día el elogio fúnebre del señor don Pedro Maldonado gentil hombre de Cámara de S.M.C. y cuya no bien llorada pérdida, el famoso señor Martín Folkes presidente de la Sociedad Real de Londres, tributó las generosas lágrimas de su dolor. Habiendo hecho yo memoria de un tan raro genio quiteño, que vale por mil, escuso nombrar los Dávalos Chiriboga, Argandañas, Villarroeles, Zuritas, y Onagoytas. Hoy mismo el intrépido don Mariano Villalobos descubre la canela, la beneficia, la acopia, la hace conocer, y estimar. Penetra las montañas de Canelos, y sin aplausos de un Fontenelle, logra ser en su línea superior a Tournefort; porque su invención más ventajosa al estado, hará su memoria sempiterna.
Según la condición, y temperamento (sí se puede decir así) de las almas quiteñas, mucho ha sido, señores, que en el seno de vuestra patria no saliesen los Homero, los Demóstenes, los Sócrates, los Platones, Apeles, y Praxiteles; porque Quito ha administrado la proporción feliz para que sus hijos, no solamente adelantasen en las letras humanas, la moral, la política, las ciencias útiles, y las artes de puro agrado; sino aun para que fuesen sus inventores, recorred, señores, por un momento los días alegres, serenos, y pacíficos del siglo pasado, y observaréis, que cuando estaba negado todo comercio con la Europa, y que apenas después de muchos años, se recibía con repiques de campanas el anuncio interesante de la salud de nuestros soberanos, en el que bárbaramente se llamaba Coxon de España; entonces estampaba las luces, y las sombras, los colores, y las líneas de perspectivas en sus primorosos cuadros el diestro, tino de Miguel de Santiago, pintor celebérrimo. Entonces mismo el padre Carlos con el cincel, y el martillo, llevado de su espíritu, y de su noble emulación, quería superar en los tronos las vivas expresiones del pincel de Miguel de Santiago; y en efecto puede concebirse a que grado habían llegado las dos hermanas de la escultura, y la pintura, en la mano de estos dos artistas, por sola la Negación de S. Pedro, la Oración del Huerto, y el Señor de la Columna del padre Carlos. ¡Buen Dios! En esa era, y en esa región adonde no se tenía siquiera la idea de lo que era la anatomía, el diseño las proporciones, y en una palabra los elementos, de su arte, miráis, señores, (¡con qué asombro!) ¡qué musculatura! ¡qué pasiones! ¡qué acción! y finalmente, ¡qué semejanza!, o identidad del entusiasmo creador de la mano con el impulso e invencible mecanismo de la naturaleza. Señores, mostraros superficialmente el genio inventor de vuestros paisanos en los días más remotos, y tenebrosos de vuestra patria. Podemos decir, que hoy no se han conocido tampoco los principios, y las reglas; pero hoy mismo ves cuanto afina, pule, y se acerca a la perfecta imitación; el famoso Caspicara sobre el mármol, y la madera; como cortes sobre la tabla, y el lienzo. Estos son acreedores de vuestra celebridad, a vuestros premios, a vuestro elogio, y protección. Diremos mejor; nosotros todos estamos interesados en su alivio, prosperidad, y conservación. Nuestra utilidad va a decir en la vida de estos artistas por que decidme, señores, ¿cuál en este tiempo calamitoso es el único más conocido recurso que ha tenido vuestra capital para atraerse los dineros de las otras provincias vecinas? Sin duda que no otro que el ramo de las felices producciones de las dos artes más expresivas, y elocuentes, la escultura, y la pintura. O cuanta necesidad entonces de que al momento, elevándose a maestros y a directores a Cortez y Caspicara, los empeñe la sociedad al conocimiento más íntimo de su arte, al amor noble de querer inspirarle a sus discípulos y al de la perpetuidad de su nombre. Paréceme, que la sociedad debía pensar, que acabados estos dos maestros tan beneméritos, no dejaban discípulos de igual destreza, y que en ellos perdía la patria muchísima utilidad: por tanto su principal mira debía destinar algunos socios de bastante gusto, que estableciesen una academia respectiva de las dos artes. Este solo pensamiento puesto en práctica pronosticó SS. que será el principio, y el progreso conocido de nuestras ventajas, en todas líneas.
El quiteño, cualquiera, que sea, es amigo de gloria. (¿cuál alma noble, no es sensible a esta reluciente corona del mérito?) Así se elevará sobre sus fuerzas naturales. Deseará aventajarse a los demás: inflamará el suave fuego de la verdadera emulación: engrandecerá su espíritu; y todo será aspirar a la perfección, correr a la fatiga meritoria; y morir en medio de las tareas, esto es el lecho del honor. Pero ya cuando una chispa eléctrica, difundida, en todos los corazones de mis patricios, esparcida en su sangre, y puesta en acción en toda su máquina, encendiese sus espíritus animales, agitase sus músculos, y violentase a las ejecuciones bien concertadas, y nada convulsivas a todos sus miembros; ya me figuro, señores, y creo que vosotros ya os representáis vivamente, que el agricultor toma el asado, abre más profundos los surcos beneficia de mejor manera el terreno, siembra más dilatadas campiñas, aumenta sus desvelos, y coge un millón más de mieses, y de frutos; que el artista, toma con ardor todos los instrumentos de su labor, se inicia en los principios de su oficio, obra por regla en sus trabajos, levanta el precio a sus efectos, y hace estimar con el aplauso, y el premio la hechura de su sudor, y de su habilidad; que el Joven destinado a las letras, recorre las lenguas, aprende a hablar suficientemente, toma el gusto a las antigüedades busca y conoce los verdaderos elementos de las ciencias, las sondea, y se hace dueño de su fondo, de sus misterios, y de su extensión muy vasta; tratándonos después en su modestia, y amor a la humanidad, el filósofo, y el hombre sabio; que el hombre público, y el hombre privado, el rico de hacienda, y el rico de talentos; que todo quiteño, en una palabra, corre el diseño, prepara los arreos, arbitra los medios, vence las dificultades, facilita los trabajos, economiza los gastos, y calculando con el amor patriótico el buen éxito, comprende la apertura de los caminos y en especial hacia el norte el de Malbucho para facilitarse desde muy poca distancia navegar en el Mar del Sur, y si quiere intentar al puerto de Cartagena en muy pocos días. ¡Oh qué espectáculo tan brillante y feliz! Lo de menos es lograr el vino y aceite en abundancia, tener el pescado fresco, vario, y delicado, todos los frutos del Perú, y aun de Europa con comodidad: lo más es señores, (y ya lo estoy viendo) resucitar Ibarra, poblarse Cotacachi, formarse Colonial en Lita, y Malbucho, aprestarse embarcaciones en Limones, y Tumaco: llenarse en fin todo un continente de innumerables brazos para el estado, de corazones para la Humanidad, de cabezas, para las ciencias útiles, de almas para Dios.
¡Oh Jijón! ¡Oh, generoso, y humanísimo Jijón! Cuando digo estas dulces palabras me enternezco, y lloro de gusto, al ver hasta que raya de heroísmo hiciste llegar tu amor patriótico. Dejas a París, abandonas a Madrid, olvidarás a Europa toda y todo el Globo; para que a todo esto provenga la felicidad, de la felicidad de Quito. Era un Héroe, y para serlo te basta ser quiteño. No digo otra cosa; porque él conoce un poco el mundo, y el que haya penetrado un poco tu mérito, dirá que hablo con moderación. Las manufacturas llevadas hasta su mayor delicadeza, fomentando el algodón hasta las últimas operaciones, refinada, en fin, la industria hasta el último ápice: ved aquí, señores, los fondos para mantener un mundo entero, y para que este mundo, con recíproca acción, reanime la universalidad de los trabajos públicos. Ved aquí los pensamientos más benéficos a la humanidad: los proyectos más sutiles, más sencillos, más adaptables a la constitución política de Quito: las ideas profundas del gran Jijón: la práctica feliz a que se volará una nación espiritosa, y sensible como la quiteña. Pero (¡oh Dios inmortal si oyes propicios mis votos!) la sociedad es la que en la Escuela de la Concordia, hará estos milagros: renovará efectivamente la faz de toda la Tierra, y hará florecer los matrimonios, y la población, la economía, y la abundancia, los conocimientos, y la libertad, las ciencias y la religión, el honor y la paz, la obediencia a las leyes, y la subordinación fidelísima a Carlos IV. Verá entonces la Europa, pues que hasta ahora no lo ha visto, o ha fingido que no lo ve que la más copiosa ilustración de los espíritus: que el más acendrado cultivo de estos pueblos, es la más segura cadena del vasallaje. Desmentirá a los Hobbes, Grecos y Montesquieu, y hará ver, que en una nación pulida, y culta, siendo americana, esto es, dulce, suave, manejable, y dócil, amiga de ser conducida por la mansedumbre, la justicia y la bondad, es el seno del rendimiento, y de la sujeción más fiel; esto es, de aquella obediencia nacida del conocimiento, y la cordialidad. Por lo menos, desde hoy sabrá de la Europa esta verdad; pues desde hoy sabe ya lo que sois (¡oh quiteños!) en las luces de vuestra razón natural. El Lord Chatham, aquel Demóstenes de la Gran Bretaña, ese ángel tutelar de la nación Inglesa, decía, hablando de sus colonos americanos; que entonces estos rompían los enlaces de la unión con la metrópoli, cuando supiesen hacer un clavo. Axioma político, mil veces, y desde los primeros días de la conquista, desmentido por los quiteños, según lo que quería decir el elocuente Inglés, por que vosotros, señores, sabéis fabricar desde el clavo hasta la muestra: desde la jerga hasta el paño fino desde el rengo hasta el terciopelo; desde la lana hasta la seda, y más adelante; con todo eso, vuestros mismos conocimientos, vuestra misma habilidad, vuestra misma penetración profunda, os ha unido con vuestros jefes, y os ha hecho amar, y respetar a vuestros reyes. Así ahora nada importa la sociedad, para su confirmación, y sus progresos, sino la real aprobación, y protección de su augusto soberano. Ella va entonces (SS. lo pronostico con confianza) a nacer en el seno de la felicidad; va a hacer las primeras de las Américas; va a servir de modelo a las provincias convecinas; va a producirse; en una palabra como una emanación de la luz, de la humanidad, y del quiteñismo, ¡Feliz yo, sí con celo ardiente, soy capaz de sacrificarle mis débiles esfuerzos! ¡Si el órgano de mis labios, es el precursor de sus obras! Si mi patria recibe sus ansias: Si acepta mis ruegos; Si apremia el aliento de mi palabra, con las operaciones de sus manos industriosas. Se respira el aura vital de la generalidad, y el honor. ¡Ah! pero, señores, yo estoy a enorme distancia de vuestro suelo; una cadena de inmensas cordilleras me separa de vuestra vista. Habito, señores, aunque, de paso, un clima frío, término boreal, y distante tres grados y ocho minutos de la línea equinoccial, bajo la que tuve la dicha de nacer; y así me contento con pediros; de toda manera estando a vuestra presencia, esto es bajo vuestra protección, y favor, os mandaría violentamente. Si, señores, estando en Quito, la influencia feliz de vuestro clima me habría fecundado de aquellas palabras luminosas, que hacen ver los objetos como son en sí; me habría llenado de expresiones patéticas, que hacen sentir los afectos; me habría proveído de pensamientos, reflexiones y discursos animados, que os manifiestan en su propio carácter la vergüenza, la concordia, el honor y la gloria: en fin el cielo quiteño, me daría aquella elocuencia victoriosa con la que no sólo os persuadiría; sino os obligaría poderosamente a decir: ya somos Consocios; somos quiteños; entramos ya en la Escuela de la Concordia; de nosotros renace la patria; nosotros somos los árbitros de la felicidad.
FRANCISCO JAVIER EUGENIO DE SANTA CRUZ Y ESPEJO

[1] Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo (1747-1795) nació en Quito, y murió encarcelado en la misma ciudad. Fue un prominente investigador científico, médico, escritor, abogado, periodista, pensador quiteño, ideólogo político y considerado en Ecuador prócer de la independencia. Descendiente de un indio picapedrero y de una mulata manumitida, y cuyo verdadero apellido no era Espejo sino Chusig, que en quechua significa “lechuza, le debe Ecuador le debe su advenimiento republicano. Su doctrina y orientación heroica toda una generación de patriotas y mártires – la del movimiento emancipador quiteño del 10 de agosto de 1809-, y su cuñado: José Mejía Lequería.
Médico a los 20 años de edad, graduado en leyes civiles y canónicas, escribió entre 1779 y 1781.
Entre sus obras están: "El Nuevo Luciano de Quito" (1779); "Marco Porcio Catón" (1780); "La Ciencia Blancardina" (1780); obras de crítica mordaz a la ciencia quiteña y de descamado análisis al sistema educativo de entonces. En El retrato de Golilla (1781), calificaba a Carlos III de "rey de barajas". Además puede citarse: "Reflexiones acerca de las virue­las" (1785); "Defensa de los Curas de Riobamba" y "Cartas Riobambenses" (1787); "Representación al Presidente Villalengua"; "Memoria sobre el corte de Quinas" y "Voto de un Ministro Togado de la Audiencia de Quito". Fundo el primer periódico: Primicias de la Cultura de Quito, del que salieron solo 7 números y es considerado el primer periodista su país.

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